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La apertura en Colombia: ¿mito o realidad?
Exportaciones colombianas

El peso del comercio exterior como proporción del producto interno bruto no ha variado mucho en comparación con los niveles de hace 30 años, pues se ubica cerca del 35 por ciento.

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Juan B. Díaz. Archivo EL TIEMPO

La apertura en Colombia: ¿mito o realidad?

En 1990, el país se aferró a la internacionalización. Libro del Banrepública dice que seguimos igual

Contar que Aldor, una empresa de Cali, lleva sus dulces a 65 países, de los cuales 22 están en África, todavía ocasiona gestos en los que se mezclan la incredulidad y la sorpresa. Algo similar ocurre con la historia de Sempertex, cuyos globos hechos en Barranquilla son los preferidos en China, la nación más populosa del mundo.

Ejemplos como, ese y unos cuantos más, inspiran a centenares de compañías que buscan desde distintos puntos de la geografía replicar la experiencia de quienes un día tomaron un avión y obtuvieron los primeros pedidos, gracias a los cuales ampliaron su volumen de negocios en campos muy distintos. Cerrar un trato en otro idioma, entenderse con alguien de una cultura diferente, construir una relación de confianza son algunos de los desafíos que vienen con probar suerte en tierras lejanas.

El abanico de bienes y servicios ofrecidos es cada vez más amplio. Entre los finalistas del año pasado en el Premio a la Calidad para la Exportación se encontraban Minagro Industria Química, que vende insecticidas o plaguicidas; Antares Aerospace, que elabora partes para trenes de aterrizaje; o Prodia, dedicada a la fabricación de sabores líquidos y en polvo, además de colorantes y fragancias.

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Tales casos son admirables, no solo por cuenta del empeño individual demostrado, sino porque suceden en un ambiente que es poco propicio para conquistar otros mercados. En contra de lo que podría pensarse, la economía colombiana todavía puede describirse como cerrada, así estén a punto de cumplirse tres décadas desde cuando se desmontaron barreras con el fin de buscar una mayor internacionalización.

Palabras más, palabras menos, ese es uno de los planteamientos centrales de un libro editado por tres funcionarios del Banco de la República, que lleva el título de ‘Comercio exterior en Colombia: política, instituciones, costos y resultados’. A lo largo de más de 400 páginas, varios especialistas dan argumentos que llevan a concluir que, en lo que atañe al país, “su apertura comercial pareciera haber tenido bastante de mito”, según lo expresa José Darío Uribe en el prólogo.

Una afirmación de semejante tenor se basa en las mediciones disponibles. La suma de exportaciones e importaciones no ha variado mucho como proporción del tamaño del producto interno bruto, en comparación con los niveles de hace 30 años, y se ubica alrededor del 35 por ciento. En dólares las cifras se han multiplicado por cinco, pero en términos relativos el cambio es poco porque la economía también se expandió.

Más allá de lo académico

Aunque las comparaciones sean odiosas, el contraste con otras naciones latinoamericanas es notorio. Chile, Perú y México avanzaron mucho más rápido en ese campo desde 1990, lo cual incidió en el buen desempeño económico de los dos primeros.

Cuando se mira un escenario más amplio, salta a la vista cómo nos quedamos atrás de Corea del Sur, que en 1964 exportaba ocho veces menos por habitante que Colombia. Medio siglo después, en 2017, nuestras ventas al exterior representaron apenas el siete por ciento de las del país asiático, cuyo ingreso por habitante es cinco veces más elevado.

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En último término, lo que está en juego es la velocidad de progreso de la sociedad. Exponerse más a la competencia global no solo beneficia a los consumidores que pueden adquirir bienes más baratos, sino que obliga a los productores locales a hacer las cosas de mejor manera, alcanzando eficiencias que les facultan para llegar a múltiples rincones del planeta.

Bajo esta lógica, aparece un círculo virtuoso que propicia la innovación y se expresa en una mayor productividad, con consecuencias positivas sobre el empleo y los salarios. Quienes saben de estos asuntos recuerdan la máxima de que para poder exportar más, el camino es importar más.

