Los errores de Argentina y el FMI en la crisis de ese país

Los errores de Argentina y el FMI en la crisis de ese país

La tormenta perfecta vuelve a estar sobre uno de los países más importantes de la región.

Crisis en Argentina

Una postal triste y muy común por estos días en Argentina.

Foto:

Ronaldo Schemidt / AFP

Por: Mohamed A. El-Erian - Project Syndicate
21 de septiembre 2019 , 09:39 p.m.

Inversionistas y analistas económicos han comenzado a hacerse la misma pregunta que formulé en un artículo publicado hace 18 años: “¿Quién perdió a la Argentina?”. A fines de 2001, mientras se intensificaba la búsqueda de culpables, el país iba camino de incumplir el pago de sus deudas, caer en una profunda recesión y sufrir una pérdida duradera de credibilidad internacional. Ahora, para los papeles de víctima y acusador vuelven a competir muchos de los candidatos de antes, y se suman otros. Intencionalmente o no, todos están repitiendo una tragedia evitable.

Tras un mal resultado en las elecciones primarias, el presidente argentino, Mauricio Macri, busca otro mandato en condiciones económicas y financieras que prometió que nunca volverían. El país impuso controles de capitales y anunció un reperfilamiento del pago de sus deudas. Moody’s degradó la deuda soberana argentina, hundiéndola más en el territorio de los bonos basura, y Standard & Poor’s la declaró en ‘default’ selectivo. Mientras se desarrolla una recesión profunda, la inflación está en niveles muy altos y la pobreza aumenta.

No han pasado aún cuatro años desde que Macri asumió el cargo y comenzó a implementar una agenda de reformas ampliamente elogiada por la comunidad internacional. Pero Argentina ha vuelto a caer en una crisis por la sencilla razón de que desde la última debacle no hubo los cambios suficientes. Por eso, las bases económicas y financieras del país no dejaron de ser vulnerables a perturbaciones internas o externas.

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El compromiso de las autoridades económicas y financieras de Argentina con un ambicioso programa de reformas no las libró de cometer varios errores no forzados. La disciplina fiscal y las reformas estructurales se aplicaron en forma dispareja, y el Banco Central dilapidó su credibilidad en momentos claves.

Sobre todo, las autoridades argentinas actuales cayeron en la misma tentación que malogró a las anteriores. En un intento de compensar la lentitud en la mejora de la capacidad interna, permitieron una acumulación excesiva de deuda en moneda extranjera, lo que agravó lo que los economistas denominan ‘el pecado original’: un descalce de monedas significativo entre activos y pasivos, y entre ingresos y pagos de la deuda.

Peor aún, esta deuda la compraron no solo inversionistas con experiencia en los mercados emergentes, sino también ‘inversionistas turistas’ en busca de rendimientos superiores a los disponibles en los mercados de sus países. Estos últimos tienden a carecer de conocimiento suficiente sobre la clase de activos en la que se están metiendo, y por eso son notorios por contribuir a que sus precios sobrerreaccionen (hacia arriba o hacia abajo).

Impertérritos ante el historial argentino de volatilidad crónica y episodios de iliquidez (incluidos ocho ‘defaults’ anteriores), los acreedores acumularon toda la deuda que el país y sus empresas emitieron, incluida la muy exitosa emisión de un bono a cien años, por el que se recaudaron 2.750 millones de dólares a un tipo de interés de apenas el 7,9 por ciento. Al hacerlo, empujaron los intereses de la deuda argentina muy por debajo de lo que justificaban las condiciones económicas, financieras y de liquidez, lo que alentó a las entidades argentinas a emitir más bonos, a pesar del claro debilitamiento de los fundamentos.

La búsqueda de rendimientos contó con el aliciente de unas políticas monetarias inusualmente laxas en las economías avanzadas: tasas de referencia ultrabajas (negativas en el caso del Banco Central Europeo). Y así, bancos centrales con importancia sistémica (el de Japón, la Reserva Federal de EE. UU. y el BCE) son los nuevos actores en la vieja búsqueda argentina de culpables.

Además, influidos por años de fuerte apoyo de los bancos centrales a los mercados de activos, los inversionistas estaban condicionados para esperar niveles amplios y predecibles de liquidez (un ‘factor global común’ coherente) que compensaran toda clase de debilidades crediticias individuales. Y este fenómeno se acentuó por la proliferación de inversiones pasivas, con índices que en la mayoría de los casos usan una ponderación basada en el valor de mercado de la deuda en circulación (es decir, cuanta más deuda emita un mercado emergente, como Argentina, más peso tendrá en muchos índices).

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Un préstamo histórico

Luego apareció el FMI, que acudió una vez más en ayuda de Argentina cuando en 2018 varios fallos de política interna pusieron nerviosos a los inversionistas. Hasta ahora, Argentina ha recibido 44.000 millones de dólares como parte del acuerdo de financiación más grande en la historia del FMI. Pero desde el primer día, el programa del FMI fue blanco de críticas por los supuestos que formuló en relación con las perspectivas de crecimiento de Argentina y su sendero hacia la viabilidad financiera a más largo plazo. Justamente los mismos defectos que plagaron los programas anteriores de ayuda del FMI a Argentina, incluido en esto el caótico proceso que llevó al ‘default’ de 2001.

Como en ‘Asesinato en el Expreso de Oriente’, de Agatha Christie, casi todos los involucrados han tenido algo que ver con la debacle económica y financiera que se desarrolla en Argentina, y todos son también sus víctimas, habiendo sufrido un daño a la reputación y, en algunos casos, pérdidas financieras. Pero esos costos no son nada en comparación con los que enfrentará el pueblo argentino si su gobierno no actúa pronto (en cooperación con los acreedores privados y el FMI) para revertir el deterioro económico y financiero.

Gane quien gane la elección presidencial (el 27 de octubre será la primera vuelta), el Gobierno argentino debe abandonar la idea de que tiene ante sí una disyuntiva excluyente entre aceptar o rechazar todas las demandas del FMI y de los acreedores externos. Como Brasil bajo el entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva en 2002, Argentina tiene que emprender un tercer camino, mediante un programa de ajuste y reformas de origen local que ponga más énfasis en proteger los sectores más vulnerables de la sociedad.

Con apoyo suficiente de la ciudadanía local, ese programa daría a Argentina un sendero compatible con los mecanismos de incentivo, con el cual encarar la recuperación en cooperación con los acreedores y con el FMI.

En vista de la desaceleración de la economía global y el riesgo creciente de volatilidad financiera en el mundo, no hay tiempo que perder. Todas las partes con intereses en Argentina tienen algo que aportar para evitar que se repitan la depresión y el caótico ‘default’ de principios de siglo. Gestionar una recuperación con raíces locales no será fácil, pero es posible.

MOHAMED A. EL-ERIAN*
© Project Syndicate
Cernobbio (Italia)

* Este economista, autor de varios libros y asesor económico jefe de Allianz, fue subdirector del Fondo Monetario Internacional y presidente del Consejo de Desarrollo Global del presidente Barack Obama.

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