La pelea de ‘elefantes’ que puso a temblar la economía global

La pelea de ‘elefantes’ que puso a temblar la economía global

Guerra comercial entre EE. UU. y China es la noticia del año por su efecto sobre la economía global.

Guerra comercial

China se ha trazado un plan para ser la primera potencia del planeta en el 2049, así que la pelea no es coyuntural, es estructural.

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Por: Ricardo Ávila
16 de diciembre 2019 , 01:17 p.m.

Un conocido proverbio dice que ‘cuando pelean dos elefantes, es la hierba la que sufre’. La frase, originaria de Uganda, ha sido recordada en más de una ocasión por cuenta de la confrontación que los analistas describen como la peor amenaza a la estabilidad de la economía mundial: la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

Si bien las hostilidades comenzaron hace veinte meses, fue realmente en el 2019 que la disputa entre las dos principales potencias empezó a pasarle factura al planeta entero. Múltiples señales confirman que las barreras impuestas inicialmente por Washington, y posteriormente por Pekín, están teniendo efectos negativos en todos los rincones del globo.

Tras el anuncio esta semana de que ambas capitales llegaron a un acuerdo, las principales bolsas reaccionaron con euforia a partir del jueves. Pero es mejor no exagerar en la celebración, pues tal parece que las consecuencias del ‘impasse’ tendrán efectos profundos en el mediano y largo plazo.

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La cuenta de cobro

No hay duda respecto a cómo arrancó todo esto. Fiel a una promesa hecha durante la campaña electoral que lo llevó a la Casa Blanca, Donald Trump decidió de manera unilateral elevar, a comienzos del año pasado, los aranceles que pagan los productos elaborados en China al entrar a territorio estadounidense. Al principio, el conjunto de bienes afectados era reducido, pero estuvo a punto de cubrir el universo de bienes intercambiados, con tarifas que llegan hasta el 25 por ciento.

Según la lógica del mandatario, el elevado déficit comercial entre el país del Tío Sam y su contraparte del otro lado del Pacífico –que llegó a cerca de 366.000 millones de dólares en 2017– es la prueba de un aprovechamiento desmedido, que se traduce en la pérdida de incontables puestos de trabajo y el deterioro en la calidad de vida para cientos de miles de familias estadounidenses. Con el fin de revertir esa situación, subir los impuestos a las importaciones se traduciría en un renacer de la industria y más demanda de mano de obra.

De nada sirvieron los argumentos de los economistas, quienes señalaron que en un mundo globalizado hay una especialización implícita, que se expresa en mayores eficiencias y en que los artículos que la gente consume sean más baratos. No solo se trata de utilizar mejor los recursos disponibles de cada país y sus respectivas ventajas, sino de desarrollar eslabones de las cadenas de valor, lo cual hace que tanto un automóvil como un celular o una máquina sofisticada integren partes manufacturadas en muchos sitios.

Tampoco valió decir que la experiencia de décadas anteriores muestra que el proteccionismo es una mala receta. El hecho de que el número de pobres en condición de miseria represente ahora menos del 10 por ciento de la población global tiene mucho que ver con un alza significativa en los volúmenes de comercio internacional que, de paso, les sirve a las cotizaciones de materias primas.

Más allá de la discusión, el daño quedó hecho. Para comenzar, el crecimiento de la economía global apunta a ser de tres por ciento este año, la tasa más baja de la década que termina. Para 2020, el Fondo Monetario calcula que las pérdidas derivadas de la guerra descrita ascenderían a 700.000 millones de dólares, lo que equivale al 0,8 por ciento del producto interno bruto mundial.

Cerca de una cuarta parte de ese valor sería atribuible a los mayores aranceles aplicados de lado y lado, pero el saldo correspondería a la pérdida de confianza o a los proyectos que han sido cancelados o pospuestos indefinidamente, junto con la volatilidad en los mercados financieros.

