La insólita historia de cómo Arenas llegó a competir en marcha

La insólita historia de cómo Arenas llegó a competir en marcha

Fue oro en los 20 kilómetros de la marcha de los Juegos Panamericanos de Lima, Perú.

Sandra Arenas

Sandra Arenas, ganadora de oro en los Juegos Panamericanos 2019.

Foto:

Comité Olímpico Colombiano

Por: Lisandro Rengigo
05 de agosto 2019 , 10:07 a.m.

Sandra Lorena Arenas se demoró en el entrenamiento que realizaba en el estadio ‘Nido de pájaros’ de Pekín (China).

Caía la tarde y la marchista nacional preparaba su participación en los 20 km del Mundial de Atletismo del 2015. A su lado estaba Caterine Ibargüen, la estrella del salto triple, quien invitó a su compañera del seleccionado nacional a regresarse al hotel.

Arenas le dijo que no podía, que se demoraba un poco. Ibargüen cogió su maleta y se fue. Sandra Lorena, quien se convirtió en la primera deportista colombiana en lograr su cupo para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, le dijo en tono de broma que hiciera el arroz. Ibargüen se negó.

Cuando Arenas llegó al hotel, entró a la habitación y allí estaba su compañera. Caterine la recibió con los brazos abiertos, sonriente –como siempre–, le daba besos, la abrazaba y le dijo: “Sandra, ríete ahora porque cuando te cuente lo que pasó no lo seguirás haciendo”. Lorena la miró extrañada, no sabía que Ibargüen sí intentó hacer el arroz, pero metió el cable por debajo de la olla y quemó la resistencia de reverbero.
El humo inundó la habitación y el piso, la energía se fue. El estruendo fue tan fuerte que en un par de minutos llegaron al sitio los encargados de la seguridad. Caterine, nerviosa, metió la olla debajo de la cama y les dijo que no sabía qué había pasado.
“Caterine, me dejaste sin comida y todavía me faltan dos días para la competencia”, dijo Sandra.

“Sandra, ríete ahora porque cuando te cuente lo que pasó no lo seguirás haciendo”.

El asunto era muy delicado. Arenas era carta colombiana para luchar por un puesto de avanzada en la carrera, pero sin comer era difícil.

Ella sufre con la comida cuando tiene que competir en países de Asia, ya que no se acomoda fácil a esa alimentación, por lo que en su maleta siempre lleva arroz, pasta, atún o fríjoles enlatados, y la olla para cocinar y poder comer.

Cuando se percató del problema, Arenas intentó cocinar en la cafetera del cuarto, pero fue imposible, se le quemó el arroz. Ambas salieron corriendo a otro cuarto, cambiaron la olleta y, por fin, pusieron cocinar.

“No puedo con esas comidas, con esas salsas; por eso siempre llevo mi mercado. Pasé momentos de angustia, puesto que en esos países es fácil enfermarse y no puedo dar esa opción, tengo que competir y ganar, ese es el sacrificio que siempre hago”, le contó la marchista risaraldense a EL TIEMPO.

No quería el atletismo

Sandra Lorena llegó al atletismo de carambola. Era acólita. Se estaba preparando para su confirmación. Le ayudaba al padre Jhonatan Darío García en la parroquia en Calarcá, Quindío.

En esa población programaron una carrera, y ella hizo parte del lote de competidores en el que el padre la vio correr. A él le gustaba mucho el deporte, tanto que hasta estudió licenciatura en educación física.

Después de la prueba, García habló con Sandra y le dijo que siguiera en el deporte, pero a ella no le importó; solo tenía 14 años, la propuesta no le interesó. En el 2009 se fue a vivir a Medellín, donde el padre le insistió que fuera a la Liga de Atletismo porque allá apoyaban mucho el deporte, y de algo le podría servir. Pero de nada le valió, pues Sandra Lorena tenía otros planes.

Entró a estudiar en el colegio Santa Teresa. Un día vio a una de las alumnas con el uniforme del Índer Medellín, se le acercó y le dijo que si la podía llevar a la pista de atletismo. Cuadraron el momento y, luego del aval de sus padres, José Otoniel y María, Sandra asistió a un entrenamiento.

Llegó a la pista y habló con el técnico del fondo y semifondo, Libardo Hoyos, que le advirtió que si quería asistir a los entrenamientos, debía hacerlo a diario, o si no que no volviera.

Ella se sorprendió, pero aceptó la propuesta. En ese momento no sabía qué era la marcha y se dedicó a entrenar los 5.000 metros.

