70 años del fútbol local, en 50 personajes que hicieron historia

70 años del fútbol local, en 50 personajes que hicieron historia

José Orlando Ascencio rinde homenaje a los personajes que hicieron crecer el campeonato colombiano. 

¡Jueguen, muchachos!

Portada del libro "¡Jueguen, muchachos!", escrito por José Orlando Ascencio.

Foto:

Intermedio Editores

Por: DEPORTES
25 de agosto 2018 , 10:26 p.m.

Prólogo:
No resulta fácil distinguir a los mejores futbolistas vistos en nuestros estadios, en los 70 años de vida profesional. Es complicado, aún más, cuando José Orlando Ascencio decide establecer un número curioso de elegidos, apenas 50, con la seguridad absoluta de quedar por fuera de la evaluación muchos que regaron con su sapiencia, genialidad, calidad y sudor las canchas colombianas.

Es probable que usted, amable lector, no tanto discrepe de la lista, sino que añore ver nombres complementarios. Para su tranquilidad y paciencia, puede ser el primer trabajo de esta clase, a la espera de otro próximo.

En la lista, juiciosa y racionalmente realizada por José Orlando, se pueden extrañar nombres como los de Camilo Cervino, jugador del Cali, del América y de Independiente de Avellaneda. O el de Héctor ‘Pibe’ Rial, quien, después de Santa Fe y Nacional de Uruguay, recaló en el Real Madrid. O el del uruguayo Ramón Alberto Villaverde, quien arribó para el Cúcuta, hizo tránsito por Millonarios y fue gran figura en el Barcelona. O Ricardo Pegnotti, un jugador, en su época ‘cardenal’, llamado todoterreno, lo que equivale a un polifuncional de hoy. Y ni hablar de Víctor Ephanor, en Junior. Son nombres de jugadores extranjeros que aportaron en su momento al fútbol de la casa.

Entre los criollos, se extraña a Jaime ‘Charol’ González, a Henry Caicedo, a ‘Canocho’ Echeverry y tantos otros. Por supuesto, es de obligación tener en cuenta las limitaciones de espacio.

Más allá de estas consideraciones, el trabajo sesudo y dedicado de José Orlando es una estupenda contribución a la historia del fútbol colombiano. Es ayudar a reconstruir en la memoria del aficionado-lector los pasajes y recuerdos de futbolistas que ofrecieron sus calidades y condiciones técnicas.

Estas no pretenden, ni mucho menos, atizar una polémica. Es la opinión muy profesional de un periodista de larga trayectoria, quien a pulso, con entusiasmo y dedicación ha conseguido un puesto de reconocimiento.

Para quienes gustamos del fútbol, es un lindo trabajo para ejercitar la memoria y buscar paralelismos con otros jugadores. Un trabajo muy interesante y digno de estar en la bibliografía del fútbol colombiano.

Hernán Peláez Restrepo

Efraín ‘Caimán’ Sánchez: Embajador del fútbol colombiano 
Caiman

Atrapada de lujo del 'Caimán' Sánchez durante el partido de ida contra Perú, en Bogotá, en las eliminatorias al mundial Chile 62.

Foto:

Archivo/EL TIEMPO

Efraín Elías Sánchez Casimiro todavía no era el Caimán cuando apareció por primera vez en la Selección Colombia. Sus compañeros de equipo, entre los que estaban Humberto Picalúa y Gabriel ‘Vigorón’ Mejía, le decían ‘Robapollos’. Pero una charla con René Alejandro Pontoni, figura de la selección de Argentina en el Suramericano de 1947, le cambió el nombre, el apodo y la vida.

Sus apellidos originales no eran Sánchez Casimiro. Su padre, Augusto, había nacido en Curazao y su apellido original era Cjndje, holandés. Su mamá, Clara Anselma, era de Caracas, Venezuela, y su apellido era Emmer, de origen alemán. El Cjndje se convirtió en Sánchez cuando Augusto comenzó a hacer negocios de abarrotes en Barranquilla. Su abogado no podía pronunciar bien el apellido y por similitud fonética le empezaron a decir Sánchez.

La historia del segundo apellido está ligada a su llegada a San Lorenzo de Almagro, en 1948. Pontoni, que lo enfrentó en el Suramericano de Guayaquil, se lo cruzó y le dijo: “Negro, ¿quieres ir a jugar a San Lorenzo?”. Efraín aceptó de inmediato. Apenas tenía 21 años y no había sacado la cédula. Cuando se fue a hacerlo, el registrador, que era amigo de su familia, le puso de segundo apellido Casimiro, que era el nombre de su abuelo materno.