Tras el humo blanco del viernes, más de uno pensará que el peligro desapareció por completo y que esas cuentas quedaron en el aire. Sin embargo, aquí se aplica aquello de que el diablo está en los detalles. En principio, Pekín se compromete a ser más estricto en aplicar normas de propiedad intelectual, abrir su sector financiero y a adquirir muchos más bienes ‘made in’ USA –incluyendo productos agrícolas– a cambio de un desmonte gradual de los aranceles, pero eso no quiere decir que todo volverá a ser como antes de la noche a la mañana.

Según lo expresó el propio Donald Trump en su cuenta de Twitter, un conjunto de bienes por un valor de 120.000 millones de dólares anuales pasaría de pagar un impuesto del 15 por ciento a la mitad, mientras que otro grupo de 156.000 millones (en el que se encontraban los iPhone) se mantendrá exento de gravámenes. En contraste, un tercer conjunto avaluado en 250.000 millones de dólares seguirá siendo sujeto a un castigo del 25 por ciento.

Retornar al punto de partida exigirá rondas de negociaciones adicionales que se extenderán a 2020. En el entretanto, la amenaza de un rompimiento permanecerá latente y más ahora que arranca en forma la temporada electoral en Estados Unidos.

Los coletazos

Aun si todo funciona, la cuenta de los platos rotos hasta ahora se distribuye en los cinco continentes. El apetito de los chinos a la hora de comprar vehículos es menor, algo que golpea a los fabricantes europeos de automóviles. Los proveedores asiáticos, desde Corea del Sur hasta Tailandia o Japón, acusan un frenazo en sus ventas.

Colombia tampoco se salva, pues la ralentización del aparato fabril de China lleva a un menor consumo de energía y a una reducción en la necesidad de adquirir carbón con el fin de mover las plantas termoeléctricas. Aunque no es el único factor, el frenazo al otro lado del Pacífico tiene mucho que ver con la importante caída del valor del mineral, segundo renglón de nuestras exportaciones.

De otro lado, hay quejas provenientes de múltiples sectores productivos en el sentido de que el gigante asiático está ‘reventando precios’ con el propósito de colocar en los mercados emergentes una parte de los excedentes que le quedaron tras el choque con Washington. Llantas, textiles o electrodomésticos son algunos capítulos sujetos a una mayor competencia, por cuenta de ofertas que son difíciles de igualar.

Aparte de lo anterior, hay hostilidades en otros frentes. Tal vez la más significativa es lo ocurrido con Huawei, la multinacional de las telecomunicaciones, conocida por ser uno de los grandes proveedores de teléfonos móviles en el mundo.

Inicialmente, la compañía fue objeto de sanciones que en la práctica le habrían impedido recibir componentes de un número importante de proveedores, al igual que usar algunas de las aplicaciones más conocidas. Dadas las consecuencias que un bloqueo total habría significado, Washington levantó temporalmente la mayoría de las barreras, con lo cual se podría pensar que todo regresó a la normalidad.

La verdad es que ese no es el caso. Así suene grandilocuente, está planteada una lucha sin cuartel con respecto a la supremacía tecnológica en el planeta, que podría desembocar en el desarrollo de sistemas distintos e independientes. El asunto es clave por cuenta del advenimiento de la tecnología 5G, que permitirá velocidades de transmisión de datos muy superiores a las actuales en la red celular.

Y la controversia está planteada como un asunto de seguridad nacional. Sin ambages, los estadounidenses sostienen que darles contratos a los chinos puede conducir a eventuales espionajes. Ante la presión, algunos gobiernos europeos impiden la llegada de Huawei, al menos por el momento.

Seguramente, la disputa se extenderá a las economías emergentes que también buscan poner en marcha sus respectivas redes de 5G y reconocen que los kits hechos en China son más baratos y avanzados que los de la competencia. De seguir las cosas así, hay quienes creen que habrá dos protocolos independientes a nivel global, que no necesariamente se van a entender entre ellos, lo cual abre otros interrogantes.

