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Muertos de la risa con Martín de Francisco y Santiago Moure

Muertos de la risa con Martín de Francisco y Santiago Moure

"Estamos de regreso con esta cochinada"

ARTÍCULOMartínyMoure

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Fotografías: Sebastián Jaramillo

Así se anunciaba el regreso de comerciales de La Tele, el programa que hace veinte años hizo famosos a dos de los humoristas más irreverentes de Colombia: Santiago Moure y Martín de Francisco. Hoy en día, después de criticar todas las cosas que pudieron, se hicieron viejos y ahora forman parte de eso que tanto criticaron: la farándula colombiana. Y lo mejor de todo es que lo saben y no sienten vergüenza.

Dos, tres vibraciones. Al otro lado de la línea Martín de Francisco dice: –Mirá, es que… es que yo te llamaba porque… porque yo ayer estaba metido en lo de la obra, tenía que ensayar y… –la voz, un hilo frágil, lleno de pausas–. Quisiera saber si podemos repetir otra vez la conversación… pues, vos sabés… no toda… entendeme… solo unas partes –una pausa como un silencio empecinado. El hombre respira hondo–. Mirá, a mí me da pena con vos… pero… es que yo pensando en el ensayo dije cosas que no… no sé… no creo que eso haya salido bien…

Es la mañana de un martes de septiembre y a tres segundos de que sean las nueve –luego de establecer un lugar, una hora– la conversación se corta. Días después, dirá: –Yo soy obsesivo con vainas que debí decir o que no debí decir nunca y eso no me deja tranquilo…, ¿me entendés? Yo soy neurótico, en el sentido de que sufro mucho de ansiedad social, no me gustan ni las reuniones… ni las mesas redondas… ni nada que tenga que ver con cosas públicas… A veces me siento cómodo con lo que soy hoy, aunque eso no quiere decir que esté pleno o sea feliz… y ¿sabés? Antes era más temeroso, yo ahora no le rehúyo al miedo, lo dejo estar ahí.

Días más tarde, su hermana más famosa, Margarita Rosa de Francisco, dirá que Martín era un niño supremamente sensible, ocurrente, iracundo, apasionado, rebelde, metafísico y noble. Un niño que siempre encontró en el fútbol una de sus grandes pasiones. Después me enteraría de que Martín ve entre ocho y diez partidos y que cuando niño le pegaba de la rabia al televisor cuando se iba la señal. Margarita Rosa recuerda dibujos impresionantes que presentaban escenas del juego con la posición de los jugadores en movimiento cuando estaba ocurriendo el gol. También recuerda que hacía retratos tipo cédula medio caricaturescos de hampones con sus respectivos alias en la parte inferior.

A Martín, dice Margarita Rosa, siempre le ha atraído el lado grotesco y escatológico de lo humano para señalarlo y contraponerlo a las meloserías del romanticismo. Al ser el hermano menor, no tenía “personaje” dentro de sus juegos y él insistía en querer jugar con ellas.

–Martín siempre tiene un tema recurrente en su santoral de ocurrencias, y le da palo hasta que se aburre –cuenta Margarita Rosa–. Por lo general, frases que usa la gente común y corriente pero que tienen un fondo cursi. Una vez le dio por “me haces daño” y con esa nos tuvo un rato largo. Cuando descubre una nueva canción que le gusta se obsesiona por ella y es capaz de oírla quinientas veces en un día y por un mes seguido. Ahora anda metido en Hip Hop, pero en estos días me llevó en el carro y estaba alucinando con un CD de Händel que acababa de comprar.

Martín de Francisco nació en Cali el 22 de septiembre de 1966. Estudió en varios colegios, en los que se caracterizó por su timidez y distanciamiento. Poco a poco empezó a adquirir fama de ser uno de los burlones y montadores del colegio, porque ese era su mecanismo de defensa para no ser objeto de burlas de los demás y compensar así su baja estatura –a los dieciocho años medía un metro con sesenta y cinco–, que poco a poco y sin entender por qué, se hizo acorde a su edad. Se graduó del colegio Versalles –que desapareció, que era caótico–, en el que encontró un ambiente hostil para relacionarse con los demás y para desarrollar sus talentos –que no conoció, que le eran esquivos–.

