Lo que falta para seguir siendo la excepción en economía de la región

Lo que falta para seguir siendo la excepción en economía de la región

Si no hay sorpresas, en el 2020 el país podría tener un crecimiento similar al que se logró en 2019.

Lo que hace falta para seguir siendo la excepción en la economía de la región

El fuerte aumento de las importaciones, mientras las exportaciones caen, ha ahondado el déficit en la balanza comercial.

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Manuel Pedraza

Por: Ricardo Ávila
30 de diciembre 2019 , 09:24 p.m.

Han transcurrido más de tres décadas desde cuando, en plena crisis causada por la llamada ‘bomba’ de la deuda externa que golpeó duramente a América Latina a partir de 1982, la revista Euromoney publicó una portada cuyo titular hablaba por sí solo: “Colombia, la excepción dorada”. El informe en cuestión resaltaba que no solo el país había cumplido con sus acreencias a tiempo, sino que su desempeño estaba por encima del de sus pares en la región.

Es posible que si la carátula en cuestión llegara a ser reeditada hoy, el título sería un poco menos entusiasta que en aquella ocasión, así nos mereciéramos otro calificativo elogioso. A fin de cuentas, el entusiasmo que despierta esta parte del mundo viene en descenso de un tiempo para acá y la oleada de conflictividad social inquieta a los analistas externos.

No obstante, también habría elogios para la economía colombiana. El motivo es que aparte de ser la única –dentro de las del selecto grupo de tamaño mediano y grande– en haber registrado una aceleración en su tasa de crecimiento en 2019, todo apunta a que seguiremos en la vanguardia en el año que viene.

La razón más sencilla es que los demás pintan peor. Aparte de que la debacle venezolana debería prolongarse, a Argentina le quedará muy difícil salir de la recesión. Brasil, a su vez, escasamente levantará cabeza, al tiempo que México sentirá el coletazo de la falta de confianza del sector privado en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Para completar, Chile seguirá acusando el golpe de las protestas que derivarán en una nueva constitución y en Perú llegará un repunte, aunque de menor magnitud de la que se pensaba tres meses atrás.

Casi en las mismas

Lo anterior, al decir de uno que otro observador, no daría para hacer ferias y fiestas. De acuerdo con la información que acopia el Latin American Consensus Forecast, el promedio de las apuestas que hacen las 36 firmas más reconocidas en esto de los pronósticos da una expansión de 3,2 por ciento del producto interno bruto de Colombia en 2020. En otras palabras, mantendríamos la velocidad actual.

Hay diferentes proyecciones, por supuesto. El banco Société Générale encabeza la lista de los pesimistas con un tímido 2,3 por ciento, que contrasta con el entusiasmo de Barclays Capital, el cual habla de 3,7 por ciento. Por su parte, las colombianas Anif y Fedesarrollo consideran que la expansión sería de 3,3 o 3,5 por ciento, respectivamente.

Sea como sea, el mensaje es que continuaríamos más o menos en lo mismo de ahora, en lo que al avance del PIB se refiere. Aparte de lo anterior, tampoco vendrían sorpresas en el frente inflacionario o en materia de tasas de interés. Incluso el horizonte del dólar parece estar un poco más despejado si el cese de hostilidades comerciales entre Estados Unidos y China desemboca en un acuerdo entre las dos potencias.

3,2 por ciento de crecimiento En 2020, muestra la encuesta de Latin American Consensus Forecast.

Quienes piensan con el deseo aspiran a una mejoría más contundente. La administración Duque ha señalado que la aprobación de la ley de crecimiento por el Congreso serviría para atraer la inversión privada y crear una especie de círculo virtuoso que se traduciría en mayor demanda y más generación de empleo. La Andi opina que hay un clima más propicio para emprender proyectos, sobre todo ahora que desaparecieron las incógnitas en el ámbito tributario.

Bajo ese punto de vista, al igual que en 2019, los principales motores de la economía colombiana volverían a ser el consumo y la inversión. Por el lado sectorial, le iría bien al comercio y a los ramos financieros, pero tal vez lo más llamativo sería que el ramo edificador tomaría un segundo aire y la construcción de obras civiles aumentaría de la mano de las concesiones de cuarta generación y el comienzo de las obras del metro de Bogotá.

Las luces de alerta

Sería ingenuo, sin embargo, desconocer que hay riesgos en el horizonte. Estos comienzan en la arena internacional, por cuenta de una desaceleración importante que viene afectando tanto a la Unión Europea como a China e India, las dos naciones emergentes de mayor tamaño. No hay duda de que la disputa en Washington y Pekín influye mucho en la pérdida de dinamismo, pero incluso si las dos capitales superan sus diferencias, ello no necesariamente cambiaría la tendencia hacia una mayor ralentización.

