Odiaban el VAR, ahora ruegan para que lo pongan (opinión)

Odiaban el VAR, ahora ruegan para que lo pongan (opinión)

Los periodistas suelen oponerse a los cambios en el fútbol. El tiempo los ha avalado. 

30 de noviembre 2019 , 10:04 p.m.

Echando una ojeada hacia atrás, apenas panorámica y no tan exhaustiva, vemos que el periodismo, en líneas generales, no ha acompañado ninguno de los avances experimentados por el fútbol. Cambios que han adecentado y mejorado el juego y la actividad en general, aproximándolo más a un espectáculo civilizado que a la disputa barriobajera que se practicaba en muchos casos entre 1960 y 1990 (año en que se decidió erradicar todos los vicios acumulados en décadas).

No sólo no apoyó, fustigó acerbamente cada innovación. Podría escribirse una enciclopedia con todas las decisiones que la prensa desaprobó y que terminaron siendo un acierto rotundo. Solía decir un antiguo dirigente paraguayo: “el periodista deportivo es el único vendedor que habla mal de su producto; todos los demás, hasta el que ofrece parcelas de un cementerio, las pondera”.

Cuando se pusieron en marcha las sustituciones de jugadores en un partido. Primero de uno, luego de dos y por último de tres. “Esto desnaturaliza el partido”, se dijo. Hoy es el tópico más natural. Y lógico. Incluso existe un cuarto remplazo para partidos con alargue. Perfecto. Un equipo no debe ganar porque los rivales murieron sobre el césped, sino porque es superior.

Cuando se pasó de dos puntos a tres por cada victoria. “¡Qué tontería…!” Una tontería que fue como un insecticida para el ultradefensivismo. Funcionó, fue el fin del negocio del empate. Todos salían a empatar de visita. Ya no sirve más.

Cuando se prohibió que el guardavalla tomara el balón con las manos tras pase de un compañero. “Vamos a ver muchos goles tontos por esto”. Fue genial, el arquero aprendió a jugar con los pies, evolucionó. Y el juego se agilizó.

Cuando se puso como tope a los arqueros la regla de 6 segundos para soltar el balón y ponerlo en juego. En la final del mundo de 1982, el golero italiano Zoff, sumando todas sus intervenciones, estuvo 11 minutos con la pelota en sus manos. ¡Quemó 11 minutos de una final del mundo…!

Cuando se instauró el “doble amarilla, afuera”. También al ordenarse la tarjeta roja por falta de último recurso y por juego brusco grave. “Entonces va a ser como jugar a la mancha…” Nada que ver, obligó a los futbolistas (especialmente a los zagueros) a actuar dentro del reglamento. Esto acabó con el tristemente célebre “La pelota o el hombre”. Aunque muchos lo extrañan. El Pulpa Etchamendi (en paz descanse), instruía a sus zagueros: “La primera, a la garganta”. Total, no echaban a nadie.

Cuando se decidió jugar la Eliminatoria por el sistema de todos contra todos (una maravilla que no debería tocarse a menos que se invente algo aún mejor) se dijo “¡Qué barbaridad, qué vergüenza… Esto es para beneficiar a los grandes”. No, es para proteger a los mejores. El malo, en un triangular de cuatro partidos, puede dar un batacazo, en uno de dieciocho gana el bueno. Hoy es el gran campeonato sudamericano que, aún sin arrojar un campeón, apasiona.

Fueron escépticos con el aerosol para señalar la distancia en los tiros libres. Lo cual mantiene a raya a quienes se adelantaban y nos escamoteaban goles. Una barrera que se adelanta un metro impide que entren muchas pelotas. Y antes se corrían dos, tres metros. Seamos honestos: si Messi marca tantos goles de falta es, también, porque ahora los rivales deben ponerse a 9 metros 15, y no a 6 ó a 5 como antes con la complacencia de los árbitros.

La decisión de llevar los Mundiales de 16 a 24 equipos y luego de 24 a 32. “¡Qué desastre, acabaron con los Mundiales…!” Son un éxito extraordinario. Ampliaron el mapa de la felicidad. Nótese este detalle: cuando se jugaba con 16, se inscribían para participar, en promedio, 57 selecciones; cuando se pasó a 24 es porque se anotaban 122. Y cuando se subió a 32 es porque participaban 197 de las 212 asociaciones que componen la FIFA. Aunque para Rusia tomaron parte las 212. Al ensancharse la base era lógico aumentar arriba.

