El fútbol perdió a Jeisson, pero el atletismo ganó un campeón

El fútbol perdió a Jeisson, pero el atletismo ganó un campeón

A sus 27 años, este tolimense es la carta colombiana en las carreras de gran fondo.

Jeisson Suárez

Momento en el que Jeisson gana la Maratón de los Centroamericanos y del Caribe 2018 y obtiene la medalla de oro.

Foto:

AFP

Por: Óscar Murillo
09 de enero 2019 , 09:43 a.m.

El atletismo le robó un vertiginoso volante seis al fútbol colombiano. Jeisson Suárez Bocanegra tenía siete pulmones, se devoraba la cancha, no daba tregua a sus rivales. Quitaba pelotas con furia, las entregaba como un algodón al pie de sus compañeros y corría al ataque con ellos.

Jeisson nació el 21 de marzo de 1991 en el Líbano, Tolima, pero su infancia la vivió en la vereda Bulgaria del municipio de Villa Hermosa, en una espesa zona de este departamento.

En su adolescencia ingresó a Fair Play, un club de fútbol de su pueblo natal en el que tuvo su primer contacto con el deporte y donde –dice– halló una familia.

Su padre, Jesús Suárez, campesino, y su madre, Lina Bocanegra, quien era empleada de servicio, no tenían los recursos suficientes para apoyarlos a él y a su hermano gemelo.

“En Fair Play encontré amigos, personas valiosas que me ayudaron porque el nivel económico de mis papás no les permitía apoyarme de la mejor manera; querían hacerlo, pero no tenían cómo”, arranca su relato Jeisson.

Repasa sus recuerdos y continúa: “Los jugadores que en ese momento formaban ese equipo, y el entrenador, Jáiden Romero, me apoyaban siempre, entre todos me prestaban guayos, me ayudaban para viajar, eso me sirvió para conocer el deporte”, narra cómo trotando por su historia.

Quienes lo veían galopar el estadio Ariel González del Líbano tenían claro que Guayabita –como todavía le dicen sus más cercanos– no daba un balón por perdido, nunca.

Era tal su despliegue físico que los 120 metros de largo de las canchas de fútbol se le quedaban cortos. Necesitaba tener kilómetros por delante.

En el 2007, cuando cursaba el grado once en el colegio Técnico Industrial, cambió los guayos por las zapatillas y empezó a correr, guiado por el profesor Luis Gabriel Villegas. Hoy, más de diez años después, sigue corriendo.

Me apoyaban siempre, entre todos me prestaban guayos, me ayudaban para viajar, eso me sirvió para conocer el deporte

Cuando se decidió por el atletismo –cuenta–, se sentaba con su hermano Jáiden, quien formaba parte de un club de danza llamado Expedición, a imaginar el futuro. Se veían recorriendo el mundo, comprando una casa para sus padres. En ese entonces, ya habían nacido sus otras dos hermanas, mellizas, y otro hombre, el menor.

Con Jáiden hablábamos mucho de lo que era el atletismo para mí y de lo que era la danza para él. Sabíamos que podríamos hacer algo, que lo más importante era que había que trabajar fuerte para lograrlo. Me decía que yo podía ser el mejor atleta de Colombia, que íbamos a conocer muchos países y que nuestros padres se iban a sentir orgullosos”, narra. Y toma aire. Silencio.

Un triste adiós

El mismo año que se arrojó a correr, su hermano y alma gemela murió. La familia Suárez Bocanegra ya vivía en el Líbano y luchaba, unida, por salir adelante. Sin embargo, una mañana oscura de octubre del 2007, Jáiden, intrépido y aventurero como solía ser, subió hasta el tejado de su casa, dio un mal paso y cayó. En ese instante, Jeisson estaba en clase. Su hermano menor llegó corriendo a informarle.

Uno no sabe la magnitud del accidente, yo pensé que se había tronchado un brazo. Cuando lo veo en la camilla en el hospital, solo tenía un rasguño en la espalda y no tenía conocimiento, pero no sabía qué había detrás de eso”, relatan las palabras de Jeisson mientras sus labios se ven temblorosos.

Su hermano gemelo, su confidente, su amigo, su cómplice, tuvo muerte cerebral. La familia estuvo entonces frente a la decisión más difícil que haya tenido que tomar: desconectarlo o permitir que siguiera, como lo dice el mismo Jeisson, “como un vegetal toda la vida”. “Que continuara en esas condiciones sería más trágico para todos”, explica Jeisson la determinación que finalmente tomaron.

