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El día en que me regalaron 500 millones de dólares
Billete de 500 millones de dólares en Zimbaue

En Zimbabue está uno de los ejemplos de monedas que no conservan ni estabilidad ni su valor.

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Mauricio Galindo. EL TIEMPO.

El día en que me regalaron 500 millones de dólares

¿Un millonario regalo en dólares es como para padecer un infarto o, sencillamente, sonreír?

¡Quinientos millones de dólares! ¿No suena como a 1,8 billones de pesos? Para un regalo, suena traído de los cabellos... Pues bien, hace unos días, cuando vi un titular que decía ‘Peso colombiano, entre las peores monedas del mundo’, recordé el día en que me regalaron 500 millones de dólares.

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De verdad. Me los regalaron de Navidad. Con semejante regalo, qué hago escribiendo este artículo en lugar de estar preparando un viaje en el Falcon 9 de SpaceX.

Recordé el regalo, mientras veía la noticia en la que mencionaban una pérdida de 0,1 por ciento en el valor del peso y lo comparaban con las monedas de otros 30 países.

Lo primero que la noticia dejaba en claro es que esa idea de que ‘el mundo es un pañuelo’ es cierta. Ni siquiera un pañuelo: una servilleta, pues a todo ese planeta solo le caben 31 países. No es el ‘mundo’ que se imaginan en la ONU, con 193 países. Ni el de la Fifa, con 211, ni el planeta de 250 países que tienen código ISO.

Volviendo al titular de la noticia, se podría decir que no todos los países tienen moneda propia, pero ¿más de 200 no tienen moneda propia?

Curiosamente, horas después de ser publicado ese titular, el peso subió 1,5 por ciento en un día. ¿Entonces el peso pasó a ser una de las mejores monedas de la galaxia? Ni lo uno ni lo otro.

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Qué hace que al recibir regalados 500 millones de cierta moneda –como tuve la suerte de que me pasara en Navidad– me alegre el rato, sea muy feliz o me dé un infarto. Qué hace que una moneda sea buena, mala, mejor o peor. Con seguridad no es lo que suba o baje su valor en una mañana o en 20 días.

Lo que hace mejor a una moneda es su eficiencia para transformar mi trabajo en capacidad de compra; y la posibilidad de almacenar ese poder de compra en el largo plazo o que, al menos, no se esfume de la noche a la mañana.

Por ejemplo, el año pasado el poder adquisitivo de la moneda de Colombia tuvo un cambio parecido al del conjunto de los demás países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (Ocde). En noviembre del 2020, en los países de la Ocde, el aumento de precios para los consumidores –que refleja la disminución del poder de compra de las monedas– fue de 1,2 por ciento anual.

En Colombia era de 1,5 por ciento. Igual a la inflación de Eslovaquia y similar al 1,4 por ciento de Nueva Zelanda y al 1,2 por ciento de Estados Unidos.

En cambio, dentro de la misma Ocde, la inflación de Turquía era de 14 por ciento, y fuera de esa organización, en Argentina los precios se trepaban a un ritmo de 38,5 por ciento. No es lo mismo, entonces, recibir un regalo de 500 millones de liras que uno de 500 millones de dólares.

Y no es solo lo que se compre con esa cantidad hoy, sino la posibilidad de que la riqueza que hoy representa esté muy deteriorada dentro de un año, un mes o una semana.

Si hubiera recibido 500 millones de pesos de Argentina, en este instante el regalito tendría 40 veces mayor poder de compra que 500 millones de pesos colombianos. Pero si no se van a gastar de inmediato sino que se van a guardar, sería mejor cambiarlos por el equivalente en pesos colombianos porque el poder adquisitivo de los argentinos se deteriora 25 veces más rápido.

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¿Qué tan fuerte es la moneda de otros países?

Dentro de los países para los que el Fondo Monetario Internacional (FMI) tiene cálculos de inflación, hay 94 cuyas monedas pierden capacidad de compra a un ritmo superior al de Colombia. Son el triple que toda la lista del ‘planeta’ de 31 países con la que afirman que el peso es de las peores monedas.

De esos países, hay 21 con inflación de, al menos, ‘dos dígitos’, es decir que hay que escribir dos números para dar la cifra: precios que suben cada año 10 por ciento o más.

