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Asuntos de vida y muerte / Análisis de Ricardo Ávila
Migrantes venezolanos

En el 2020, el fenómeno migratorio de venezolanos aportó uno de cada 11 nacimientos registrados en Colombia.

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Asuntos de vida y muerte / Análisis de Ricardo Ávila

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La pandemia fue la primera causa de muertes en el país y también aceleró descenso en la natalidad.

La noticia confirmada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) según la cual el covid fue la primera causa de las muertes registradas en Colombia el año pasado no sorprendió a nadie que le siga la pista a la evolución de la pandemia. A fin de cuentas, al menos en Europa y América la emergencia sanitaria ha dejado un enorme saldo de decesos que solo palidece ante los atribuibles a la gripa española de hace un siglo.

Los casi 2,8 millones de fallecimientos que, según los registros oficiales, acumula el coronavirus en el mundo son una verdadera hecatombe. Y si a esa estadística se le hace un ajuste de casos fatales probables, es muy factible que el guarismo verdadero oscile entre 30 y 50 por ciento más, sin que el nivel de alerta baje.

El motivo es el comienzo de la tercera ola, cuya tendencia al alza continúa, a pesar de que el número de vacunados ya superó los 500 millones de personas. Faltan muchos meses, entonces, para llegar a las cuentas definitivas. Por ahora solo se puede afirmar que el dato apunta a ser una proporción creciente de las defunciones usuales, calculadas en 58,4 millones por las Naciones Unidas para 2019.

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No obstante, ese no es el único motivo de inquietud que se deriva de la crisis actual. Los expertos en demografía señalan que el fenómeno del virus ha venido acompañado de un bajón significativo en los nacimientos, que hace más complejas las perspectivas de aquellas sociedades que habían empezado a ver reducido su tamaño desde antes.

Italia, sin ir más lejos, tuvo una caída de 400.000 habitantes en su población durante 2020, lo que equivale a una ciudad del tamaño de Florencia. La combinación de menor natalidad, mayor mortalidad y baja inmigración hizo que los pronósticos más pesimistas se quedaran cortos. Para un país que es el segundo con la edad promedio más alta en el planeta después de Japón, el panorama es preocupante.

Ese no es el único caso. España vio caer el número de bebés en más de un 20 por ciento durante algunos meses y Francia no estuvo lejos de ese bajón. Hubo excepciones, como la de Alemania o los escandinavos, pero estas no compensan un declive generalizado en el Viejo Continente.

De este lado del Atlántico, las cosas no parecen ser diferentes. Tradicionalmente se había considerado que Estados Unidos estaba en una categoría distinta, con tasas de natalidad muy superiores a las europeas. Sin embargo, los cálculos más recientes le apuntan a una reducción del 8 por ciento en los nacimientos de 2021.

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La causa principal de lo sucedido es la pandemia. En contra de la creencia de que el encierro obligatorio desembocaría en más embarazos, no pasa así en muchas geografías. De hecho, la incertidumbre y las presiones propias de la convivencia permanente pesan más en el ánimo de las parejas.

A lo anterior se suma que incontables matrimonios fueron aplazados y que para aquellos que están solos las posibilidades de comenzar una nueva relación son menores por el distanciamiento social. Como señaló un editorial del diario ‘Financial Times’: “Aunque hemos aprendido a hacer muchas cosas de manera virtual a lo largo de un año, la procreación no es una de ellas”.

Al respecto, los académicos debaten si lo sucedido es de carácter temporal o permanente. Los historiadores señalan que una vez pasa el peligro y la gente busca recuperar el tiempo perdido, llega un periodo de euforia que también influye sobre la demografía. Hace cien años, una vez terminó la influenza que habría costado 50 millones de vidas, la población volvió a crecer con rapidez.

Igualmente, el fin de la Segunda Guerra Mundial tuvo una dinámica similar en buena parte del hemisferio norte. El salto fue tan significativo que se acuñó el término ‘baby boom’, que cubre a aquellos que pertenecen a la generación nacida entre 1946 y 1964.

Sin desconocer tales antecedentes, hay quienes creen que esta vez las cosas serán diferentes. Para comenzar, la crisis económica dejará estragos profundos, especialmente en lo que atañe a las oportunidades laborales para los más jóvenes.

Ante un futuro incierto el entusiasmo por un hijo se reduce, sobre todo en un planeta en donde cada vez más personas habitan en ciudades donde las restricciones de espacio son la norma. De ahí que la expresión ahora sea la de un ‘baby bust’, que describe un colapso en la natalidad.

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Dicha eventualidad ahondaría un proceso que viene de atrás. Todo apunta a que será cada vez mayor la cantidad de sociedades que están por debajo del nivel de remplazo, cercano a un promedio de 2,1 hijos por mujer, para evitar que sus habitantes se reduzcan. Hay casos extremos como el de Corea del Sur –que se encuentra en 0,84–, mientras europeos y norteamericanos se ubican alrededor de 1,5, con lo cual para mediados de siglo la población nativa en aquellos lugares se reducirá significativamente.

Lo anterior se mezcla con una esperanza de vida al alza, por cuenta de los avances de la medicina. Menos niños y más adultos llevarán a que en naciones como China o las de la Unión Europea los mayores de 60 años lleguen a representar más de una tercera parte de su población en pocas décadas.