A Guayabita le corrieron por la cabeza “cosas descabelladas”, y quiso dejar todo en el olvido: no estudiar más, no correr más, no vivir más. Pero tenía que cumplir los sueños que compartió con Jáiden: conocer muchos países, hacer sentir orgullosos a sus padres. Y corrió.

Retomar los entrenamientos no fue fácil, y procuraba desprenderse de la cama lo más temprano en las mañanas para entrenar. Mientras trotaba, dejaba atrás los malos momentos; atravesaba montañas, se tragaba las calles del Líbano con un ritmo desenfrenado que con el tiempo pocos pudieron seguirle.

Sin recursos

Terminó el colegio, pero no había dinero para entrar a la universidad; fue entonces cuando su mentor, el profesor Villegas, le dijo que podía ganarse una beca deportiva.

Así lo hizo, empezó a correr en varios municipios de la región y luego, en Ibagué, y triunfo tras triunfo, empezó a llamar la atención de la Liga del Tolima, que lo fichó. Su primera medalla dorada se la colgó en un subcampeonato nacional en Cross Country, que además le dio la oportunidad de correr su primer suramericano, en Guayaquil (Ecuador).

“Eso fue en el 2009, era la primera vez que salía del país, que me montaba en un avión, y, claro, vi el atletismo de otra manera. Conocer deportistas de otros países; sabía que estaba muy lejos de ellos, pero eso me motivó a trabajar de otra manera. Ese día no se me va a olvidar nunca porque dije: ‘Va a ser la primera vez que viajo fuera de Colombia, pero no la última’ ”, recuerda.

Aunque obtuvo la beca para ingresar a una universidad en Ibagué, Jeisson decidió aplazar sus estudios para enfocarse en el atletismo. “Quise meterme de lleno y tener el nivel deportivo óptimo, y, gracias a Dios, hoy lo estoy logrando”, cuenta satisfecho, aunque convencido de que tras volver de los Juegos Olímpicos de Tokio, uno de sus sueños, retomará la universidad.

Me dijeron que no podía ir, y ese era mi sueño

Guayabita cumple los objetivos trazados con su hermano. Ha viajado por el mundo, corrió en Italia y Holanda, ha ganado en Chile y muchos otros países.

Su triunfo en los Juegos Bolivarianos en el 2017, en Santa Marta, en la prueba de 21 kilómetros, le mostró al país que la promesa de años atrás ya era una realidad.

Sin embargo, su carrera encontró, hace pocos meses, en sus primeros Juegos Centroamericanos y del Caribe, en Barranquilla, el punto de mayor esplendor. El país celebró junto con él, en la maratón, la medalla número 11 de Colombia en atletismo.

Detrás de la mirada al cielo con la bandera tricolor envuelta en sus brazos tras recorrer los 42 kilómetros en los que venció al mexicano Daniel Vargas, el favorito de la competencia, hay una historia que pocos conocen. Antes de la carrera tuvo una lesión que puso en duda su participación.

“Tuve una molestia por la que no sabía si podía ir o no. El médico me dijo que tenía un desgarro en el isquiotibial grado uno, y que eso llevaba cuatro semanas de recuperación, y yo estaba a dos de competir. Me dijeron que no podía ir, y ese era mi sueño”, cuenta con la medalla dorada entre sus manos.

No obstante, terco ante la adversidad, aceleró el proceso; todos los días empezaba las jornadas a las 7 de la mañana y las terminaba a las 9 de la noche. Fisioterapeutas, masajistas, sicólogos, su esposa, sus amigos lo animaban: su único objetivo era participar, pero Dios –predica– “da más de lo que uno pide”.

Venció los calambres en medio de la carrera, sostuvo el paso del mexicano, quien parecía ganador; sorteó los 39 grados centígrados, el 90 por ciento de humedad y atacó en el kilómetro 30, cuando nadie lo esperaba. No hubo quien le siguiera el paso, y cruzó primero. Con la felicidad corriendo en cada gota de sudor, recordó a su hermano, abrazó la bandera de Colombia como si de él se tratara y fijó su mirada en el cielo. No lo podía creer, cumplió su sueño.

Ahora va por más: quiere una medalla en Tokio 2020. Sabe que primero debe clasificar, conseguir la marca mínima, y para eso trabaja. Este año irá a Alemania por esa meta, porque qué mejor marca, qué mejor medalla que llegar a los Juegos Olímpicos y correr en memoria de Jáiden, su hermano gemelo que lo guía desde el cielo.

ÓSCAR MURILLO MOJICA
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