Coronavirus: ¿cómo evitar el próximo ‘cisne blanco’?

Coronavirus: ¿cómo evitar el próximo ‘cisne blanco’?

El mundo sobrepasa los límites físicos del crecimiento económico, lo que origina vulnerabilidades.

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El covid-19 ha sido una ‘tormenta perfecta’ advertida para la economía mundial. No obstante, las exportaciones chinas crecieron 3,5 en abril.

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AFP

Por: Mauricio Cárdenas, Juan José Guzmán Ayala y Juan Nicolás Hernández Aguilera*
08 de mayo 2020 , 11:37 a.m.

La reciente crisis del coronavirus ha generado mayor conciencia sobre la necesidad de inversiones más responsables y sostenibles. Una vez que se logre contener la propagación del virus, es de esperar que el mundo entre en una fase de recuperación. Esta fase no implica, sin embargo, volver a una economía y a una forma de hacer negocios como antes.

Una estrategia de recuperación exitosa, por el contrario, debe combinar la necesidad de restablecer los ingresos y la actividad económica, al tiempo que se evita otra catástrofe.

A medida que nos adentramos en lo que podría ser la peor recesión desde la Gran Depresión, es probable que aumente el nivel de conciencia sobre los costos de ignorar los límites físicos del crecimiento económico.

Sobrepasar esos límites es lo que origina vulnerabilidades que se conocen en el argot financiero como ‘cisnes blancos’. Hoy estamos viviendo uno de ellos.

No estábamos preparados

La crisis actual revela la poca preparación de nuestro sistema socioeconómico a los llamados choques físicos.

A diferencia de los choques financieros, que causaron la crisis financiera global de 2008-2009, los choques físicos se originan cuando se sobrepasan las fronteras ecológicas y sociales, generando un colapso económico.

Gracias a los avances científicos estamos ahora en una mejor posición para comprender las causas de estos choques y, en algunos casos, anticipar su ocurrencia. Mitigar esta clase de riesgos extremos es no solo posible, sino, de hecho, imperativo.

Aunque no suficientes por sí solas, las finanzas e inversiones sostenibles que abarcan aspectos ambientales, sociales y gobernanza (ESG, por su sigla en inglés) son una forma de garantizar que en el período posterior al coronavirus no se genere otra experiencia similar.

De hecho, un mayor énfasis en este tipo de inversiones, una vez la ‘normalidad’ sea restablecida, reduciría las posibilidades de que un nuevo choque físico derive en otra crisis global. Es decir, lo mejor que podemos hacer para evitar una futura crisis es asignar el capital inteligentemente, y esto no va a ocurrir de manera espontánea.

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Dentro de las amenazas potenciales resulta de particular preocupación el cambio climático. El mundo enfrentará un calentamiento catastrófico e irreversible, a menos que los gobiernos y las empresas cambien sus prioridades pronto.

Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, el calentamiento debe limitarse a 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, y un mayor calentamiento traerá consecuencias económicas y sociales cada vez más desastrosas.

El calentamiento actual ya ha excedido el nivel de 1 °C y ha venido acompañado de una mayor variabilidad climática, que hoy ya es un problema inmanejable para muchos países.

Pero las cosas pueden empeorar. Una preocupación legítima es que con un precio del petróleo en mínimos históricos, las fuerzas del mercado estimulen nuevamente el uso de combustibles fósiles y frenen su sustitución por fuentes renovables.

Esto aumentará el riesgo de choques físicos. La pandemia y sus enormes costos económicos deberían prender las alarmas frente a este tipo de ‘riesgos anunciados’ y converger hacia políticas e iniciativas que protejan al planeta de mayores emisiones de carbono.

Los paquetes de recuperación económica que tendrán que adoptar los gobiernos son una gran oportunidad.

En un momento en que los mercados son reacios a aumentos en la deuda pública por razones de sostenibilidad financiera, hay que apelar a la importancia de otro tipo de sostenibilidad: la que reduce emisiones de gases de efecto invernadero, mejora los sistemas de atención médica y reduce la desigualdad. Esta es una oportunidad única para incorporar los criterios ESG y reorientar el financiamiento por sendas menos riesgosas.

Algunas lecciones que se deben aprender

La pandemia del coronavirus tomó al mundo entero por sorpresa. Prácticamente todos los países se enfrentan a servicios de salud con fondos insuficientes, redes de seguridad social inexistentes o insuficientes para atender poblaciones particularmente vulnerables y con mayores riesgos de infección, así como empresas y sectores en dificultades.

Al mismo tiempo, los gobiernos tienen un espacio fiscal reducido para acomodarse al tipo de respuesta necesaria, mientras que la banca multilateral no tiene el capital suficiente para prestar la cantidad requerida por los países.

Colectivamente, el mundo no logró internalizar a tiempo un riesgo físico de este tipo y magnitud. El análisis de riesgos convencional pudo haber preparado a los gobiernos, inversores, corporaciones e individuos para las crisis financieras, pero ha dejado a todos los actores atónitos por los riesgos físicos.

Las consecuencias de ignorar esta clase de riesgos no podrían haber sido más devastadoras.

Lo paradójico es que podríamos haber estado mejor preparados para este choque. En 2007, un grupo de investigadores de la Universidad de Hong Kong publicó un estudio que examinó el brote de SARS 2002-03 y concluyó que “la presencia de una gran reserva de virus similares al SARS-CoV en murciélagos rinolófidos o de herradura, junto con la costumbre de comer mamíferos exóticos en el sur de China es una bomba de tiempo”.