Para comenzar, hay trastornos importantes a nivel monetario. La política del dinero abundante y barato que impulsan tanto el Banco Central Europeo como la Reserva Federal estadounidense deja a las autoridades de ambas entidades con un menú limitado de instrumentos para reaccionar ante otro frenazo o ante el estallido de una burbuja en los mercados financieros o de valores.

Así sus advertencias sean recibidas con un tono de hastío en varias capitales, expertos como Nouriel Roubini insisten en que el crecimiento de las acreencias es preocupante. Cualquier aumento súbito en las tasas de interés o una restricción en los flujos de capitales que le llegan al mundo en desarrollo puede ocasionar trastornos de marca mayor. También suenan los llamados a la cordura ante los precios de las acciones y el retorno de la “exuberancia irracional” de la cual habló el desaparecido Paul Volcker.

Si bien todavía no se cumplen doce años desde la irrupción de la crisis del 2008 que llevó al planeta a experimentar su primera contracción económica desde el final de la Segunda Guerra Mundial, parecería que las lecciones aprendidas se olvidaron con rapidez. Otra vez, el atractivo de las rentabilidades inmediatas se superpone a la estabilidad de largo plazo.

Pero no solo las alarmas están relacionadas con el escenario global. Los que saben del asunto subrayan que Colombia enfrenta desequilibrios importantes en sus cuentas externas. Con un déficit en la cuenta corriente de su balanza de pagos que supera los límites de lo aconsejable, el temor es que un cambio abrupto en la dirección del viento nos haga más difícil cubrir ese saldo en rojo.

Adicionalmente, están los que piensan que se está incubando un tremendo lío fiscal. Aunque al cierre de 2019 las cuentas públicas se ven bien, el remplazo de la ley de financiamiento que fue declarada inexequible por la Corte Constitucional implicará menores recaudos y mayores gastos.

Según las promesas gubernamentales, el faltante se podrá enjugar gracias a que la tasa de crecimiento será mayor y la Dian tendrá más éxito en su lucha contra la evasión. Lamentablemente ambos supuestos son de difícil concreción, por lo cual las autoridades están obligadas a tomar decisiones drásticas –como recortar el presupuesto nacional– en caso de que los ingresos estatales sean menores. Mantener la casa en orden es clave para preservar la credibilidad de las agencias calificadoras de riesgo y de los tenedores de bonos colombianos en el exterior.

La lista no termina ahí. Dentro de los pendientes por resolver, ninguno tiene tanta relevancia como el desempleo que no da trazas de disminuir. Por razones estacionales los datos más recientes mostraron un regreso a índices de un solo dígito, pero la comparación con años anteriores deja ver un deterioro. Contra lo que podría creerse, la dificultad radica no en un aumento desproporcionado de la oferta, sino en la poca creación de nuevas plazas.

Y aunque no sea la razón principal del deterioro del mercado laboral, no hay duda de que la ola migratoria proveniente de Venezuela será un elemento de presión más notoria en los meses por venir. Tal como lo señaló recientemente el director saliente de Migración Colombia, el cálculo es que 2.000 personas adicionales provenientes del país vecino fijan diariamente su residencia en el territorio nacional. A ese ritmo, llegar a una cifra de tres millones de recién llegados no estaría lejos.

Un punto que requiere consideración especial es el del paro nacional, que comenzó el pasado 21 de noviembre y cuyo levantamiento formal no parece estar a la vuelta de la esquina. Más allá de la valoración que cada quien tenga sobre el movimiento de protesta, varios comerciantes importantes dicen en privado que la primera semana de las marchas trajo consigo una caída abrupta en ventas, que se logró compensar en diciembre.

A pesar de ello, el interrogante es qué puede pasar en caso de que el clima social se deteriore de manera significativa.

La experiencia chilena muestra que aparte de la menor facturación que hacen los almacenes, la consecuencia más costosa del estado de agitación es el aplazamiento de proyectos productivos hasta que se aclare la situación. Tampoco son despreciables las erogaciones en las que incurre el Ejecutivo para tratar de paliar el descontento, lo cual arriesga con traer desequilibrios macroeconómicos importantes.

Llegar a soluciones sostenibles y duraderas es mucho más difícil si la economía no evoluciona positivamente. En el caso del país austral, el cálculo es que la turbulencia llevó a que su tasa de crecimiento no sea de tres sino de 2,4 por ciento este año y que el próximo apenas llegue a 2,2 por ciento, ocho décimas menos de lo que se pensaba hace tres meses.

En respuesta, no faltará quien afirme que extrapolar lo sucedido en el sur del hemisferio con lo que puede ocurrir aquí es injusto. Y si bien eso es válido, el mensaje de fondo es que hay peligros que acechan a la economía colombiana. Desconocerlos o minimizarlos sería un error. Enfrentarlos y sortearlos es la única garantía de que seguiremos siendo la excepción, en el concierto latinoamericano.

RICARDO ÁVILA
ANALISTA SENIOR
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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