La colombiana que busca conquistar la sexta cumbre más alta del mundo

La colombiana que busca conquistar la sexta cumbre más alta del mundo

La manizaleña Ana María Giraldo ha coronado cinco de las siete legendarias montañas.

Ana María Giraldo

La manizaleña Ana María Giraldo fue la primera colombiana en coronar el Everest. Hoy lidera una agencia de turismo especializada en bicimontañismo.

Foto:

Archivo particular

Por: FELIPE VILLAMIZAR
01 de agosto 2019 , 07:32 a.m.

“No puedo olvidar lo difícil que fue ver cómo un compañero ascendiendo a la montaña McKinley, en Alaska, se cayó por una grieta. Él soltó su cuerda sin avisarnos y se fue al abismo. Nosotros solo sentimos un vacío muy vertiginoso al verlo caer. Afortunadamente, llevaba amarrado a su cintura un trineo que quedó atravesado entre las paredes de la grieta y los compañeros le pudieron salvar la vida”, relata con una voz muy pausada y entrecortada al querer borrar esa imagen de su mente Ana María Giraldo, una colombiana que dedica su vida a cumplir el reto de escalar los cerros más altos del mundo, teniendo el peligro, el miedo y la incertidumbre como sus mayores aliados.

Esta montañista manizaleña de 39 años, casada y con dos hijos, decidió embarcarse en el 2002 en el reto de las ‘Siete cumbres’, el cual consiste en ascender a las cimas de las montañas más altas de cada continente, y de cada región polar, en siete lugares diferentes del planeta. Su amor por la naturaleza, la práctica de deportes extremos y vivir la vida al límite ya la han encauzado a ascender el Everest en Asia, el Aconcagua en América, el McKinley en el círculo Polar Ártico, el Kilimanjaro en África y el Elbrús en Europa, con experiencias inigualables para siempre anclar en las cimas de estos lugares la bandera de Colombia y que el cielo se torne amarillo, azul y rojo, y el nombre del país se escuche en todo el mundo. Ahora va por el Puncak Jaya, ubicado en Oceanía.

Comienzos

El amor por estas travesías comenzó a los cinco años. Sus padres, Diego y Aura, la llevaban a caminar por diferentes zonas naturales y montañas de Manizales, entre las cuales su preferida era Villamaría. En esa época fue la primera vez que sintió miedo por atravesar un río, sentir el temor de atravesar un puente colgante. Sin embargo, curiosamente, estas sensaciones la llevaron a querer más y más.

“Por mi cabeza pasaba el vacío; miraba hacia abajo y pensaba en la dimensión de la caída. Sentía como un escalofrío que recorría todo mi cuerpo, tenía unas mariposas en el estómago. Toda esa reunión de sentimientos fue la que me impulsó a seguir. A combinar estas caminatas con otros deportes, apuntándole siempre a la práctica de deportes que me generaran ese placer”, le dice a EL TIEMPO Ana María con una risa de excitación, intentando transmitir de la forma más correcta lo que vivía.

Sin pensarlo, su vida se fue encauzando para terminar en la práctica del montañismo. De pequeña practicó la natación y el ciclomontañismo, dos disciplinas que en un futuro contribuirían en la del manejo de la respiración y la fortaleza física para escalar, lo que la volvió más resistente.

Su primera gran prueba de fuego para alcanzar las alturas que ella soñaba llegó a los 19 años, cuando su hermana, que trabajaba como guía de montaña, la llevó al Nevado del Ruiz. “Me seguía dando miedo, y aún no se me ha quitado. Es algo que tengo presente, pero por lo cual he trabajado todos estos años. Me he preparado y lo he afrontado”, asegura.

Revolcón

Trabajando en el parque de Los Nevados y practicando el ciclomontañismo, conoció a las personas que cambiarían su vida. Recién llegados de escalar la cima del Everest, fueron a visitar este lugar y se la encontraron; vieron sus condiciones y la invitaron a hacer parte del proyecto, al que Ana María le dijo sí sin vacilar.