Tales perspectivas pueden cambiar si los flujos migratorios aumentan. Tanto en África como en partes de Asia, el número de personas debería seguir creciendo, pero abrir las puertas crea tensiones en las más diversas latitudes, como se ha probado en incontables ocasiones. Consideraciones raciales, culturales o religiosas entran en juego para rechazar a quienes desean llegar a vivir en un país distinto al suyo.

La realidad local

Si bien la magnitud de los desafíos no es la misma, Colombia no se aparta de las tendencias señaladas. Aquí, como en otros lugares, la tasa de natalidad se ubicó por debajo del nivel de remplazo hace unos años y el envejecimiento sucede de manera gradual, con lo cual habrá más personas de la tercera edad.

No obstante, la pandemia podría haber acelerado esa progresión. Así pasa con los nacimientos que sumaron 619.504 en 2020, según las cifras oficiales. Dicho guarismo es inferior en 2,3 por ciento al del año previo, lo cual sugiere un declive más lento que el observado en el hemisferio norte.

La verdad es que la caída habría sido mucho más pronunciada, de no ser por los inmigrantes. De acuerdo con el Dane, uno de cada 11 niños nacidos el año pasado fue de madre venezolana. Si se excluye ese grupo de las cuentas, el total sería de 561.690, casi 100.000 menos que en 2015.

Aunque habrá que profundizar en los datos, hay elementos para pensar que la disminución de la natalidad de los nacionales en Colombia es más fuerte de lo que se pensaba. Debido a ello, la llegada de los migrantes hace que la caída sea mucho menos abrupta. Como señala Juan Daniel Oviedo, el director del Dane, “ese bono demográfico vale oro”.

Semejante expresión le puede sonar contradictoria a quienes crean que somos demasiados en el país. Pero desde hace años los estudiosos han venido lanzando advertencias sobre los inmensos desafíos que traerá nuestra transición demográfica, que ya es una realidad.

Y esos retos se presentarán en múltiples frentes. Santiago Montenegro, presidente de Asofondos, subraya que la evolución observada “significa que habrá aún menos trabajadores activos por cada adulto mayor, lo que estresa aún más la seguridad social, en general, y en particular los regímenes pensionales de reparto”.

Si bien sobre el papel la proporción de colombianos entre 20 y 60 años es todavía elevada –más de 28 millones– y casi quintuplica a los que están en la tercera edad, la informalidad hace que ese margen sea mucho menor. Si el grupo de los mayores crece y el de los que pueden trabajar no lo hace en la misma medida o se reduce, sostener el andamiaje se vuelve mucho más complicado. De ahí que el influjo de los venezolanos –jóvenes en su gran mayoría– sea tan importante para prolongar la viabilidad del sistema, aparte de los nacimientos registrados.

Saber si aquí la natalidad volverá a aumentar es también una incógnita sin respuesta. Por ahora, la mayor inquietud es el deterioro en la calidad de vida de millones de hogares.

Para Piedad Urdinola, de la Universidad Nacional, “lo más probable es que todas las variables socioeconómicas importantes se devolvieron en más de una década por cuenta del covid-19, como pasó con la pobreza o la escolaridad”.

A menos que se pueda revertir ese bache con rapidez, aparecen peligros evidentes. Uno es el de la violencia, que según las estadísticas se redujo muy ligeramente el año pasado, pues los homicidios sumaron 11.276, apenas 32 menos que en 2019. El lío es que ese relativo estancamiento sucedió a pesar del encierro prolongado y las restricciones a la movilidad, lo cual es un campanazo de alerta sobre lo que puede suceder cuando la reapertura sea total y en medio de un clima social más difícil.

De otro lado, hay disparidades considerables que apuntan a hacer más evidentes las desigualdades. Para citar un caso, durante el último trimestre de 2020 el número de niños nacidos de madres con un nivel educativo alto cayó de manera importante –27 por ciento en las mujeres con doctorado y 6 por ciento en las que tienen especialización–, mientras que en las de ninguna escolaridad el aumento llegó a 24 por ciento y en las de nivel preescolar fue de 12 por ciento.

Lo anterior es un llamado de atención adicional para que el Estado desarrolle acciones orientadas a combatir la marginalidad, algo que también cuesta vidas. Tal como anota la profesora Urdinola, “si hay más pobreza, hay más mortalidad”.

En conclusión, sería un error garrafal creer que el terremoto causado por el coronavirus se va a solucionar del todo cuando bajen los contagios y los fallecimientos. Por el contrario, lo que vienen son réplicas de gran magnitud en múltiples aspectos de la realidad nacional, que requieren ser entendidas con tiempo.

Y así pasa con los dos momentos más importantes para cualquier ser humano: el nacimiento y la muerte. Mirados ambos en el contexto de la realidad colombiana, la evidencia sugiere que la pandemia aceleró procesos que ya habían comenzado y exigen adaptarse, al tiempo que ocasionó retrocesos que obligan a recuperar el terreno perdido cuanto antes. No hacerlo hará más complicada una situación que de por sí es difícil. De ahí que sea una obligación aceptar que lo que está en juego ahora no es solo el bienestar de la presente generación, sino sobre todo el de las que vienen.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

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