Escuelas de samba, una pasión tan grande como en el fútbol

Escuelas de samba, una pasión tan grande como en el fútbol

Se preparan todo el año para llegar al Carnaval, que es como su mundial.

Samba

Fredy, Carolina y César, tres colombianos alentando a la escuela Sao Clemente, en el Sambódromo, durante el pasado Carnaval de Río de Janeiro.

Foto:

Archivo particular

Por: PABLO ROMERO
04 de julio 2019 , 08:46 a.m.

Los torcedores exhiben sus camisetas de amarillo y azul, el escudo del club está presente en la ropa y pintado por todo el escenario, tiene cuatro estrellas, cuatro títulos de campeón. La gente va llegando en cantidades, mujeres y hombres, incluso niños; dicen que tienen un himno, que tienen canciones propias, que esto es una pasión, que tuercen por el Tijuca, que es un amor, un estilo de vida; dicen que es algo que les corre por la sangre a los cariocas, que los hace agitar los brazos, liberar las tensiones y mover los pies. Esta podría ser una tarde de fútbol en el Maracaná, pero no, esta es una tarde de samba.

Son las 4 de la tarde. Dos hombres vestidos de negro, traje y gafas oscuras, altos, fornidos y malencarados están en la entrada, hacen la requisa. Un aviso que señala ‘prohibido armas’ está pegado en la pared. Pero por si las dudas, los hombres de negro revisan a todo el mundo. Hay que pagar 20 reales para entrar, otros 20 para comer. Adentro, la música suena duro y hay baile. Las mujeres llevan atuendos coloridos, estampados de flores, se ven maquilladas y muy bien peinadas. Todas llevan tacones y sus bolsos, sus aretes y sus collares, y muchas, realmente muchas, están tatuadas. Los hombres, al contrario, andan en short y esqueletos, o con camisetas de fútbol, de Flamengo, Fluminense o Vasco da Gama. Muchos también llevan distintivos de su club de samba, que en realidad se llama escuela; esta, en la que está por comenzar una jornada frenética de baile, se llama Unidos da Tijuca. Los torcedores de Tijuca cuelgan unas banderas en las tribunas, piden cervezas, muchas cervezas, canecas llenas de cerveza entre hielo, y entonces, cuando las cervezas frías hacen efecto, bailan, bailan samba, es la música popular carioca, la música del pueblo.

Samba

Mujeres cariocas en pleno baile de samba, durante una actividad de la escuela de samba Unidos da Tijuca, en Río.

Foto:

César Giraldo

Siete músicos pasan al frente en una tarima. Hay tambores, pandeiro, percusión, guitarra. Una vocalista enorme, en vestido negro y de pelo abundante agarra el micrófono y empieza su tonada, el tambor golpea mientras su voz melodiosa canta, son letras de amor, pero sobre todo, de desamor; son letras de reivindicación de la raza, de la música, de la cultura. Y el ritmo es frenético, ya hay unas 500 personas que empiezan a levantar sus pies, como dando unos salticos, agitan la cadera, izquierda, derecha, saltico, tambores, cuerpos morenos que bailan, en parejas o solos, no importa, el caso es moverse, pero moverse bien, claro está, aquí no hay principiantes, aquí se baila samba carioca, original, con un estilo único, con una cadencia propia.
“Esto es maravilloso. Esto es toda mi vida, una tradición, no sé cómo explicarlo, pero es lo más importante para mí. Muero de pasión por esta escuela y por la samba”, dice Ivone Barreto, una mujer morena, alta, con ropa colorida y sombrero blanco. Y mientras habla, sigue bailando, no se puede detener.

Paulo Roberto debe tener unos 65 años, cabello blanco, lleva gafas y una cámara fotográfica que le cuelga del cuello. Su camiseta amarilla está dividida, de un lado tiene los símbolos del Tijuca, amarillo y azul, la escuela de samba que organiza el evento y que tiene en su escudo un pavo real; del otro, los colores y los emblemas del club de fútbol Vasco da Gama, uno de los más populares en Río de Janeiro. El hombre toma cerveza con amigos, ríe, agita los brazos, baila de vez en cuando; parece uno de los veteranos de estas reuniones.

“La escuela es la vida. Acá tengo muchos amigos. Aunque yo soy de Vasco, ¡lo más importante es Vasco!”, aclara el hombre, quien divide sus pasiones entre fútbol y samba.

