Maracaná: un templo marcado por la historia, las lágrimas y el fútbol

Maracaná: un templo marcado por la historia, las lágrimas y el fútbol

Allí se vivió el Maracanazo, el triunfo de Uruguay sobre Brasil en la final del Mundial de 1950.

Estadio Maracaná

Estadio Maracaná.

Foto:

AFP

Por: PABLO ROMERO
06 de julio 2019 , 08:10 p.m.

Hay estadios que dan placer recorrerlos, estadios lujosos, modernos, imponentes, también los hay pequeños y acogedores, viejos pero especiales, cada uno con sus vivencias. Pero cuando uno llega al estadio Maracaná de Río de Janeiro tiene que sentir que eso es otra cosa, que es diferente, que la historia recorre la gramilla, que se instala en las tribunas, que se respira en los pasillos. Quizá no a todo mundo le pasa, habrá quienes lo ven como un estadio común y corriente, pero hay otros para los que eso ni siquiera es un estadio, eso se les parece más a un templo.

Si uno es colombiano, uno se para en las tribunas y quiere recordar cómo fue que pateó James Rodríguez en el golazo que le anotó a Uruguay en el Mundial 2014, uno quiere imaginarlo, ver la distancia, el arco, recrear esa euforia por ese gol que fue elegido el mejor de ese mundial, y que fue ahí, en el Maracaná, donde se jugará la final de la Copa América entre Brasil y Perú. Entonces es inevitable preguntar:
–¿En el Maracaná recuerdan el gol de James? –El guía encargado de hacer el recorrido a los visitantes en el estadio abre mucho los ojos, quizá no esperaba que le preguntaran por ese gol.

–¿El gol de James? Creo que fue de lo más bonito que se ha visto aquí en el Maracaná, y eso que yo no estuve en el estadio –dice el guía, se llama Víctor.
En ese momento, un hombre interviene, se mete en la conversación, tiene autoridad para hacerlo: “Yo soy uruguayo, y sí que me acuerdo de ese gol”, dice, con su acento charrúa, y se ríe, porque a su alrededor todo mundo sabe que Uruguay tiene una conexión especial con este estadio.

–¿Y cómo recuerda ese gol?
–Lo de James fue terrible, esa media vuelta y cómo la clavó allá. Perdimos bien. Ahora, si lo patea 10 veces no hace otro igual –dice y suelta la carcajada.

Se llama Rafael Pérez, tiene 49 años, camina con su pequeño hijo, que debe tener unos 6 años, por el borde de la gramilla, la que no se puede tocar. Cada que puede viene al Maracaná, él es de los que piensa que es un templo, por el famoso Maracanazo de 1950, el día más importante de su fútbol, el día en que su selección venció, contra todo pronóstico, a Brasil, ante más de 200.000 personas. De eso los brasileños hablan en voz bajita o no hablan, no se acuerdan o no se quieren acordar, el guía del estadio asegura que los brasileños ni saben que pasó ese día. Pero para un uruguayo, eso es sagrado.

–¿Qué significa el Maracanzo?
–Mirá, el Maracaná se vive desde que uno es chiquito, es nuestro ejemplo. Fue una hazaña increíble: ellos, los brasileños, pensaban que tenían ganado el partido, festejaban con anticipación, y Uruguay les dio vuelta. Eso quedó grabado en la historia de nuestro país. Es lindo venir acá, porque uno viene a una parte de la historia, no de Brasil, sino de Uruguay –dice Rafael mientras le señala a su hijo el arco y el palo al que remató Ghiggia, el autor del gol del 1-2.

La historia del Maracanazo está presente en varios rincones del estadio. En la entrada reposan varios símbolos, como recuerdos de la Copa del Mundo del 2014, y claro, del 58. Hay emblemas como la réplica de la camiseta celeste que usó Uruguay aquel día, también la de Brasil, que era blanca y que desde ese momento quedó prohibida. “Hace poco vi que la volvieron a sacar, pero en un partido contra Bolivia. Si juegan contra Uruguay, no son capaces”, dice Rafael, y a su alrededor hay risas.

