La tumba de Ayrton Senna, un lugar sagrado que lo mantiene vivo

La tumba de Ayrton Senna, un lugar sagrado que lo mantiene vivo

El cementerio de Morumbí, donde descansan los restos del campeón de F-1, uno de los más visitados.

Ayrton Senna

La tumba de Ayrton Senna es uno de los lugares más visitados por los turistas en Sao Paulo.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

Por: Pablo Romero
22 de junio 2019 , 07:15 p.m.

Uno no quiere pisar, da cierto pudor tener que atravesar el lugar, pasar por encima de tantos desconocidos. Uno no quiere molestar a nadie, como si a alguien allí debajo le importara. Pero no hay atajo, hay que avanzar, unos 60 pasos, con un movimiento a la derecha, otro a la izquierda, un zigzagueo para incomodar lo menos posible.

Hay que llegar al árbol que se alza en todo el centro, único, radiante, y que parece la equis de un tesoro. Ahí, justo ahí al lado, bajo su sombra eterna, y donde se ondea una bandera de Brasil, que bien podría ser una bandera a cuadros, se ve la lápida, es dorada, rectangular, brillante, con el nombre que confirma que este es el lugar: Ayrton Senna da Silva, tumba número 0011.

Es el cementerio de Morumbí, son las 12 del mediodía en São Paulo, Brasil. Hace calor, pero ventea. Todo es silencio. Hasta allí no llegan los bocinazos, no se escuchan gritos, ni voces ni susurros, ni siquiera se sienten los pasos. Allí no suena ni el viento. El aire no trae ecos de ninguna parte, como todos los cementerios, solo que en este descansa Senna, el hombre que vivió del ruido, la velocidad y el estruendo de los motores. No importa cuánta gente vaya a conocer su tumba, allí reina el silencio.

En la entrada, un hombre de bigote blanco y uniforme que revela que es el encargado de la seguridad sale al paso, con cara de pocos amigos. “¿Qué quieren?”, parece decir.

El taxista, que habla portugués, le dice una sola palabra: “Senna”, que suena como un código de entrada. Entonces el hombre cambia la cara, sonríe, “ah, Senna”, y se pone muy cordial, como si le agradara que tanto extranjero visitara la tumba de uno de los mayores ídolos brasileños.

“Certo e depois esquerda (derecha y después izquierda)”, dice, y señala el camino con las manos. No hay forma de perderse entre el sinnúmero de tumbas. Esta, que es especial, se ve a lo lejos, bajo el árbol como equis y junto a la bandera de Brasil.

Ayrton Senna

Es una de las tumbas más cuidadas en el cementerio de Morumbi, en Sao Paulo.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

Allí estamos, pisando sin querer pisar. Lo primero que se ve es una foto de Ayrton Senna, el famoso piloto que fue tres veces campeón de Fórmula Uno. Su mirada está seria, hacia el horizonte, con el uniforme azul y blanco de la escudería Williams, la última en la que estuvo, cuando un accidente fatal le quitó la vida, durante la disputa del Gran Premio de San Marino, en 1994. La foto está protegida por un celofán transparente y agarrada del árbol con una cinta roja. A su lado, hay flores, muchas flores, y banderas, muchas banderitas, de diferentes países, sobresale una de Suiza y varias brasileñas de diferentes tamaños.

–¿Quién deja las banderitas? –le pregunto a uno de los trabajadores del cementerio que pasa cerca como para revisar que todo esté en orden.
–Turistas, muita visita, tudos los días –dice.

Su nombre es Gilno Suoza, un brasileño que hace siete años tiene el mismo oficio, arreglar las tumbas, en especial la de Senna, aunque, confiesa, sin rubor, que no tiene recuerdos del piloto. Solo sabe que fue “único”.

Gilno es joven, no debe tener más de 25 años. No vio correr a Senna. Trabaja de 8 de la mañana a 8 de la noche, doce horas en un cementerio. Cuenta que la tumba de Senna exige mucha atención porque como viene tanto turista, “mucho japonés y mucho colombiano”, el pasto se daña muy rápido, o dejan flores que toca regar, o dejan basuras que toca recoger. Efectivamente, el pasto se ve quemado, aplastado, y hacemos parte de ese aplastamiento.

Gilno dice que es extraño que esa mañana esté tan sola, que todos los días hay turistas y periodistas. Y más por la Copa América. Que dejan alguna flor, se toman fotos y se marchan. Gilno aprovecha que está ahí y ajusta con mucha delicadeza la foto de Senna, que parece movida por el viento o por algún curioso.

A la derecha de la tumba de Ayrton Senna está un tal Flavio Pereira Lalli, y un poco más allá, un tal Fernando Rudge Leite. Gilno, que lleva uniforme verde con cachucha verde, la cual se quita para limpiarse el sudor de la frente, dice que no son celebridades, que son unos desconocidos que tuvieron el privilegio de estar al lado de la tumba de Senna, como si eso importara en este lugar.

La tumba de Senna es diferente a todas por el árbol, por las banderas, y por su lápida dorada, porque las de Flavio y Fernando son viejas y grises. La de Senna, además, dice debajo de sus fechas de vida y muerte (21-03-1960 y 01-05-1994), en letras de relieve: ‘Nada pode me separar do amor de Deus’ (Nada puede separarme del amor de Dios).

La tumba 10, justo al lado de la lápida de Senna, no tiene nombre, es gris y, según Gilno, está vacía. En su superficie solo se ven rastros de cera, que parecen resientes. Esa tumba la usa la familia Senna para prender sus velas cuando vienen de visita.
Gilno se agacha y arregla unas flores amarillas, “estás son orquídeas, y esos son crisantemos, y estas de por acá son artificiales, y esta de acá es un papagayo, así se llama aquí”, dice. Delante de esas flores hay un cartelito blanco con letras negras que dice: ‘Miss you Everyday’ (Te extraño todos los días). Han pasado 25 años y parece que su ausencia aún le pesa a muchos.

Ayrton Senna

En la ciudad hay una avenida que lleva su nombre, es un complejo de túneles donde paradójicamente el límite de velocidad no debe exceder los 50 kilómetros.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO


Alrededor, en otros sectores del cementerio, descansan artistas, políticos, incluso otros deportistas. Gilno dice que ahí cerca está un golero de la selección brasileña, pero en este momento no se acuerda el nombre, porque nadie le pregunta por la tumba del golero de la selección, solo le preguntan por Senna.

–¿Y disfrutas el trabajo?
–Es muito pesado, pero gratificante.

Hablar de Senna en São Paulo es palabra sagrada. Es uno de los mejores en la historia de la Fórmula Uno. En la ciudad hay una avenida que lleva su nombre, es un complejo de túneles donde paradójicamente el límite de velocidad no debe exceder los 50 kilómetros.

También hay un monumento con la figura de un monoplaza, y hasta un mural de 41 metros de altura en el que sobresale la mirada de Senna detrás de su casco, parece la misma mirada que vemos en esa foto que cuelga de un árbol, al lado de un pasto pisado, como si el paso del tiempo hubiera quedado congelado allí, en la tumba 0011, donde descansa el hombre que hizo de la velocidad su vida, su fama y su muerte.

PABLO ROMERO
Enviado especial EL TIEMPO
@PabloRomeroET

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