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Tríos sexuales y otras peripecias de circo

Tríos sexuales y otras peripecias de circo

el escritor mexicano Fabrizio Mejía, se gozó las fotos y escribió un cuento de frontera, Circo de tres pistas, en el que el trío termina en posiciones tan extravagantes como el temido "elefante".

Tríos

Tríos

Foto:

Álex Mejía

Fresita, la mujer más codiciada de La Piscina, el prostíbulo más famoso de Colombia, terminó en la sala de un motel con la productora de porno Andrea García y Cristian Cipriani, su afortunado novio, en una situación que, seguramente, se convertirá en una película XXX de www.7labios.com. Por su lado, el escritor mexicano Fabrizio Mejía, se gozó las fotos y escribió un cuento de frontera, Circo de tres pistas, en el que el trío termina en posiciones tan extravagantes como el temido "elefante". Y ahora... Es hora de que empiece la función.

En eso estalló la luz. la voz del animador anunció que el "club balbuena" -algo así dijo- se "complacía en presentar el internacional espectáculo de cindy coxis". La Cóxis se trepó a la pasarela de tríplex que se tambaleaba con cada taconazo, hizo un par de piruetas en un tubo de metal y, finalmente, se sentó sin mucha gracia y pasó ambas piernas por arriba de su cabeza. Una contorsionista, la Cóxis. Enrojecido su rostro, la Cóxis nos mostraba su cabello rojo, mientras, con los brazos, se sostenía en la pasarela y daba vueltas para que todos pudiéramos echarle un vistazo a su facilidad para tramitarse una artritis prematura. La Cóxis. Tenía esta pulsera en el tobillo izquierdo que se le atoró en el cabello. Batalló hasta que otra bailarina la ayudó a desenredarse.
Pero esa contorsionista fue la que, al final, conquistó al Hijo de Salvatierra, el que no entendía español. Como un simio exigiendo una fruta, la señaló y todos sonreímos como se hace con los bebés que balbucean su primera injuria. Y la Coxis fue llamada a comparecer.

No, no acostumbraba. Ella sólo prestaba sus habilidades artísticas, nada de sexo con los clientes. Para eso estaban ahí otras de "las chicas"¿, unas profesionales todas. Y La Coxis tenía razón: ella, una contorsionista de circo, era la peor opción.

-¿Por qué yo? -un poco ruborizada porque el niño Salvatierra la veía con ojos amorosos. Lo juro. A ella debió surgirle una ternurilla ajena al "Club Balbuena" porque, billetes de por medio, tomó al muchacho Salvatierra de la mano y ahí los vimos pagar "la salida" a los meseros de la barra y subir unas escaleras lodosas. El animador mandó tocar "La Marcha Nupcial". La Cóxis abusando del hijo de un magnate. De pronto me di cuenta de lo que había sucedido unas horas antes, después que me bajé del tráiler; hasta aquí llegaba el conductor. Olvidé preguntarle el nombre del pueblo. Caminé y me dio sed, pero no traía dinero. Llegué al Club Balbuena y me senté a platicar en la barra con un desconocido, un licenciado, que me obsequió la primera copa. Con el paso de los tragos se le unieron más licenciados y unos ingenieros y buscamos una mesa. Luego llegó un muchacho, el Niño Salvatierra que es, según entiendo, hijo de alguien muy poderoso. Traté de platicar con él pero me dijo que no espeakiaba espanish. Pues, qué pena.

El Niño Salvatierra no me mira. Se siente un Hombre Bajando La Escalera Después de El Acto, ahora que se ha tirado a una tipa que creció montando elefantes en un circo. Los Licenciados lo reciben con desairadas palmadas. Están discutiendo con los ingenieros qué nuevo antro sigue. Hablan de un burdel de piso de tierra:

-Son puras maestras rurales. Están livianitas de no comer -gritan.

Me acomodo un mechón de pelo. Irse. Asumo que el Niño sabe dónde estamos y posee la llave de la noche: un automóvil con tanque lleno. Necesito que me preste atención y, sin pensarlo, le extiendo la pastilla polvorienta. Se trata de un pago por adelantado. Es lo único de valor que poseo. Cual experto, el Niño se la coloca entre los labios, a un lado, como si fuera un cigarro redondo. Por primera vez me sonríe. Lo he cautivado. Y hasta empieza a hablar en español:

-Sin condón -susurra entre dientes-. Fue sin condón -presume.

Es un triunfador.

No se me ocurre nada qué responderle. En cambio, le ofrezco un cigarro de una cajetilla ajena.

-No fumo -aclara-. Esas cosas matan. No sé cómo puedes.

