Cassandro, el luchador exótico mexicano

Cassandro, el luchador exótico mexicano

Saúl Armendáriz es el primer hombre homosexual campeón mundial de lucha libre.

Mariano Vespa
Foto:

Archivo particular

Por: Gda/ LA NACIÓN Argentina - Mariano Vespa
20 de junio 2019 , 08:03 p.m.

Apenas se despierta, se desprende de sus pies. Mira el altar improvisado que montó en la habitación del hotel y agradece a la Virgen de Guadalupe. La panorámica resplandece: unas espigas de lavanda, la foto de su madre, su bata de combate intacta colgada en la percha.

Ha visto una mariposa amarillenta posarse cerca de él, y eso lo emociona. Durante 30 años se ha identificado con el movimiento de sus alas, el papaloteo, como un modo de bailar en el cuadrilátero. Mueve sus pies, como un repiqueteo, y recuerda sus primeros andares, riesgosos y lúdicos, que dio en su temprana adolescencia, a mediados de los 80.

Si bien Saúl Armendáriz nació en El Paso, Texas, su educación se forjó en las calles de Ciudad Juárez, un infierno mexicano de feminicidios y narcotráfico, territorio donde, parafraseando al poeta boliviano Jaime Sáenz, “la noche propicia para perderse y desaparecer, para renacer y morir, en oscuridades que te hablan y te señalan”. Las cantinas fueron los escapes de la opresión hogareña, y las prostitutas, sus nanas y consejeras.

Mientras las notas de Versace Crystal refuerzan su presencia, Saúl se pone los tacones aguja, se seca las lágrimas y avanza por el corredor. Lamenta no estar en la ceremonia por la muerte de su abuelo. Como desde hace décadas, cauteriza sus dolores con espiritualidad.

Saúl es Cassandro, un referente en la lucha libre mexicana, primer exótico gay en ser campeón mundial. “Nunca quise ser luchador –cuenta–; yo hacía aeróbicos en el gimnasio, pero era habitual ver en televisión a los luchadores, eran famosos. Me inspiraban los cuerpazos, las mujeres fuertes. Una amiga me invitó al gimnasio y yo le dije, ‘estás loca’. Cuando fui a la clase de lucha libre, algo se despertó en mí, me gustó.

Yo vengo muy lastimado por los hombres y en ese momento dije: ‘Hasta que no me desquite, no me voy a ir’. Y lo hago hace 30 años”.

Cada mes, el panteón es una fiesta. Los arreglos florales brillan, la intensidad de alcohol siempre está a punto de comenzar y las ovaciones honran las ausencias. Los mariachis se acercan y entonan La borracha: “Esa mujer que hoy miran borracha / por las cantinas tomando y coqueteando / no lo han de creer, ayer era una santa / solo en su casa la miraban trabajando”.

Esa escena es una de las postales memorables del documental Cassandro, ¡el exótico!, de la francesa Marie Losier, una de las tres películas biográficas que se han basado en él, junto al trabajo homónimo de Michael Ramos Araizaga y a la producción de la BBC Cassandro: Queen of Lucha Libre.

“Cuando mi madre se divorció de mi padre, después de 19 años de casada, fue uno de sus días más felices, porque él era un cabrón. Mi mamá empezó a salir a bailar. Era tequilera. Su amor fue incondicional, siempre supo que su niño era diferente, pero ella nunca me avergonzó. Mi familia siempre ha sido muy abierta; somos seis hermanos, tres somos gais. Después de su muerte, fui compasivo con mi padre, lo necesitaba y reconecté con él”.

En 1988, la empresa patrocinadora de lucha libre buscaba un exótico, una minoría dentro del grupo de peleadores, aquel que jerarquizaba su producción estética y se diferenciara de los corpulentos machos. Un comercial anunciaba la presentación del ‘hijo de Juan Gabriel’. Su madre miraba atenta la transmisión sin saber que se trataba de él.

Yo vengo muy lastimado por
los hombres y dije: ‘Hasta que no me desquite, no me voy
a ir’. Y lo hago hace 30 años, porque la lucha libre nunca para

En su primera pelea, el nombre de guerra de Saúl fue Rosa Salvaje, en honor a la telenovela que protagonizaba Verónica Castro. Vestía una blusa de lentejuelas que le había robado a su madre, una falda rumbera confeccionada con la cola del vestido de quince de su hermana, y una malla, regalo de una amiga prostituta.

En vez de ocultarse, decidió no usar máscara, insignia de los competidores y disfraz omnipresente en las festividades mexicanas, y realzar su maquillaje.

