¿Por qué el póquer es el mejor juego del mundo?

¿Por qué el póquer es el mejor juego del mundo?

Un aficionado explica por qué el rey indiscutible de los naipes, más allá de las inocentes o no tan inocentes apuestas, guarda una de las habilidades humanas más oscuras: la del engaño.

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28 de mayo 2020 , 08:09 p. m.

“El póquer se parece mucho al sexo. Todo el mundo piensa que es el mejor, pero la mayoría no tiene idea de lo que está haciendo”.

Dutch Boyd, jugador profesional de póquer

 

En el año 2003, después de embolsillarse 2,5 millones de dólares y de dejar de ser un desconocido para convertirse en un campeón mundial, Chris Moneymaker dijo una frase memorable: “La belleza del póquer radica en que todo el mundo cree que lo puede jugar”.

Sus palabras me calzaron como un guante varios años después, cuando en octubre del 2012 me invitaron a cubrir el Latin American Poker Tour en su parada en Medellín. Moneymaker era la estrella invitada, por lo que tuvo la obligación de jugar con los periodistas. Ni siquiera recuerdo qué cartas tenía, pero sí que estaba en un mano a mano con el campeón mundial. Él apostó todas sus fichas (el conocido all in); yo pagué por ver, gané la mano y lo eliminé de esa mesa.

Me sentí en el Olimpo del póquer. Tanto, que le pedí que me firmara un papel que decía que yo le había ganado. Por supuesto, Moneymaker estaba mamando gallo y su único afán era levantarse rápido para irse a otras mesas del casino en las que sí jugaría, con su talante y rigor, por dinero de verdad y no por cortesía.

Chris Moneymaker. Foto: (CC BY-SA 2.0) Flipchip - LasVegasVegas.com / Via Wikimedia Commons.

El póquer es el juego de cartas más popular del mundo. No es necesaria una cifra consolidada y confiable de jugadores en todo el planeta para confirmar esa afirmación, basta con revisar la influencia de este juego en la sociedad –en aumento desde hace casi dos siglos– para coronarlo como el rey de los naipes.

Los pilares del juego son simples: se necesitan una baraja francesa –52 cartas, sin comodines– y un grupo de jugadores –mínimo dos, máximo recomendado, diez–. El objetivo es quedarse con las fichas de los contrarios. Esas son unas bases “puristas”, porque hay distintas modalidades para jugar póquer y, para mí, meterle comodines o ponerse cartas en la frente ya es recocha. Lo esencial es que quien lo juegue, se divierta.

En su estado más simple, el póquer consiste en armar un juego con cinco cartas (pueden ser pares, tríos, escaleras o póquer). Y no digo armar el mejor juego, porque una de las singularidades más llamativas del póquer es que el ganador no siempre tiene mejor juego que sus oponentes. De hecho, engañar al contrario es uno de tantos placeres que ofrece el póquer, tanto así que los verbos cañar, farolear o bluffear hacen parte del léxico básico del juego. El escritor estadounidense Jack London lo entendió bien cuando dijo: “La vida no siempre es cuestión de tener buenas cartas, sino de jugar bien una mala mano”.

Las apuestas –aquí es donde entran las fichas– son la munición que disparan los jugadores para vencer al contrario. Al inicio de cada mano se reparten las cartas (la cantidad depende de la modalidad elegida) y el jugador que tenga el turno, asignado por su posición en la mesa, puede apostar (bet) o pasar (check). Los demás jugadores, uno a uno y en orden, tienen tres opciones: pagar (call) y seguir en la mano, retirarse (fold) o aumentar la apuesta (raise). A medida que se descarta o se reparten más cartas –una vez más, depende de la modalidad– se hacen nuevas rondas de apuestas. Los jugadores que llegan hasta el final destapan su juego para ver quién tiene el mejor juego y ese es quien se queda con el pozo (las fichas que han apostado todos los jugadores).

Las fichas facilitan la operación del juego, al crear convenciones que reemplazan a billetes y monedas. Esta representación del dinero permite a los jugadores abstraerse en un mundo en el que perder una, así no tenga un valor real, sea sumamente doloroso. Convertir en billetes las pilas de fichas en los grandes torneos causa una gran impresión en el público: es tradición en la Serie Mundial que cuando quedan solo dos jugadores, se rieguen sobre el paño los fajos de dólares que se llevará el ganador. En el 2016, por ejemplo, sobre la mesa del Hotel Río en Las Vegas se esparcieron 12 millones de dólares en efectivo que terminaron en la cuenta de Jamie Gold. No es algo sencillo de asimilar: imaginen la presión que pueden ejercer 48.000 millones de pesos a la vista de todos.

