Un montoncito de ilusión... (opinión)

Un montoncito de ilusión... (opinión)

Hace exactamente 10 años, Sergio Galván se convirtió en el máximo artillero del fútbol colombiano.

25 de abril 2020 , 08:51 p.m.

Eso era Sergio Galván Rey la tarde del 26 de enero de 1996 cuando descendió del avión en el aeropuerto La Nubia, de Manizales. Un joven de 22 años, un nueve de magros 65 kilos y un metro 71. Eso y un bolsito con un par de botines adentro. Quién diría… Lo llevaron directo del avión a entrenar después de más de un día de viaje Tucumán-Buenos Aires-Bogotá-Manizales.

Imaginamos la cara del técnico del Once Caldas, Orlando Restrepo, al verlo llegar. Le habían dicho que llegaría un goleador argentino; su mente pensó en Kempes, Batistuta, Palermo… Pero vio entrar al vestuario un muchachito menudo, recatado y silencioso. Frunció el ceño: no le vio uñas de guitarrero.

Hay, en Argentina, una anécdota similar con René Houseman. Menotti tenía en Huracán un plantel aceptable, pero corto, apenas 13 ó 14 jugadores. Su necesidad de efectivos era perentoria; los dirigentes le prometían y aseguraban, pero nada… Se fueron de pretemporada al mar y no llegaba nadie. Y pasaban los días. Hasta que sonó el teléfono: “Concretamos el pase de un chico de Defensores de Belgrano, mañana va para allá”. Huracán, siempre endeudado y coqueteando con la quiebra, había logrado el préstamo de un punterito de 19 años que militaba en Primera “C”. Lo mandaron sólo, en tren, a Mar del Plata. Viajó de noche y llegó a primera hora de la mañana al hotel donde concentraba el Globo. Previo al entrenamiento, los jugadores tomaban el desayuno y, desde las mesas, vieron un flaquito que se registraba en la recepción. Alguien del cuerpo técnico pasó el dato: “Es el nuevo delantero”. Menotti también frunció el ceño.

Lo miraron: era una cosita chiquita, pelito largo, pantalones Oxford; el bolsito lo llevaba a él. La decepción fue unánime: “¿Éste es el refuerzo de Huracán…?” En vez de cambiarse, Houseman se fue a dormir. Más desilusión. “Tal vez esperaban un alemán, rubio y grandote, yo pesaba cuarenta kilos mojado, pero después me vieron jugar y cambiaron de opinión”, recordaba el Garrincha argentino. Tres meses más tarde era la sensación del campeonato.

Sergio se sintió Houseman aquella tarde manizaleña.

-Cuando llegué y vi la cara de los hinchas, de los periodistas y hasta de los propios compañeros… Todos pensarían lo mismo: “¿Este es el delantero argentino que trajeron…?” Y si preguntaban en Argentina quién era yo tampoco iban a saber mucho, allá no me conocía nadie. A poco de llegar perdimos un partido y al técnico se le escapó una frase que siempre recuerdo: “Claro, ¿cómo no íbamos a perder? Vea los delanteros de ellos y mire los nuestros…” Y en la calle igual, un día iba caminando y escuché a dos muchachos: “Mirá, mirá, ese es Galván…” Y el otro le contestó: “Uy… parece un muñequito”. Yo me reí y seguí de largo.

Equidad vs. Nacional en 2007

Sergio Galván celebra uno de los goles de Nacional a Equidad en la final de 2007-II.

Foto:

Federico Puyo - Archivo EL TIEMPO

Con los defensores rivales no era muy diferente. Galván no impactaba por presencia.

-Los zagueros te hablan, tratan de achicarte, pero la mayoría de las veces es pura boquilla. Igual, tenés que andar como la gacela, siempre atento para que no te cacen. De movida, cuando uno entra al área se da cuenta cómo viene la cosa…

Tal vez prefiera no recordar ese 1996. Año duro, pródigo en soledad, tacaño en alegrías. El Once Caldas vegetaba de media tabla para abajo y Sergio se hallaba en un limbo futbolístico. El técnico no lo había pedido y casi no lo ponía; venía fin de año, él sabía que finalizaba su préstamo y debía volverse a Tucumán… pero nadie le hablaba. Llegó Navidad y seguía en la indefinición, pasó las fiestas sólo y apartado del equipo, el DT ya le había informado que no lo tendría en cuenta. Le pidió si podía seguir entrenando. “Sí, hacé lo que quieras”, le respondió.