Hay tres países con inflación de tres dígitos o más. Y hay uno con inflación de cuatro dígitos. Sí, es el mismo que usted está pensando: Venezuela. Se estimaba un aumento de precios de 6.500 por ciento para el año pasado.

La moneda de Venezuela no convierte de manera eficiente el esfuerzo de los trabajadores en poder de compra. Además, esa capacidad adquisitiva que se recibe a cambio del trabajo, en cuestión de horas ya no es la misma. Por lo tanto, no sirve para atesorar.

Por eso, vendedores ambulantes expatriados cambiaban –en los buses de Colombia– sus billetes, sin importar su denominación, “por lo que su corazón les dicte”.
Comparada con la de Venezuela, la pérdida de poder de compra de la moneda de Zimbabue es un juego de niños.


Allí, la inflación ‘solo’ es de 623 por ciento al año. Ese país tiene una importante tradición de hiperinflación, al punto de que en el 2009 abandonó su propia moneda por inútil y por ser un encarte, y una década después intentaba tener de nuevo un circulante propio.

La moneda de Zimbabue era el dólar, y hoy los billetes son souvenirs, como pasa con los billetes del bolívar fuerte. En Navidad, un coleccionista me obsequió un billete de 500 millones de dólares de Zimbabue emitido en el 2008, con una nota: “Zimbabue es un bonito ejemplo del valor de no hacer lo correcto”.

Un asunto de confianza

¿Qué hace que una moneda no sea de las peores, y no esté junto a las de Venezuela o de Zimbabue? Es muy sencillo, que la gente esté dispuesta a recibirla y a entregarla; a utilizarla para guardar durante mucho tiempo lo que por ahora no va a gastar; y que quien paga y quien cobra tengan una idea similar del valor de lo que van a intercambiar, independientemente de que regateen un poco para sacar ventaja.

Para que una moneda funcione así, quienes la usan deben creerle, y la credibilidad exige un respaldo. Por mucho tiempo el respaldo era que la gente creía que el número en el papel del billete expresaba una cantidad de oro guardada en una bóveda del banco que sacaba a la calle ese billete. Eran tiempos del ‘patrón oro’.

Hoy, la confianza que respalda a las monedas no es principalmente reservas de oro o de otras monedas. Es confianza en el trabajo propio, del prójimo, de las empresas y en las instituciones

De manera similar, hasta hace solo 19 años, los argentinos (otra vez) tenían la confianza de que por cada peso que salía a circular había un dólar (de Estados Unidos, no de Zimbabue) depositado en su banco central, y podían cambiar un peso por un dólar cuando lo quisieran.

Un día, los dólares que llegaban a Argentina no fueron suficientes para respaldar los pesos que se necesitaban y cumplir la promesa a los ciudadanos. Se diluyó el respaldo y, en consecuencia, la confianza. La gente comenzó a retirar sus pesos o dólares (que eran lo mismo) del banco y los sacaba del país.

Pero los billetes guardados en los bancos no alcanzan para responderles a todos si se aparecen al tiempo a desocupar sus cuentas.
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Por eso, el Gobierno tuvo que decretar el ‘corralito’, en el que se pusieron límites para poder sacar dinero de las cuentas bancarias. Y luego decretaron el fin de la convertibilidad peso-dólar, y en un año el peso argentino ya perdía el 75 por ciento de su valor.

Hoy, la confianza que respalda a las monedas no es principalmente reservas de oro o de otras monedas. Es confianza en el trabajo propio, del prójimo, de las empresas y en las instituciones. La moneda es buena si sus usuarios –hogares y empresas– creen que representa de manera adecuada lo que han trabajado y producido antes y lo que pueden trabajar y producir en adelante. Funciona si la gente cree y confía en el banco que emite, en quien le paga y, en últimas, en su propia capacidad de trabajo.

Se emite dinero nuevo para responder al aumento de la capacidad de las empresas de producir bienes y servicios y de la capacidad de las personas de trabajar más y con mayor eficiencia, para consumir más. Y la gente que usa ese dinero confía, a veces más a veces menos, en que ese crecimiento está ocurriendo.

