Salir a la calle, un fenómeno global

Salir a la calle, un fenómeno global

Las manifestaciones de protesta forman parte de lo que los analistas llaman ‘la nueva normalidad’.

Independencia de Líbano

En el 76.° aniversario de la independencia de Líbano se reclamaron cambios políticos.

Foto:

Nabil Mounzer / EFE

Por: Ricardo Ávila Pinto
24 de noviembre 2019 , 01:59 p.m.

El titular de ayer habría sido suscrito por la gran mayoría de los colombianos: “Crece preocupación por ataques de turbas que actúan sin vínculo directo con las manifestaciones”. Contra lo que podría creerse, el encabezado no estaba en ningún diario nacional, sino en El Mercurio de Santiago de Chile, en donde los episodios de alteración del orden público llevan más de cinco semanas.

Al otro lado del Atlántico, en África, varios periódicos reportaron el arresto de decenas de personas en las marchas que tuvieron lugar el viernes en Argel, capital de Argelia, tras el anuncio de elecciones que una parte de la ciudadanía rechaza. A su vez, los informes provenientes de Teherán hablaron del restablecimiento del servicio de internet, suspendido por el régimen iraní para contener las fuertes protestas que estallaron después de un duro reajuste en el precio de los combustibles.

La lista de noticias en las que se menciona a marchantes podría incluir también a Taraz, en Kazajistán, o al propio Hong Kong, más allá de la calma chicha que precedió a los comicios convocados para hoy.

A decir verdad, en los últimos meses se han visto aglomeraciones masivas de personas expresando su descontento en la calle en una veintena de países de cuatro continentes, siendo Oceanía la única zona que mantiene la calma. Tras la primavera árabe de 2011, ahora la prensa habla del ‘otoño mundial’.

A escala global

Ningún analista puede explicar con claridad los múltiples fenómenos de agitación de masas en tan variados puntos de la geografía del planeta. Los motivos de quienes hacen oír su voz en sitios tan disímiles como Pakistán, Francia, Honduras, Líbano o Bolivia son distintos, pero de todas maneras se buscan similitudes.

Tal como dice Moisés Naím, “la gran incógnita de estas protestas es ¿por qué ahora?”. Para el pensador venezolano, las condiciones sociales, políticas y económicas que nutren muchas de las quejas actuales existen desde hace tiempo. No es clara, entonces, la causa de estallidos que podrían haber ocurrido cinco o tres años atrás, ni mucho menos la razón de que se vean en un lugar y en otro no, a pesar de que sobre el papel existan condiciones objetivas similares.

Por su parte, Michael Shifter, del Diálogo Interamericano en Washington, sostiene que las movilizaciones observadas en esta parte del mundo son sobre todo el resultado de circunstancias nacionales particulares. “Juntarlas a todas en la misma bolsa tiende a confundir más que a iluminar”, dice.

Aun así, el experto destaca que “la turbulencia está teniendo lugar con un trasfondo de estancamiento económico, demandas y expectativas crecientes, menor espacio fiscal, y partidos políticos e instituciones que han perdido credibilidad y que se ven como desconectados o indiferentes a las preocupaciones diarias de la opinión”.

Tales circunstancias hacen que la ruta de la movilidad social sea más precaria y que el resentimiento que acompaña la elevada desigualdad se dispare, debido a que la situación es más difícil y la presencia de las redes sociales hace más visibles las disparidades.

Sea cual sea el motivo, Naím subraya que “un factor común en lo visto en diferentes ciudades es la sorpresa”. Y explica: “De un lado, la sorpresa de los gobiernos que no anticiparon ni saben cómo enfrentar las marchas. El caso de Hong Kong es típico.

Pero también está la sorpresa de quienes protestan. Muchos de ellos nunca se imaginaron que sus salidas a la calle desencadenarían consecuencias tan grandes como las que están teniendo”.