El mundial de samba

Un joven de piel morena, muy flaco, en pantaloneta y camiseta deportiva de la NBA, como muchos de los visitantes al evento, danza, está incontrolable, la gente lo mira, sus amigos lo animan para que no se detenga, mueve sus pies al ritmo de los tambores, uno adelante, uno atrás, zarandea los hombros y la cintura, sonríe, y parece que hasta su pelo a ras también baila. “Esto es alegría. Bailar samba es mi vida”, dice y no deja de moverse, no se puede contener, la música lo domina. “Para bailar samba hay que sentir el tambor, el género, y disfrutarlo”, asegura, y sin duda lo siente, lo disfruta.

Samba

Paulo Roberto, un carioca con la camiseta de la escuela Tijuca y con emblemas de Vasco.

Foto:

César Giraldo

A este evento se le conoce como una Feijoada. Una combinación de la música samba con el popular plato carioca (carne de cerdo, tocino, chorizo, arroz blanco y farofa, que es una harina), que se sirve en abundancia. El evento se organiza el último domingo de cada mes y es para recoger fondos, ya que esta escuela prepara su próxima competencia oficial, su ‘mundial de fútbol’: el Carnaval de Río. Queda mucho tiempo aún, hasta el otro año, pero esta ya es su pretemporada.

¿Samba como el fútbol?

Samba es mucho más que baile. Los cariocas son realmente apasionados por esta cultura, que se asemeja a una competición deportiva. Hasta el año pasado eran 14 escuelas en la división principal, ahora pretenden que sean 12, y hay otras tantas en serie A, y de ahí para abajo hay serie B y serie C. Las escuelas nacen y crecen en los barrios populares de Río, allí se organizan, se expanden, con tanto fervor que cautivan aficionados, torcedores, en otras partes de la ciudad, incluso, de otros países. César y Carolina son una pareja de colombianos, llevan cuatro años y medio en Río, son fanáticos del club de fútbol Botafogo, pero también de Sao Clemente, una de las escuelas de samba que en el último carnaval ocupó el puesto 12, casi se van al descenso, y cuyos colores son el amarillo y el negro.

–¿Por qué a un colombiano lo puede cautivar este ritmo?

–Es inevitable vivir en Río y no apasionarse por la samba. Cuando conoces más a los cariocas, te das cuenta de que es mucho más que música, es una forma de ver y vivir la vida, es el motivo para reunirse, es una forma de relacionarse con los otros y es un sentimiento que se hereda. Nosotros empezamos a ir a rodas de samba en los barrios, a bares típicos de samba y, claro, a los ensayos de las escuelas, hasta que pudimos desfilar en una; fue una experiencia única –dice Carolina.

Estas escuelas son lo más parecido a un club de fútbol. Tienen escenarios de ensayo, torcidas gigantescas, apasionadas, reciben dineros públicos para sostenerse, salen en la prensa, se presentan cada año en un escenario majestuoso, conocido como el Sambódromo, una avenida de desfile con imponentes tribunas a lado y lado, y que abre sus puertas para el Carnaval de Río, en un evento lleno de color y que recibe a multitudes. Incluso, las escuelas hacen contrataciones, como cuando fichan al director técnico de coreografías, o a la reina, que será decisiva en la competición. La reina es el símbolo principal, tiene que ser bella y, por supuesto, bailar samba. Para algunos, siguiendo con la analogía, la reina es como Neymar, aunque la reina es más querida que Neymar. Cada año, unas escuelas principales luchan por el título y otras, por no descender de categoría. Un descenso en una competición de samba es una tragedia, una catástrofe. Un título se celebra con euforia. El día que se conoce el campeón, la gente se reúne en los barrios para seguir las transmisiones en directo. Río se paraliza.

–¿Considera que esto se parece al fútbol?– César, el colombiano, jeans cortos, camiseta y gafas, no lo duda un instante.

–Yo sí creo que hay muchas similitudes. Hay tradición, identidad. Ser seguidor, ‘torcer’ por una escuela, es como ser hincha de un equipo de fútbol. Las escuelas son de barrios tradicionales cariocas, con una historia muy larga, y juegan su ‘final’ en el sambódromo una vez por año. Pueden caer a segunda división a ascender. Tienen sus colores, sus banderas. La samba enredo (que es la canción que acompaña en el desfile) es diferente todos los años, y los seguidores de cada escuela la cantan con pasión. Decir ‘soy tijucano’, ‘soy portelense’ o ‘soy clementiano’ es tan común y normal como decir ‘soy vascaíno’ o ‘soy botafoguense’.

No todos piensan igual. Paulo Roberto, ya con unas cervezas de más en la cabeza, más alegre y risueño, dice que estas son dos pasiones muy importantes, pero diferentes. “La samba es alegría, diversión; ¿pero el fútbol? el fútbol es la guerra”, asegura y se pierde entre la multitud, cerveza en mano, se mueve al son de los tambores.

PABLO ROMERO
Enviado especial de EL TIEMPO
En Twitter: @PabloRomeroET

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