La primera montaña que iba a escalar era el Aconcagua. Para esto, Giraldo tuvo que cambiar su rutina; practicar mucho más la escalada, el ciclomontañismo, ir al gimnasio a trabajar la parte abdominal y de la espalda, además de tener alguien con quien preparar su mentalidad. Se iba a enfrentar al primer gran monstruo.

“Veía las cosas como en color de película; me parecía increíble estar al lado de escaladores de roca supertesos, de estar al lado de los primeros colombianos que subieron al Everest. Mientras ellos me contaban esas historias, yo me las imaginaba en formato documental. A partir de esa experiencia, a mí me quedó un aprendizaje grandísimo”, narra, siempre con mucho orgullo de hacer todo lo que ha soñado.

Everest

Sin duda, el monte que tenía tachado con una X en su calendario era el Everest. La mítica montaña es uno de los destinos más codiciados para todo el mundo por conocer. Y por eso alistó bien sus dos mochilas, la de montaña en la que llevaba su carpa; bolsa para dormir, ropa impermeable y polar, estufa y combustible; no le importaba cargar en sus hombros entre 10 y 20 kilos.

Esta expedición duró dos meses, pero en el ascenso fueron 45 días en los cuales vivió las peores y mejores sensaciones de su vida. “Todos los seres humanos deberían conocer la cordillera del Himalaya y ver esa mole de montaña. Fue sobrecogedor, aunque también se sintió mucho cansancio y soledad”, dice.

Para esta expedición, en la que estuvo acompañada de los sherpas, estuvo también con Katy Guzmán y Mónica Bernal, quienes fueron su soporte en los momentos más duros. Esta montaña de 8.850 metros se comienza a hacer más dura a la mitad, cuando se necesita estar bien concretados en poner bien su pica en el hielo y amarrar bien el arnés para no caerse. Sin embargo, al superar los 7.600 metros, el color de la piel cambia, la visión escasea y la respiración es mucho más difícil.

“Se me aceleraba el corazón y lo sentía en los oídos. Lo que hacía era cerrar los ojos, concentrarme, hacer un conteo para poner la respiración en el ritmo constante en el que venía. A veces, cuando me daba dolor de cabeza, lo que hacía era parar, respirar por una fosa nasal y taparme la otra, luego hacer el cambio. Las primeras noches eran terribles y me despertaba como con esa apnea, porque el oxígeno, pese a que uno respirara, no era suficiente”, relata.

Pero, por fortuna, todo tuvo su recompensa. Pudo abrazar el cielo, sacar la bandera de Colombia, que llevaba enrollada en su mochila, y clavarla en la cima del Everest, la que es su sueño imborrable, el que quiere recordar al abrir y cerrar los ojos.

“Fue una sensación de gratitud impresionante. Empezamos a llorar. Fue increíble girarnos 360 grados para observar la sombra del Everest en el horizonte, observar la curvatura de la Tierra. Era como si nos hubieran dado un regalo multicolor. El cielo mostraba el degradé en todas sus tonalidades, rosado, naranja, oscuros, azules, negros. No tuve ninguna pregunta, todo lo tenía claro en ese momento”, cuenta mientras suspira.

Y, después de coronar cinco de las siete montañas más altas del mundo, está llena de confianza para ascender al Puncak Jaya, sin importar las veces que haya puesto en riesgo su vida, como cuando casi se va rodando por el hielo del Everest en plena noche y con una tormenta que hacía más difíciles las cosas o cada vez que por confiada no se amarró bien la correa o no puso bien la cinta en los pies, o simplemente no se fijó en que el mosquetón estuviera ajustado. A ella le importa luchar por sus sueños y ser imagen para su familia.

Ya se desplaza hacia Oceanía para completar la sexta montaña. Con ella lleva la cadena con las tres argollas que representan a su esposo y dos hijos, más las fotos de sus seres queridos.

“En Colombia queda mi equipo base, que es mi familia. Voy a cumplir mi sueño y demostrar que todo se puede alcanzar sin importar lo alto que se esté”, concluye.
Ana María lleva un vertiginoso estilo de vida, pero su corazón no tendría el mismo ritmo si dejara de vivir cada uno de sus días al límite.

Felipe Villamizar M.
Redactor de EL TIEMPO
@FelipeVilla4

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