Al graduarse, sin saber qué hacer, ni para dónde coger, Martín de Francisco decidió estudiar Administración de empresas, pero luego de un año abandonó la carrera. Tiempos de alcohol en los que hastiado –de no hacer, no saber qué hacer– trabajó con su papá en la finca y un restaurante del que era propietario. –El problema –explica Martín– es que la educación no está fundamentada en detectar los dones…, uno ve muchos pelaos confundidos… lo complementario debería ser la información y lo sustancial consiste en encontrar en qué es feliz la persona –comenta–. La Tele ha sido lo mejor para mí, porque me revela algo que yo quería hacer y no sabía. Ahí encuentro la manera de jugar, porque el trabajo es una proyección del juego. Cuando uno juega de pelao siempre juega a alguna profesión: al futbolista, al médico…, en La Tele encontré una proyección de lo que yo hacía en el colegio, que era mamar gallo, joder en público.

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Fue víctima de la tiranía de sus mayores. De niño, Santiago Moure –televidente de El Pato Lucas y El Gato Silvestre– fue víctima del despotismo de sus mayores. Nació y creció en Bogotá, en el Virrey. Nombre que siempre le ha parecido absurdo porque hace parte de la tradición que tienen los colombianos de admirar al tirano. Absurdo, como llamarlo –al parque– el Vicepresidente. Fue expulsado de cuatro colegios –Cervantes, Británico, San Luis Gonzaga, José Max León– por expresarse libremente, por sacar notas altas en los exámenes de historia cuando nadie le auguraba nada bueno y se había hecho fama de haragán, por eso lo acusaron de robo, de haber copiado las respuestas, de no estudiar.

Su padre –militar, de educación conservadora– alguna vez, para corregirlo, le dio un manotazo que le hirió la cara, y de esos golpes aún hablan las cicatrices en el rostro. A los quince años entró al Colegio Hispanoamericano Conde Anzures –el Chaca–, donde conoció a Carlos Vives, quien había venido a parar a Bogotá cuando tenía doce. En el Chaca, si bien no ganó la credibilidad de sus profesores o familiares, su futuro empezó a tomar vuelo. Organizaba presentaciones, agrupaciones musicales, obras de teatro. Y jugaba al frisby, siempre, siempre, y entre esos juegos, esas presentaciones, esas obras de teatro, interactuó con Vives, lo invitó y a su vez se dejó invitar a nuevos proyectos –musicales, artísticos– que hacían más fácil y amable el tiempo escolar. Así se hicieron amigos, aliados, y eso, para Carlos Vives, era –es– algo importante, algo que no hay que olvidar, algo que puede llevar a tomar decisiones que cambien el destino de las personas, la de esas, la de los amigos. –En el colegio, Carlos era el de mostrar y yo el de ocultar. Nos hicimos muy amigos y él es el origen de todo, el gatillo que disparó lo que somos –dice Moure, quien, al graduarse como bachiller, se matriculó en la Universidad de los Andes, donde luego de unos meses de haber estudiado filosofía y letras, inició la carrera de música, una de sus mayores pasiones.

Al poco tiempo entraría a estudiar teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático. –Estudié clarinete en Los Andes, fui la primera promoción hace 25 años. Mi sueño es tocar Bach. Me gusta mucho el piano. Pero en este momento tengo mucho colesterol musical, debo limpiarme primero. En 1993 fue invitado por Carlos Vives –para ese entonces, pareja de Margarita Rosa de Francisco– a formar parte de un proyecto que desde hacía días –semanas, meses– le estaba rondando por la cabeza. A esa reunión sería invitado también Martín de Francisco, el hermano de Margarita, que reunía, junto con Santiago, todo cuanto Carlos buscaba. Las personalidades idóneas para un espacio televisivo sin precedentes dentro de la historia de la televisión colombiana, en el que, cargados de ironía, se inventaron palabras –“iguazo”, “chibchombiano”, “guachimán”– que se hicieron parte del lenguaje cotidiano de la gente. Carlos Vives fue el presentador en sus inicios, y tras un casting en el que convocaron albañiles y electricistas, lograron llevar –añadir– a la televisión personajes que no cumplían con las características habituales en el medio. Así nacerían dos personajes con los que se ganaron la atención de los televidentes: el Cerdo, interpretado por el electricista Carlos Molina, que durante sus intervenciones en el programa hablaba mal y mostraba una pronunciada barriga mientras bailaba, y doña Anciana, que no hablaba o lo hacía poco y era, más bien, un fantasma dentro del programa.