Dicha postura no está exenta de críticos. En el otro extremo se encuentran quienes argumentan que las trampas abundan en el comercio internacional, pues los más grandes hacen valer su tamaño y utilizan subsidios difíciles de detectar, con lo cual abrirles la puerta a los artículos foráneos es, por lo menos, ingenuo. Debido a ello, hay quienes son partidarios de defender a agricultores y fabricantes locales, como lo hace Donald Trump con China.

Las decisiones del presidente de Estados Unidos han desembocado en la adopción de medidas proteccionistas que afectan no solo al gigante asiático, sino a los productores de acero en Brasil o de queso en Francia. El giro dado por Washington ratifica a los que consideran que es menester defenderse como sea, en aras de mayor autosuficiencia.

Una versión local de esa tendencia apareció durante la discusión de la ley que acogió el plan de desarrollo de la administración Duque. Con el apoyo de la mayoría del Congreso, los confeccionistas consiguieron un alza en los impuestos a las importaciones de las prendas de vestir, a pesar de las quejas de los comerciantes sobre alzas en el precio de la ropa y el peligro de que se dispare el contrabando.

El polémico punto fue echado abajo por la Corte Constitucional, pero ahora hay presión sobre el Gobierno para que expida un decreto que reviva las sanciones. En respuesta, el Ministerio de Comercio afirma que cualquier decisión será el resultado de un proceso técnico.

Pero más allá de cómo se dirima la polémica, vale la pena reiterar que Colombia tiene relativamente poco que mostrar en materia de apertura. El tema no es nuevo, pues durante buena parte de nuestra vida republicana escasearon las divisas. Más que administrar la abundancia, los gobiernos de turno se veían obligados a manejar la escasez de dólares, con lo cual para importar había que pedir una licencia cuya aprobación dependía de un complejo proceso.

Del Tíbet al Japón

Sin desconocer los esfuerzos hechos por administraciones como la de Carlos Lleras Restrepo, la verdad es que durante décadas dependimos de los buenos precios del café para los momentos de holgura y, más recientemente, de los del petróleo. A mediados de los años setenta, Alfonso López Michelsen afirmó que Colombia debería dejar de ser el Tíbet de Suramérica, para convertirse en el Japón de la región.

Aun así, no fue sino hasta la llegada de César Gaviria a la Casa de Nariño que llegaron los cambios más notorios. En cuestión de meses, el 99 por ciento del universo de bienes pasó al régimen de libre importación, mientras que el arancel promedio pasó de 31 al 12 por ciento, entre 1985 y 1992. Ya en este siglo, Juan Manuel Santos hizo una nueva rebaja que disminuyó ese gravamen al 8 por ciento.

El problema es que al tiempo que eso sucedía, empezaron a aplicarse medidas y barreras no arancelarias. De acuerdo con el libro del Banco de la República la “liberalización duró poco”, pues las trabas administrativas, como los requisitos sanitarios o técnicos, llevaron a que con el tiempo volviéramos a realidades equivalentes a las de cincuenta años atrás. Ello incluyó un “andamiaje institucional complejo y extenso” en el que intervienen una veintena de entidades estatales.

Hay expertos como José Antonio Ocampo que señalan que no es cierto que el país esté tan cerrado como se dice. “Las importaciones han crecido al doble de la velocidad de la economía. La mayor apertura es indiscutible”.

Además, hay tratados de libre comercio firmados con Estados Unidos, la Unión Europea o los integrantes de la Alianza del Pacífico, que garantizan un acceso preferencial en ambos sentidos. “Se han multiplicado las posibilidades de exportación, tanto en productos como en oferentes”, sostiene el ministro de Comercio, José Manuel Restrepo.

