El fin de la fuga de Battisti

El fin de la fuga de Battisti

Las novelas de Cesare Battisti tal vez no le den posteridad, pero su vida es la mejor de las tramas. ¿Quién es el italiano que durante 40 años burló a las autoridades?

El fin de la fuga de Cesare Battisti

El fin de la fuga de Cesare Battisti

Foto:

(CC BY 3.0) José Cruz / Agência Brasil

31 de enero 2019 , 11:48 a. m.

El conserje de un edificio en el noveno arrondissement de París tiene un gato negro y un viejo computador con Word y Windows en el que escribe novelas policiacas. Los 1.300 francos mensuales que gana por medio tiempo limpiando las escaleras y repartiendo el correo le permiten evitar las angustias de los escritores que no acaban de despegar. Y como las críticas, sin excesos de entusiasmo, son positivas y lo invitan a ferias del libro locales puede decir sin pena que su profesión es escritor.

Antes de eso fue terrorista.

A las diez y media de la mañana del 10 de febrero del 2004, al ver a dos policías que lo esperan en la entrada del edificio donde trabaja, comprende que para las autoridades italianas aún sigue siendo un criminal. Entonces, Cesare Battisti pasará los siguientes quince años tratando de demostrar lo contrario. Su detención en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, el pasado 12 de enero prueba que todo ese tiempo no fue suficiente.

“Era un joven que quería leer, profundizar su reflexión política. Me pareció muy agradable, un poco macho, pero con un buen sentido del humor”, decía Arrigo Cavallina en el 2007 a la revista francesa L’Express. En 1977, cuando los dos se conocieron en la prisión de Udina, Battisti purgaba una condena por delitos comunes y Cavallina se perfilaba como principal ideólogo de los PAC, Proletarios Armados por el Comunismo, una de las decenas de grupos armados de derecha e izquierda que se enfrentaron al gobierno italiano a partir de los años setenta buscando llegar al poder.

El más importante de ellos, las Brigadas Rojas, existió durante más de dos décadas, tuvo miles de miembros en sus filas y dejó 84 víctimas mortales. Los PAC estaban conformados por algunas decenas de individuos mal preparados y cuando se disolvieron en 1979, después de tres años de actividades, habían sido acusados de cuatro homicidios. Quince años después, el Alto Tribunal de Justicia de Milán declaró responsable a Battisti de todos ellos: como autor material de la muerte del vigilante de prisión Antonio Santoro, acusado por los PAC de maltratar a los presos que cuidaba, y del policía Andrea Campagna; y como cómplice en la muerte del joyero Pierluigi Torregiani, asesinado enfrente de su hijo, y del carnicero Lino Sabbadin.

La sentencia fue cadena perpetua.

“Ese fallo se basó exclusivamente en el testimonio de Pietro Mutti, el jefe de la célula de combatientes de la que formaba parte Battisti. Mutti obtuvo beneficios penales por sus declaraciones y hoy, veinticinco años después del fallo, nadie puede localizarlo porque cambió de identidad”, dice Eric Tucon, quien fue abogado de Battisti en Francia. “Battisti podría pasar el resto de su vida en prisión sin nunca haber estado físicamente frente a un tribunal italiano”, agrega, refiriéndose al hecho de que su condena de 1993, en la última instancia de un proceso de seis años, se produjo en ausencia del acusado.

Desde 1982, Battisti se había establecido en México. Su última infracción a la ley fue la fuga de la prisión italiana de Frosinone. Después, bajo la tutela de Paco Ignacio Taibo II –como él, un europeo exiliado–, Battisti decidió dedicarse a la escritura. En los nueve años que pasó en Centroamérica, vivió de trabajar en hoteles y restaurantes, pero también organizó festivales literarios y de artes plásticas en México y Nicaragua. Además, fundó la revista Vía Libre, que continúa publicándose.

