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Sandra Lorena, la medallista olímpica a la que no le gustaba la marcha
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Sandra Arenas: Medalla de plata
Sandra Arenas

Archivo / EL TIEMPO

Sandra Lorena, la medallista olímpica a la que no le gustaba la marcha

Fue plata en los 20 kilómetros de la marcha en los Olímpicos de Tokio. 

Sandra Lorena Arenas se demoró en el entrenamiento que realizaba en el estadio ‘Nido de pájaros’ de Pekín (China).

Caía la tarde y la marchista nacional preparaba su participación en los 20 km del Mundial de Atletismo del 2015. A su lado estaba Caterine Ibargüen, la estrella del salto triple, quien invitó a su compañera del seleccionado nacional a regresarse al hotel.

Arenas le dijo que no podía, que se demoraba un poco. Ibargüen cogió su maleta y se fue. Sandra Lorena, quien se convirtió en la primera deportista colombiana en lograr su cupo para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y que obtuvo la medalla de plata en las justas, le dijo en tono de broma que hiciera el arroz. Ibargüen se negó.

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Cuando Arenas llegó al hotel, entró a la habitación y allí estaba su compañera. Caterine la recibió con los brazos abiertos, sonriente –como siempre–, le daba besos, la abrazaba y le dijo: “Sandra, ríete ahora porque cuando te cuente lo que pasó no lo seguirás haciendo”. Lorena la miró extrañada: no sabía que Ibargüen sí intentó hacer el arroz, pero metió el cable por debajo de la olla y quemó la resistencia de reverbero.

El humo inundó la habitación y el piso; la energía se fue. El estruendo fue tan fuerte que en un par de minutos llegaron al sitio los encargados de la seguridad. Caterine, nerviosa, metió la olla debajo de la cama y les dijo que no sabía qué había pasado.

“Caterine, me dejaste sin comida y todavía me faltan dos días para la competencia”, dijo Sandra.

El asunto era muy delicado. Arenas era carta colombiana para luchar por un puesto de avanzada en la carrera, pero sin comer era difícil.

Ella sufre con la comida cuando tiene que competir en países de Asia, ya que no se acomoda fácil a esa alimentación, por lo que en su maleta siempre lleva arroz, pasta, atún o fríjoles enlatados; también, la olla para cocinar y poder comer.

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Cuando se percató del problema, Arenas intentó cocinar en la cafetera del cuarto, pero fue imposible. Se le quemó el arroz. Ambas salieron corriendo a otro cuarto, cambiaron la olleta y, por fin, pudieron cocinar.

“No puedo con esas comidas, con esas salsas; por eso siempre llevo mi mercado. Pasé momentos de angustia, puesto que en esos países es fácil enfermarse y no puedo dar esa opción. Tengo que competir y ganar, ese es el sacrificio que siempre hago”, le contó la marchista risaraldense a EL TIEMPO.

Sandra Arenas, atleta colombiana.

Foto:

Diego Pineda

No quería el atletismo

Sandra Lorena llegó al atletismo de carambola. Era acólita. Se estaba preparando para su confirmación. Le ayudaba al padre Jhonatan Darío García en la parroquia en Calarcá, Quindío.

En esa población programaron una carrera, y ella hizo parte del lote de competidores en el que el sacerdote la vio correr. A él le gustaba mucho el deporte, tanto que hasta estudió licenciatura en educación física.

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Después de la prueba, García habló con Sandra y le dijo que siguiera en el deporte, pero la propuesta no le interesó. Solo tenía 14 años.

En el 2009, se fue a vivir a Medellín, donde el sacerdote le insistió que fuera a la Liga de Atletismo porque allá apoyaban mucho el deporte, y de algo le podría servir. Pero de nada le valió, pues Sandra Lorena tenía otros planes.

Entró a estudiar en el colegio Santa Teresa. Un día vio a una de las alumnas con el uniforme del Índer Medellín, se le acercó y le dijo que si la podía llevar a la pista de atletismo. Cuadraron el momento y, luego del aval de sus padres, José Otoniel y María, Sandra asistió a un entrenamiento.

Llegó a la pista y habló con el técnico del fondo y semifondo, Libardo Hoyos, quien le advirtió que si quería asistir a los entrenamientos, debía hacerlo a diario, o si no que no volviera.

Ella se sorprendió, pero aceptó la propuesta. En ese momento no sabía qué era la marcha y se dedicó a entrenar los 5.000 metros.

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Sandra Arenas y Éider Arevalo, atletas colombianos.