No menos interesante es lo que plantea el columnista Héctor Riveros, para quien “hay una nueva relación con la autoridad por parte de los jóvenes, que cuestionan la jerarquía o el simbolismo de un uniforme o la validez de las instituciones y no les dan la misma legitimidad de las generaciones previas”. Si ese factor se combina con las expectativas insatisfechas o la incertidumbre que hay sobre el futuro ante la dudosa posibilidad de contar con un empleo remunerado o estable, la tendencia a enfrentar el establecimiento es mayor, pues no parece haber mucho que perder.

Lo anterior se combina con fuerte debilitamiento de la imagen de la democracia. Según Latinobarómetro, que mide el clima de opinión en una veintena de países del área, el respaldo a esta forma de gobierno llegó apenas al 48 por ciento el año pasado, 13 puntos porcentuales menos que al comenzar la presente década. En lo que atañe al grupo de los que tienen entre 16 y 25 años, ese apoyo baja al 44 por ciento, ocho puntos por debajo respecto a los pertenecientes a la tercera edad.

La clase media, presente

Adicionalmente, hay un elemento que no debería pasar desapercibido, sobre todo en lo que respecta a Colombia. Las estadísticas de la Cepal muestran que el siglo XXI trajo un notorio progreso social para América Latina, pues la tasa de pobreza que era de 45 por ciento en 2002 cayó hasta 28 por ciento en 2014. Sin embargo, el pésimo desempeño de la región desde entonces desembocó en que parte de esos avances se perdieran y los índices retrocedieran en un par de puntos porcentuales.

Aunque se puede argumentar que las cosas todavía están mucho mejor que en el arranque del milenio, varios millones de personas dieron marcha atrás en su calidad de vida. El deterioro, junto con el temor de los que hasta ahora han salido indemnes ante la posibilidad de regresar a las filas de la pobreza, hace que la ciudadanía reaccione con fuerza ante medidas que golpean su bolsillo o pueden desembocar en la pérdida de beneficios.

Si bien es imposible contar con una base estadísticamente confiable, el perfil de los manifestantes del jueves pasado en las ciudades colombianas era de clase media –muchos de ellos jóvenes–, cuyo tamaño más que se duplicó en el país en las pasadas dos décadas.

Desde 2015, y por primera vez en la historia, la cantidad de personas que están en ese grupo supera al de los pobres: 32 contra 27 por ciento, de acuerdo con los datos más recientes del Dane.

Tal como sucedió en Brasil en su momento, las exigencias y aspiraciones de aquellos que han logrado una mejora apreciable son diferentes de las que tienen los que están en la base de la pirámide de ingresos. La calidad de la educación, la movilidad o las preocupaciones medioambientales aparecen como inquietudes constantes, junto con el empleo. Aparte de querer más bienes públicos, hay conciencia sobre el riesgo que implica quedarse sin trabajo porque el sueldo escasamente alcanza.

La sensación de fragilidad, combinada con la percepción de que la corrupción está disparada y el Gobierno no hace bien su trabajo o el Congreso solo vela por sus propios intereses, lleva a la gente a salir a la calle. Si a lo anterior se suma la convicción de que la torta de la riqueza está muy mal repartida, es fácil entender por qué las cacerolas sonaron con tanta fuerza desde la noche del jueves.

A su modo, consiste en un llamado a la acción, para que los dirigentes se sacudan y sean más efectivos a la hora de atender temas prioritarios, tanto en el ámbito nacional como en el local. Las elecciones del 27 de octubre fueron un campanazo, al menos en Bogotá, Medellín o Cartagena, pero es previsible que en 2022 la aparición de aspirantes que no estén “contaminados” de los vicios de los partidos sea mucho más evidente.

Por esa razón, el alcance de acuerdos políticos a puerta cerrada es limitado y puede resultar contraproducente. Solo esfuerzos genuinos de diálogo, que comiencen con mecanismos para escuchar y no se vean como un simple montaje cosmético, servirán para aliviar la presión.En el entretanto, podría decirse que la clase media colombiana está, como los actores de la película de Pedro Almodóvar, “al borde de un ataque de nervios”.