“Battisti sabía que tal vez nunca podría regresar a Italia, pero como otros militantes comunistas italianos confiaba en que Francia respetaría su condición de perseguido político; por eso decidió volver”, dice el escritor Gérard Streiff, cómplice de varias aventuras editoriales de Battisti.

Aunque a su regreso a Europa en 1990 fue efectivamente detenido, la justicia se negó a extraditarlo siguiendo la Doctrina Mitterrand, un compromiso verbal del entonces presidente en el que ofrecía asilo a todos los exmilitantes radicales italianos si se comprometían a cortar los lazos con cualquier organización armada. Para ese momento, ese tipo de lucha solo le interesaba a Battisti como material de trabajo: durante los años que siguieron escribió –siempre en italiano, pero publicando en francés– once novelas con títulos como La sombra roja, Últimos cartuchos, Nunca más sin mi fusil y Avenida Revolución, que oscilaban entre lo policial y lo autobiográfico. Gallimard y Flammarion, dos de las más prestigiosas editoriales francesas, lo incluyeron en su catálogo de autores.

“Sería incapaz de escribir otra cosa que ficción y no me veo como historiador o periodista, pero esos personajes a partir de los cuales van construyéndose los argumentos nacen de mis propias vivencias”, le dijo Battisti al cineasta Pierre-André Sauvageot, que lo siguió durante el proceso de escritura de lo que llegaría ser Carga sentimental, la primera novela que Battisiti publicó en el 2004, de nuevo desde la clandestinidad.

“Era una persona calmada, de voz baja y conversaciones largas pero siempre agradables. Vivía tranquilamente con su compañera y no creo que se le pasara por la cabeza que tendría que huir de nuevo”, recuerda Streiff, quien se ha movilizado en numerosas ocasiones para obtener el indulto de su amigo desde que las cosas comenzaron a ensombrecerse en agosto del 2002. Ese fue el mes en el que Paolo Persichetti, un exmiembro de las Brigadas Rojas que se había convertido con los años en profesor de Ciencias Sociales en la Universidad de Saint-Denis, fue detenido. La misma noche de su captura, saltando varios recursos jurídicos, las autoridades francesas lo entregaron rápidamente a las italianas en el túnel bajo el Mont Blanc, que une los dos países. La indignación de artistas, científicos y políticos que consideraban que, bajo la batuta de Jacques Chirac, Francia negaba su tradición de asilo para doblegarse frente al gobierno de Berlusconi, no se había calmado dos años después cuando le tocó el turno a Battisti.

“Una razón de peso para ese apoyo masivo fue que Battisti había sido juzgado durante un periodo de excepción, bajo leyes de excepción y por jueces de excepción”, dice Turcon. “Era claro que Italia jamás le daría la posibilidad de un nuevo juicio con todas las garantías necesarias”. La presión alrededor del caso logró que Battisti fuera puesto en libertad condicional, pero como lo confirmaría el Consejo Constitucional francés al año siguiente, la Doctrina Mitterrand no tenía más valor que el de la palabra empeñada, que jurídicamente es cero. Por eso, ante la perspectiva de sufrir el mismo destino que Persichetti, Battisti anunció que no se presentaría a los controles judiciales, pero que continuaría su combate desde Francia “para que se haga justicia al hombre y a la historia en el país de los derechos humanos”.

La siguiente vez que alguien supo de él, se había instalado en Brasil.

En una entrevista para la revista Istoe en el 2009, Battisti dijo que el país suramericano le fue sugerido por miembros del servicio de inteligencia francés. También dijo que esas personas, apoyadas por figuras políticas de peso que no soportaban ver que Francia estuviera traicionando sus compromisos, le ayudaron a conseguir los documentos necesarios para salir de Europa.

