Literatura al desnudo con Jennifer Hernández

Literatura al desnudo con Jennifer Hernández

El cuerpo de Jennifer Hernández fue el lugar perfecto para reescribir los comienzos de las novelas que adoramos. Porque Jennifer es un libro que no queremos dejar de leer.

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06 de abril 2016 , 11:43 a. m.

Jennifer Hernández nació en Medellín. Comenzó a modelar a los 14 años, estuvo tres años entre China, Japón, Singapur y otros países de Oriente y fue protagonista de múltiples editoriales para revistas como Vogue, Maxim y Cosmopolitan.

"Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

–¿Te suena? –le pregunté a Jennifer.

–No, ni idea.

Entonces le hice la segunda pregunta: ¿te has visto convertida en un bicho raro?

–Nunca. Igual no duermo mucho, como cuatro o cinco horas diarias porque sufro de insomnio. Yo sueño con fuego: siempre hay asteroides, o hay un incendio, o una fogata.

También sueña con su niñez y recuerda cómo comenzó su historia en el modelaje.

Fue en Bello, Antioquia, y tenía catorce años. “Yo era flaca y desde chiquita fui muy alta. Siempre –y hace énfasis en la palabra, separando las sílabas: siem-pre–. Además, muy posuda”. Estudiaba en el colegio San Francisco de Asís y por esa época, gracias a una agencia de modelaje que la contrató, tuvo su primer desfile en Medellín. Fue para la presentación de la última colección del diseñador colombiano Argemiro Sierra, en la Estación del Ferrocarril, una construcción de la ciudad tan emblemática como la Alcaldía o el edificio Coltejer. Aunque no se convirtió en cucaracha, como el personaje de Kafka, su “transformación” para el evento también fue traumática.

La pasarela –describe Jennifer– era larga y en forma de “L”, y la ropa que debía usar era muy transparente. “Tengo la imagen exacta de lo que me puso Argemiro”. Y comienza a describirlo en detalle. “Era una camisa manga larga, no tenía brasier y se me veían mis bubis. No se habían desarrollado”. Mientras habla, lleva su mirada y sus dedos sobre el pecho para seguir describiendo; guarda silencio durante un segundo y continúa: “Bueno, nunca se desarrollaron en realidad”, y sonríe con picardía. Además, tenía una falda negra transparente y un hot pant por debajo. “Cuando yo vi la ropa, fui y lloré para que me la cambiaran”, pero el diseñador, dice ella, le dijo que las modelos profesionales no opinaban. “Y me tocó quedarme así”. Guarda otros dos o tres segundos de silencio y concluye la idea casi entre carcajadas: “Parece que me persigue de por vida, porque ahora sólo me ponen transparencias”.

Después vendría su primer shooting de fotos para el especial de estudiantes modelos de una revista, con el uniforme de su colegio: era largo, color verde militar a cuadros y siempre debía estar por debajo de la rodilla; se lo medían con regla. El colegio era mixto, católico y todos los días, a las seis de la mañana, iniciaba la jornada con la oración a San Francisco.

–¿Cómo dice?

–¡Ay, no!– dice, y empieza a recordarla–. “Donde haya…, mmm… No se qué…, mmmm… Paz… No sé qué... Donde mi rector vea esto, me mata”.

Jennifer Hernández es imponente. Tacones altos, ropa negra, gafas oscuras. Se sienta mientras se retira los lentes. La miro a los ojos –¡y qué ojos!–, le pregunto por el color y me dice que son grises: que ya dos oftalmólogos se lo confirmaron. Y su cuerpo no es un accidente. Frente a un vaso de agua con zumo de limón, Jennifer me contó que su papá salía a caminar de la mano con ella por las montañas de Medellín. Él le enseñó a hacer deporte. A los seis o siete años ya estaba montando en bicicleta. También montaba en patineta y le encantaba vivir en el piso. “A mí me vestían muy princesita, siempre de blanco, pero yo llegaba con las medias rotas. Siempre me caía”.

En el colegio, por su estatura le ponían apodos como “Palillo eléctrico”, “lombriz”, “Oliva”. No era coincidencia que siempre estuviera de última en la fila durante las formaciones, ni que años más tarde integrara la Selección Antioquia de Baloncesto. El modelaje le impidió seguir jugando básquet, sin embargo, su pasión era otra.

–Mi frustración fue no haber sido gimnasta –dice–. Me encantaban las barras simétricas, pero por la altura tuve que salirme. Para practicar gimnasia en barra tienes que empezar a crecer callo y las ampollas que salen son terribles.

Extiende su mano izquierda sobre la mesa y sigue explicando.

–Las ampollas que me salían eran de este tamaño…

Y con el dedo índice derecho traza un círculo imaginario sobre más del 70 por ciento de la palma de la otra mano.

–Cuando se las mostré a mi entrenador, me echó polvos, me golpeó en las palmas y me empezaron a sangrar. Ese día, el entrenamiento posterior fue agarrarme de las barras de los taburetes de gimnasio y balancearme de un lado para otro.

