Los ‘rappitenderos’, un conflicto que va más allá del Mintrabajo

Los ‘rappitenderos’, un conflicto que va más allá del Mintrabajo

La app se convirtió en una propuesta innovadora, pero afronta varios retos y problemas. Análisis.

‘Rappitenderos’

A ciencia cierta, no se sabe cuántos ‘rappitenderos’ haya.

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César Melgarejo / EL TIEMPO

Por: Rafael Pardo y Mario Fidel Rodríguez
15 de julio 2019 , 07:00 a.m.

Incendiar distintivos de Rappi por ‘rappitenderos’ fue la vía de hecho que sin lugar a dudas llamó la atención de medios y de sectores que tienen entre sus manos un reto que obliga a pensar ‘fuera de la caja’. La innovación tecnológica trae problemas innovadores, y por ello se requieren unas soluciones innovadoras.

Incendiar distintivos de Rappi por ‘rappitenderos’ fue la vía de hecho que sin lugar a dudas llamó la atención de medios y de sectores que tienen entre sus manos un reto que obliga a pensar ‘fuera de la caja’. La innovación tecnológica trae problemas innovadores, y por ello se requieren unas soluciones innovadoras.

Por eso, la ministra del Trabajo mostró sentimientos diversos. De un lado, angustia porque nadie comprende lo que quiere decir o explicar; algunas veces es ambigua y pone la discusión en la tierra infértil de la falta de normatividad. Digo infértil porque para la inmensa mayoría de los ciudadanos, hablar de leyes es como hablar de la santísima trinidad. Afirman que existe pero no se ve. Por otro lado, un deseo de modificar lo que aún no sabe; habla generalidades, y con eso, unas veces se ubica del lado de los más débiles, que son los ‘rappitenderos’, y otras, de los dueños de la plataforma digital. Trata de quedar bien con todos.

Richard Feynman, premio nobel de física en 1965 y quien además de sus grandes aportes a la electrodinámica cuántica e introducir el concepto de la nanotecnología, fue conocido por la pasión por enseñar temas complejos a sus estudiantes de matemáticas. Lo siguiente decía el maestro: “If you cannot explain something in simple terms, you don´t understand it. The best way to learn is to teach” (“Si no puedes explicar algo en términos simples, tú no lo entiendes. La mejor forma de aprender es enseñar”, fabulosa cita que otros atribuyen a Einstein).

El conflicto con los ‘rappitenderos’ no solo debe resolverlo el Ministerio del Trabajo sino que involucra las carteras de tecnología y de comercio. Pondré a prueba la cita del físico Feyman para ver si puedo explicar en términos simples el asunto.

Lo primero que hay que saber es que el problema no es solo entre ‘rappitenderos’ y el operador Rappi; hay otros dos actores muy importantes que deben considerarse: los consumidores que usan la aplicación, usted o yo, y, los restaurantes llamados ‘aliados Rappi’.

La innovación tecnológica trae problemas innovadores, y por ello se requieren unas soluciones innovadoras

Sin querer queriendo, y al parecer por una estrategia comercial pensada, estos dos últimos nunca han sido mencionados por la millonaria empresa, a pesar de que jurídicamente, el modelo innovador los puede vincular como responsables. Veamos cómo es la cosa.

Cuando finaliza un pedido en nuestra aplicación de Rappi se han ejecutado, aunque usted no lo crea, cinco diferentes contratos. Un contrato de mandato entre el consumidor y el ‘rappitendero’ (quien, en términos jurídicos, de ahí en adelante se llama ‘mandatario’, regulado además por 43 artículos del Código Civil); un contrato de compraventa entre el restaurante y el ‘rappitendero’, y tres contratos de uso de plataforma tecnológica que celebra Rappi: uno con el consumidor, uno con el ‘rappitendero’ y otro con el restaurante.

Lo anterior significa que el consumidor ha estado involucrado en dos contratos, uno gratuito con Rappi por el uso de la plataforma y otro por el que paga, el contrato de mandato con el ‘rappitendero’.

Por el otro lado, el dueño de un restaurante ha celebrado también dos contratos: el de uso de la plataforma de ‘aliado Rappi’, donde paga una comisión a Rappi, y otro de compraventa con el ‘rappitendero’, fuente de su ingreso.

El ‘rappitendero’ tiene obligaciones con tres contratos. El de mandato con el consumidor para ir al restaurante y comprar la comida, por el cual cobra un precio que generalmente son 3.700 pesos (valores impuestos por Rappi), más lo que de buena voluntad quiera darle el consumidor, y el contrato para el uso de la plataforma denominada ‘rappitendero’, que es gratuito.

Finalmente, Rappi firma los tres contratos de uso de sus tres diferentes plataformas. Recibe pago de comisión por parte del restaurante; al consumidor y al ‘rappitendero’, en apariencia, no les cobra nada.

Digo en apariencia porque está ganando lo que más ha valorizado su negocio: la marca. Tener a miles de personas portando por todas las calles de las ciudades visibles prendas y accesorios naranja con su emblema de bigotes los hace vallas rodantes, al igual que la masividad que esto representa en los celulares de los consumidores. Esto es publicidad efectiva a costo cero.