La final única de la Libertadores y de la Sudamericana. “En Sudamérica no va a andar, esto no es Europa, ¿quién va a ir…? Imaginen una final con estadio vacío…”. Las primeras muestras -Colón-Independiente del Valle y Flamengo-River- fueron un suceso notable de prolijidad, organización, buen gusto. Y el público arrasó. (Colón sólo llevó 40.000 personas). Sí, llovió como nunca en Asunción la tarde-noche de Colón-Independiente del Valle, y también eso les pareció ridículo. Pero el campo resistió a tal imponderable y el juego terminó. Habría que ser justos y felicitar a la Conmebol por tal determinación, aunque nadie lo hará.

Hasta quitarle al domingo la exclusividad del futbol ha sido un golazo. Actualmente uno puede escoger mejor la oferta de fútbol por TV y no quedarse sin él. El sábado es un día maravilloso para sentarse y degustar uno o más partidos sin colisionar con novias o esposas. No obstante, se insistió hasta el latiguillo con que el día del fútbol era únicamente el domingo. Que no es así, porque cuando nacieron las copas internacionales también fue el miércoles.

En Argentina, debido a los graves incidentes entre las hinchadas, a alguien se le encendió la lamparita: jugar sin público visitante, que además no es necesario pues los estadios se llenan igual. Al menos en los clásicos y partidos importantes, se sigue cumpliendo. Fue una idea muy positiva, acabó con las salvajadas de las barras, se puede ir tranquilo a la cancha, pero la prensa nunca lo perdonó. Que el folclore, que lo ideal, que tenemos el derecho…

Todo ello sin contar el VAR, seguramente la novedad más ácidamente cuestionada de la historia de este deporte. “Es el fin del fútbol”, pontificaron periodistas de los cinco continentes. Faltó que los detractores del VAR se encadenaran a los árboles en señal de protesta o hicieran huelgas de hambre. Pero es, y va a ser, el mayor éxito de la industria del fútbol, su garante. La medida más sana tomada por la FIFA en un siglo. “Un sublime ejercicio de equidad”, en floridas palabras de Pacho Maturana.

Carlos Velasco Carballo, presidente del Comité de Arbitraje de la Liga Española anunció hace diez días: “No ha habido ni un fallo tecnológico del VAR esta temporada”. Con la ayuda del VAR, el grado de acierto en los fallos claves es del 98,55%. Nunca se dijo que eliminaría el 100% de error, algo se escapará, pero alcanzar un 98 y monedas de fiabilidad es para descorchar champán. Ya está naturalizado por jugadores, entrenadores, hinchas. Y no ha “arruinado el fútbol” ni acabado “con su esencia” ni nadie “se duerme” mientras se dilucidan las jugadas mediante la tecnología, que es más confiable conforme se perfecciona el sistema. Los partidos son igual de emocionantes. Y nadie ha muerto porque se terminen las polémicas. Como siempre sostenemos, es mejor perder dos minutos revisando que decidir un título por un gol con la mano.

Ahora acontece que, dado los desastrosos arbitrajes que se están registrando, por ejemplo, en Ecuador (también se escuchan muchas quejas en Colombia y Argentina), quienes deploraban el VAR ruegan se aplique en sus campeonatos locales, donde aún no está implementado. Lo denostaban hasta meses atrás, ahora exigen sin rubor: “Urgente, que pongan el VAR”. Ven que en Europa ya es un procedimiento que se aplica magníficamente bien.

Siempre habrá algunos errores (el VAR lo manejan personas). Y siempre que los árbitros puedan hacer una de las suyas, lo intentarán, como hizo en Sudamérica el brasileño Daronco en el juego River-Independiente que terminó siendo decisivo en la definición de la Libertadores. Pero tienen cada vez menos margen. Están muy observados. El VAR “a la sudamericana” (usarlo a discreción) duró lo que un merengue en la puerta de un colegio. Ya ni acá pueden hacerlo. Los detractores del VAR no deberían usar celular ni WhatsApp ni Internet. Que manden cartas por correo.
El periodismo se opuso sistemática y enérgicamente a todas las variantes experimentadas por el fútbol, las cuales resultaron tan beneficiosas. La comprobación más tajante de esto último es que a nadie se le ocurriría volver hacia atrás.

Jorge Barraza
Para EL TIEMPO
@JorgeBarrazaOK

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