El arte de medir ‘por control remoto’ la inflación venezolana

El arte de medir ‘por control remoto’ la inflación venezolana

Desbordado por las alzas, salidas de quicio, el gobierno de Maduro abandonó informes sobre precios.

Inflación en Venezuela

En el 2012, muchos supermercados en Venezuela dejaron de mostrar precios. El equipo de Rigobón y Cavallo debió recurrir a personas que enviaran información por celular.

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AFP

29 de julio 2018 , 09:32 a.m.

Hay un país en el que, en tres días, los precios pueden subir lo mismo que en Colombia en todo un año. Pero aún con la magnitud del fenómeno, su gobierno no le prestó más atención a llevar las cuentas. En medio de la falta de alimentos, la hiperinflación se volvió el pan de cada día en Venezuela. La moneda está tan erosionada que algunos migrantes que llegan a Colombia huyendo de la crisis venden en los buses de transporte público los billetes del bolívar, sin importar la denominación, como una curiosidad, a cambio de “lo que me quiera dar”.

La última vez que el Banco Central de Venezuela dijo cuánto habían subido los precios de la canasta familiar fue cuando publicó el resultado de diciembre del 2015.

Para los siguientes 30 meses, el silencio también está al alza. Con el último dato conocido, los aumentos de precios de todo el 2015 fueron del 181 por ciento. Pero la velocidad crece, y el Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que al final de este año la inflación puede ser de 1’000.000 por ciento (léase ‘un millón por ciento’. No hay error).

Sin embargo, hay quienes han encontrado la manera de medir los precios reales en el terreno. Y, aunque los precios sí explotaron, la cifra aún no llega a lo dicho por el Fondo. “El FMI hace sus propios cálculos, pero no a partir de la recolección de precios sino con modelos que estiman la depreciación de la moneda con respecto al dólar, y que asumen que esa depreciación se traslada a los precios”, dice el economista Alberto Cavallo, de la Escuela Sloan de Gerencia, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). “A largo plazo puede que vaya a ser así, pero en el corto plazo hay muchas restricciones al ajuste”, agrega.

Por eso, como quien averigua los chismes de las nebulosas con el telescopio Hubble, Cavallo y otros colegas han emprendido, a larga distancia, la observación de la carestía, palabra que luce como poca cosa frente a la realidad.

Aprender en carne propia

Junto con su colega venezolano Roberto Rigobón, Cavallo encabeza un equipo que desde el MIT y la Universidad de Harvard hace un seguimiento real a los precios en Venezuela. Una experiencia necesaria para no perder la noción de la realidad, en esa carrera enloquecida de alzas, cuando las autoridades abandonan la labor. Cavallo está sensibilizado frente a este tipo de problemas. Al fin y al cabo, viene de Argentina.

Siendo un niño de 11 años veía el fenómeno en directo, mientras escuchaba comentarlo a su padre, el economista Domingo Cavallo. En 1989, en su país “había inflaciones de 5.000 por ciento”, recuerda. Pero la diferencia es que “había un proceso democrático que no hay en Venezuela”. Era posible la alternación del poder. De hecho, tras el triunfo de Carlos Menem, en el 89, el presidente Raúl Alfonsín anticipó su salida, y en el nuevo gobierno el padre de Cavallo participó en el proceso de estabilización, como ministro de Economía.

Dieciocho años después, en el 2007, Cavallo cursaba un doctorado en Harvard. Por esos días, afirma, “Argentina comenzó a mentir” sobre los precios, en momentos en que el presidente Néstor Kirchner pasaba el poder a su esposa Cristina Fernández. Así, surgió la necesidad de una medición alternativa. Con los años, las sospechas sobre la manipulación de los datos las confirmó el FMI, que en el 2013 aplicó una ‘moción de censura’ a Argentina por la falta de credibilidad.

Ya desde el 2007, cuando surgieron las sospechas, Cavallo y Rigobón pensaron que se podía aprovechar la explosión del momento: comercio en línea. Ahora, en el escritorio de cualquiera, estaban los precios de miles de productos, y comenzó el proyecto Inflación Verdadera, que rastreó los precios de Argentina, hasta el 2016, cuando hubo cambio de gobierno.

Con la misma lógica, ahora se siguen los precios en unos 50 países, a través de las iniciativas de Billionpricesproject.com y la empresa Pricestats.com. En el caso particular de Venezuela, el rastreo se incluyó en el proyecto original de Inflacionverdadera.com.

