El festejo de gol, el ritual del fútbol que no tiene protocolos

El festejo de gol, el ritual del fútbol que no tiene protocolos

Ahora que los abrazos están limitados por el coronavirus, un repaso por el arte de la celebración.

Crónica gráfica 15

Un icónico festejo de la Selección Colombia en Brasil 2014. 

Foto:

Mauricio Moreno. EL TIEMPO

Por: Pablo Romero
27 de mayo 2020 , 11:02 p.m.

¿Cómo se puede contener el abrazo de gol? ¿Cómo rechazarlo si alguien lo olvida, lo obvia o lo desafía? ¿Cómo evadir el tumulto de cuerpos exultantes? ¿Es algo que se puede entrenar? ¿Y si se entrena se puede controlar? ¿Qué pasa con aquello de la catarsis y los impulsos? ¿Puede el fútbol cohibir su máxima expresión colectiva? ¿Cómo reprimir la danza, la coreografía, los espaldarazos y hasta los besos? ¿Y si se rompe la regla es pecado? ¿Es castigo? ¿Hay maneras de festejar con prudencia? ¿Alguien puede ser prudente cuando en la cancha la sangre hierve?

La expresión del gol es la máxima manifestación del fútbol. Es un ritual que saca a la luz la excentricidad del futbolista, ahoga su pudor y libera su inventiva. Cuando el héroe empuja la pelota a la red pierde toda cordura y toda etiqueta, vuelve a ser el niño que corre sin camiseta por el potrero; primero lo hará solo, esquivando brazos en su locura, pero luego buscará la compañía del crac que anticipó su gol, del defensa que le gritó que no fallara y del arquero que se contorsionó desde el otro lado de la cancha. Los necesitará a todos cerca, apretujados, mejilla con mejilla si es el caso, para que las lágrimas, si las hay, se fundan.

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Necesitará que las manos lo estrechen, lo sacudan y lo palmeen. Hombro con hombro, corazón con corazón. Necesitará el coro en el oído, la G que sale desde las entrañas y se mezcla con la O y se enrolla con la LLLL que no termina para hacer esa música colectiva. Y eso es en un abrir y cerrar de boca, en un ir y venir del llanto feliz, mientras el rival sufre, mientras el narrador decora y mientras el público imita la coreografía en las tribunas, las que ahora están vacías.

Colombia vs Chile antecedentes 15

Un festejo de Falcao García con la Selección. 

Foto:

Óscar Berrocal / EL TIEMPO

No importa que el narciso desfile para que las cámaras lo persigan a él. No importa que la codicia ególatra del artillero lo lleve a inventar una pirueta, cabriola o salto mortal en soledad. Siempre esperará el encuentro con su tropa: su aprobación con aplausos y elogios, el reconocimiento de esos brazos largos y afectivos. Si no, el gol estará un poco incompleto, un poco desamparado. Será como el gol de uno y no de todos. Como un gol de un yo y no de un nosotros. Es como dijo el periodista y escritor chileno Francisco Mouat: “El abrazo es un lenguaje, un idioma”. El idioma del fútbol. Así como el gol es gol en cualquier parte del mundo.

Esa dichosa expresión está ahora limitada por los protocolos para evitar el contagio del covid-19. Es una de las consecuencias que golpean el juego colectivo más popular del planeta. Pero en Alemania, desde que se reanudó el fútbol, se evidenció que si de un gol se trata, lo que gana es el instinto.

Francesco Totti

Francesco Totti, de la Roma, tras anotarle a Lazio decidió celebrar con una 'selfie'.

Foto:

Foto tomada de @officialasroma

Hay abrazos, caricias y hasta besos en la mejilla. Los futbolistas intentan, en lo posible, evadir el carnaval del gol. Algunos quieren ser solistas de este delirio y se ven raros, estirando las manos para crear una barrera invisible, para que su ejército no pase. Para que no se toquen. No parece tan grave, pero lo es. Imaginen que la pelota entra en el último minuto de juego y que ese gol representa una victoria que evade un descenso o que garantiza un título de una liga o de un mundial o de un picado. Entonces no habrá represión de gol.

Los futbolistas ajenos a esa fiesta han visto por TV a sus colegas celebrando goles como para tener una guía o comprobar que para los goles no hay guía, que simplemente los jugadores se expresan, se desinhiben y se dejan llevar por su intuición.

Fue Falcao García, que bien sabe de festejos de gol, el que ya rugió. “Viendo el retorno del fútbol me pregunto: ¿existirá una razón técnica para que no se permita el abrazo en los goles? Durante todo el partido estamos en constante contacto. En un tiro de esquina están los defensores encima de ti, en las barreras están todos juntos”, dijo. La definición del Tigre resultó más certera que un cabezazo en el área.

Sin compostura

Y si festejan solos, ¿se pierde la esencia? ¿Pueden inventar una coreografía sin roces? ¿Se pondrán de moda los codazos amistosos? ¿Que el artista dance y los demás lo aplaudan? ¿Quiere el artista que los demás lo aplaudan a distancia? Y si tampoco hay público, ¿con quién desahogará su alegría? ¿Entonces qué hace, agarrar el balón y festejar con él, a solas, en una esquina? ¿Pueden agarrar el balón? ¿Los castigan si lo hacen? ¿Se contagian?

