El fútbol femenino: reflejo de una sociedad machista
no es hora de callar
No es hora de callar

El fútbol femenino: reflejo de una sociedad machista

Denuncias de abusos en la selección sub-17 son una muestra de cómo prevalecen las desigualdades.

Fútbol femenino en Colombia

La Dimayor, órgano que rige el fútbol profesional en el país, anunció esta semana que no suspenderá la Liga profesional de fútbol femenino.

Foto:

Mauricio Moreno / Archivo EL TIEMPO

Por: Claudia Yaneth Martínez - Razón Pública
16 de marzo 2019 , 09:39 p.m.

Aprovechando la coyuntura, quisiera referirme a la situación del fútbol femenino en Colombia como un espacio donde se reproducen las relaciones machistas que atraviesan nuestra sociedad. Las denuncias recientes no significan que apenas ahora se estén presentando los abusos contra las futbolistas, sino que apenas ahora ellas se están atreviendo a denunciarlos públicamente.

El 8 de marzo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, una fecha tergiversada cuando se felicita a las mujeres por ser mujeres y se les regalan flores, olvidando la esencia de la conmemoración: la lucha por la igualdad de oportunidades. ¿De qué sirve recibir o regalar flores cuando vivimos en una sociedad donde la desigualdad, el machismo, el sexismo y la violencia de género son el pan de cada día?

Estos escándalos incluyen la denuncia de acoso sexual de Carolina Rozo, fisioterapeuta de la Selección sub-17 femenina, contra Didier Luna, el entrenador del equipo (por estas denuncias, un juez le prohibió a Luna salir del país y acercarse a Rozo). Otro caso sonado fue la denuncia del padre de una de las jugadoras de la sub-17, John Cano, quien manifestó que el preparador físico, Sigifredo Alonso, intentó entrar a la habitación de su hija y abusar sexualmente de ella.

En cualquier sociedad donde se garanticen los derechos de las mujeres, estos hechos causarían gran indignación y se tomarían las acciones pertinentes. Pero los hechos ocurrieron en Colombia, un país donde las mujeres son violentadas a diario y se ha normalizado esta violencia a tal punto que la víctima resulta siendo a menudo la culpable de sus desdichas, y si denuncia, se dice que busca protagonismo.

Realmente, ¿alguien puede imaginar lo difícil que resulta para una mujer hablar y denunciar estos hechos, como para creer que su interés es llamar la atención?

¿Solo para hombres?

Históricamente, el fútbol ha sido un espacio de hombres y para hombres, y en la sociedad colombiana este deporte se considera masculino. Esto implica que las mujeres que se dedican a practicarlo se enfrenten a dificultades culturales y sociales para crecer como deportistas.

Una mujer que juega fútbol de alguna forma se aleja de las características, los comportamientos y las actitudes que se consideran propios de ‘una verdadera mujer’. Esta es una concepción impuesta sobre la feminidad, porque no existe una sola forma de ser mujer, ya que las personas construyen su identidad de acuerdo con las experiencias de su vida.

Se puede ser mujer de muchas maneras, y esto implica que ellas también puedan ser fuertes, valientes, veloces e incisivas, cualidades requeridas para jugar fútbol y otros deportes competitivos.

Se puede ser mujer de muchas maneras, y esto implica que ellas también puedan ser fuertes, valientes, veloces e incisivas, cualidades requeridas para jugar fútbol y otros deportes competitivos

No obstante, las relaciones de poder permanecen y se manifiestan de distintas formas. En el caso del fútbol, quienes tienen el privilegio son los hombres; son ellos quienes juegan a nivel profesional, ganando prestigio y reconocimiento social; son ellos quienes dirigen los clubes y las federaciones, son ellos quienes arbitran los partidos, son ellos quienes ejercen como directores técnicos y preparadores físicos. En fin, son ellos quienes gozan de todos los beneficios que trae este deporte.

Esto no impide que exista una cuota pequeña de mujeres que incursionan en el fútbol –pocas en el caso de Colombia–. Pero los hombres son quienes están legitimados socialmente para jugar fútbol. Por eso, desde pequeños se los estimula con el regalo de su primer balón, con un cupo en una escuela de fútbol y con su primera camiseta de un equipo como pasión.

En el nivel profesional, todos los esfuerzos se dirigen al fútbol masculino
. Este es el fútbol que importa, el talentoso, el que despierta pasión, el que se debe sacar adelante contra viento y marea, el que se debe gestionar y patrocinar, el que permite generar ingresos y el que representa a los colombianos.

El precio de hablar

En el fútbol también se mantiene el orden social en el que el hombre domina, decide y es protagonista y la mujer calla, obedece y está subordinada a las decisiones de su superior masculino. Cuando esto no sucede, tienen que asumir las consecuencias por salirse de lo establecido.