Su seudónimo no lo convencía y le pidió ayuda a su maestro, que le sugirió Cassandra. “Me contó la historia: era una prostituta que se metía con políticos y hacía mucho dinero. Con todo ese dinero, hacía casas para mujeres golpeadas y albergues para niños de la calle. Cuando hice mi primera gira en Tijuana, que era de unos 15 días, pero terminó siendo un año, la visitamos. Ya estaba muy viejita, pero me dio la bendición. Por respeto a las mujeres, y a ella en particular, me empecé a llamar Cassandro”, cuenta.

En la tradición de este deporte, con más de 80 años de historia, los exóticos siempre fueron objetos de burla; los homosexuales, los afeminados. La primera señal de reconocimiento que tuvo Cassandro fue en 1991, cuando le permitieron pelear con El Hijo del Santo.

Rodolfo Guzmán Huerta (1917-1984), El Santo, es uno de los ídolos populares de México, referente no solo por su trayectoria en las esquinas, sino también por su participación en películas como Santo vs. Las mujeres vampiro, Santo en el museo de cera y Santo contra los zombies. Pese a la derrota, un año después pudo alcanzar el título mundial.

Mientras se consolidó como un exótico resiliente frente a la tradición, las disputas con El Hijo del Santo tuvieron sus vaivenes: como no lo podía desenmascarar, en 2007 le rapó la cabeza; en 2009 hicieron una exhibición en el Museo del Louvre y en 2011 le dedicó un programa de televisión. Además de showman, el emperador lo legitimó como uno de los mejores contendores.

En la rueda de prensa por la presentación de su última película biográfica en Mar del Plata (Argentina), una mujer le dijo algo al oído. Cassandro lloró. “Me dijo que dejara de lastimar mi cuerpo. Sentí que era el abrazo de mi abuela”, recuerda.

En esos momentos en los que confluyen el dolor físico y la parálisis, producto de varias cirugías, y las cicatrices emocionales que se generan por distintas adicciones, se sintió en el abismo, con depresiones intensas, aislamientos e intentos de suicidio.
Fue vital, en un primer momento, la terapia de los 12 pasos, pero luego se conectó con la comunidad kalpulli tolteca. Sabía de las reverencias ancestrales a Tonantzin –diosa de la fertilidad–, pero nunca había sido parte. En 2011, un amigo lo invitó a participar en una ceremonia. La noche anterior había tenido una lucha extrema, aquellas en las que literalmente vale todo.

Con el pelo chamuscado y el cuerpo resquebrajado, Cassandro se acercó al ritual. Su espíritu vibró con los ayoyotes, esos cascabeles que traían en las piernas los bailarines. Cassandro menciona a los kalpulli como su familia espiritual y a la danza azteca omecoatl como la forma de vida por la cual pudo resurgir. “Escuché gente muy sabia, abuelos, que hablaron de lo que representa la sanación, de lo que representa la tierra madre, de cómo cuidar el ambiente, de cómo llevar el autocuidado y el autoamor. Salí de ahí purificado”.

Al año siguiente se incorporó como tamborero a las celebraciones, y participó en la danza del Sol, ritual de cuatro días de purificación y desintoxicación en los que también conecta con sus antepasados. Para Cassandro, el baile fue siempre un desafío. Cada luchador tiene su himno, talismán sonoro que lo acompaña para entrar al cuadrilátero. En los inicios de su carrera se presentaba con una canción que decía “no me toques el cucu” y así buscaba desestabilizar a su rival. Luego de varias lesiones, eligió I Will Survive, de Gloria Gaynor, como manifiesto biográfico y horizonte prospectivo.

“Tengo un don: conecto con la gente, que me motiva y se motiva. Antes no tenía dirección. Pero después de tanta injusticia social que veía, me di cuenta del poder de la boca, de cómo la usamos para lastimar. Me propuse usarla para el bien, aunque hasta no sanarme no lo hice. Supe que podía dejar las drogas y que había otra forma de vivir”.

Cassandro enfatiza que la lucha libre es bendita, y en ese grito enmarca su destino. “Mi madre quería un diploma, y lo tuvo. Me recibí de administrador y asistente de médico, pero la especialidad era geriatría, y no podía ver morir a los ancianos”.
Héroe melodramático y sensual, lleva en su cuerpo un mapa de ambiciones y desdichas. Por eso, la empatía nunca se acaba. Uno de los árbitros más respetados en México, Rafael Olivera, ha emparentado la lucha libre con el tango, tanto por su desprestigio inicial, las tramas que narra, como también por la contundencia de sus movimientos.

Marie Losier eligió para el cierre de su película la canción La Payanca, un tango escrito en 1906. “El fuego del corazón / en mi cantar supe poner, / por eso fui rey del amor / ¡Rey del amor!”.

Figuras, pausas, llaves, contrallaves. No importa de qué pista se trate: el baile de Cassandro siempre renace.

MARIANO VESPA 
GDA LA NACIÓN ARGENTINA 

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