“El póquer es lo que más se parece a la vida. Hay que saber las reglas del juego, tener la capacidad de medir a los adversarios, de cañar, de medir el riesgo y, por supuesto, hay que tener suerte”, me contestó en un mensaje de WhatsApp el expresidente Juan Manuel Santos, conocido por su afición el póquer. Para él, la regla del oro del póquer es sencilla: “Si en el póquer has de ganar, no te canses de pasar”, es decir, no todas las manos, como sucede en la vida real, se deben jugar. Y es que aprender a jugar póquer es aprender a apostar, así de sencillo, porque la clave no es ganar con un juego bueno, sino ganar con juegos malos o exprimir al rival con la mano ganadora. Pero en el mundo del póquer hay diferentes enfoques: “El que más apuesta gana. Las cartas simplemente rompen los empates”, dijo Sammy Farha, unos de los más reconocidos profesionales del circuito mundial, con toda su facha de tahúr: gafas oscuras, pelo engominado hacia atrás y un cigarrillo que nunca enciende.

La final del World Series of Poker en el 2006. Foto: (CC BY-SA 3.0) Flipchip - lasvegasvegas.com / Via Wikimedia Commons.

 Hay que saber, además, que el placer del póquer está en derrotar a otros jugadores, no a un casino; por supuesto, en los casinos hay mesas para jugar póquer contra la casa (como sucede con el blackjack o la ruleta), pero la esencia de este juego está en enfrentar a rivales en igualdad de condiciones que siempre, sin importar qué tan buenos sean, son susceptibles de ser derrotados. Por esa razón, leer a los rivales es tal vez la habilidad fundamental para jugar póquer. Descubrir un oponente que se rasca la frente cuando tiene un buen juego o que recoge sus hombros con malas cartas es determinante para someterlo en la mesa.

Esa suma de habilidades, a la que hay que agregarle la capacidad de realizar operaciones matemáticas para medir las probabilidades que ofrecen las cartas, hace que los jugadores profesionales minimicen el factor azar dentro del póquer en virtud de su talento. “Si la suerte no estuviera involucrada, yo ganaría cada mano”, bromeó alguna vez Phil Hellmuth, uno de los más conocidos del circuito mundial.

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Para rastrear el origen del póquer hay que escarbar casi 1.000 años atrás. Historiadores lo han emparentado con juegos de azar (no siempre con cartas) en China, Persia y Europa, sin embargo, el juego, tal y como lo conocemos en la actualidad, tiene sus raíces en las primeras décadas del siglo XIX en Estados Unidos.

En las trincheras de la Guerra Civil, en los salones del Viejo Oeste y en las embarcaciones que navegaban el río Misisipi, el póquer era bastante popular, tal y como lo confirman varios relatos escritos que han llegado hasta nuestros días. Mientras que en la Guerra Civil los altos mandos mostraban su preocupación porque los soldados perdían concentración por estar pendientes del juego, en el Viejo Oeste, muchas de las disputas en las mesas terminaban en duelos con pistolas en calles polvorientas. El periodista Herbert Asbury, en su libro Sucker’s Progress, que rastrea la historia de las apuestas en Estados Unidos, estima que para 1830, “entre 1.000 y 1.500 apostadores profesionales trabajaban, más o menos de manera regular, en los barcos a vapor que navegaban entre Nueva Orleans y Louisville”.

Mark Twain, uno de los más célebres escritores estadounidenses, era un agudo jugador de póquer y recurrente apostador en las mesas flotantes del Misisipi. Esa afición quedó plasmada en varios de sus libros, así como en periódicos, donde escribía bajo varios seudónimos: “Nunca habría pensado que un representante al Congreso jugaría póquer en un barco a vapor público”, dice el protagonista de The Gilded Age (libro firmado por Twain en 1873), mientras viaja en uno de ellos por el Misisipi. Lo que confirma que el póquer seducía por igual a ricos y a pobres. Desde esos días, la influencia del póquer no ha parado de crecer y cada vez se incrusta con mayor fuerza en varias órbitas de la cultura. La literatura, como lo demuestran los relatos de Mark Twain, ha sido un territorio fértil para este juego.

Y es que cada mano de póquer es, en sí, una especie de relato lleno de personajes en el que hay un conflicto, un desenlace y un clímax, tal como lo explica Martin Harris en su libro Poker & Pop Culture: Telling The Story Of America’s Favorite Card Game. Una razón más que demuestra por qué este juego está al servicio de los narradores.
De hecho, la relación entre el cine y el póquer es prolífica y variada; algo similar a lo que sucede con el boxeo, que admite como protagonistas a personajes complejos y atribulados, capaces de superar las adversidades para triunfar o de hundirse hasta nunca tocar fondo. Paul Newman en El Golpe (1973) es Henry Shaw, quien llega a una exigente mesa en el vagón de un tren. El juego es póquer sencillo, en el que se reparten cinco cartas y se hacen cambios. Su rival, el señor Lonnegan, intenta tenderle una trampa arreglando las cartas: Shaw recibe un póquer de 3, mientras Lonnegan arma un póquer de 9. Las apuestas suben hasta los 15.000 dólares, pero la sorpresa es para Lonnegan cuando el personaje de Newman revela un póquer de J y pasa de ser el timado al timador. Una escena icónica que revela uno de los misterios con que el póquer ha seducido a Hollywood: la trampa, tema que se desvanece en películas más fieles al desarrollo del juego.