Para entenderlo, pensemos en las palabras del señor Álvaro González, directivo de la Federación Colombiana de Fútbol (FCF), quien afirmó que la Liga femenina iba a ser patrocinada por dos empresas colombianas y una extranjera. Pero después dijo que ya no lo van a hacer por las “denuncias y el escándalo público que ellas mismas motivaron”.

Es como si estuviera diciendo: la culpa es de ustedes por denunciar, la culpa es de ustedes por no permitir que las acosen, la culpa es de ustedes por no callar ante la violencia que sufren. Silencio, silencio, silencio; la mujer debe guardar silencio. Eso es lo que parecen decir –o lo que dicen– las palabras del señor González.

Según este punto de vista, deben callar las mujeres maltratadas por sus esposos, así como las abusadas sexualmente por conocidos o desconocidos, y las que quieren conservar su trabajo y permiten que sus jefes las miren con lujuria, las toquen ‘en broma’ y hagan comentarios sexuales sobre su aspecto. Así es como funciona el abuso de poder: intimida, amenaza, chantajea y desprestigia. Así se mantiene subordinado al que está abajo en la relación de poder.

Eso mismo le sucedió a la fisioterapeuta del equipo, quien tuvo que soportar sobrecarga laboral y el abuso emocional por rechazar las insinuaciones del entrenador. Y a la jugadora que denunció a través de su padre, que por eso no fue convocada al Mundial Sub-17 y, muy probablemente, tendrá que ver cómo se desvanecen sus sueños como futbolista.

También pienso en las jugadoras que no fueron víctimas de acoso y están apoyando al señor Didier Luna en redes sociales. ¿Por qué lo hacen? En este caso, ¿lo mejor no es guardar silencio? Para que haya acoso sexual y laboral no es preciso que el victimario acose a todas las mujeres de su entorno, pues lo hace solo contra aquella por quien siente atracción sexual.

Apoyar al victimario es una muestra de la poca sororidad de las jugadoras. Es decir, de la falta de solidaridad de género. Pero no es la primera vez que se presenta esta falta: es un fenómeno constante en los sitios de trabajo, de estudio o de deporte.

Un ejemplo fue el caso de Daniela Montoya, a quien por exigir la bonificación de 10 millones de pesos prometida por la federación después del Mundial de Canadá 2015 le fue negada la posibilidad de seguir en la Selección y no fue convocada a los Juegos Olímpicos de Río 2016. Sus compañeras no hicieron nada al respecto.

Daniela Montoya

Daniela Montoya (centro), excapitana de la Selección Colombia.

Foto:

Claudia Rubio /CEET

¿Un cambio?

Parece que el fútbol femenino se ha convertido en una piedra en el zapato para la FCF, sobre todo porque algunas mujeres han decidido no callar ante las injusticias. A ninguna organización, empresa o gobierno le conviene que sus miembros exijan sus derechos y se rebelen ante los maltratos, en especial si se desea mantener intactas las relaciones de dominación.

Con las denuncias desaparece el silencio que se espera de una mujer ante la autoridad, la sumisión se deja atrás y, ante eso, quien se encuentra en el poder intenta controlar la situación mediante las amenazas o el castigo. Y eso es lo que está sucediendo con el fútbol profesional femenino, pues como respuesta se han lanzado amenazas de cerrar la Liga femenina –lo que, finalmente, no se han materializado–.

La homofobia y el sexismo son características de algunos de los dirigentes del fútbol profesional en Colombia. En sus acciones podemos ver la cultura del odio reflejada en el deporte. Esto demuestra que el fútbol sigue siendo un espacio de hombres y para hombres, aunque las mujeres hayan incursionado en este ámbito.

Quizá los hechos anteriores permitan que todos los colombianos reflexionen sobre las desigualdades de género que aún existen en todos nuestros espacios sociales, incluidos los deportes y, específicamente, el fútbol, que es nuestro deporte nacional. También es importante comenzar a considerar a las mujeres para ejercer cargos directivos y como entrenadoras.

Concluyo con las palabras de una de las principales estudiosas del fútbol femenino en Brasil, Silvana Goellner, cuando solicitaba que una mujer fuera la directora técnica de la selección brasileña de fútbol: “Cuando me preguntan: ‘¿Por qué una mujer?’, yo les respondo: ‘¿Y por qué no?’ ”.

CLAUDIA YANETH MARTÍNEZ*
Razón Pública

* Trabajadora social de la Universidad Industrial de Santander. Magíster en Ciencias del Movimiento Humano de la Universidade Federal do Rio Grande do Sul. Investigadora en temas de fútbol, mujeres y género.

Razón Pública es un centro de pensamiento sin ánimo de lucro que busca que los mejores analistas tengan más incidencia en la toma de decisiones en Colombia.

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