   * * * * *

- ¿Qué esperamos? -le pregunto ya dentro del auto. Es un descapotable, azul.
No responde. Es un pesado. Tenemos tres botellas sin abrir. La suya es de coñac. Sólo se escucha el agitarse de la esfera cuando la empina.

-¿Cómo se llama esta ciudad? -vuelvo al ataque pero de nada sirve.

Con la música del burdel al fondo se oyen algunas moscas. El campo no debe andar lejos. El Hijo de Salvatierra saca de alguna bolsa un pedazo de metal alargado. Lo mira, dándole vueltas con tres dedos a la luz de la luna. Este imbécil podría mirar con ojos amorosos hasta al clavo de donde lo van a colgar.

-Tu padre -quiero bromear- salva tierras, ¿de quién?

Niega con la cabeza como diciendo "¿Les creíste?". Brincando charcos llega la Cóxis y se arroja dentro del descapotable. Tiene el pelo mojado y apesta a agua de colonia y trae las medias en un puño y está emocionada y pregunta adónde vamos y como el Niño Salvatierra no responde soy yo quien propone que a un hotel y la Cóxis aclara que no "hará tríos". Me da risa esta chica porque todo el tiempo habla de los tipos de servicio que sus amigas hacen, cosas que ha escuchado en diez años de profesión y no hay nada que detenga sus cuerdas vocales como si presintiera que su vida va a cambiar en esta noche.

El Niño Salvatierra la mira por el retrovisor y me mira, de vuelta, con olvido. Volteo a ver a la señora y se ríe conmigo, sin saber de qué. Es como todos: haría cualquier cosa por tratar de ser aceptada. En eso pienso cuando llegamos al motel "América" y el Hijo paga un cuarto. Uno sólo. Detrás, la Cóxis le dice "amorcito" cada vez que la luz desde algún anuncio entra en el cuarto: roja e intermitente, "amorcito", roja e intermitente, "amorcito". Ya no pienso en nada cuando me dejo caer sobre una de las dos camas; si acaso en que hacemos un trío en el que pasa de mano en mano una cámara digital. Somos más guapos, no tenemos estrías ni barrigas y no olemos a alcohol y humo de tabaco. Las posturas se conectan en frases, en secuencias sin exabruptos ni errores. Somos actores porno, somos putas de revista, somos... Me pierdo abrazando un cristal que poco a poco se calienta. La botella es la dama desnuda que me rescata de los incendios.

  * * * * *

En realidad he dormido unas tres horas. Y me he despertado porque el niño Salvatierra tiene a Mrs. Cóxis de rodillas, amenazada con un revólver. Pero no es eso lo que me ha sacado del sueño, sino los lamentos de la contorsionista, y un "¿verdad?, ¿verdad?" que se repite incansablemente. Alcanzo a escuchar sin entender:

-A mí eso me importa poco. Te digo que te lo gastas o te mueres -está diciendo el Niño.

-Pero ¿en qué, amorcito?

-Ese no es mi problema. Es tuyo. ¿Verdad?, ¿verdad? -me vuelve a preguntar.

-¿No se han dormido? -alcanzo a reaccionar.

Los dos siguen vestidos, aunque las botellas están casi a la mitad.

-Es muy fácil -responde Salvatierra El Amorcito con el dedo en el gatillo de la pistola-: le estoy diciendo que ya se puede ir a su casa pero que antes le voy a dar quinientos dólares.

-Pues ya dáselos -le digo frotándome los ojos. Parece que la noche se está alargando hasta la gesta.

-No -responde la contorsionista entre llantos-, quiere ver cómo me los gasto. Pero a estas horas no hay nada abierto. ¿Qué compro? Es demasiado.

-Exacto -dice Salvatierra-. Es un juego, ¿verdad? Uno peligroso porque si no se los gasta en media hora, los cinco mil o más, la mato. Pum. Le doy entre los ojos y se acabó, ¿verdad, verdad? La escena sigue hasta la tumefacción: ella gimoteando que la deje ir sin pagarle y él que no, que le disparará.

Una aburrición.

Tengo una rodilla temblorosa sobre la cama y un pie en el suelo. Por decir algo, propongo:

-Cómpreme, señora.

-¿Qué? -dice el Niño para darle más diversión a la propuesta.

-Me vendo.

-¿Cuánto vales? -me pregunta con una amplia sonrisa.

-Con mil bastará -le respondo sin evitarle la mirada ojerosa.

-Ella tiene quinientos. ¿Cómo te ganarás la otra mitad? -me reta el Salvatierra.

-Yo estoy diciendo -le contesto y bajo la pierna de las sábanas para provocar un mejor efecto- que valgo mil. Son tus reglas.

