El coronavirus pone la solidaridad a prueba

El coronavirus pone la solidaridad a prueba

Estamos ante la oportunidad única de privilegiar el pensamiento en conjunto antes que el individual.

Coronavirus en Italia vejez

Las consecuencias económicas de las medidas de salud pública afectarán en forma desproporcionada a los grupos económicamente más desprotegidos.

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Piero Cruciatti. AFP

Por: Kemal Dervis - Project Syndicate
05 de abril 2020 , 12:54 a.m.

La crisis del coronavirus pone la solidaridad humana ante una prueba inédita. ¿Aceptarán los ricos medidas de apoyo para los pobres? ¿Aceptarán los jóvenes sacrificarse por los viejos? ¿Aceptarán los habitantes de países ricos transferencias de recursos a países pobres?

Solo si la respuesta a las tres preguntas es afirmativa podrá el mundo minimizar las consecuencias de la pandemia, que ya ha matado casi 38.000 personas y paralizado la economía. Y, sin embargo, nada garantiza que así sea.

La primera forma de solidaridad que está a prueba puede ser la más fácil. El covid-19 infectó a personas como el primer ministro del Reino Unido, atletas y actores famosos, muestra de que no distingue entre ricos y pobres.

Pero las consecuencias económicas de las medidas de salud pública afectarán en forma desproporcionada a los grupos económicamente más desprotegidos, entre ellos los sectores de bajos ingresos, los que trabajan por horas y los que no pueden teletrabajar. Al diseñar estrategias para compensar los daños económicos de la pandemia, los gobiernos deben considerar estas diferencias.

Hasta ahora, la reacción ha sido insuficiente. En Estados Unidos, por ejemplo, medidas como la ampliación de prestaciones por enfermedad, que ayudan a los de menores ingresos, se tendrían que haber implementado hace mucho. Otras acciones, como la entrega de cheques a todos los ciudadanos y la orden a las agencias federales de detener desahucios y ejecuciones hipotecarias, parecen más prometedoras, pero siguen siendo insuficientes.

Para generar solidaridad entre grupos de ingresos, la dirigencia tendrá que fomentar el patriotismo altruista que facilita el sacrificio compartido en tiempos de guerra (y al mismo tiempo rechazar la clase de nacionalismo que debilita la solidaridad internacional). El viejo argumento de que las políticas de apoyo a los pobres desincentivan el trabajo pierde toda credibilidad durante una pandemia. Y si eso no bastara, la ciudadanía y la dirigencia deben recordar que los individuos de menores ingresos no dejan de ser valiosos consumidores y votantes.

La segunda dimensión de la solidaridad que está a prueba es la intergeneracional. Ante las consecuencias económicas de las medidas de aislamiento, puede que no sea fácil lograr la cooperación duradera de los más jóvenes, que, aunque expuestos a sufrir afectaciones graves por covid-19, tienen tasas de mortalidad menores.

Los lazos familiares podrían convencer a los jóvenes de respetar el aislamiento. Pero, como ha demostrado la lucha contra el cambio climático, este argumento tiene sus límites: los que hoy son más viejos han sido hasta ahora renuentes a los sacrificios necesarios para garantizar un futuro sostenible para sus hijos y nietos.

En este sentido, la pandemia puede ser una oportunidad de progreso. Si los jóvenes se unen a las medidas drásticas de corto plazo para contener el virus, los más viejos podrían formular un compromiso a mediano plazo contra el cambio climático.

La tercera prueba que el covid-19 plantea a la solidaridad es la más difícil. En un momento en que las dirigencias políticas ya demandan tanta solidaridad dentro de sus países, y en que las economías nacionales sufren pérdidas, no será fácil proponer generosas transferencias de recursos hacia los países en desarrollo que luchan contra la enfermedad.

Pero si un país con un ingreso per cápita de 50.000 dólares (casi el nivel de Canadá y Alemania) sufriera una contracción económica del 10%, todavía estaría diez veces mejor que los países de ingresos bajos y medios antes de la pandemia. Y, acaso más importante, si los países pobres no logran contener sus brotes de covid-19, el virus puede reaparecer en países ricos que creían haberlo superado.

De modo que la solidaridad con los países en desarrollo es una cuestión a la vez de ética y de futuro. No pasar esta prueba de solidaridad dejará profundas heridas psicológicas en los países abandonados a su suerte, lo que sentará las bases para variadas formas de extremismo y nuevas crisis que serán amenaza para todos.

Mientras los países desarrollados contrarrestan las consecuencias económicas de la pandemia, también deben cooperar con los organismos internacionales para la creación de estrategias de ayuda a los países en desarrollo. Si bien la provisión inmediata de liquidez que propone el Fondo Monetario Internacional es un buen comienzo, seguir acumulando deudas no es una solución sostenible. También se necesitarán subsidios y otra ronda de condonaciones de deuda, y los organismos internacionales deben asegurarse de que todos los países consigan suministros médicos y otros elementos necesarios.

El mundo está a punto de descubrir si décadas de globalización económica pueden llevar a una comprensión más profunda de los lazos que lo unen. Solo reconociendo y fortaleciendo esos lazos podremos reemplazar el frágil sistema actual, construido al servicio de la hipereficiencia y la ganancia inmediata, por otros ordenamientos más sostenibles basados en la solidaridad económica, generacional e internacional.

KEMAL DERVIS*
© Project Syndicate * Exadministrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud). Miembro principal de la Brookings Institution.
Washington

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