La debilidad del multilateralismo económico ante la crisis del mundo

La debilidad del multilateralismo económico ante la crisis del mundo

Se han dado a conocer promesas ambiciosas, pero las acciones no han coincidido con lo dicho.

KRISTALINA GIORGEVA

Kristalina Georgieva, directora Gerente del Fondo Monetario Internacional.

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Efe

Por: José Antonio Ocampo
27 de abril 2020 , 01:46 a.m.

La debilidad de la cooperación multilateral fue evidente en las reuniones del Grupo de los 20 (G20) y las instituciones de Bretton Woods que tuvieron lugar en Washington (Estados Unidos) hace una semana.

La limitada cooperación internacional contrasta con las ambiciosas políticas internas que han adoptado algunos países desarrollados, y en particular Estados Unidos, para manejar su crisis. Los grandes perdedores serán los países emergentes, para los cuales la cooperación ha sido, hasta ahora, mínima.

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Las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial que tuvieron lugar hace una semana serán recordadas no solo por haber sido las primeras de la historia que se realizaron en forma virtual, sino también por la pobreza de las decisiones adoptadas frente a lo que la propia directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, ha caracterizado como la peor crisis económica mundial desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado.

Ha habido, por supuesto, promesas ambiciosas y expresiones sinceras de solidaridad. Los jefes de Estado del G20 se comprometieron, a fines de marzo, a “hacer lo que sea necesario y a utilizar todas las herramientas de política disponibles para minimizar los daños económicos generados por la pandemia, restablecer el crecimiento global, mantener la estabilidad de los mercados y fortalecer la resiliencia”.

Mientras los ministros de Hacienda y los gerentes de los bancos centrales del G20 expresaron algo similar en su declaración durante las reuniones de los organismos de Bretton Woods.

Pero las acciones multilaterales no han coincidido con las palabras. De hecho, las acciones en marcha están en fuerte contraste con el “plan mundial para la recuperación y la reforma” adoptado por los Jefes de Estado del G20 en Londres el 2 de abril de 2009, para enfrentar la crisis internacional de entonces.

Dicha declaración condujo a la reforma más importante de las líneas de crédito del FMI en su historia, a la mayor emisión de derechos especiales de giro (DEG) –la moneda internacional que emite el FMI–, a una capitalización y un aumento masivo de préstamos por parte de bancos multilaterales de desarrollo, a una ambiciosa reforma de la regulación financiera y al comienzo de los esfuerzos por fortalecer la cooperación tributaria internacional.

En comparación con estas acciones, y con las necesidades de las economías emergentes y en desarrollo, que tanto el FMI y como la Unctad han estimado en 2,5 billones de dólares, los anuncios de las reuniones de primavera fueron minúsculos.

Quizás el más importante en términos de nuevos recursos haya sido la duplicación de las líneas de crédito de emergencia del FMI. Si bien esta decisión está dando lugar a la rápida aprobación de una multiplicidad de créditos, los montos de los recursos correspondientes solo ascienden a 100.000 millones de dólares.

El FMI también ha creado una línea de liquidez de corto plazo, pero solo “para los países miembros con políticas y fundamentos muy fuertes”, una regla que en el pasado se había aplicado a pocos países.

Las acciones a favor de las naciones de más bajos ingresos han sido más ambiciosas e incluyen nuevos recursos del FMI, alivio de las deudas y una suspensión del servicio de sus deudas durante el resto del 2020.

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El Banco Mundial también ha comenzado nuevos programas de préstamos para los países más pobres. Sin embargo, en el caso de los países de ingresos medios, donde vive la mayoría de los pobres del mundo, los nuevos préstamos del Banco Mundial también han sido limitados hasta ahora.

Permítanme agregar que todo esto ha ocurrido no obstante el liderazgo de la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva. En comparación, el presidente del Banco Mundial, David Malpass, ha jugado un papel secundario y ha propuesto, además, una nueva oleada de reformas estructurales (o de mercado), un tema que rechaza una parte importante de los países emergentes y en desarrollo en la actualidad.

Muchos de los asuntos que han estado en los debates públicos internacionales fueron rechazados o ignorados durante las reuniones. Estados Unidos vetó la emisión de al menos 500.000 millones de dólares de DEG, con el sorprendente apoyo de la India.

A su vez, fueron ignorados el llamado a medidas coordinadas de regulación de los flujos de capital para detener la peor fuga de capital de cartera desde las economías emergentes de la historia, el llamado a las agencias calificadoras de riesgo para que dejen de hacer rebajas de las calificaciones durante la emergencia, que alimentan esa fuga de capitales, y las propuestas para postergar o reestructurar las deudas de los países de renta media que lo necesiten.

Y no ha habido, tampoco, un llamado a capitalizar los bancos multilaterales de desarrollo, un tema que fue crítico para la recuperación después de la crisis de 2008-09.

La crisis económica en curso será recordada no solo por ser la peor desde la Gran Depresión, sino también por la mínima cooperación multilateral que se ha acordado

Es interesante el contraste entre la limitada acción multilateral y las políticas adoptadas por Estados Unidos para enfrentar la crisis actual, que son mucho más agresivas que las que adoptó la potencia norteamericana frente a la crisis financiera de 2008-09.

El paquete fiscal aprobado por el Congreso de ese país ha sido más ambicioso que entonces, y la Reserva Federal (el banco central de Estados Unidos) ha sido más activa en proporcionar liquidez, intervenir para reducir la volatilidad en los mercados financieros y respaldar los préstamos a pequeñas empresas.

Al mismo tiempo, y en contraste también con el liderazgo internacional de Estados Unidos durante la crisis de 2008-09, su apoyo esta vez ha sido limitado e, incluso, negativo, en particular su rechazo a la emisión de DEG por primera vez en la historia y la suspensión de su contribución a la Organización Mundial de la Salud.

La Reserva Federal relanzó sus líneas de canje de monedas ('swaps') con otros bancos centrales, pero ellas solo benefician a cuatro economías emergentes (Brasil, Corea, México y Singapur); prometió también comprar los bonos del Tesoro que los países deseen venderle, mediante un mecanismo de repos, pero este apoyo solo beneficia a países con cantidades importantes de reservas internacionales.

La historia de los países europeos tiene algunas similitudes. Han adoptado fuertes paquetes fiscales internos (incluido la suspensión por parte de Alemania de su política de déficit fiscal cero, aunque solo en forma temporal) y garantías para préstamos a empresas, en particular las pequeñas.

Ha habido también una nueva ola de provisión de liquidez por parte del Banco Central Europeo y los bancos centrales nacionales. Han apoyado más la acción multilateral, incluida la emisión de DEG, pero están inmersos en las viejas polémicas entre el norte y el sur de la Unión Europea, incluido el lanzamiento de un eurobono (coronabono) para apoyar a los países que enfrentan los peores efectos de la crisis, con Italia y España como los ejemplos más destacados.

Como lo advirtió el presidente Macron, la Unión Europea podría enfrentar la peor crisis de la historia.

La crisis económica en curso será recordada, por lo tanto, no solo por ser la peor desde la Gran Depresión, y una en la cual las políticas internas adoptadas por los países desarrollados han sido ambiciosas, sino también por la mínima cooperación multilateral que se ha acordado, en particular para apoyar a las economías emergentes.

Ciertamente, la acción multilateral ha estado muy lejos de “lo que sea necesario” que prometieron los jefes de Estado del G-20 hace unas semanas.


JOSÉ ANTONIO OCAMPO
Especial para EL TIEMPO

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