El campeón que se hizo boxeador cuando su papá se comió a su perro

El campeón que se hizo boxeador cuando su papá se comió a su perro

Manny Pacquiao enfrentará a Keith Thurman, este sábado en Las Vegas.

Manny Pacquiao

Manny Pacquiao.

Foto:

AFP

Por: ESTÉWIL QUESADA F.
18 de julio 2019 , 03:25 p.m.

Manny Pacquiao siempre sube al cuadrilátero sonriente y, de inmediato, busca un rincón para arrodillarse y elevar, en solitario, una oración a Dios. Es un ritual que sus acompañantes, los integrantes del Team Pacquiao, respetan. E incluso, uno de ellos, después de las peleas, antes de conocerse el fallo, que por lo general es con sus brazos en lo alto, extiende un rosario al ferviente católico y el más representativo entre los 100 millones de filipinos.

El campeón del peso wélter de la Organización Mundial de Boxeo (OMB) pasó la barrera de los 100 millones de dólares ganados en su carrera en solo bolsas por sus combates y es un hombre de propiedades lujosas en las islas más turísticas y cotizadas del archipiélago, pero en Filipinas es amado como el verdadero ídolo del pueblo, el hombre que vino desde abajo hasta escalar lo más alto del deporte mundial.

Y comenzó bien de abajo, cuando de niño abandonó la casa en su natal Kibawe, porque una noche su padre borracho mató al perro mascota, lo puso en la estufa prendida y luego se lo comió como un pollo frito. Tenía 13 años y salió a recorrer Filipinas como un gamín. Durmió sobre cartones en la calle en noches lluviosas, consumiendo cualquier alimento. Hasta llegar a la ciudad General Santos, donde recibió el apoyo de una mano amiga desconocida que, además del pan diario, lo empleó en una panadería y lo metió al boxeo.

En el deporte se ganó, poco a poco, el respeto en su país. Y días antes de cumplir los 20 años, en 1998, fue hasta Tailandia para conquistar el título del peso mosca del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Tres temporadas más tarde saltó a Las Vegas (Estados Unidos) para obtener el fajín mundial supergallo de la Federación Internacional de Boxeo (FIB) y reclamar su lugar entre los grandes del pugilismo de ese momento en la tierra.

Pero seguía siendo, en esta parte del mundo, un desconocido preliminarista de peleadores de la talla de Óscar de la Hoya, la sensación del comienzo del nuevo siglo. Pero la dedicación en el gimnasio de hasta siete horas diarias, según reveló a este periodista de EL TIEMPO el argentino Miguel Díaz –el curador de heridas en sus peleas– lo llevaron a seguir cosechando éxitos.

Aunque sigue residiendo en su país, en el 2003 fijó prácticamente su escenario en Estados Unidos y se convirtió en un coleccionistas de cinturones mundiales, completando siete: a los antes mencionados añadió superpluma, ligero, wélter júnior, wélter y mediano júnior (en su país sostienen que son ocho, porque suman el pluma de la revista especializada estadounidense The Ring).

Un zurdo con velocidad de manos y piernas, además de aguante, hizo presa fácil a cuanto rival enfrentó, salvo a los mexicanos Erick ‘Terrible’ Morales –aunque luego tomó desquite–y Juan Manuel Márquez, su más encarnizado rival como profesional con quien tuvo tres cerradas peleas (dos triunfos suyos y un empate) antes de perder en la cuarta confrontación con un estrepitoso nocaut, cuando ganaba con facilidad.

Ídolo internacional

A la par de sus triunfos, la imagen creció sobre el final de la década pasada. Y su condición de ídolo se extendió más allá de Filipinas. En el 2008 liquidó al favorito De la Hoya. Y cuando pulverizó en dos asaltos al demoledor inglés Ricky Hatton, y alcanzó el fajín wélter júnior en 2009, el mundo le rindió honores como el mejor peleador del mundo, libra por libra.

Previo a esa pelea, se trasladó de Los Ángeles, donde entrena bajo el mando del estadounidense Freddie Roach, hasta San Francisco, el 21 de abril, para ver cómo regalaban 11 mil muñecos con su figura en el estadio de los Gigantes de San Francisco, su equipo preferido en el béisbol de Grandes Ligas, en ‘La noche de la herencia filipina’. Cuando aceptó la invitación de realizar el primer lanzamiento, escuchó el grito de ‘¡Manny, Manny!’, de 40 mil aficionados, que al rato también ovacionaron al colombiano Édgar Rentería, integrante de Gigantes, cuando conectó un jonrón con bases llenas.

Pero su fama no le hizo olvidar su origen. Por eso, ‘Pac Man’, como lo llaman, contribuye con obras sociales de todo tipo en su país y sus compatriotas, sin importar si les gusta o no el boxeo, lo idolatran.

Figura en cuanta publicidad se pueda imaginar y le aceptan su comportamiento, sin criticar, sus decisiones, como aquella que en octubre del año pasado lo convirtieron en jugador profesional de baloncesto en el equipo KIA Sorento, rompiendo récords histórico de espectadores a un partido (52.612) y como jugador más bajo de la liga (1,69 metros) y el novato de mayor edad (35 años, 10 meses y 2 días). Y que, además, sea el director técnico del quinteto.

Solo de afuera se han escuchado críticas, como en el 2012, cuando el hoy desaparecido mexicano José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), denunció que tenía muchas distracciones, con licor y juegos de azar incluidos, por su mundo en la farándula (canta y es actor de televisión y cine), además de su incursión en la política, desde 2007 hasta la presente, como congresista.

Pero en Filipinas dicen que eso no es cierto. Y que Pacquiao es el mismo católico y sencillo hombre del comienzo de su carrera cuando era un desconocido en Estados Unidos y apenas tres personas lo acompañaban a sus peleas. Solo que hoy Manny asiste a cada pelea con un séquito de invitados especiales, incluyendo una persona del pueblo que no conoce, escogida en la calle por él mismo.

Este sábado Pacquiao, el único campeón de boxeo de ocho divisiones, peleará contra Keith Thurman en Las Vegas.

ESTÉWIL QUESADA F.
Editor ADN
Barranquilla

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