Ya pasó la historia del cambio de los apellidos. ¿En qué momento el Robapollos se volvió el Caimán? Apenas llegó a Argentina, después de 27 horas de vuelo y un tiquete comprado con plata prestada por su papá, un periodista del diario Crítica lo entrevistó. La primera pregunta era su lugar de nacimiento. Cuando le dijo su origen, el periodista se acordó de la famosa canción, y tituló la nota: “El caimán nos lo envían desde Barranquilla”. Así se quedó.

Efraín era de familia de deportistas. Su hermano, José ‘Patón’ Sánchez, era un gran tercera base en el equipo Willard, de Barranquilla. Y el Caimán, que también fue beisbolista, comenzó en Millonarios, un equipo aficionado de la misma ciudad. Ya para esa época había superado la prueba de los grandes atacantes de la época en Barranquilla, que le pateaban una y otra vez cuando todavía era un niño y los arqueros ya se habían cansado. Luego pasó al Caldas y después al Fortuna. De ahí saltó a San Lorenzo, donde terminó desplazando de la formación titular al húngaro Mierko Blazina.

“Blazina me ayudó mucho con secretos en el arco. Y crecí, a tal punto que el público reclamó mi titularidad en el primer equipo. Esta llegó también porque Blazina falló”, le dijo el Caimán a Estéwil Quesada, en 2013.

El paso del Caimán por Argentina apenas duró un año, pero fue suficiente para quedar en la historia. Al año siguiente regresó a Colombia, ahora para el América de Cali. Y luego estuvo en varios equipos del país antes de regresar al fútbol internacional, esta vez, para el Atlas de Guadalajara.

A su regreso a Colombia, en 1960, tuvo un nivel muy bueno, a tal punto que Adolfo Pedernera lo volvió a llamar a la Selección, esta vez, para la eliminatoria para el Mundial de Chile. Quedó en la historia como el primer portero colombiano que jugó una Copa del Mundo. Colombia apenas empezaba a codearse con los grandes. El empate con la Unión Soviética quedó en la historia; pero, al final, el Caimán fue el gran sacrificado: perdieron el partido siguiente 5-0 con Yugoslavia.

Poco a poco, el Caimán empezó a hacer la transición de arquero a entrenador. Dirigió sus primeros partidos en el DIM, y en 1964, en Millonarios, a donde había llegado como portero, terminó a cargo del equipo tras la salida del DT brasileño João Avelino. Bajo su mando, Millos completó el tetracampeonato de Liga.

Pero su momento cumbre como entrenador fue la Copa América de 1975. Fue el primer técnico que llevó a Colombia a una final, tras eliminar a Ecuador, Paraguay y Uruguay. La final fue contra Perú y se fue a tercer partido, en Caracas. Allí, los peruanos, que recuperaron a sus grandes figuras, Teófilo Cubillas y Hugo Sotil, se quedaron con el título.

Abrió el camino para los colombianos en el exterior, así él no hubiera sido el primero en irse: fue Roberto ‘Flaco’ Meléndez, quien en 1939 fue contratado por el Centro Gallego, de Cuba. El Caimán tiene hoy 92 años y todavía destila sabiduría. Como jugador y como técnico, nos abrió el camino y nos enseñó a pensar en grande.

Willington Ortiz: El crac que nació cuando no era
Las estrellas del Deportivo Cali en su cumpleaños 104

Willington Ortiz es recordado por marcar uno de los goles con los que los 'azucareros' vencieron a River Plate en el Monumental.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

El fútbol, bajo los lentes de hoy, con el despliegue en medios y las cámaras que siguen hasta los entrenamientos y llenan de ojos los camerinos por medio de las redes sociales, resultó injusto con Willington José Ortiz Palacio. Nació en la época equivocada, el 26 de marzo de 1952. Hoy en día no alcanzarían los euros para comprarlo.

Pero a Willington nunca le preocupó mucho el dinero. “Lo más importante es querer el fútbol y hacer las cosas bien sin necesidad de que haya un dinero de por medio. La plata llegaba después, pero primero, siempre quería jugar, y hacerlo bien”, dijo alguna vez.

