Perfil: drogas y depresión, la pesada vida del campeón Tyson Fury

Perfil: drogas y depresión, la pesada vida del campeón Tyson Fury

Venció a Deontay Wilder y logró el título del CMB. Casi deja el deporte y pensó en suicidarse. 

Tyson Fury

Tyson Futy

Foto:

EFE/EPA/ETIENNE LAURENT

Por: PABLO ROMERO
29 de febrero 2020 , 09:42 a.m.

Derecha, izquierda, derecha. Tyson Fury se mueve ágil, como si no pesara 124 kilos, y así arrincona a su oponente, contra las cuerdas, con sus pesados brazos que van, golpean y vuelven, derecha, izquierda, derecha, como si fueran livianos, pero son de hierro, destruyen la oreja de su rival y de paso su poca sonrisa, la sangre salpica en el cuadrilátero, y Fury se lanza sediento, y con su lengua, que también debe ser de acero, lame, sí, lame a su oponente en el cuello, como si su pelea, la que luego lo iba a acreditar como el nuevo campeón de los pesos pesados de boxeo, fuera un juego macabro.

Dirán que es una bestia, un animal, un corpulento oso, un boxeador sin escrúpulos, sin contemplaciones, que no sabe de indulgencia, y sí, todo eso, porque si su rival se descuida le dará una paliza memorable, no se cansará, pegará y pegará, destructivo, casi demente, como si fuera un entrenamiento, como si la masa pesada que tiene en frente fuera un costal de huesos y carne.

Lo demostró el pasado fin de semana, cuando conquistó el MGM Grand Arena de Las Vegas, derrotando a Deontay Wilder en la pelea por el título mundial de los pesos pesados del Consejo Mundial de Boxeo, y lo hizo con tanto salvajismo que desde la esquina de su oponente tuvieron que tirar la toalla, pidiendo clemencia, en el séptimo asalto: era la única forma de frenar las embestidas de Tyson.

Tyson Fury

“Yo creo que el mejor lugar para una mujer es en la cocina y de espaldas. Esa es mi creencia personal. Que me haga una buena taza de té, eso es lo que creo”: Tyson Fury.

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Sí, una bestia, un animal, un oso, pero fuera del ring, Tyson Fury tiene una historia de vida que conmueve, que ha asombrado al boxeo mundial, porque supo caer en desgracia, como si un enorme agujero negro se abriera en el cuadrilátero y se lo tragara para que no volviera a salir, pero salió. Volvió como un rey, como el nuevo campeón de los pesos pesados.

Ruina, drogas y alcohol

–¿Qué carajos estás tomando? –le preguntó el entrenador Ben Davison a Tyson Fury al ver los vasos vacíos en el gimnasio, a pocos días de la pelea del 2018 contra Deontay Wilder, que entonces era el campeón invicto de los pesos pesados.

–Es cerveza –respondió Fury, como si nada, como si beber cerveza fuera lo más natural para un boxeador. –Pero es cerveza sin alcohol –aclaró.

Dos días después, el DT se alarmó al comprobar que las cervezas, casi dos litros, sí tenían alcohol. Y antes de la pelea. Una locura. No para Fury, que bebe cerveza como si fuera agua. La pelea terminó empatada y lo más recordado es que Fury se levantó de la lona tras un impacto bestial. Lo que no hicieron dos litros de bebida tampoco lo hizo el puño de Wilder.

“Soy un hombre de 30 años (ahora 31) y soy boxeador profesional desde hace 11. Estoy casado, soy padre de cinco hijos y si me quiero beber unas jodidas cervezas me las bebo. Si el cuerpo pide algo, se lo doy... ¿por qué debo privárselo solo porque estamos en semana de pelea?”, dijo Fury, con naturalidad, al confesar aquella anécdota.

Tyson Fury

Tyson Fury

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EFE/ETIENNE LAURENT


En el mundo del boxeo se cree que se trata de un sujeto especial, con una fuerza que se compara con su carisma y su excentricidad. Es uno de esos boxeadores polémicos que no sienten pudor de nada. Que hace lo que quiere y dice lo que quiere, a veces sin pensar mucho. Pero Fury tiene una particularidad: es débil emocionalmente.

Hasta hace solo unos años pesaba 180 kilos, ¡180! Consumía drogas, mucha cocaína, bebía cerveza, mucha cerveza, veía por TV los partidos de fútbol del Manchester United, maldecía, gritaba, comía y bebía más cerveza –entre 80 y 100 vasos por semana– y consumía más cocaína. No se entrenaba. Su apariencia era degradante, la de un boxeador en decadencia. Parecía más un hooligan británico o una estrella de rock en el ocaso que un atleta consagrado. Y, lo peor, estuvo en una profunda depresión, sufrió de trastorno bipolar, de ansiedad: se hundía en el agujero y no parecía tener salida.

No hay nada peor para un boxeador que sucumbir a su propia victoria. En 2015, Fury no pudo soportar derrotar al ucraniano Vladimir Klitschko, que llevaba nueve años y medio como campeón mundial (y con ese triunfo conquistó los títulos de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), de la Organización Internacional de Boxeo (OIB) y de la Federación Internacional de Boxeo, FIB).

