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En busca de una mano amiga / Análisis de Ricardo Ávila
Crisis pandemia

Según el Dane, casi medio millón de micronegocios desaparecieron entre enero y octubre, en comparación con los datos de 2019.

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Archivo EL TIEMPO

En busca de una mano amiga / Análisis de Ricardo Ávila

Los micronegocios fueron uno de los segmentos más afectados por la pandemia. Debe apoyárseles.

Cuando Angélica Madrigal abrió a mediados de 2019 un local en el barrio Provenza de Medellín, no demoró en darse cuenta de que había hecho la apuesta correcta. En cuestión de semanas, el sitio Versos de Café se volvió una escala obligada para los turistas que visitaban la capital antioqueña y para los vecinos del lugar.

Aparte de tomarse una taza de la mejor calidad, el cliente tenía la opción de “versos dulces”, “versos tostados” y “versos de experiencia”. Los nombres hacían referencia a la oferta de panadería y repostería, al conocimiento del proceso de transformación del grano y al ofrecimiento de cursos de catación, tostión y barismo, tanto en inglés como en español.

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Para esta joven profesional, con estudios de maestría en Ciencias y Economía del Café en Italia, el sueño se había convertido en realidad. “Fue como ganarme la lotería”, le dijo por esos días a la agencia de noticias Efe, que escribió una elogiosa historia sobre su emprendimiento.

Dieciocho meses después, la realidad es muy diferente. En diciembre pasado, Angélica liquidó a los dos últimos empleados que le quedaban, tras haber licenciado a otros seis en los meses anteriores. Cuando llegaron las restricciones para contener el avance del covid-19 se concentró en la venta de tortas y postres, pero el volumen no fue suficiente para pagar las obligaciones pendientes, con lo cual la única salida acabó siendo la declaratoria de insolvencia.

“Estamos buscando tomar un poco de fuerza”, dice. Aspira a regresar y expresa con claridad su deseo: “Ojalá hubiera una institución que pudiera ayudar a los empresarios a volver a salir adelante”.

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No es la única con ese anhelo. Tal como lo reveló la semana pasada un informe del Dane, el impacto de la pandemia sobre los micronegocios –empresas que tienen entre una y diez personas– ha sido devastador. De acuerdo con la entidad, cerca de medio millón (1 de cada 11) desaparecieron entre enero y octubre, en comparación con los registros de 2019.

Y es muy probable que la mortandad real sea mucho mayor. Los datos de las instituciones dedicadas a microfinanzas sugieren que la cifra podría acercarse a las 800.000, lo cual explica en buena parte el salto en el desempleo.

El viernes, el mismo Dane reveló que el índice de desocupación en enero se ubicó en 17,3 por ciento a nivel nacional y en 19,5 por ciento en las 13 ciudades y áreas metropolitanas más grandes. Ello es consecuencia directa de la debacle en los micronegocios donde trabajan dos de cada tres colombianos.

El balance

Lo que muestran los números es que el conjunto de segmentos golpeados es amplio. Juan Alfredo Pinto, expresidente de Acopi, incluye en la lista lo relacionado con turismo, gastronomía, confecciones, calzado, comercio pequeño, perfumería, estética, transporte de pasajeros y talleres de mecánica, entre otros.

No menos inquietante es que los micronegocios a cargo de mujeres resultaron casi dos veces más afectados que los encabezados por hombres. Así le pasó a Olga Santa en Bogotá, quien gracias a un crédito logró comprar un carrito para venta de comidas rápidas que ubicó cerca de la entrada de un centro comercial. Asegura que le estaba yendo muy bien hasta que tuvo que recluirse en su casa, y aunque se endeudó una vez más para comprar una máquina fileteadora y trabajar desde ahí, los pedidos cesaron en octubre. “Me he visto a gatas”, confiesa.

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Muchos, es verdad, pudieron reaccionar tan pronto comenzaron las cuarentenas. Óscar Sandoval, de Importex, se dedicó a hacer tapabocas marcados y amplió su base de clientes, mientras que Lilia Sandoval aumentó su facturación a punta de entregar gallinas cocinadas a domicilio en el Distrito Capital.

Otros, por su parte, lograron sobrevivir a punta de apretarse el cinturón y usar la creatividad. Carolina Mejía, la fundadora de Caromeja Eventos en Medellín, tenía asegurada la participación de sus artistas en medio centenar de matrimonios hace un año, hasta que las circunstancias obligaron a cancelar todas las presentaciones.

Ahora se concentra en proveer experiencias musicales como una serenata de balcón a cargo de un par de saxofonistas e incluso produjo el musical de Navidad ¿Dónde está Santa?, para cuya difusión virtual vendió boletas. En la medida en que algunos establecimientos reabren puertas, forma grupos por encargo. “Me estoy enfocando en el tema del bienestar”, dice.

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Y si bien ya ve una salida, no desconoce que lo sucedido ha sido doloroso para múltiples colaboradores. Por eso, a mediados del año pasado se inventó el “concierto de solidaridad con los amigos”, que completó cinco ediciones y gracias al cual pudo apoyar a unas 150 personas.

Acompañar a emprendedores que antes eran muy exitosos y que de un día para otro quedaron al borde del abismo se convirtió en parte del oficio de muchas entidades que operan en el sector. “No solo son las pérdidas financieras, sino el golpe sicológico lo que hay que atender”, cuenta Fabio Andrés Montoya, de Interactuar. “Aparte de herramientas de gerencia o recursos, hay muchos que requieren recuperar la confianza en sí mismos”, agrega.