Si ese engranaje es fuerte y soportado por la confianza, es improbable que ocurra una ‘corrida bancaria’ como la que se temía cuando se ordenó el ‘corralito’

El caso de Colombia en 1999

En mayo de 1999, Colombia vivió un episodio que mostró el papel del respaldo de la confianza. Sin las redes sociales actuales, un mensaje de correo electrónico se regó por internet, asegurando que una entidad financiera iba a ser intervenida por el Gobierno. Muchos clientes terminaron haciendo fila para desocupar sus cuentas y sacaron 38.000 millones de pesos, que a precios de hoy equivalen a 104.000 millones.

¿Y cuál es el problema de que todos quieran desocupar sus cuentas? ¿Acaso no llevaron el dinero antes y lo depositaron? La moneda se crea tanto cuando se fabrican y sacan a la calle billetes y monedas como cuando las entidades financieras otorgan préstamos.

Supongamos que los cuatro que vivimos en mi casa llevamos cada uno mil pesos al banco para que nos los guarden. Quedan en el banco 4.000 pesos nuestros. Mientras nosotros vamos a retirarlos, el banco le puede prestar a la vecina de al lado una parte.

Supongamos que le presta 3.000, y deja 1.000 guardados por si alguno de nosotros necesita sacar una parte. Los cuatro billetes de 1.000 pesos que originalmente teníamos cada uno de nosotros fueron impresos por el Banco de la República, y eso se llama emisión primaria. Y cuando el banco comercial entregó tres de esos billetes a la vecina en un préstamo, hubo emisión secundaria.

Pese a que el banco central solo sacó o emitió 4.000 pesos, ya hay 7.000 pesos más en la economía: 4.000 en los saldos de nuestras cuentas bancarias y 3.000 en el bolso de la vecina.

¿Y si los cuatro vamos a la vez al banco a retirar todo? No pasaría nada. Pero en realidad no somos 4. En Colombia hay 31 millones de personas con cuentas bancarias. Gran parte del respaldo está en la confianza de que no es probable que todos se aparezcan al tiempo a sacar todos sus ahorros.

La confianza es, pues, el respaldo de la moneda. Acepto que me paguen en dinero porque, a la vez, sé que me recibirán ese dinero para pagar lo que necesito comprar. No me apuro a gastarlo porque sé que si me llega a sobrar algo, puedo usar ese excedente para ahorrar sin que pierda valor.

En Colombia, el peso lo permite. En 1992, el billete de mayor denominación era el de 10.000. Cuatro años después aparecieron los de 20.000, y otros cuatro años después, los de 50.000. Pero pasaron 16 años para que se lanzaran los de 100.000, en el 2016. Y cinco años después, rara vez llegan a nuestras manos. El peso tiene estabilidad, y ha aumentado con los años.

¿Y el bitcóin?

En todas estas reflexiones sobre el dinero no se habla de criptoactivos como el bitcóin.

¿Me los reciben en donde compro la leche, los huevos, en el cine o para pagar 'culebras'? ¿Estoy dispuesto a recibirlos a cambio de trabajo? Si una de las dos respuestas es no, entonces por ahora eso no es dinero.

Para crear dinero, los bancos emisores miran cómo suben los precios, reciben las señales de los hogares y de las empresas sobre cómo están consumiendo o invirtiendo, qué cantidades reciben en sus ingresos, qué cantidades buscan prestadas o qué tan confiados o nerviosos están para tomar decisiones. Con esa información, determinan cuánto dinero debe salir a circular.

Quienes entran cambiando dinero por unidades de criptoactivos más que confianza juegan a la posibilidad de ganancias fáciles

En los criptoactivos, la emisión es un privilegio de una élite con altísima capacidad de cómputo. Cada participante ayuda a registrar y verificar la legitimidad de las transacciones que se agrupan en bloques, y de los resúmenes numéricos de ellos se derivan las claves que quien tenga la suficiente capacidad de cómputo debe resolver para crear nuevas unidades.

Quienes tienen el privilegio de contar con esa capacidad son movidos por la confianza, en este caso de poder crear riqueza de la nada. Quienes entran cambiando dinero por unidades de criptoactivos más que confianza juegan a la posibilidad de ganancias fáciles.

En todo caso, la creación de este tipo de criptoactivos no tiene relación alguna con la actividad productiva y capacidad de trabajo de la sociedad.

MAURICIO GALINDO
Editor de Economía de EL TIEMPO
En Twitter: @galmau

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