Y así como nació en la época equivocada, también sufrió, al comienzo, por un ojo que no supo verlo. Corto de estatura (1,69 metros) y de piernas cortas, a primera vista no parecía mostrar mayor peligro. Y menos en sus primeros años, en los que, además, era flaquito. Así llegó de su natal Tumaco al América de Cali, a finales de los 60. El técnico de entonces, Ángel Perucca, lo descartó: ni las piernas ni el físico le daban para jugar al fútbol, decía.

Pero algo tenía Willington, que ya había deslumbrado en la Selección juvenil de Nariño y que luego jugó en el Atlético Girardot, cuando esa ciudad era importante para el fútbol aficionado. Pero la puerta cerrada del América, y también en Cali y Pereira, lo hizo volver a Tumaco, a jugar otra vez descalzo, con pelota de trapo, y al mismo tiempo trabajaba en un aserradero. El ojo que le faltó a Perucca sí lo tuvo Jaime Arroyave, tradicional veedor de Millonarios. Se fue hasta Tumaco y se lo llevó a Bogotá, junto con otro delantero que también brillaría, pero en la orilla del frente, la de Santa Fe: Eladio Vásquez.

La gran ciudad fue un gran impacto para Willington. Llegó con su ropa en una caja de cartón y se asustó al ver las escaleras eléctricas del viejo aeropuerto Eldorado, que, cuando llegó a Millos, en 1972, estaban nuevas… Gabriel Ochoa Uribe, el técnico del equipo en esa época y un hombre que sería fundamental en su carrera, lo hizo debutar en un partido amistoso contra el Internacional de Porto Alegre. Y marcó gol.

Con el tiempo, Willington sería fundamental para Millonarios, que con una delantera de tres jóvenes colombianos (Ortiz, Alejandro Brand y Jaime Morón, el famoso BOM), se coronó campeón ese año. Y Willington le sacó jugo a sus virtudes: tenía gambeta, habilidad, centraba bien y también hacía goles. Y sacó goleadores a una gran cantidad de atacantes en Millos: Apolinar Paniagua, Eduardo Andrés Maglioni, Miguel Ángel Converti, Juan José Irigoyen… Le alcanzó, además, para ganar una estrella más con Millonarios, en 1978.

Pero Millos, un día, cayó en crisis. Y para salir de ella tuvo que salir de sus figuras. Willington fue vendido al Deportivo Cali en 1980, en la transferencia más cara de la época: 13 millones de pesos. A él no le consultaron nada…
Pero allá fue a dar. Y fue vestido de verde donde tuvo una de las noches más brillantes de su carrera, en Buenos Aires, frente a un River Plate que tenía ocho jugadores que eran campeones mundiales vigentes. A uno de ellos, el portero Ubaldo Matildo Fillol, lo hizo ver mal, lo gambeteó y le marcó un gol que aún está en la memoria de los hinchas del Cali. Y ya le había hecho uno igual en el Pascual Guerrero.

América lo había rechazado a finales de los 60. Lo tuvo que comprar en 1983, por petición del médico Ochoa. Ya tenía casi 31 años cuando llegó al rojo, pero allí, con mucha más madurez y mucho más lomo, demostró, una vez más, que la raya no era su único hábitat. A pesar de ser bajito, se las arregló para jugar de ‘9’, y hacerlo bien. Y también lo hizo como volante de creación. Y si lo hubieran puesto a jugar de central, de lateral o de arquero, seguramente habría brillado.

Le faltó jugar un Mundial. Hizo todo para llevar a Colombia a Alemania 1974, incluyendo el gol del triunfo en el primer partido oficial que la Selección le ganó a Uruguay en Montevideo. Pero el equipo se quedó afuera por diferencia de goles. Jugó tres eliminatorias más, pero nunca estuvo tan cerca como en ese momento. En 1985 jugó su último partido con la Selección y le entregó el testigo de ídolo a Carlos Valderrama. Se retiró en febrero de 1989. Lástima que no hubiera jugado un añito más, para que lo llevaran a Italia 90. Se lo merecía.

Willington no se reprocha nada. “Lo más importante es que en el tiempo que estuve traté de dar todo lo que tenía para que todos hinchas que fueran a ver a Willington Ortiz, jugando para determinado equipo, dijeran que es un jugador que trabaja para que la gente se divierta”. Y sí que nos divertimos.

JOSÉ ORLANDO ASCENCIO 
SUBEDITOR DE DEPORTES
@Josasc

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