¿Ayudar a los pobres es una gran pérdida de tiempo y de recursos?

¿Ayudar a los pobres es una gran pérdida de tiempo y de recursos?

Reflexión sobre cómo los dineros para combatir la pobreza mundial no son un pañito de agua tibia.

Pobreza en el mundo

Que la ayuda al desarrollo sea poca, no llegue siempre a quienes la necesitan o se invierta mal, no le quita peso a su importancia.

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Desmond Kwande / AFP

25 de agosto 2018 , 09:34 p.m.

En un ensayo publicado el mes pasado en ‘The Guardian’, quince importantes economistas (incluidos los premios nobel Angus Deaton, James Heckman y Joseph Stiglitz) criticaron lo que ellos denominan una “manía” en relación con medir la eficacia de las ayudas al desarrollo, con el argumento de que nos lleva a ignorar las verdaderas raíces de la pobreza global.

Yo defiendo que se evalúe la eficacia de las ayudas y que se provean recursos a aquellas intervenciones que los usen de la manera más eficiente. Por eso fundé la organización The Life You Can Save, que se dedica a verificar cuáles son las entidades benéficas que obtienen mejores resultados con el dinero que reciben y, de este modo, alentar a los donantes a elegirlas.

The Life You Can Save recomienda intervenciones comprobadas, porque pensamos que los donantes pueden hacer ‘más bien’ ayudando eficientemente a individuos con necesidades insatisfechas que aspirando a eliminar las raíces de la pobreza sin una estrategia realista para ello.

Deaton, Heckman, Stiglitz y sus colegas comienzan diciéndonos que la pobreza global “sigue siendo insoluble”. Y esta afirmación refleja y refuerza la idea pesimista de que no estamos haciendo ningún avance en la reducción de este flagelo. Pero no es así. El Banco Mundial estima que hoy viven en pobreza extrema (aquellas personas que carecen de un ingreso estable que les permita cubrir necesidades básicas como alimento, vivienda y otras) 768,5 millones de personas: el 10,7 % de la población mundial.

En un mundo que produce más que suficiente para satisfacer las necesidades básicas de todos, esta cifra no puede dejar a nadie indiferente. Pero en 1990, vivía en la pobreza extrema más del 35 % de la población mundial, mientras que en 2012 la cifra era 12,4 %. La tendencia es claramente positiva.

Hay otros indicadores de bienestar que también refutan la idea pesimista. Por ejemplo, desde 1990, la tasa de mortalidad infantil se redujo de 93 muertes por cada 1.000 nacimientos a cerca de 40.

Los citados economistas también argumentan que el supuesto fracaso en la reducción de la pobreza global se produce a pesar de “cientos de miles de millones de dólares en ayudas”. Como no indican a qué período temporal se refieren, muchos lectores entenderán que el mundo dona “cientos de miles de millones de dólares” cada año, pero no es así.

Los donantes pueden hacer ‘más bien’ ayudando eficientemente a individuos con necesidades insatisfechas que aspirando a eliminar las raíces de la pobreza sin una estrategia realista para ello

En 2017, la asistencia oficial al desarrollo (AOD) de todas las economías avanzadas del mundo fue de 146.600 millones de dólares: menos de un dólar por cada 300 dólares de ingreso nacional bruto de esos países. Si todo este dinero llegara a los 768,5 millones de personas que viven en la pobreza extrema, equivaldría a 191 dólares para cada una. Pero solo el 45 % de la AOD se destina a los países menos desarrollados, y mucho dinero se emplea en programas de dudosa eficacia. Así que no es extraño que esta asistencia, escasa y a menudo mal asignada, no haya conseguido poner fin a la pobreza extrema.

Existen pruebas firmes de que con buenas intervenciones como, por ejemplo, distribuir mallas antimosquitos para proteger a niños y adultos de enfermedades como la malaria, salva vidas y cuesta poco. Pero como hemos dicho, la principal objeción de los economistas a estos datos es que nos llevan a concentrarnos en “microintervenciones” que no atacan las causas profundas de la pobreza.

¿Qué proponen los autores? Dicen que los pobres necesitan “acceso a atención médica y educación pública”; que para lograr avances reales en agricultura hay que poner fin a los subsidios agrícolas excesivos de los países ricos. Otras recomendaciones incluyen terminar con la evasión fiscal de las multinacionales, regular los paraísos fiscales y crear normas laborales que pongan fin a la competencia salvaje generada por la globalización.

Además, nos dicen que hay un tesoro de datos desaprovechados que, en combinación con las imágenes satelitales, nos ayudarían a entender qué políticas funcionan mejor. Pero que el objetivo último debe ser cambiar las reglas del sistema económico internacional para volverlo “más ecológico y más justo para la mayoría”.

Objetivos loables, sin duda. Pero ¿a quién le hablan los economistas? Claramente a los gobiernos y al poder político. Pues bien, tomemos el caso de los subsidios agrícolas en Estados Unidos. Cualquier observador imparcial sabe que perjudican a los pobres de todo el mundo y son un inmenso desperdicio de fondos públicos. Sin embargo, los intentos de eliminarlos han fracasado una y otra vez, no por falta de análisis, sino por el poder político de los estados rurales.

No es extraño que esta asistencia, escasa y a menudo mal asignada, no haya conseguido poner fin a la pobreza extrema

The Life You Can Save, lo mismo que GiveWell y otras organizaciones similares, intentan influir en los donantes individuales y alentarlos a pensar en el mejor modo de usar sus donaciones. Espero que también sean ciudadanos activos que exhorten a los gobiernos a crear un mundo más justo y más sostenible. Pero mientras esperamos que los políticos ataquen las raíces de la pobreza global –y puede ser una larga espera–, concentremos los recursos disponibles en dar a las personas que viven en la pobreza extrema una ayuda eficaz que mejore sus vidas lo más que sea posible.

PETER SINGER
Profesor de Bioética en la U. de Princeton, profesor en la escuela de estudios históricos y filosóficos de la U. de Melbourne y fundador de The Life You Can Save
© Project Syndicate
MELBOURNE

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