Dos nubes oscuras

Quizás el mayor desafío es que los resultados del proceso correspondan a expectativas realistas.

Plantear una ecuación de mejores pensiones, salud gratuita y educación pública de calidad es imposible si se le cierra la puerta a pagar más impuestos o al desarrollo de proyectos productivos, incluyendo los mineros o petroleros. El populismo, que siempre está rondando, se encargará de plantear soluciones fáciles que suenan muy bien y funcionan muy mal.

El panorama se complica cuando se suman otras señales. El entorno global se enrarece debido a la desaceleración de la economía mundial. No se necesita de un especialista para darse cuenta de que la guerra comercial entre Estados Unidos y China comienza a dejar damnificados, con lo cual es válido preguntarse sobre el tamaño del coletazo que podría sentir Colombia.

Sin desconocer que hoy somos los de mostrar en la región en cuanto a crecimiento se refiere, la incertidumbre está a la orden del día.

Especialmente desafiante es conseguir que el mercado laboral mejore, para lo cual habría que avanzar más rápido que el 3,2 por ciento proyectado para 2019 por el Banco de la República.

Y aunque la mayoría de las apuestas sostienen que así será, un clima político más convulsionado resultaría contraproducente.

Sería paradójico que unas marchas que en parte exigían más gasto público hacia determinados programas acaben golpeando la confianza de consumidores e inversionistas hasta tal punto que ocurra un frenazo, tras el cual vendría un círculo vicioso de desaceleración y menores presupuestos.

Por tal motivo, el manejo de las circunstancias es clave para superar la emergencia. Solamente con el correr de los días se sabrá si la gran conversación nacional planteada por Iván Duque el viernes sirve para aminorar las tensiones y construir una sociedad más incluyente, en varios sentidos. Pero mientras la incógnita se resuelve es prioritario evitar un frenazo en la actividad productiva.

(Lea también: Claudia López acepta la invitación de Duque)

Adicionalmente, las autoridades están obligadas a pensar en los desafíos de más largo plazo. Ninguno es más inquietante que el que trae el cambio tecnológico. Tapar el sol con las manos ante los traumatismos que acompañan a la cuarta revolución industrial con automatización o robotización incluidas no sirve de nada. Las personas que pierdan su puesto debido a la modernidad hoy formarán parte de las cohortes de manifestantes de mañana.

Marchas a la vista

La ola de conflictos sociales y políticos que marca de manera imborrable al planeta no da trazas de disminuir pronto. Aparte de la actitud de los jóvenes o de los temores de la clase media que aspira a defender su calidad de vida, está el deterioro del prestigio de las administraciones de turno y el poder polarizador de las redes sociales, para no hablar del oportunismo de aquellos que buscan pescar en río revuelto.

Todo lo anterior, cuando se mezcla, da como resultado un compuesto muy inestable. Tanto, que la mayoría de expertos en el asunto considera que más que una moda pasajera, el clima de agitación formará parte de la nueva normalidad, aquí y en otras partes. Eso quiere decir que las calles se convertirán en el escenario natural de medir fuerzas y exigir resultados.

Eventualmente, los optimistas sostienen que los gobiernos aprenderán a estar más sintonizados con lo que piden los electorados y sabrán adaptarse a las exigencias de ahora. Pero si ese no es el caso, se abriría un escenario de mayor volatilidad que dista de ser el ideal.

Para Colombia, la disyuntiva queda planteada. Ken Frankel, del Consejo Canadiense para las Américas, expresa su deseo al subrayar que ojalá la administración Duque “vea la situación actual como una oportunidad y no como una amenaza”. Eso es lo que está por verse.

RICARDO ÁVILA PINTO
@avilapinto
Analista Sénior
Especial para EL TIEMPO

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