Aunque apenas llegó a São Paulo, fue de nuevo detenido. Un comunicado en el que el expresidente italiano Francesco Cossiga calificaba las acciones de Battisti como delitos políticos se convirtió en la excusa que el presidente Lula da Silva necesitaba para permitirle quedarse sin provocar una crisis diplomática: el artículo 5 de la Constitución de Brasil prohíbe la extradición en ese caso. Durante los siguientes quince años, Battisti se casó, tuvo un hijo y vivió en el puerto de Cananeia, cerca de São Paulo. Siguió escribiendo, pero no volvió a publicar y poco se supo de él hasta el 15 de diciembre del 2018, cuando France Info reveló que desde la victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales, los vecinos no habían visto a nadie entrar o salir de la casa de Cananeia.

“El año que viene voy a enviarles un regalo a los italianos”, había tuiteado Bolsonaro en abril.

Su nuevo destino era un falso secreto. Un año atrás, Battisti había sido detenido intentando cruzar hacia Bolivia. Dilma Roussef, la sucesora de Lula da Silva, había seguido protegiéndolo, pero su remplazo, el presidente saliente Michel Temer, ya había firmado su decreto de extradición. Battisti lo sabía y confiaba que en Bolivia Evo Morales le daría asilo, pero el 12 de diciembre un grupo de policías locales, apoyados por un equipo de la Interpol, le pidió su identificación. Battisti mostró los papeles con su verdadero nombre y se entregó sin resistencia.

“Intentar cambiar la sociedad por las armas es una estupidez, pero no olvidemos que en esa época todo mundo andaba armado y había guerrillas en todo el mundo”, le dijo Battisti en el 2011 a la Agencia France Press cuando aún vivía en París. Dijo también que no se arrepentía ni de sus años de lucha ni de haberla abandonado y, al mismo tiempo, siguió negando los crímenes por los que una cadena perpetua lo estaba esperando en su país natal.

“Es eso, un regalo de los fascistas de Brasil a los fascistas italianos”, dice Streiff. Desde que se supo la noticia, él ha tratado de poner de nuevo en marcha el comité de apoyo que tantos nombres ilustres reunió hace quince años. Pero ahora ya nadie contesta. Ni el escritor Daniel Pennac, que en la época había pedido protección para ese hombre a quien “las condiciones de desesperanza habían arrojado a los brazos de la lucha armada cuando era un adolescente en los años setenta”; ni el influyente autodenominado filósofo Bernard Henri-Levy; ni la más famosa novelista del género negro en Francia, Fred Vargas, que en su momento escribió todo un libro –La verdad– para demostrar la inocencia de Battisti; ni Daniel Cohn-Bendit, el líder de ese Mayo del 68 francés que Battisti siempre consideró su primera inspiración política, ni tampoco François Hollande –en ese entonces secretario general del Partido Socialista–, que visitó al exmilitante durante su arresto en la prisión de la Santé.

“Le doy y le doy vueltas y no entiendo ese silencio”, dice Streiff. “Sé que lo que nos evoca la palabra “terrorismo” ha cambiado con el tiempo, pero no hay ninguna razón por la que ahora vayan a parecernos aceptables todas las injusticias contra las que nos levantamos el día en el que Cesare fue arrestado en el 2004”.

Contra las expectativas de sus abogados y para evitar que Battisti buscara nuevos recursos jurídicos, el avión Falcon 900 que lo sacó de Bolivia no se detuvo en Brasil. Dos días después de su arresto, un grupo de carabineri lo estaba esperando en el aeropuerto de Roma para trasladarlo a la prisión de Orestano, en la isla de Cerdeña. El video de la llegada fue publicado por el ministro de Justicia italiano, Alfonso Bonafede, en su página Facebook y recibió 850.000 visitas. Ahora el Colegio Superior de Abogados de Italia está exigiendo su supresión bajo el argumento de que ningún condenado merece ser tratado “como un trofeo de caza”.

RICARDO ABDAHLLAH
FOTO: (CC BY 3.0) JOSÉ CRUZ / AGÊNCIA BRASIL
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 143 - ENERO 2019

 

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