No obstante, también es verdad que los trámites y las regulaciones abundan. El ejemplo según el cual una botella de vino llegada al país cuesta ocho veces más que en su lugar de origen refleja una seguidilla de costos, que es superior a la de otros lugares. Que el valor de traer un contenedor de bienes de Shanghái a Buenaventura sea inferior que moverlo del puerto del Pacífico a Bogotá es algo que habla por sí solo.

Las mismas condiciones desfavorables operan a la hora de enviar artículos del exterior. No hay duda de que la geografía no ayuda, pero hay otros cuellos de botella importantes. Un documento del Conpes dado a conocer la semana pasada busca impulsar corredores logísticos que apuntan a abaratar el proceso.

Los datos sobre nuestra falta de avance son elocuentes. Casi el 60 por ciento de las exportaciones colombianas vienen de los hidrocarburos y el carbón, a lo cual hay que sumarle el café, las flores o el banano, cuyos niveles de transformación son mínimos. En un listado de medio centenar de economías ocupamos el segundo lugar entre las que despachan bienes con menor valor agregado, siendo superados tan solo por Arabia Saudita.

Todo lo que falta

Explicaciones respecto a por qué estamos lejos de ser una potencia exportadora abundan. El texto del Emisor insiste en que hay un sesgo en favor de la protección que deriva en que seamos tan cerrados como siempre. Por causa de esa circunstancia, es mucho más cómodo vender en el mercado interno que salir a competir internacionalmente, en donde los márgenes son más estrechos.

Otros analistas señalan que el cierre de Venezuela nos hizo mucho daño, porque golpeó lo que se conoce como la industria liviana. Incluso el hecho de que los grandes centros de consumo estén más localizados en el interior del territorio nacional que en las costas nos lleva a mirar más hacia adentro que hacia afuera.

No menos importante es lo sucedido con la tasa de cambio, que en épocas de la bonanza petrolera implicó una fuerte revaluación del peso. “Tanto la enfermedad holandesa como la falta de una política expresa de promoción de exportaciones tienen mucho que ver con que sigamos vendiendo sobre todo bienes primarios”, señala Ocampo.

Más allá del debate, sin embargo, lo cierto es que independientemente de casos destacables como los señalados al comienzo de esta nota, estamos rezagados en materia de comercio exterior. El peso experimentó una fuerte devaluación desde 2015, pero las ventas de productos no tradicionales prácticamente no aumentaron. “La estructura arancelaria colombiana más el elevado costo país hacen que pocas exportaciones de valor agregado puedan ser competitivas en el mercado internacional”, opina Hernando José Gómez, negociador en jefe del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

Una realidad distinta debería traducirse en un crecimiento más elevado, sobre todo si logramos crear eslabones para insertarnos en las cadenas globales de valor. “Hay que reducir aranceles de las materia primas y bienes intermedios para nivelarles la cancha a los exportadores y se pueda desarrollar la industria moderna”, agrega Gómez.

Para el Banco de la República, “Colombia puede exportar más productos manufacturados y agrícolas de los que exporta en la actualidad, pero no lo hace porque no sabe cómo hacerlo. Y no lo sabe porque los productores nacionales compiten poco en los mercados internacionales”.

Por su parte, la exministra María Claudia Lacouture dice que “a pesar de que Colombia cuenta con acuerdos comerciales que le permitirían llegar con bienes y servicios a cerca de 1.500 millones de consumidores en el mundo, seguimos siendo un país sin una cultura exportadora, en donde hay conformismo con las ventas en el mercado nacional”. Aparte de condiciones difíciles y reglas de juego inapropiadas, también aparecen bloqueos mentales que dificultan mirar hacia afuera.

“Hay que diversificar oferentes y avanzar en facilitación de comercio”, insiste Restrepo, quien reconoce que se necesita un esfuerzo más grande en lo que atañe a aprovechar los TLC suscritos. La iniciativa de una nueva misión de internacionalización, que debería lanzarse esta semana, es una señal en la dirección correcta. Ojalá el análisis sea descarnado y las propuestas que se hagan resulten audaces, a ver si dejamos de ser esta especie de Tíbet, ubicado en la cordillera de los Andes.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

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