Tengo que competir y ganar, ese es el sacrificio que siempre hago”, le contó la marchista risaraldense a EL TIEMPO

Tres meses después, Sandra, antes de una práctica, imitó a Jhon Éider, uno de los marchistas del grupo, y este le comentó a Hoyos. El DT, de inmediato, puso a marchar al resto de los atletas. Aunque a Sandra no le llamó la atención, no hubo vuelta atrás: Libardo le dijo que se quedara ahí y le nombró como tutor a Juan Camilo Calderón, un muchacho que para la época, hasta le ayudaba con las tareas del colegio.

La primera competencia de Arenas fue un clasificatorio al departamental de atletismo y logró el cupo. La final fue en Santa Rosa de Osos, donde ganó y se quedó en la marcha. Ahí empezó su victoriosa historia.

En ese 2009, en el colegio, el profesor de educación física prendió el televisor y les dejó ver a sus alumnos la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, pero Sandra ni puso atención. No sabía que tres años después, en Londres 2012, ella sería protagonista de los juegos olímpicos.

La vida de Sandra Lorena Arenas no ha sido fácil. Nació en Pereira el 17 de septiembre de 1993. Con sus hermanos José, Julián Andrés y Diana Marcela se levantó en el campo.

Sandra Arenas

Sandra Arenas.

Foto:
En medio de cafetales

Sus padres siempre vivieron en fincas. La primera de la que tiene grandes recuerdos estaba ubicada en la vereda El Chocho, a 30 minutos de la capital de Risaralda. Pero, cuando ella cumplió 5 años, la familia se fue para el Quindío.

Allá, a la par con el estudio, a los hermanos Arenas Campuzano les tocaba ayudarles a sus padres en el trabajo. Sandra recogía café, barría el patio, lavaba las cocheras de los marranos y hasta atendía partos de marranos.

“La primera vez que estuve en un parto dejé de comer carne como un mes. Corté el cordón umbilical y los dientes de los animalitos, porque vienen con mucho filo y puede herir las ubres de las mamás”, explica la atleta.

Durante su infancia estudió en varias escuelas rurales. Cambió mucho por dos razones. La primera, sus padres fueron contratados en diferentes fincas y debía estudiar cerca de su casa. En ocasiones, Sandra tuvo que caminar hasta 5 kilómetros de ida y vuelta para ir a clase.

La segunda tiene que ver con su temperamento, que poco la ayudaba. La colombiana campeona mundial juvenil en Saranks (Rusia) de los 10 km en el 2012 no se dejaba, daba la pelea, se enfrentaba a los hombres, era inquieta, cansona, y a José Otoniel y María varias veces les tocó ir a la escuela para poner la cara y hablar del comportamiento de su hija.

“Soy de mal genio, y eso me ha servido para mi carrera porque es un impulso. No le hago daño a nadie; la ira la utilizo para que me vaya bien, para aguantar, es un combustible de motivación”, compartió.

Terminó el bachillerato en el Instituto Ferrini, de Medellín. Salió del colegio Santa Teresa porque en el otro claustro le ofrecieron la opción de entrenar y le pagaban el estudio. En el 2011, después de graduarse, Hoyos le dijo que debía estudiar algo más, una carrera profesional.

“Mire, Sandra, el deporte no dura toda la vida, por eso hay que prepararse”, le dijo el DT. Ella no lo pensó y se matriculó en licenciatura en educación física en el Politécnico Jaime Isaza. Hizo cinco semestres, pero le tocó parar; tomó una buena decisión en su vida: instalarse en Bogotá, pero en estos días se volverá a matricular.

“Soy de mal genio, y eso me ha servido para mi carrera porque es un impulso. No le hago daño a nadie; la ira la utilizo para que me vaya bien, para aguantar.

Lo pensó mucho y tomó la determinación de venir a la capital del país porque tenía que integrar un grupo en el que se entrenara solo marcha, y acá estaba la mata.
No fue fácil para ella dejar la familia, el estudio, pero le tocó. Hoy no se arrepiente porque ya bajó su marca, de una hora 30 minutos, a una hora 28 minutos.

Vive sola, sin su familia, en una casa que comparte con Marcelino Pastrana, uno de los integrantes del cuerpo técnico de los marchistas.


Colecciona las medallas que gana. Según cuenta, en su casa en Medellín tiene más de 100, entre ellas la que obtuvo en Calarcá, en esa primera carrera.

Haber conseguido la marca para los Olímpicos del 2020 es importante para ella porque no tiene que preocuparse por el cupo, pues ya lo tiene.

Ahora trabaja en busca de mejor forma para asaltar su participación en Tokio, donde volverá a llevar el reverbero, la olla, el arroz, atún y latas de fríjoles, porque sabe que debe cocinar y comer bien para buscar el podio olímpico, su mayor ilusión y por lo que trabaja tan fuerte.


Lisandro Rengifo
Enviado especial de EL TIEMPO
@lisandroabel

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