La admiración por James no tiene nacionalidad

La admiración por James no tiene nacionalidad

Aficionados venezolanos llegaron a Brasil solo para ver de cerca al 10 de la Selección Colombia.

Venezolanos hinchas de James

Jeha Noguera es una venezolana que llegó a Salvador de Bahía para cumplirle el sueño a su pequeño primo de conocer a James Rodríguez.

Foto:

Carlos Ortega / Enviado especial de EL TIEMPO

Por: Pablo Romero
19 de junio 2019 , 12:11 a.m.

Conocer a James Rodríguez es el sueño de muchos no solo en Colombia, sino en el mundo. Durante la Copa América en Brasil, son muchos los hinchas que anhelan una foto con él, conocerlo, al menos verlo de cerca, darle un saludo a la distancia o verlo jugar en vivo y en directo. Es la historia de Jeha Noguera, una venezolana que llegó a Salvador de Bahía para cumplirle el sueño a su pequeño primo de conocer al 10 de la Selección, su gran ídolo.


A Jeah no le gusta el fútbol, no le apasiona, pero la Copa América era un buen pretexto para sorprender a su primo de 13 años, un niño con discapacidad cognitiva. “Al nacer tuvo falta de oxígeno en el cerebro”, dice ella, que se ha convertido en su ángel guardián. Y, como los ángeles cumplen sueños, le dio la sorpresa una mañana, cuando le dijo: “Primito, nos vamos para Brasil, vale”. Él no le creía, pensó que era una broma, pero su prima mayor no es de hacerle bromas. “¿A Brasil?, ¿a la Copa América? Allá va a estar Colombia, y James. ¿A qué partido vamos? ¿A qué ciudad?”. El sueño cumplido era doble porque, además de ir a la Copa, efectivamente los tiquetes y las entradas eran para ir a Salvador de Bahía, y ver el partido en el Arena Fontenova entre la Selección Colombia y Argentina. “¿Es en serio?”, dijo él, emocionado porque el fútbol es su gran pasión y James, su futbolista preferido. Pero, además, iban a ir a ver a Juan Guillermo Cuadrado y a Falcao García, sus otros ídolos futbolísticos, aunque por detrás de James.


–¿Y por qué le gusta Colombia y no Venezuela, si Venezuela viene creciendo mucho en fútbol? –preguntamos. La respuesta no demoró un segundo, los dos contestaron al mismo tiempo; se pisaron las voces, la de él es suave, delicada, tímida, casi inaudible, pero la de ella es fuerte, de un tono alto.

–¡Por James!

Sueño cumplido

Es domingo. Caminan de la mano por las calles de Salvador de Bahía; ella no lo descuida un segundo. Se divierten. Él patea piedras en la calle, las que se encuentra mientras recorren el centro histórico de Bahía, como si pateara balones de fútbol. Lleva su camiseta de la Selección Colombia, la azul con salmón, la que viste con orgullo y que, según cuenta, se la regaló un youtuber colombiano cuyo nombre no recuerda. Se toman fotos en cada esquina, compran artículos locales, miran el paisaje, el mar. Ascienden en el elevador Lacerda, uno de los lugares turísticos más importantes de Salvador, que conecta la ciudad con el centro histórico. Hay colombianos, muchos; van y vienen. Jeah y su primo se sienten parte de esa fanaticada. Nadie sospecha que son venezolanos, pero si lo supieran, igual habría abrazos fraternos. Los hinchas colombianos estaban de fiesta ese día luego del triunfo contra Argentina de Messi, 2-0.

Jeah y su primo fueron testigos de la victoria. El sábado llegaron muy temprano al estadio, se sentían perdidos en la majestuosidad del escenario. Él no lo podía creer; su sonrisa, que siempre la tiene intacta, idéntica, noble y amigable, era más expresiva. Estaba fascinado, y más cuando vio salir a la cancha a los jugadores de Colombia: los pelitos erizados, los nervios lo atraparon, como si él fuera el que estuviera a punto de hacer rodar la pelota. Y ahí lo vio, a James, al 10 de Colombia, a su ídolo, al jugador que disfruta viendo por televisión cada que tiene la oportunidad, lo sigue durante su carrera en el Real Madrid y en el Bayern Múnich: “Juega muy bien”, dice. Un beso y un abrazo a su prima mayor no eran suficientes para agradecerle por esa oportunidad. Faltaban los goles, que Colombia ganara y que James anotara. No anotó, pero no fue necesario para que él se fuera satisfecho.

–¿Y no quería ver a Messi?

–No, a Messi no, a James –dice él con sus escasas palabras, mientras patea otra piedrita en el camino y se acomoda sus gafas.

–¿Y le faltó algo para completar el viaje?

–Quería tomarme una foto con James, pero no pude –dice, y solo entonces su mirada se apaga.

Su prima lo mira con ternura, lo guía, lo complace en todo, le hace pintar los brazos con símbolos propios de los bahianos. Ella conoce menos de James, pero ha aprendido con su primo experto. Dice que se quedaron en un hotel cerca a la sede del equipo, que incluso ahí estaba la familia de Falcao, pero igual fue imposible acceder al jugador, verlo de cerca.

“Hubiéramos querido ir a los otros partidos, vale, a ver si lográbamos la foto con James, pero es imposible; solo pudimos venir a este, es que acá es muy costoso. Por ejemplo, ir a Río de Janeiro vale mucho dinero. Aunque quedamos fascinados en Salvador de Bahía”, dice ella que lleva en sus manos una bandera de Brasil. Pero no importa, están viviendo un sueño. Y lo mejor de todo es que pudieron ver a la Selección derrotar a Argentina en un partidazo que no olvidarán, y vieron a James en la cancha, no tan cerca como quisieran, pero no tan lejos.

“Me gustó ver también a los otros jugadores de Colombia, a Cuadrado y a Falcao que también son muy buenos”, dice él, y al fin se suelta, toma confianza para hablar de fútbol, de su pasión. Entonces ella interrumpe: “Cuando llegamos al hotel después del partido de Colombia, lo estaban repitiendo, así que él se lo volvió a ver todo. Es un apasionado. Ojalá algún día le pueda cumplir el otro sueño, que conozca a James, vale”.

Pablo Romero
Enviado especial de EL TIEMPO
@PabloRomeroET

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