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James Rodríguez: los 9 años del ‘10’ de la Selección Colombia
James Rodríguez

James Rodríguez (5), el día de su debut con la Selección, el 11 de octubre de 2011.

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AFP - Archivo EL TIEMPO

James Rodríguez: los 9 años del ‘10’ de la Selección Colombia

El 11 de octubre de 2011 jugó su primer partido, en la eliminatoria para Brasil 2014. Su evolución.

Si James Rodríguez mira hacia atrás, nueve años atrás, se verá de 20 añitos, con la mirada ilusionada, esa del que solo tiene sueños por cumplir, sin saber si los cumplirá. Esa mirada del que aún no había jugado un Mundial de mayores ni dos, pero que quería hacerlo; la mirada del que no había sacudido el Maracaná con un gol irreal, pero quería hacerlo; del que no pensaba que en verdad iba a llegar al Real Madrid, aunque pretendía hacerlo; del que no era ni el ‘10’ de la Selección Colombia ni su jugador más importante. Nueve años después, cuando James mira hacia atrás, se da cuenta de que todo eso ha sido real, en un parpadeo, tal como seguramente lo soñó.

Los 9 años del ‘10’ en la Selección Colombia se celebran este domingo, un 11 de octubre. Un 11 como cuando James vestía la camiseta número 5. Corría el año 2011 y James, de 20 años, era el jugador de la esperanza, el del futuro prometedor para el equipo nacional, para el país. Sus pinceladas en la selección juvenil ya ilustraban un bosquejo de su futuro bondadoso.

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Fue contra Bolivia, en La Paz, en la primera jornada de esa eliminatoria a Brasil, cuando el técnico Leonel Álvarez le dio el espaldarazo, lo miró entrenar, se deslumbró y lo puso de titular contra todo pronóstico y todo riesgo. Pero no había riesgo, no con él, que solo necesitaba esa confianza. James se puso la camiseta grande y le ajustó perfecto. Jugó los 90 minutos de ese partido que Colombia ganó 1-2, y regó personalidad y talento por la cancha, como si desde siempre hubiera hecho parte de ese equipo al que llegó para quedarse, como si hubiera nacido para liderar a la Selección Colombia.

“Me decidí por James por lo que me mostraba, su carácter, su personalidad, siempre fue uno de los mejores, si no el mejor en los entrenamientos”, recordó tiempo después Leonel en una entrevista en Win Sports. Leonel solo duró dos partidos más en el cargo, pero dejó concluida su obra más importante: darle a Colombia el debut de un futbolista diferente, único.

En su segundo partido, contra Venezuela, James ya tenía la camiseta número 10, la legendaria, la que defendió el ‘Pibe’ Valderrama. James asumió ese peso de quilates y se fue convirtiendo en ese jugador diferente que todo entrenador quiere tener, y todo delantero, porque con James en la cancha todo es más fácil para ellos, para Falcao y compañía. Pero James no solo es capaz de anticipar las jugadas que terminan en gol, desde el comienzo demostró que el gol también estaba en sus planes.

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Marcó su primer tanto frente a Perú, en Lima, en el 2012, cuando ya era un jugador preponderante en el equipo, cuando ya miraba diferente, con más experiencia, con más liderazgo, aunque con la misma convicción. “Sueño con ganar un Balón de Oro”, le dijo a EL TIEMPO un año después de su debut en la Selección, y no parecía una frase de cajón, era más bien una frase que le salía del alma, una frase altiva y resonante.

Su cúspide en Brasil

Colombia llegó al Mundial de Brasil 2014 gracias a los goles de Falcao, la capitanía de Yepes, la estrategia de Pékerman y la dosis de magia de James. Y lo que vivió James en ese Mundial fue único, fue parte de la meta que se había trazado, esa de querer ser el mejor del mundo. Fue su pico, su punto más alto de rendimiento hasta ahora. Llegó como promesa y salió bañado en oro, con la zapatilla de goleador, con seis tantos inolvidables, con el mejor gol del Mundial, frente a Uruguay. Colombia terminó en quinto lugar tras perder contra Brasil, y James, el bañado en oro, también salió bañado en lágrimas y así conmovió incluso a los locales que admiraron su esfuerzo y su coraje.