Además hay una copia del programa oficial de ese partido, una boleta de entrada, que debe ser un tesoro para cualquier uruguayo, y diferentes postales, todo en vitrinas, y detrás, una foto grande en blanco y negro que muestra las tribunas del Maracaná, tribunas que ese día eran una fiesta y por las que luego rodó una cascada de lágrimas. “A los uruguayos después les daba lástima, porque la gente lloraba. Les habían arruinado el pastel”, dice Rafael.

Una silla en Maracaná

Maracaná es un estadio majestuoso por donde se le mire, silletería espléndida, cancha impecable, enormes tribunas, esa forma esférica tan única, esa mezcla entre antigüedad y modernidad, que ha albergado dos finales del Mundial, la del 50 y la del 2014. Son 240.000 metros cuadrados construidos, 5.000 toneladas pesa la estructura metálica. Hoy tiene capacidad oficial para 78.838 personas, todas cómodas, todas sentadas en sus asientos amarillos y azules impecables.

Un asiento en el Maracaná es como un asiento en un palacio. Es un lujo estar ahí, sobre todo cuando el asiento es propio. Es el caso de Juárez Carvalho, un brasileño que es uno de los que puede decir que es dueño de una silla en el Maracaná. Cuenta que antes del Mundial de 1950, para recoger dinero y reformar el escenario, pusieron a la venta alrededor de 5.000 sillas de manera vitalicia, que podrían ser heredadas o vendidas. “La venta se hizo a través de un anuncio en el periódico, como comprar un apartamento. Su valor ascendía a unos cinco mil dólares. Nosotros compramos dos en 1977 a un ingeniero”, cuenta Juárez, que desde 1958 va a ese estadio con su padre, pero cuando él murió, decidió que las dos sillas se quedarían en la familia, y serían para sus hijos gemelos, Thiago y Gabriel, uno es hincha de Botafogo y el otro le salió de Flamengo.

–Y si son dos sillas, ¿a cuál de los dos lleva a la final de la Copa América?
–A la final irán los dos juntos, como cuando iba con mi papá.

El Maracaná se ha ido transformando, ha tenido tres remodelaciones, en 2000, 2007 y 2013. Víctor, que lleva ropa con insignias del Maracaná y un micrófono para hacerse escuchar, cuenta que hace muchos años el estadio estaba muy deteriorado porque el público se orinaba en las tribunas, ya que por la multitud no había forma de ir a los baños. Además, dice que en el pasado la gente se amontonaba para ver los partidos, de hecho, para el Maracanazo la asistencia oficial fue de 199.854 personas, aunque se dice que pasaban los 200.000. Sin embargo, el récord de asistencia lo tiene un concierto, el de la banda de rock Kiss, en 1983, con 250.000 personas, además, el primer concierto que se hizo aquí fue el de Frank Sinatra. El estadio ha recibido visitas memorables, desde el papa Juan Pablo II hasta la reina Isabel II.

Y si uno pregunta por los partidos más vibrantes, cada quien tiene su opinión; para los extranjeros, fue el Maracanazo, o la otra final del mundo entre Alemania y Argentina en 2014, para los colombianos será el triunfo de Colombia sobre Uruguay. Pero si se le pregunta a un brasileño como Víctor, la respuesta es otra. “El partido más importante que se hace aquí es el Flamengo contra Vasco da Gama, ese es el clásico del Maracaná”, afirma, como si no quisiera hablar más del Maracanazo.

Rafael, el uruguayo, se ríe y dice que no, que la historia es más importante.
–¿Y usted cree que los brasileños aún le dan importancia al Maracanazo?

–Ja, con decirle que en la final de la Copa América de 1989 que ganó Brasil, el arquero Barbosa (el de 1950) fue a la concentración y no lo dejaron entrar, porque era mala suerte, es que eso fue una desgracia para ellos. Pero creo que desde ese día, los brasileños son más humildes.

PABLO ROMERO
Enviado Especial de EL TIEMPO
En Twitter: @PabloRomeroET

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