Un informe más reciente sugería que empujar la frontera urbana y agrícola a las regiones más biodiversas del mundo podría haber sido uno de los factores que llevaron a la covid-19. Si este fuese el caso o no, es aún sujeto a debate; lo cierto es que no se supieron evaluar adecuadamente los riesgos.

Colectivamente, el mundo no logró internalizar a tiempo un riesgo físico de este tipo y magnitud.

En 2012, el Consejo Nacional de Inteligencia del Gobierno de los Estados Unidos, enfocado en la planeación estratégica de mediano y largo plazo, presentó un informe con varios eventos que podrían clasificarse como ‘cisnes blancos’. Entre ellos destacaba la probabilidad de una severa pandemia a nivel mundial en los siguientes 15 años.

El informe subraya, además, otros ‘cisnes blancos’ como un cambio climático más rápido y severo (llamado también como el ‘cisne verde’), disturbios sociales por la desigualdad y tormentas geomagnéticas solares, por nombrar algunos.

Vale la pena preguntarse: ¿podría haber estado mejor preparado el mundo sabiendo que una pandemia global paralizaría la economía por varios meses? Si los portafolios de los gobiernos, corporaciones e inversionistas hubiesen al menos testeado o contemplado esta posibilidad de ‘cisnes blancos’, ¿serían diferentes los titulares actuales en los periódicos del mundo?

El camino hacia adelante

La recuperación económica post-covid-19 no debe ser un regreso a la ‘normalidad’. Gobiernos, empresas e inversionistas no deben seguir operando en mundos imaginarios donde los choques físicos son solo teoría. Deben adoptar estrategias de crecimiento que mitiguen esta clase de riesgos.

El primer paso es incorporar información y datos científicos en la toma de decisiones financieras. Concretamente, debería ser estándar: 1) la identificación de riesgos no-financieros y 2) la internalización de esos riesgos al aumentar los costos financieros para aquellas actividades que violen los límites planetarios (o, alternativamente, recompensar inversiones que sean sostenibles).

Si aquellos proyectos que mitigan los riesgos físicos cuentan con suficientes incentivos económicos, habrá una mayor cantidad de capital asignado a aquellas áreas que reducen el impacto de los ‘cisnes blancos’.

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Esto no es nuevo. Desde la crisis financiera de 2008 se ha registrado un nuevo boom en el campo de la inversión sostenible o ESG. Según Bloomberg, la emisión global anual de instrumentos de deuda sostenible aumentó de solo 15.000 millones de dólares en 2013 a 465.000 millones de dólares al final de 2019, una cuantía significativa, pero que solo representa el 6 por ciento de la emisión total de deuda global el año pasado.

El choque por el nuevo coronavirus ha inducido la corrección más rápida del índice S&P 500 en los registros históricos. Mientras que el capital financiero abandonaba inversiones riesgosas y buscaba refugiarse en activos más seguros, los analistas anotaban que “los flujos hacia fondos cotizados en bolsa con características ESG, tanto en renta fija como en acciones, habían tenido un mejor desempeño al compararlos con el mercado”.

Si bien aún es temprano para concluir que los negocios sostenibles se verán mejor librados de la crisis que apenas comienza, los factores ESG parecen ser una herramienta efectiva para mitigar los riesgos estructurales del sistema.

Aunque sea un área prometedora, las finanzas sostenibles todavía tienen limitaciones. Por ejemplo, ¿cuales indicadores consideran fuentes de riesgos físicos? ¿Existe una definición estándar sobre lo que de verdad significa ‘sostenible’ y ‘social’, y cuál sería su alcance? ¿Cuál es el horizonte temporal para una inversión sea categorizada de ‘sostenible’?
Estas preguntas aún no tienen una respuesta concreta. Sin embargo, con todas sus limitaciones, un énfasis renovado en finanzas ESG es la mejor opción que el mundo tiene para evitar otro gran retroceso.

La Autoridad Europea de Valores y Mercados anunció recientemente la creación de la guía de divulgación y reportaje sobre factores ESG, sentando así un excelente precedente en la dirección correcta.

Al crear un lenguaje y una taxonomía común para las finanzas sostenibles, y exigiendo a los mercados financieros divulgar el grado de sostenibilidad ambiental de sus productos, la Unión Europea está liderando el camino de esta revolución.

La motivación existe, pero si la crisis que estamos afrontando nos ha enseñado algo, es que se necesita acción decisiva no solo de manera rápida, sino también a una escala global.

Los efectos más extremos del cambio climático se podrán ver en los siguientes 10 años, pero estos se irán formando a raíz de cómo el capital es distribuido en el presente.

Esto se conoce como la ‘tragedia del horizonte’, que solo se corrige cuando los reguladores exigen que las proyecciones financieras consideren riesgos no financieros de largo plazo, como la posibilidad de que cadenas de distribución sean interrumpidas por factores climáticos.

Estos factores pueden cambiar los fundamentos de los modelos de negocio que son rentables en el corto plazo, pero inviables en el largo plazo.

La principal lección que esto nos deja es que se necesita incluir potenciales choques futuros, incluyendo el cambio climático, de manera estandarizada y extendida en la toma de decisiones financieras tanto corporativas como gubernamentales.

Esto motivaría innovación en el sector privado, y ayudaría a mantenernos dentro de los límites planetarios e incrementaría nuestro nivel de resiliencia social contra los riesgos que nos esperan.

MAURICIO CÁRDENAS, JUAN JOSÉ GUZMÁN Y JUAN NICOLÁS HERNÁNDEZ*Publicado originalmente por el Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia.

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