Lo venció, se hizo rey y fue ahí cuando perdió los estribos. Fue uno de esos casos en los que ganar era peor que perder.

Dos veces se canceló la revancha contra Klitschko, una de ellas porque Fury dio un positivo en un control de dopaje, por consumir nandrolona, un derivado de cocaína. Tyson Fury era lo más parecido a un exboxeador. En 2016 anunció su retiro y en su mejor estilo: “El boxeo es la cosa más triste en la que he participado. Todo un montón de mier...”, escribió en su cuenta de Twitter, renunciando a sus cinturones, pues no estaba en capacidad de defenderlos.

“El boxeo ofrece profesión a los hombres que de otro modo tal vez cometerían asesinatos por las calles”, escribió Norman Mailer en su libro sobre el combate de Mohamed Alí contra Foreman de 1974. Algo así le pasaba a Fury, solo que su ira era consigo mismo. Autoasesinato. Suicidio.“Solo espero que alguien me mate antes que matarme yo mismo. He consumido cocaína, mucha”, confesó en una entrevista a la revista Rolling Stone. Y no era broma.

Compró un Ferrari a ver si se sentía mejor y a 300 km/h se fue directo hacia un puente: el púgil que ha sufrido todos los golpes se enfrentaba al más terrible, a uno letal. Entonces sonó una voz desconocida que le habló al oído, la oyó como si él estuviera tirado en el ring escuchando el conteo fatal: “No hagas eso. Tyson, piensa en tus hijos, en tu familia, en tus niños y en tu niña, que van a crecer sin su padre”. Fury reaccionó, evitó ese impactó y luego contó la anécdota.

Tyson Fury

Tyson Fury golea a su rival.

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No parecía que iba a poder salir de ese agujero, pero salió, y se paró de nuevo en el cuadrilátero, como lo hizo el pasado fin de semana en Las Vegas, con sus 2,06 metros de estatura y sus brazos de hierro preparados para destrozar. Para ser el de antes y deslumbrar a sus escépticos y convencer a sus seguidores, los que siempre han creído en su capacidad de acero.

Andrés Bermúdez es venezolano, habla de boxeo en la cadena beIN Sports, siguió segundo a segundo la pelea de Fury contra Wilder y por eso considera que estamos ante un boxeador de otro nivel.

“Creo que lo conseguido el sábado pasado por Tyson Fury es algo increíble. Las cualidades siempre las ha tenido, pero batallar con sus demonios durante mucho tiempo, los excesos y la depresión, y sobreponerse de manera no solo positiva, sino histórica, es para alabar. El mensaje que envió fue claro: ‘No todo está perdido por más que así parezca’. Fury demostró que el trabajo, la confianza en uno mismo y el querer volver a encaminar su vida son claves para lograr cosas grandes. Por su puesto, la humildad juega un papel fundamental, y el inglés la tuvo de sobra”, dice Bermúdez.

Tiene gestos groseros como otros conmovedores. En 2018, cuando empató la pelea con Wilder, donó sus ganancias, unos 9 millones de euros, para la gente pobre, para los sin techo, entonces dijo: “No me interesa convertirme en millonario o billonario. Soy un boxeador, no un hombre de negocios”.

Pero su actitud filantrópica se empaña cuando divaga y sale con cualquier ocurrencia, como cuando dijo, sin pudor, que después de vencer a Wilder iba a festejar con cocaína y prostitutas. Y a Tyson hay que creerle lo que promete. Antes de la batalla aseguró que probaría la sangre de su adversario, y ya se sabe que lo hizo.

Carrera al trono

Fury no podía haber sido otra cosa que boxeador. Su padre, boxeador. Su bisabuelo, boxeador. Nació en Mánchester (Inglaterra) y le pusieron Tyson como el legendario púgil norteamericano. Se familiarizó con las peleas a mano limpia. Le enseñaron en casa a arreglar los problemas con los nudillos desnudos. “Antes que todo, aprendes a pelear. Cuando tenemos una disputa, no vamos a la Policía; nos sacamos las camisas y lo resolvemos a puñetazos”, contó.

Antes que todo, aprendes a pelear. Cuando tenemos una disputa, no vamos a la Policía; nos sacamos las camisas y lo resolvemos a puñetazos


Y a puñetazo limpio fue que salió del agujero. Después de evadir el gancho del suicidio, de esquivar el golpe de la depresión, se lanzó otra vez al ataque. Como el boxeador que está listo para reinar. Llegó al combate el sábado en un trono y con una corona, como para anticipar su reinado.

“Fury es hoy el mejor peso pesado del boxeo y de eso no tiene dudas nadie, principalmente él”, dice el periodista Bermúdez.

No ganó cualquier pelea. Era la de los pesos pesados, la más esperada en casi dos décadas, considerado como el mayor combate desde que Lennox Lewis venciera a Mike Tyson en el 2002. Fue la oportunidad para que Fury, derecha, izquierda, derecha, demostrara que estaba de vuelta, rejuvenecido, sediento de gloria y de sangre.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO@PabloRomeroET

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