–Mirá –dice Martín–, Carlos fue el único que me paró bolas. Si no es por él yo… yo no entro al medio. Lo intenté varias veces…, pero no hubo buena comunicación con las personas –el tono, un murmullo que se deja vencer por el silencio, revela las palabras–. –A Santiago es un gusto haberlo conocido. Es una persona brillante que… que me ha enseñado mucho…, mirá, yo por ejemplo sufro mucho de pánico escénico… y él no… –como un equilibrista en la mitad de una cuerda, Martín de Francisco se sostiene en la pausa. Piensa, tira su pelo hacia atrás y continúa–: Hay cosas que Santiago no aguanta de mí…, mirá, cierta psicorrigidez, y yo de él no aguanto su “me importa un culo todo”…, eso nos hace chocar… no sé, ¿me entendés? –Cada uno está en sus vainas haciendo lo que dijimos que nunca íbamos a hacer –confiesa Santiago–. La gente se siente un poco defraudada pero no tiene por qué. Cuando ya uno está viejo y sienta cabeza es inevitable prostituirse y hay que prostituirse con dignidad. La única salida es aislarse, volverse un ermitaño, nosotros lo tratamos de hacer.

* * *

Son las once de la mañana. En una calle espolvoreada por el sol, Santiago Moure llega hasta un restaurante. Su cara mira a la distancia. Una mujer pasa en una bicicleta. Una mujer joven, apuesta. Desde una de las mesas exteriores del restaurante Diner, al norte de la ciudad, Santiago dice: –Tan linda que es una mujer en bicicleta –luego calla–. Mira nuevamente hacia fuera, a la distancia. Y dice que piensa en un sabático –no dice un año, evita barreras–, en irse a vivir a Villa de Leyva, a retomar el tiempo de lectura, a leer a Zizek, a dedicarse a la música. Dice que tiene una tierra abandonada en Gachantivá, a unos diez minutos de Villa de Leyva. Quiere hacer algo allá, sembrar de todo, hacer agricultura de surco, algo pequeño, para él, nada industrial. Y dedicarse al trueque, porque tiene esperanza de que el trueque vuelva a la humanidad. –El trueque es lo único que nos puede liberar de la tiranía del mercado –concluye Santiago.

A raíz de La Tele –que duró dos años, que causó controversia, que fue por muchos criticado y defendido por otros–, Santiago y Martín iniciaron una amistad que los llevó a participar en varios proyectos. Al poco tiempo de salir de la programación –con la excusa de que el espacio iba a ser utilizado para la transmisión de las eliminatorias de Francia 98–, La Tele se empezó a emitir por radio sin dejar por fuera a los personajes insignia del programa, el Cerdo y doña Anciana, y sin dejar de criticar la realidad nacional, el uso del idioma, la política y la politiquería diaria, la farandulización que estaba en todo, que todo lo carcomía, que era todo, que hacía metástasis en la vida pública. En 1997 iniciaron en televisión El siguiente programa, un espacio animado cargado de crítica, historia y una burla al excesivo sentimiento patrio de los colombianos.

–La Tele fue un experimento desde el que se creó una forma de hacer humor –me dice Margarita Rosa– desde los lados intratables de la humanidad. Desde lo horrendo, lo asqueroso; desde lo bajo sin identificarse con eso. Refinaron su estilo en El siguiente programa, que fue lo que realmente marcó la diferencia en el estilo humorístico, incluyendo crítica social y política.

Los proyectos compartidos los llevaron a los individuales. Moure grabó junto a José Luis Arzuaga el programa Anónimos, que presentaba una serie de falsos documentales. Además, grabó diferentes novelas y seriados para la televisión nacional, participó en la criticada película El trato, de Francisco Norden, hizo parte del programa Ciudad X en CityTV, donde conoció a Marcela Vargas, que fue su esposa.