Steve McQueen en The Cincinnati Kid, de Norman Jewison (1965)

Además, Steve McQueen (en El Rey del Juego, 1965), Mel Gibson (en Maverick, 1994), Daniel Craig (en Casino Royale, 2006), Drew Barrymore (en Lucky You, 2007), Woody Harrelson (en The Grand, 2007), Burt Reynolds (en Deal, 2008), Ryan Reynolds (en Mississippi Grind, 2015) y Jessica Chastain (en Molly’s Game, 2017), son otras de las estrellas emparentadas con el póquer en la pantalla grande.

Mención aparte merecen Matt Damon, Edward Norton y John Malkovich por aparecer en Rounders (1998), la mejor película sobre póquer para muchos fervientes seguidores y portales especializados. No voy a dañar la trama para quienes no la han visto, pero les pregunto a los jugadores que sí lo hicieron: ¿sabían que Johnny Chan, bicampeón de la Serie Mundial de Póquer, se interpreta a sí mismo en Rounders?

Y la música, por supuesto, tampoco escapa al fenómeno. Desde finales del siglo XIX, hay registros del póquer en canciones populares en Estados Unidos, como The Game Of Poker, de Charles McEvoy, una canción de 1878. En el blues no solo era un tema recurrente, sino que además los artistas se ponían apodos como ‘El Rey de Picas’ o el ‘As Negro’. Además, el country, el rock y el pop también se han nutrido del juego: Kenny Rogers cantó The Gambler en la Serie Mundial de Póquer de 1979 y, para no ir tan lejos, basta recordar la canción Poker Face de Lady Gaga. No hay que entrar en la discusión de si la canción es buena o mala, lo significativo es que uno de los íconos del pop usa una frase que, sin la necesidad de conocer el juego, todos comprendemos.

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La máxima prueba de la fortaleza del póquer como fenómeno cultural y como industria es la Serie Mundial de Póquer, un evento que comenzó en 1969 como una serie de torneos que se juegan a lo largo del año en diversos casinos y en diferentes modalidades. Su evento de cierre es el más popular de todos (ESPN lo transmite en vivo desde hace más de una década), los jugadores que quieren participar deben pagar una entrada de 10.000 dólares y el ganador se lleva, además del pozo, un brazalete que es considerado como el Santo Grial del póquer.

En el 2003, Chris Moneymaker –sí, el mismo al que le gané años después en Medellín– fue el ganador después de superar a 838 rivales y de haber ganado su entrada jugando en línea. Un año después –y en gran parte por cuenta de la difusión de ESPN y del boom de los portales de póquer en internet– se registraron 2.576 jugadores y el año pasado jugaron 8.569 personas –cerca del récord del 2006: 8.773–, que se repartieron más de 10 millones de dólares en premios.

Edward Norton y Matt Damon, en Rounders, de John Dahl (1988).

En el 2007, en sintonía con el auge mundial del póquer, fui invitado a jugar el que en ese momento era el torneo más grande de Colombia: un evento que en cinco días reuniría a los mejores jugadores del país en el casino Hollywood de Bulevar Niza en la modalidad del Texas Hold’em. Iba cagado del susto. Una cosa es jugar con los amigos en la casa y otra es enfrentarse a profesionales en un torneo. En la primera mano (¡lo juro!) recibí as y siete de picas; tímidamente pagué para ver el flop, que son las tres cartas comunes que se utilizan en esta modalidad de juego. Tres picas aparecieron al voltear las cartas y como yo tenía color y al as, tenía la mano ganada. Pasé y el jugador a mi lado –un tipo de bigote y perfectamente engominado– apostó. Yo, por supuesto, pagué; solo quedamos los dos en la disputa del primer pozo del torneo.

Cuando se reveló la siguiente carta y comenzó la siguiente ronda de apuestas, volví a pasar. Él apostó una buena cantidad, tratando de sacarme del juego, pero una vez más pagué. El tallador abrió la quinta y última carta: nada importante, mi color seguía siendo la mano ganadora. Una vez más pasé y esta vez mi adversario no apostó. Tuvimos que revelar nuestras cartas: ambos teníamos color, pero el mío era al as.