Allanar el camino

Aun así, la mayoría lo va a volver a intentar. “La resiliencia es la característica que identifica a los pequeños empresarios”, sostiene María Clara Hoyos, presidenta de Asomicrofinanzas. De hecho, la ejecutiva sostiene que un número grande ya se lanzó al agua con otras iniciativas y que el desembolso de cerca de 450.000 créditos nuevos el año pasado lo confirma.

Sin embargo, el entorno es más difícil que antes. Para comenzar, la economía colombiana sufrió una fuerte contracción en 2020 de la cual tardará un par de años en salir. Junto a lo anterior, hay actividades que todavía no retoman el ritmo, como las vinculadas a la educación: transporte escolar o fabricación de útiles.

Adicionalmente, hay un buen número de ciudadanos que no pudieron cumplir con sus obligaciones y quedarán reportados en las centrales de crédito. A lo anterior se agrega que varios segmentos son todavía considerados como de alto riesgo en los bancos, por lo cual será difícil que se les concedan préstamos.

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No faltará quien diga que frente a semejante realidad hay que dejar operar la selección natural y que eventualmente el espacio de los que desaparecieron será llenado por los emprendedores que vienen. En respuesta, más de un conocedor sostiene que cruzarse de brazos demorará más de lo necesario la reconstrucción del tejido de los micronegocios y la consecuente disminución de la tasa de desempleo.

Para acortar esos plazos, es indispensable que las políticas públicas entren a operar. Gregorio Mejía, de Bancompartir, opina que hay espacio para desarrollar un esquema de garantías estatales que pueden ser más ambiciosas que las que da hoy el Fondo Nacional de Garantías.

Aparte de lo anterior, sostiene que hay que bajar las barreras para que se creen pequeñas empresas formales, con lo cual es indispensable incluir el criterio de la progresividad. La reflexión es válida, además, porque es previsible que será más grande el número de personas que busque montar un negocio ante la ausencia de fuentes de trabajo. “¿Cómo vamos a apoyar a alguien que quiera comenzar de cero y no tenga historia de crédito?”, se pregunta Mejía.

En la misma línea está Miguel Ángel Charria, presidente de Bancamía. “Ni el régimen tributario ni las contribuciones obligatorias a pensiones y salud reconocen que la realidad de muchos micronegocios no da para formalizarse”, subraya.

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Algunos de esos obstáculos fueron reducidos por la ley de emprendimiento sancionada el año pasado. La disminución de trámites, la rebaja de ciertas tarifas o la mejora en el acceso al mercado de compras públicas van en la dirección correcta, por lo cual es clave que la norma opere de manera efectiva cuanto antes.

¿Es posible llegar más lejos? Mecanismos equivalentes a capital semilla o préstamos parcialmente condonables han sido mencionados, como una manera de darles a quienes se quebraron una segunda oportunidad o de proveer la chispa que necesita una buena idea de negocio para concretarse. Para evitar los excesos, el análisis de riesgo podría quedar en manos de las entidades financieras especializadas.

Una justificación adicional es que los esfuerzos gubernamentales dejaron a buena parte de los micronegocios en una especie de limbo. Por ejemplo, el programa de apoyo al empleo formal que subsidia parte del costo de la nómina de miles de compañías llegó con cuentagotas a este segmento en el cual muchos no están formalizados. Para otros, el trámite era tan complejo que, como reza la expresión popular, “salía lo comido por lo servido”.

Sobrevivir y crecer

Sea cual sea la salida, no hay duda de que es aconsejable pasar a la ofensiva en este campo con el fin de que no se presenten más daños que los ya registrados. Así el espíritu emprendedor de cientos de miles permanezca intacto, las ganancias colectivas serían considerables si los pequeños empresarios salen de su postración más temprano que tarde.

Eso es lo que cree Paula Andrea Venegas, quien en 2007 le dio vida a la agencia de viajes De Pueblo en Pueblo, que se especializa en experiencias turísticas en los municipios de Antioquia. Todavía recuerda cómo pintaba de bien 2020, con planes y reservas vendidos hasta diciembre, cuando ocurrió lo inesperado. “Fue un frenazo en seco”, relata.

Y es que, en lugar de despachar visitantes a diferentes lugares, repentinamente debió cerrar puertas a mediados de marzo, las mismas que pudo abrir solo hasta finales de septiembre. En el intermedio pasó por todos los estadios típicos de un duelo, comenzando por la negación.

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Ahora, su actitud es distinta. “Si nos quedamos con la añoranza, no avanzamos”, dice la empresaria que ya participó en ferias virtuales y ruedas de negocios y que ahora vende paquetes por internet. Aunque la reacción de la demanda no ha sido constante, introdujo nuevos destinos a sabiendas de que el mercado pide actualmente más naturaleza que espacios urbanos o cerrados.

Entiende, igualmente, que volver a crecer exigirá recursos. Por eso le parece determinante perder el estigma de pertenecer a un sector que ya no genera confianza. “Es increíble que las mismas instituciones que me ofrecían plata en febrero pasaron a decirme que no en abril”, recuerda.

“El Gobierno puede, si quiere, irrigar crédito”, opina Juan Alfredo Pinto. “Basta con usar las redes para las micro, pequeñas y medianas empresas y llegar con la banca pública, la banca cooperativa que tiene fondo de garantías y con bancos que quieran apostar por una economía en recuperación”, añade.

Más allá del modus operandi, es importante entender que el tema requiere respuestas prontas, pues la opción de no cuidar a los emprendedores de menor tamaño es la que menos le sirve a Colombia. En cambio, la que funciona es que en el proceso de reactivación los micronegocios reciban con rapidez apoyos concretos.

No está de más recordar que todavía en octubre había 5,3 millones en ese renglón. Ignorarlos sería no solo un grave error. Sería inexplicable.

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RICARDO ÁVILA
ANALISTA SÉNIOR
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
@Ravilapinto​

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