Una señal adicional de que los chinos desean hacer toldo aparte es la orden hecha pública esta semana, de remplazar todos los computadores manufacturados afuera por máquinas elaboradas localmente. Esto implica descartar en el curso de los próximos tres años unos 30 millones de aparatos actualmente en uso, venidos de otros lugares.

Frentes adicionales

Puede ser que una vez queden redactados los textos finales de lo acordado la semana pasada, tenga lugar un acto en el cual los protagonistas de la guerra comercial declaren el cese indefinido de hostilidades y reiteren su mutua amistad. Si ese es el caso, sería ingenuo pensar que el mal sabor quedó atrás y que los ‘elefantes’ volverán a cooperar para liderar la manada.

La razón es que la lucha por el primer puesto –a veces soterrada y otras explícita– va a continuar. Que China tiene el propósito de mandar la parada en el ámbito del planeta es algo que pocos dudan. Al celebrarse los 70 años de la revolución que llevó al poder a Mao Tse Tung, quedó claro el propósito de que para 2049, cuando se cumplan cien años del régimen comunista, su primacía sea incuestionable.

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Desde el punto de vista de la economía, las proyecciones existentes muestran que llegar al primer lugar es cuestión de tiempo. Si bien el ingreso promedio de un chino todavía es muy inferior al de un estadounidense, la brecha seguirá cerrándose. En cualquier lugar de la geografía la enorme presencia del Gobierno, las empresas y los turistas chinos será más evidente.

Semejante perspectiva tiene una expresión práctica en Colombia. Hasta hace pocos años parecía que Pekín había puesto sus ojos en otras naciones latinoamericanas, comenzando por Venezuela o Ecuador. La tesis de cierta afinidad ideológica hacía fácil entender por qué no parecíamos ser un destino prioritario, quizás porque se trataba de asegurar fuentes de abastecimiento que son fundamentales para una nación que está obligada a importar no solo parte de los alimentos que consume, sino también de los combustibles que usa.

Ahora las cosas son distintas. En el terreno de los negocios, no pasó desapercibida la reciente compra de Continental Gold –dueña del proyecto Continental Gold en Antioquia– por parte de Zijin Mining Group, la empresa minera de mayor tamaño en la República Popular. La operación, tasada en cerca de 1.000 millones de dólares, es de una magnitud importante.

En lo que atañe a la infraestructura, tampoco fue ignorado que dos de los proyectos más significativos en épocas recientes: el metro de Bogotá y la construcción del tren local que conectará a varios de los municipios de la sabana quedarían en manos chinas. En el primer caso, el contrato ya quedó firmado, mientras que en el segundo solo hay un proponente y es de esa nacionalidad.

Establecer si la presencia creciente de China en el campo de la infraestructura en Colombia es el resultado de una estrategia geopolítica es imposible. Pero de lo que no queda duda es que un rol que había sido relativamente discreto hasta hace poco comienza a ser mucho más visible.

Puede ser que conectar esa mayor visibilidad con la guerra comercial impulsada por Trump sea hilar muy delgado, si bien ello no impide predecir que el dragón venido del otro lado del Pacífico volará cada vez más por los cielos colombianos. Independientemente de cómo se solucione definitivamente esta disputa, las tendencias globales no cambiarán de rumbo. Y eso lo comprobaremos en carne propia.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

Barreras al comercio libre crecieron en un 27 %

Las medidas restrictivas al comercio aplicadas a países miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC) entre octubre de 2018 y el mismo mes de 2019 ascendieron a 746.900 millones de dólares, la mayor cifra desde 2012 y una subida interanual del 27 %. Según la OMC, este es el segundo año consecutivo de aumento de las restricciones al comercio, y estuvo fuertemente marcado por las tensiones arancelarias entre las dos principales economías mundiales: China y Estados Unidos. La OMC redujo en octubre sus perspectivas de crecimiento del comercio global para 2019 desde una estimación preliminar del 2,6 % al 1,2 %, debido de las tensiones comerciales. Un total de 102 medidas restrictivas fueron adoptadas por los 164 miembros de la OMC en el lapso estudiado.

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