Foto:

Tomado de @EiderArevalo

Tres meses después y antes de un entrenamiento, Sandra imitó a Jhon Éider, uno de los marchistas del grupo, y este le comentó a Hoyos. El DT, de inmediato, puso a marchar al resto de los atletas. Aunque a Sandra no le llamó la atención, no hubo vuelta atrás: Libardo le dijo que se quedara ahí y le nombró como tutor a Juan Camilo Calderón, un muchacho que para la época hasta le ayudaba con las tareas del colegio.

La primera competencia de Arenas fue un clasificatorio al departamental de atletismo. Logró el cupo. La final fue en Santa Rosa de Osos, donde ganó y se quedó en la marcha. Ahí empezó su victoriosa historia.

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En ese 2009, en el colegio, el profesor de educación física prendió el televisor y les dejó ver a sus alumnos la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, pero Sandra ni puso atención. No sabía que tres años después, en Londres 2012, ella sería protagonista de los Juegos Olímpicos.

La vida de Sandra Lorena Arenas no ha sido fácil. Nació en Pereira el 17 de septiembre de 1993. Se levantó en el campo con sus hermanos tres hermanos: José, Julián Andrés y Diana Marcela.

Sus padres siempre vivieron en fincas. La primera de la que tiene grandes recuerdos estaba ubicada en la vereda El Chocho, a 30 minutos de la capital de Risaralda. Sin embargo, cuando ella cumplió 5 años, la familia se fue para el Quindío.

Sandra Arenas, de azul y con gafas, era la carta colombiana en esta prueba.

Foto:

Lisandro Rengifo / EL TIEMPO

Allá, a la par con el estudio, a los hermanos Arenas Campuzano les tocaba ayudarles a sus padres en el trabajo. Sandra recogía café, barría el patio, lavaba las cocheras de los marranos y hasta atendía partos de esos animales.

“La primera vez que estuve en un parto dejé de comer carne como un mes. Corté el cordón umbilical y los dientes de los animalitos, porque vienen con mucho filo y puede herir las ubres de las mamás”, explica la atleta.

Durante su infancia estudió en varias escuelas rurales. Cambió mucho por dos razones. La primera, sus padres fueron contratados en diferentes fincas y debía estudiar cerca de su casa. En ocasiones, Sandra tuvo que caminar hasta 5 kilómetros de ida y vuelta para ir a clase.

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La segunda tiene que ver con su temperamento, que poco la ayudaba. La campeona mundial juvenil en Saranks (Rusia) de los 10 km en el 2012 no se dejaba, daba la pelea, se enfrentaba a los hombres, era inquieta, cansona. A José Otoniel y María varias veces les tocó ir a la escuela para poner la cara y hablar del comportamiento de su hija.

“Soy de mal genio, y eso me ha servido para mi carrera porque es un impulso. No le hago daño a nadie; la ira la utilizo para que me vaya bien, para aguantar, es un combustible de motivación”, compartió.

Terminó el bachillerato en el Instituto Ferrini, de Medellín. Salió del colegio Santa Teresa porque en el otro claustro le ofrecieron la opción de entrenar y le pagaban el estudio. En el 2011, después de graduarse, Hoyos le dijo que debía estudiar algo más, una carrera profesional.

“Mire, Sandra, el deporte no dura toda la vida, por eso hay que prepararse”, le dijo el DT. Entonces, ella se matriculó en licenciatura en educación física en el Politécnico Jaime Isaza. Hizo cinco semestres, pero le tocó parar; tomó una buena decisión en su vida: instalarse en Bogotá. En estos días se volverá a matricular.

Sandra Arenas y parte de su familia.

Foto:

Instagram Sandra Arenas

Lo pensó mucho y tomó la determinación de ir a la capital del país porque tenía que integrar un grupo en el que se entrenara solo marcha. En Bogotá estaba 'la mata' de esa disciplina.

No fue fácil para ella dejar la familia y el estudio, pero le tocó. Hoy no se arrepiente porque ya bajó su marca, de una hora y 30 minutos, a una hora y 28 minutos.

Vive sola, sin su familia, en una casa que comparte con Marcelino Pastrana, uno de los integrantes del cuerpo técnico de los marchistas.

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Colecciona las medallas que gana. Según cuenta, en su casa en Medellín tiene más de 100, entre ellas la que obtuvo en Calarcá, en esa primera carrera.

Haber conseguido la marca para los Olímpicos del 2020 fue importante para ella, porque no tuvo que preocuparse por el cupo. Y no solo lo consiguió, sino que de paso se llevó una histórica obtención de la medalla de plata.

Arenas trabajó en busca de mejor forma para asaltar su participación en Tokio, donde volvió a llevar el reverbero, la olla, el arroz, atún y latas de fríjoles. Debía cocinar y comer bien para conseguir este podio olímpico, su mayor ilusión y por lo que trabaja tan fuerte.

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Lisandro Rengifo
Redacción de EL TIEMPO
@lisandroabel

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