–¿Qué libro recuerda de esa época?

–El Principito.

–Te voy a leer la primera frase: “Cuando tenía seis años, vi una vez una imagen magnífica en un libro sobre la Selva Virgen que se llamaba ‘Historias Vividas’. ¿Cómo han comenzando sus mejores historias?

Sin duda, uno de los comienzos más fulgurantes de la literatura universal es el de Cien Años de Soledad. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Uno de los recuerdos más tremendos de Jennifer no tiene que ver directamente con el hielo, pero sí con uno de los grandes compañeros del hielo: el licor. El día que cumplió trece años fue a la tienda a comprar una gaseosa y una avispa se le metió en la cabeza. Cuando puso la mano para espantarla, la picó en el dedo y se le hinchó. Como solución, una vecina compró un shot de aguardiente para echarle en el dedo y el resto Jennifer se lo tomó.

–Me emborraché, me dormí toda la tarde y mi mamá se puso furiosa.

***

Es hora de disparar. Jennifer se para con una bata negra frente al espejo. Ya está casi lista. Habla de cine y de películas que no les han hecho honor a los libros en los que se han inspirado. Se pinta las uñas de negro; chatea en el celular. Se pone de pie, se toma una selfie y vuelve a sentarse; continúan ondulándole el pelo, una melena color cobre oscuro. Terminan. Se quita la bata. Jennifer Hernández no tiene transparencias; está desnuda. Es un lienzo. Marcadores, pintura, pinceles y manos a la obra. La primera frase queda escrita cerca de su omoplato: “Sick Boy sudaba a chorros; temblaba”.

¿Cómo no temblar con ella? El objetivo era escribir sobre cada centímetro de su piel los inicios de nuestras novelas favoritas para convertirla a ella en la clase de libro que todos queremos devorar. La primera frase viene de Trainspotting, la novela de Irvine Welsh que marcó a toda una generación no solo por su estilo salvaje, su temática de drogas y música, sino además por la gran adaptación al cine de Danny Boyle. Y en un abrir y cerrar de ojos aparece el comienzo de la Historia del ojo: “Crecí muy solo y desde que tengo memoria sentí angustia frente a todo lo sexual”. La frase de una de las obras maestras de la literatura erótica del siglo XX es apenas el preámbulo para que aparezca el Ulises, de Joyce.

Rubén Darío decía que el libro es fuerza, valor y alimento. Al final, eso es lo que queda. Y bajo ese consuelo aparece la novela negra más importante de todos los tiempos, El halcón maltés de Dashiell Hammett: “Samuel Spade tenía una mandíbula larga y huesuda, con la barbilla en forma de V, debajo de otra V, de la boca, esta más flexible”. Imaginen dónde quedó una de las V. Si le hacemos caso a Thomas Carlyle, el historiador y ensayista británico, en eso de que los libros son amigos que nunca decepcionan, cuando pensamos en la obra de Malcolm Lowry, nos hacemos mejores amigos. “Dos cordilleras atraviesan la República, casi de norte a sur, formando en medio varios valles y planicies”. No hay una novela con tanto licor como Bajo el volcán. Cuánta razón tenía Carlyle: ni Lowry ni el mezcal nunca nos van a decepcionar.

Y los pinceles continuaron trazando los comienzos de La naranja mecánica, La conjura de los necios, El Quijote, La Odisea, La invención de Morel, La Hoguera de las vanidades; en sus glúteos quedó el comienzo de Sexus, y en una de sus piernas la protagonista de la gran novela de Andrés Caicedo declara que es rubia, muy rubia, rubísima.

Pero Jennifer no es mona y su nombre no tiene la pompa de un personaje de Álvaro Mutis. No ve su nombre en una novela: Jennifer Lorena Hernández Valencia. “¡Es muy largo! Por eso me quedé Je-Je (léase Ye-Ye). Yo le pedí el favor a una amiga que me creara un nickname para una red social, me puso así y así me quedé”. La mitad de sus conocidos le dicen Je-Je, la otra mitad le dicen Ye-Ye, y detesta que le digan Jenny. Es la segunda de tres hermanos y para ellos nunca hubo libros o películas en español. “Mi papá fue muy inteligente en eso. Él quería que nosotros aprendiéramos perfecto el idioma, se obsesionó y todo nos lo ponía en inglés”. Su papá tenía una pequeña librería y un puesto de revistas y su casa mantenía repleta de libros. ¿Y el primer libro que leyó?

–Star Wars. Es de esos libros superviejitos, así cuadraditos –dice mientras hace la forma de un cuadro pequeño con sus manos sobre la mesa–. Hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana…

Hablamos de comienzos míticos, pero ella prefiere los finales. Siempre que tiene un libro en la mano, lee el último párrafo y luego va a la primera página. “Es para enloquecerme yo misma. Cuando comienzo a leer, me imagino ochenta mil historias para ese final”.

Ahora solo queda preguntar, ¿cuál es el mejor final de todos los tiempos? Yo creo que es este:
Fin.

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