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El festejo de gol ha sido desde siempre sinónimo de alegría, metáfora de victoria, poesía reunida. En esos instantes de éxtasis los futbolistas no piensan, actúan como en una obra.  Si acaso preparan la escena, aunque el papel que interpretan sea el de su propia intimidad. Como dijo Javier Marías, escritor español: “Una de las cosas más reveladoras del carácter y personalidad de un jugador (y de su equipo, por extensión) es su forma de gritar y celebrar un gol”.

Una de las cosas más reveladoras del carácter y personalidad de un jugador (y de su equipo, por extensión) es su forma de gritar y celebrar un gol

La forma del festejo pertenece a la esencia del gol. Lo complementa. Esa esencia es ver a los futbolistas en su estado de creación: verlos hacer que el guayo parezca teléfono, que arrullan el viento, que alzan un brazo como quien lleva la bandera en la mano.

Verlos imitar un tren o una canoa. Verlos como perritos haciendo travesuras en el banderín o sacudirse como poseídos de pupilas blancas. Verlos embarazarse de pelota. Verlos dibujar corazones con los dedos o dedos como flechas. Verlos mutar en lustradores de botas o a estatuas de cera. Verlos trepar uno encima del otro como si quisieran llegar al cielo. Verlos en pose de modelos o de roqueros.

Cristiano Ronaldo

Cristiano Ronaldo celebra su gol.

Foto:

AFP

Verlos con los brazos como alas para simular que son un avión en aterrizaje forzoso, de panza contra el pasto. Verlos correr a abrazar una abuela en la tribuna (cuando se podía) o correr a proponerle matrimonio a la sorprendida pareja (cuando se podía) o despojarse de la camiseta y tirarla a cualquier parte (cuando se podía). Verlos aletear como gallinas o saltar como conejos. Verlos bailar un reggae o una samba.

Verlos incluso en su estado más primitivo, golpeando, pateando, silenciando una tribuna (cuando tenían a quién silenciar). Verlos meditar, llorar, reír, saltar, con gritos, desmayos y esas cosas de los goles. Es decir, todo lo que nos recuerda que en fútbol no hay festejos sofisticados. Bien lo dijo Juan Villoro: “El gol permite perder la compostura”.

Formas del festejo

¿Es más gol si se abrazan? ¿Es menos gol si no lo hacen? Si no se abrazan, ¿el autor no trasciende? ¿No se recuerda igual? ¿No sale en la TV o sale en blanco y negro? ¿No sale en la prensa o sale como una mancha? ¿Limitará la emoción del narrador? ¿El narrador se limitará a contar el gol y no el festejo? ¿Existe la manera correcta de celebrar? ¿Ya inventaron el protocolo del gol?

Celebraciones icónicas de goles

El jugador italiano Mario Balotelli también es recordado por una de sus celebraciones de gol,

Foto:

Leonhard Foeger / Reuters

No es mito que los futbolistas entrenan sus festejos. Los preparan para no fallar. Algunos, más rigurosos que otros, destinan minutos después de la práctica para eso. Otros improvisan en el camerino o lo acuerdan en el túnel antes de saltar a la cancha. Es un arte que no debería salir mal, aunque salga mal. Incluso los solistas tienen listo su repertorio, como Cristiano Ronaldo cuando salta y golpea el aire con el pecho mientras dibuja con la cara un gesto de superioridad, antes de que sus discípulos corran a su encuentro, o cuando se quita la camiseta al estilo Hulk.

O como Francesco Totti pidiendo un celular en el banquillo para tomarse una selfi con la enardecida afición. Como Roger Milla bailando con el banderín. Como la memorable cabriola de Asprilla. Como Riquelme haciendo el gesto del Topo Gigio. Como Peter Crouch moviéndose con calculados gestos de robot. Como Paul Gascoigne rodeado de dentistas de pantalones cortos. Como Neymar haciendo maromas con el guayo en la cabeza. Como Falcao trepando en el aire para pintar una raya de tigre en el cielo. O como los festejos grupales, la Selección Colombia regando danza por la hierba, con un ritmo frenético que hace vibrar hasta los huesos rivales.

También están los festejos mesurados y no por eso inferiores. Messi pertenece un poco a esa especie. Solo que un gol de Messi trae incorporada la locura. Hay otros que prefieren mirar al cielo, elevar las manos y cerrar los ojos por lo que no se dan cuenta de lo que sucede a sus espaldas. O los que –raras excepciones– casi ni se inmutan, quizá porque le anotan al equipo donde ya jugaron o porque su gol es un consuelo.

Celebraciones icónicas de goles

El delantero argentino del Barcelona, Lionel Messi, celebró el gol de la victoria ante el Real Madrid mostrando su camiseta a la tribuna.

Foto:

Juan Carlos Hidalgo / EFE

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¿Y hay quienes no celebran? Eduardo Galeano contó la historia de un futbolista –no se sabe si era argentino o uruguayo– que cuando hacía un gol agarraba la pelota y desandaba sus pasos, levantando polvo para borrar sus huellas, con la idea de que nadie pudiera imitar su jugada. Así, sin parafernalia, estaba más pendiente de la misión que del ritual.

La manera correcta de celebrar no existe. ¿O sí? Ahora dependerá de la rebeldía de cada futbolista en el momento en que empuja la pelota a la red. ¿Triunfará la precaución, el miedo? ¿Vencerá la irreverencia, la intuición? Cada partido nos recordará que todo gol reclama su propia celebración.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO@PabloRomeroET

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