De inmediato comenzaron los rumores en la mesa. Había quedado como lo que era en ese torneo: un novato asustado incapaz de aumentar la apuesta para exprimir las fichas del rival, o para hacerlo foldear y no tener que enseñar mis cartas, a la vez que enviaba un mensaje al resto de jugadores. Mi adversario había leído mi color más alto y evitó perder más fichas. Me leyó.

El brazalete es el trofeo máximo de la Serie Mundial de Poker. Foto: WSOP.

En ese torneo jugué por casi ocho horas impulsado por el tinto y las bebidas energéticas, que me dejaron con dolor de cabeza por ocho horas más. Al final perdí con un AK contra un AJ, con el que mi verdugo ligó dos pares desde el flop y de los que yo nunca me percaté. Y aunque la excitación que me produjo el torneo fue intensa, nunca me enganché al circuito de torneos que se paseaba por los casinos de Bogotá.

A lo que sí me enganché fue al póquer en línea. En ese momento era posible jugar en PokerStars, una plataforma de internet que Coljuegos prohibió en el 2017 junto a todos los juegos de azar virtuales que no tuvieran una licencia expresa de operación. Allí apostaba en torneos pequeños que no cobraban más de cinco dólares la entrada. Una vez llegué a cobrar un cheque de 200 dólares que llegó a mi casa después de un malabarismo bancario en el que me descontaron casi su totalidad, pero al menos me quedó la satisfacción de haber ganado.

A pesar de que el endurecimiento de la legislación también ha sacado de la mesa a los jugadores en Estados Unidos, la industria del póquer en línea hiló en el 2018 su segundo año consecutivo de estabilidad y las cuatro principales plataformas digitales aumentaron sus ingresos netos un 2,2 por ciento. Es decir, hay más gente jugando y apostando.

¿Debe ser el póquer considerado un deporte? Esa es una discusión en la que no vale la pena entrar. La que sí es una verdad innegable es que este juego es un imán para atletas de diversas disciplinas, que están acostumbrados a la presión y a la competitividad.

Michael Jordan, para muchos el mejor deportista de la historia –y otra vez tan de moda por el documental The Last Dance– era adicto a las apuestas (“un problema de competitividad”, dice él). El póquer, por supuesto, estaba en su baraja. “Todas las noches –no una, ni dos, ni diez– Magic [Johnson], Scottie [Pippen], Michael [Jordan] y yo jugamos cartas”, le dijo Charles Barkley, otro basquetbolista, a ESPN, y agregó que Jordan y Magic Johnson se aprovechaban de tener una cuenta bancaria mucho más gorda que la de él y la de Pippen.

Además, los futbolistas Ronaldo (el gordo) y Neymar, los tenistas Rafael Nadal y Boris Becker, el nadador Michael Phelps y el golfista Sergio García han declarado también ser amantes de este juego. Sergi Bruguera, excampeón de Roland Garros, fue más allá y después de colgar la raqueta se hizo jugador profesional de póquer, mientras que el defensor español Gerard Piqué ha participado, en un par de ocasiones, en el evento principal de la Serie Mundial de Póquer.

En el mundo precoronavirus, yo tenía una mesa con mis amigos, un microuniverso que reúne algunos de los diversos perfiles de jugador que se pueden encontrar. Está la roca, que solo apuesta cuando tiene buen juego; el ladrón, que se quiere quedar con los pozos con malas cartas y apuestas duras; el llorón, que vive suspirando así haya ganado su mano, y el novato, que simula no conocer muy bien un juego que ya tiene bien aprendido. No voy a revelar quién es quién, pero lo más importante es que a medida que nos conocemos, buscamos salirnos de esos roles para ser impredecibles y poder barrer en la mesa.

Tratábamos de reunirnos al menos una vez al mes, el plan nos emocionaba porque permitía cagarnos de la risa con unos tragos, pero, sobre todo, por la adrenalina que se bombea al meter una caña o al revelar un full para barrerlos a todos. Y no es que apostáramos grandes sumas (en una noche perra se perdían, si acaso, 50.000 pesos), pero nos sumergíamos en un mundo hecho a nuestro gusto y medida.

En la cuarentena encontramos una app para jugar en línea sin dinero real; funcionó un par de veces, pero ha perdido su ímpetu. Además, justo antes de publicar esta edición, BetPlay abrió en Colombia varias mesas de póquer para jugar en línea, algo que no sucedía desde que PokerStars y las otras grandes plataformas de apuestas online salieron del país en el 2017. Pero no es suficiente. Ahora que lo pienso, lo primero que quiero hacer cuando se acabe el aislamiento es convocar de nuevo la mesa y retomar el juego más del putas del mundo.

ÁLVARO A. CUELLAR
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 158 - MAYO 2020

 

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