“El árbitro no ayudó mucho, pero dejamos todo y por eso estamos tranquilos. Queríamos seguir... Los hombres también lloran... Tantos cracs abrazándome me pone feliz”, fueron palabras de James cuando se consumó esa terrible derrota.


Con ese Mundial, James pasó a ser el futbolista más importante de Colombia, el más reconocido. Se encumbró, porque de ahí pasó al Real Madrid, que pagó 80 millones de euros para ponerlo a jugar en el Santiago Bernabéu. Se convirtió en un neogaláctico, el sueño de millones fue suyo. Lo vivió, lo disfrutó, lo sufrió. Allí ganó, allí perdió.

En el 2015 jugó su primera Copa América, la de Chile, y en ella se puso por primera vez el brazalete de capitán,
sucediendo a Mario Yepes, y desde entonces ha alternado ese rol principal con Falcao. En esa Copa, Colombia llegó a la segunda fase y quedó afuera contra Argentina.

James, el jovencito ilusionado que soñaba en grande, ya era visto con respeto por todo el equipo, por el entrenador, por toda la afición. Su aspecto fue cambiando, su mirada se volvió más curtida, se llenó de confianza y de tatuajes. Jugó también la Copa América Centenario, en la que hizo dos goles, contra Estados Unidos y contra Paraguay. Ya no se concebía una Selección sin él, y eso que varias veces se ausentó.

Asumió la eliminatoria al Mundial de Rusia como eje principal, como el encargado de ensamblar las ideas. Ya no era el muchachito ilusionado; era el crac consolidado. De hecho, fue el encargado de anotar el gol de la clasificación, contra Perú y en Lima, un gol que no fue clarito como los suyos ni espectacular como los suyos, pero que fue muy importante, definiendo en medio de Falcao y Zapata, los goleadores que le limpiaron el camino para que él fuera, una vez más, el héroe.

Rusia, un sabor amargo

A todo el país le dolió ver a James en el pasto, desplomado, con la cara amarga, desencajada, mientras una lesión muscular le arrebataba de a poco su idea de brillar en el Mundial de Rusia. Fue en el tercer partido de la fase de grupos, contra Senegal. James apenas pudo estar 30 minutos en la cancha. Un par de golpes al pasto reflejaron su impotencia, su rabia. En el primer partido no fue titular contra Japón y con gran esfuerzo jugó contra Polonia, con dos asistencias que le devolvieron la sonrisa. Ese fue el recuerdo bueno que le dejó ese Mundial. En octavos de final tuvo que sufrir desde la tribuna y ver desde allí a sus compañeros, liderados por Yerry Mina, librar su batalla más terrible de la cancha, contra Inglaterra, ese partido de idas y vueltas, de ires y venires, de alegrías y tristezas, ese que se perdió en los penaltis mientras James los pateaba y los atajaba desde la tribuna. Así se despidió de su segundo mundial.

James, en estos nueve años, ha tenido altibajos, como cualquier jugador; ha tenido lesiones, como cualquiera; ha tenido suplencias, muy dolorosas. Pero siempre que volvió a la Selección se desahogó con fútbol. Era como si todo ese talento se reprimiera cuando no jugaba en su club y venía a brotar con Colombia.

Su último año no fue bueno. Sufrió mucho en su segundo ciclo en el Real Madrid, de donde se fue desecho. Y desecho renació en el Everton, se levantó no como quien se levanta a medias a ver qué pasa, ¡no!, se levantó con furia, con rugidos, con reivindicación, como si esa zurda le palpitara dentro del guayo, como si la magia quisiera salírsele por entre las costuras para regarse por el pasto. Es lo que pasa cuando el talento se acumula, algún día tiene que salir, y explota.

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Lleva dos eliminatorias, dos mundiales, tres Copas América, es el máximo anotador de la Selección en partidos oficiales, con 17 tantos. Y queda James para rato. El viernes pasado lideró el triunfo contra Venezuela 3-0 en el inicio del camino hacia el Mundial de Catar. Colombia jugó a su ritmo.

Hoy ha vuelto a ser James, James Rodríguez, James David Rodríguez Rubio, el ‘10’ que cumple nueve años defendiendo la camiseta de la Selección Colombia, la que primero fue la 5 y luego fue la 10, como para multiplicar su importancia única en la cancha.

Pablo Romero
Redactor de EL TIEMPO
@PabloRomeroET

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