En este algoritmo tecnológico, Rappi es la parte dominante que impone las condiciones; algo normal porque es quien se inventó el negocio y siempre procura por que funcione bien. Es la que más ha ganado y tiene perspectiva según las últimas noticias de inversionistas extranjeros. Sin lugar a dudas, el país debe demostrarle que existe el mejor ambiente para que continúe en crecimiento.

La cunas innovadoras y luego su desarrollo traen empleo, productividad y aceleran la economía. Sin embargo, nuestra Constitución, así como reconoce que la empresa es la base del desarrollo, también le indica que tiene una función social. Hay una parte que son los restaurantes; ellos también se han beneficiado con esa tecnología, han mejorado sus ventas y han reducido o anulado los costos laborales de nómina de domiciliarios. Los consumidores también tienen una recompensa: poseen en la palma de su mano cientos de restaurantes disponibles en la puerta de su casa.

Hay otros dos actores muy importantes que deben considerarse: los consumidores que usan la aplicación, usted o yo, y los restaurantes, llamados ‘aliados Rappi’

Los ‘rappitenderos’ son la parte más débil de esta cadena digital. Son los que menos ganan, y por ser masiva su vinculación en el negocio (oficialmente no se sabe cuántos son, pero se habla de miles), se han convertido en un problema social. Investigando en otros países, la solución aún no se la han inventado, y el problema también se está asomando. En conversaciones que hemos sostenido con expertos de países como México, se encuentra que aún no hay soluciones, y en estas charlas hemos expuesto la siguiente como una de las alternativas innovadoras.

Como se vio, en ninguno de los cinco contratos existe un empleador; nadie funge, ni siquiera forzadamente, como tal. Así las cosas, hay que pensar fuera de aquella caja, y no continuar sosteniendo que los pagos a seguridad social deban mantener la concepción tradicional de obligación empleado-trabajador.

Acudiendo a la función social que la Carta les impone a las empresas, los riesgos derivados de protección a la vejez y salud podrán ser asumidos, en proporciones distintas, por las dos empresas en la ecuación, y una menor por el ‘rappitendero’.

Por ejemplo: a los 3.700 pesos que paga un consumidor por el mandato de compraventa se calcula el 16 % de cotización a pensiones que hoy trae la norma; son 592 pesos. Suena razonable que el operador Rappi, como parte dominante del negocio y por beneficiarse generosamente del modelo, asuma un 50 %, es decir, 296 pesos; el restaurante, un 40 %, es decir, 237 pesos, pues con el uso de esa aplicación se ha ahorrado todo el costo de una nómina de domiciliarios, y el ‘rappitendero’, un 10 %, es decir 59 pesos. Finalmente, no está bien subsidiar protección cuando hay un ingreso.

En caso de que un ‘rappitendero’ no llegue a acumular un salario mínimo mensual, los aportes a pensiones serían ahorros en los beneficios económicos periódicos (Beps), y el ‘rappitendero’ podría aportar voluntariamente o no el 10 % que le corresponde.

En salud se repetiría una fórmula similar. Con una cotización del 12 %, que es lo que hoy se cobra sobre los mismos 3.700 pesos, se tendrían que pagar 444 pesos. Su división en los mismos porcentajes equivale a que Rappi tendría que aportar 222; el restaurante, 178 pesos y el ‘rappitendero’, 44.

En resumen, para la cobertura en seguridad social de toda esta población, el ‘rappitendero’ tendría que guardar de cada domicilio una moneda de 100 pesos, con los que disfrutaría de protección en salud y vejez. Rappi tendrá que aportar unos 518 y el restaurante, 414.

Para riesgos laborales, la propuesta contempla que el consumidor los asuma. Esto en virtud de la naturaleza del mandato contratado. La labor de domicilios se clasifica como riesgo IV según la legislación, por lo que es un 4,35 %; esto es 160 pesos. No parece exagerado si se trata de proteger a la persona que nos hace un mandado.

La operación de estos recaudos y el control, que muchas veces son la piedra en el zapato de muchas políticas públicas, están afortunadamente saldados en este caso, de nuevo, por fortuna, para la tecnología. Toda la información detallada la tienen las aplicaciones. Rappi, que administra todos los recursos que desfilan por su “pasarela de pagos” (como ellos la denominan), tendría la capacidad de realizar los descuentos y trasladarlos a las administradoras de pensiones, salud y riegos al finalizar el mes.

La propuesta es contundente en no tratar estos recursos como tradicionalmente se los llama: ‘cotización del empleador y empleado’. Se insiste en que estos dos términos no aplican al caso. Se trataría de una especie de ‘tasa de la seguridad social’, la cual puede convertirse en la fórmula flexible y que soluciona este y muchos otros casos que la tecnología nos traerá día a día. Incluso tributariamente se deduciría del impuesto a la renta de las empresas.

El éxito de la plataforma ha sido tal que se ha diversificado en otros negocios que no involucran restaurantes. Esta propuesta implica el inicio de la solución al problema más grande y se puede adaptar a los demás negocios que impliquen los ‘rappitenderos’.

Finalmente habrá voces que digan que esta fórmula incrementa los costos a las empresas e, incluso, al consumidor. La respuesta es sí, pero frente a un problema social y al avance de la tecnología, hay que buscar alternativas para que las responsabilidades derivadas de riesgos asociados a sus negocios se asuman; estas no se pueden esquivar, sino afrontar de una manera justa y equitativa.

RAFAEL PARDO Y MARIO FIDEL RODRÍGUEZ
Para EL TIEMPO

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