De vuelta al supermercado

Hoy suena curioso: como las alzas calculadas en línea del 2008 al 2012 fueron cercanas a la inflación reportada por el Gobierno, Venezuela sirvió “para demostrar que Argentina mentía”, dice Cavallo. Pero el Gobierno empezó a dejar de tomarle el pulso al país. Si Argentina, años atrás se había tomado el trabajo de maquillar cifras, en Venezuela sencillamente se dejaron de producir. Desde diciembre del 2013 se dejó de revisar la pobreza. Tres meses después, se dejó de publicar el índice de escasez, y a mediados del 2014 se quitó la obligatoriedad de hacer públicas todas las estadísticas. Incluso, algo central para ese país se dejó de lado en diciembre de ese año: el índice de producción petrolera.

Pero mientras se deterioraban las estadísticas oficiales, la alternativa que para los precios ofrecía el seguimiento en línea sufrió un golpe. En el 2012, muchos supermercados dejaron de mostrar precios. De repente, en Venezuela ya no había casi nada en línea.

Como respuesta, para seguir el rastreo desde el MIT y Harvard, hace año y medio comenzaron a ver si podían trabajar con voluntarios y sus teléfonos celulares, que fueran todas las semanas y escanearan los códigos de barras, sacaran fotos de los productos y digitaran los precios. Luego, para asegurar la continuidad de los datos, optaron por contratar y pagar a trabajadores independientes para que hicieran esa tarea.

Esta labor comprende la mayoría de alimentos y bebidas, y el cálculo usa el peso que tiene cada producto en la canasta familiar que diseñó el Banco Central de Venezuela en el 2006. De esta manera, con 30 personas contratadas, se están cubriendo 10 ciudades, 150 tiendas, 3.000 productos y se hacen 8.000 observaciones.

“Cuando empezamos, la inflación era de 10 por ciento mensual”, cuenta Cavallo. Para diciembre del año pasado era de 80 por ciento, “pero hay un salto brutal desde abril”, dice Cavallo, de manera que en mayo de este año fue de 150 por ciento mensual, y las alzas de los últimos 12 meses, hasta junio, eran de 5.700 por ciento.

Esa es la inflación actual en Venezuela. ¿Qué tendría que pasar para que se llegue al millón por ciento anual que pronostica el FMI para diciembre? Que en vez de cobrar el doble por los productos cada dos meses, lo hagan cada 4 semanas.

Aunque en el portal de Inflacionverdadera.com hay datos de esta misma semana, los investigadores sugieren revisar hasta un mes atrás, porque los más recientes tienden a cambiar, pues se reciben muchos con retraso.

Las lecciones aprendidas

Tras 11 años de seguirles la pista a las alzas en buena parte del mundo a través del comercio electrónico, y en Venezuela con los encuestadores autónomos, ya Rigobón y Cavallo tienen varias cosas en claro. Lo primero es que su seguimiento se aproxima mucho a los datos de inflación que calculan los institutos oficiales de estadística. Así, el seguimiento en línea sirve para anticipar lo que se verá después en las mediciones oficiales de los precios, explica Cavallo. “No es un remplazo sino un complemento”. Parte del trabajo de investigación es mostrar que se podría recolectar más información en línea. “Hay una oportunidad muy grande para los institutos estadísticos y los bancos centrales”.

También, tras una década de observaciones, se encuentra que la competencia en línea cambió la frecuencia de ajustes de precios. Ahora reaccionan más rápido a choques del dólar o de precios del petróleo. “Encontramos que el traspaso del tipo de cambio es más rápido”, dice el investigador.

Así mismo, la dispersión geográfica de un mismo minorista hace que disminuyan las diferencias de precios que antes había entre regiones. Y, también, hay impacto en la distribución del ingreso, que en unos casos puede ser bueno, y en otros, malo para los consumidores.

Pero, volviendo a Venezuela, conociendo con estas mediciones lo que está pasando con los precios, ¿qué se puede hacer? Cavallo responde sin pensarlo: “No hay nada que hacer”.

Pero, en un terreno hipotético… ¿Qué dice el libro de texto…? “Se necesitaría una reforma monetaria; un plan de emisión más razonable, con una nueva moneda; un cambio fijo por cierto tiempo, y recuperar la confianza. El solo hecho de que se iniciara un proceso de reforma traería más confianza. Que el Gobierno no dependa de la emisión… pero, manteniendo una política como la actual, eso es difícil”.

MAURICIO GALINDO
Editor de ECONOMÍA Y NEGOCIOS
EL TIEMPO

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