-Pero me tocó entrenar sólo, separado del resto, mis compañeros en una cancha, yo en otra. Fue feo. Así estuve una semana. Pasó el Año Nuevo y se reanudaba el campeonato. De pronto, me llaman de la secretaría del club un jueves y me dicen que fuera a entrenar con el grupo por la tarde. En la práctica de fútbol me ponen con los titulares, me pareció raro. “Vas a jugar el domingo”, me dijo Restrepo. ¿Qué pasó…?

Había otros cuatro delanteros, dos habían llegado al límite de amarillas, de los dos restantes uno se lesionó y no tenían a quién poner. Enfrentábamos al Cúcuta y pensaron “llamemos a Galván, todavía está acá”. Era por ese domingo nomás. Pero pasó lo que nadie podía imaginar: ganamos 7 a 0 y marqué los primeros cinco goles. Ahí cambió mi historia. Si hubiese sido un gol no hubiera variado mi situación, dos tampoco, fueron cinco… En la semana me llamaron para decirme que harían uso de la opción de mi pase: 80.000 dólares. Sin embargo, el fútbol y la vida me llevaron al límite.

El fútbol y la vida le reintegrarían sonrisas por lágrimas: la idolatría en el Once, el título en 2003, la Libertadores en 2004 (aunque no la terminó), el pase estelar al Metrostars y el rótulo de máximo goleador en la historia del fútbol colombiano con 224 goles. En lo personal, se enamoró de Manizales, de una manizaleña, del Once Caldas, de Colombia…

-De chico era de Boca, como toda mi familia, ahora soy del Once Caldas, mi esposa también, en realidad la hice yo. Mis hijos, en cambio, hinchan por Atlético Nacional, crecieron mientras estábamos en Medellín. Me nacionalicé colombiano antes de irme a Nueva York, pero amo a Colombia no por eso sino porque llegué sin que nadie me conociera y me dio la posibilidad de desarrollar mi carrera. Mi historia es colombiana. Nunca me sentí discriminado por ser argentino, siempre está eso de que somos agrandados, pero la gente te tiene que conocer, tratar. Justamente lo único que me quedó pendiente es haber jugado en la Selección Colombia, creo que podría haber andado bien en la del profesor Rueda.

A diferencia de una abrumadora mayoría de futbolistas de clase pobre, Sergio proviene de un hogar de profesionales: abogado José, su padre; profesora Victoria Rey, su madre; abogada, médico y procuradora sus hermanos.

Sergio Galván

Sergio Galván, exjugador de Once Caldas.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

-Mi papá me compró el pasaje para venir a Manizales y me dio unos pesos para tener los primeros días. Pero lo más importante que traje fue la ilusión. La ilusión es el motor del éxito. También estaba muy enfocado en cómo lograrlo, sabía que era la oportunidad de mi vida y que dependía de mí alcanzarlo.

No quiere ser técnico, prefiere la docencia en divisiones formativas o, por ejemplo entrenar a los delanteros de un equipo, enseñarles los secretos del área, del gol. Le encanta su actual ocupación: comentar fútbol por televisión. Es una de las caras de Win Sports. En el campo trataba con delicadeza la pelota, en el set tiene afinidad con el micrófono. No está allí sólo por ser un exfutbolista, opina bien, es analítico, criterioso, mesurado, posee un lenguaje apropiado.

-Me encanta la televisión, me siento cada vez más cómodo, más a gusto. Un día me crucé con Mauricio Correa y me convenció de ir a Win. Mauricio es un crack, un fenómeno en serio. Lo veo cada tanto, pero es como si estuvimos ayer. Hice radio en Caracol, la radio es divina, es muy natural, como si hablaras con amigos. Y sigo jugando por pasión, estoy en un equipo de padres del colegio de mis hijos. Ojo, me lo tomo en serio: jugué catorce campeonatos y fui goleador en los catorce.

En tiempos de coronavirus, las efemérides son oro puro. Y este 25 de abril se cumplieron diez años del récord goleador de Sergio Galván.

JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
@JorgeBarrazaOK​

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