-Okey, okay -ríe el Niño apuntándome directo al pecho- pero tú le perteneces a ella. Tienes que hacer lo que ella ordene en la próxima media hora. Si no, los mato a los dos.

-Exacto -murmuro por murmurar algo.

-Después te irás con ella. Te compró. Y el juego seguirá hasta que ella decida, ¿verdad?

El Hijo quisiera controlar nuestras vidas futuras. Una historia de esclavitud de varias décadas, generaciones completas de mi familia bajo el dominio de los malvados Cóxis, es lo que tiene en mente. Y le fascina. La contorsionista ha dejado de gimotear, aunque no de reptar por ahí, comparando las pelusas debajo de la mesa de noche, supongo.

-Y los mato a los dos -repite el Salvatierritas como si fuera una canción mientras deshoja billetes de su cartera, desparramándolos sobre la cama como pares de muslos.

La escena es absurda. La cirquera anda en cuatro patas. Yo, simplemente estoy parada a su lado, como una televisión. Y sobre la cama se ha arrojado el Niño Salvatierra como esperando una función de medianoche. Su revólver sobre una almohada.

-Hagan algo -nos ordena.

Deben ser las cinco de la mañana.

La Cóxis susurra algo para mí. Accedo: me subo en su columna vertebral. Siento cada hueso entre mis dedos sudorosos. Conmigo arriba, ella comienza a gatear. Es el afamado número del elefante, así que extiendo los brazos en equilibrio. Miro un punto fijo hacia delante y resulta ser un espejo en la pared junto a la ventana. Me veo como equilibrista pero mi víctima domesticada no aparece en escena. Sólo mi propia figura con los brazos en cruz.

-Pero ¿qué es esto? -reclama el espectador armado cuando ya casi llegamos hasta la otra cama.

-¿El elefante? -sugiero por sugerir algo.

La Cóxis se solidariza con la idea y empieza a quejarse con un ruidillo que -lo entiendo más tarde- es su personificación del bramar de un animal en las llanuras de África.
Otra penuria.

-Pero se supone que ella te compró. ¿Por qué te carga? ¿Los elefantes son acaso dueños de sus domadores? No, ¿verdad, verdad? Hagan otra cosa. Ordena algo tú, como te llames -le grita Salvatierra  a la señora, aburrido.

-Victoria -se lamenta la Cóxis, sin aliento. Se llama Victoria. Vaya nombre. Supongo que en algo habrá triunfado alguna vez. Me bajo de la cabalgadura. Victoria se incorpora. La veo menos oscura. Pero quizás es la luz que entra en el cuarto 848 del hotel "América" desde algún lugar: roja e intermitente, "amorcito", roja e intermitente.

- ¿Y bien? Será media hora efectiva. Ni crean que no les descuento las pérdidas de tiempo.  Está hecho el dueño del circo.

Victoria camina, reflexionando, dudando en escena, con una mano sobre la barbilla, la mirada baja. Toma un respiro profundo. Llega a la puerta y, en un instante, la abre y sale corriendo. El Niño Salvatierra tarda unos segundos en reaccionar. Toma el revólver, se baja de la cama y lo veo correr escaleras abajo.

Me quedo un rato viéndome al espejo. La luz roja e intermitente se desvanece con los primeros rayos de sol. Me tallo la cara hasta que me duele. No me acostumbro a traer tanta cara de muerta. Tomo los billetes que hay sobre la cama. Son diez y son nuevos y crujen entre los dedos. Los guardo en mi bolso. Saco los cigarros. Queda uno, pero no lo enciendo, sólo lo llevo en la boca.  Me pongo las medias.

No, Salvatierra no ha dejado las llaves del descapotable azul. Pero Victoria sí ha olvidado sus zapatos de tacón plateados con las puntas hechas trizas. Los miro un instante y se me ocurre, por fin, la idea para la nueva película. Me calzo mis botas y bajo escalones con la frente arriba, como un vaquero regresando a su rancho en "América". Amanece. Y es un lindo día.

 

Maquillaje: Álex Ospina // Asistente de maquillaje: Alberto Herrera //Modelos: Andrea García, Fresita, Christian Cipriani // Agradecimientos: Penthouse (Taberna), Altos de La Calera // Abrigos y vestidos chicas: Loft // Zapatos chicas: Alejandro Solano // Vestido chico: Lina Cantillo // Camisa, cinturón y zapatos: Ermenegildo Zegna  // Brasier y liguero: La senza // Calzones: Calvin Klein // Calzoncillo: Calvin Klein // Producción: Carolina Baquero

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