–Me entristece mucho el amor perdido y tener la certeza de no volverse a enamorar. Yo ya no creo que yo me vuelva a enamorar. Me parece triste pero saludable –dice Santiago. Por su lado, Martín de Francisco, luego de un período sin aparecer en televisión una vez había terminado El siguiente programa, inició un nuevo período en CityTV cuando Julio Correal y Mónica Fonseca le brindan ayuda y termina trabajando en el canal.

–Tuve una época que fue un bache largo… Cometí muchas locuras, me gasté todo. Volví a la casa de mis papás con los muebles. Fue una etapa de un desorden mental muy grande…, una hijueputada…, un Pambelé completo. Pero en 2004 empiezo a levantarme. Es en CityTV en donde Martín de Francisco al lado de Antonio Casale comienza a madurar la idea de un trabajo que se ha prolongado hasta el día de hoy: una etapa larga y satisfactoria como analista y comentarista deportivo. Su participación en radio se extiende desde Radioactiva hasta el programa deportivo El alargue, en Caracol Radio. Actualmente hace parte del programa FM Fútbol Mundial de RCN, que dirige Casale, en el que la música y el fútbol, sin quitarles espacio a otros deportes, son los protagonistas.

Pero si hay y ha habido espacio para el fútbol en su vida, la ha habido también para el idioma y el lenguaje, otra de las pasiones de Martín. Desde 2006 se emite por Canal 13 y Señal Colombia la serie animada Profesor Súper O, serie que hace con Antonio Guerra, en la que un superhéroe corrige los errores que comete la gente a la hora de hablar. Durante estos años conoció también a la que sería su esposa, la actriz Verónica Orozco, con la que mantuvo una relación de dos años y medio. –Valió la pena todo el tiempo con Verónica. Ella, además, me ayudó mucho y no puedo sino agradecerle que me haya puesto límites. Yo tuve un chasco con ella por el alcohol, pero si no es por su ayuda yo no me recupero. –Es un hombre con un corazón inmenso, con una nobleza impresionante –dice Verónica y cambia ligeramente de tema–. Santiago y Martín son muy auténticos, nadie tiene un humor igual al de ellos, el humor cachaco y el del Valle. Hacen un dúo infalible que no se parece a nada.

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–Mirá…, yo tengo algo y es que creo que todo lo que hago o he hecho es una porquería… –dice Martín. Días más tarde, Eduardo Arias, me dice: –Yo tengo una opinión muy positiva, Martín ha aprovechado su fama no solo para hacer comedia, sino para hacer cultura con proyectos como el Profesor Súper O, y sin duda como comentarista es muy bueno –explica Arias en un bus de Transmilenio mientras se queja del ruido y de la gente que entra a cantar, a pedir dinero–. Santiago por su parte es un actor que es bueno en teatro, no hablo de televisión porque yo me mantengo completamente al margen de ese mundo.

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Aislarse , dice Santiago , y se levanta sin dejar de mirar el parque, la gente que corre, los carros que pasan. Santiago sube unas escaleras. En una puerta, cercada por un velo negro y varias cámaras, está la actriz Diana Ángel entre otro grupo de actores que hacen parte del reparto de la novela que Moure ha subido a grabar –una escena, un capítulo–. Luego de recibir instrucciones de lo que deberá hacer, Santiago se acomoda en una silla y dice: –Martín es una persona que yo respeto mucho por su lucha permanente consigo mismo. En ese sentido él es más fuerte que yo, parece lo contrario pero yo me escondo, él siente miedo, pero sus miedos lo fortalecen, lo retroalimentan –se interrumpe un momento para escuchar a alguien a su lado y continúa–: Martín y yo compartimos eso, nos gusta estar solos, nos reconforta. Yo tuve muchos vicios, pero mi vicio actual es serio y peligroso: la soledad. La gente piensa que estar solo es estar derrotado, pero no. Cuando la soledad es elegida, cuando es asumida voluntariamente, es una condición reconfortante, un verdadero éxito. Un éxito. La soledad. Dice.

Por: Rubén Darío Higuera – Fotografías: Sebastián Jaramillo.

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