Venezuela: de potencia petrolera a país fantasma

Venezuela: de potencia petrolera a país fantasma

La desolación se apodera de las aulas, se siente en las oficinas y se cuela por los comercios.

Universidad venezuela

Así luce un aula de clases de la Universidad Católica Santa Rosa en Caracas, Venezuela.

Foto:

Gustavo Bandres

Por: Mirelis Morales Tovar
@mi_mo_to
23 de marzo 2018 , 07:25 p.m.

Todos se van. El primo. La vecina. El médico. Todos. Venezuela vive una estampida, que no hay cómo detener. Es un país entero que se vuelca a las fronteras para salvarse de la escasez, de la inseguridad y de una hiperinflación que pulveriza los sueldos, dejando que la soledad gane terreno en un país que otrora fuera una gran potencia petrolera y el mayor receptor de emigrantes en América Latina.

“El país fantasma… Así se siente cuando llegas al doctor y no hay pacientes, a la farmacia y no hay nadie, al colegio y cada vez son menos. Cualquier espacio que frecuentes se te hace más ajeno”, escribió Viviana Ibarra, publicista 37 años, en su muro de Facebook el pasado 5 de febrero. Ese día tuvo la sensación de sentirse sola en la capital, según cuenta. “Pasamos de las colas insufribles a la desolación. Todos se van”, afirma. “No me quiero ir, pero siento que el país nos está botando”

No me quiero ir, pero siento que el país nos está botando

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017 –realizada por la Universidad Simón Bolívar, la Universidad Central y la Católica Andrés Bello-, calcula que entre 2012 y 2017 emigraron al exterior algo más de 815 mil personas. Un cálculo que sumado a las cifras de la ONU para 2015, permite decir que la diáspora en ese tiempo se ubicó en un millón 421 mil personas. En total, se habla que la migración venezolana está entre 4,7% y 5,4% de la población del país. Y la proyección migratoria no resulta alentadora. El último estudio de la encuestadora Datos Group, publicado el pasado 5 de marzo, reveló que 4 de cada 10 venezolanos tiene planes de emigrar en los próximos 12 meses para huir de la crisis económica.

El éxodo se ha ido adueñado de la cotidianidad del venezolano. Está presente en las conversaciones de todos los días. En los programas de radio que promocionan gestores de visa a Estados Unidos. En las vallas publicitarias que ofrecen servicio de mudanza internacional. En las largas filas a las afueras de los consulados. En el colapso del sistema en línea del Ministerio de Relaciones Exteriores para solicitar una cita a fin de apostillar un documento. En el desespero por conseguir un pasaporte, incluso a costa de pagar hasta 100 dólares para agilizarlo.

Un dato de la encuestadora Datanálisis lo confirma: según Luis Vicente León, directivo de la firma, el porcentaje de residentes que están haciendo trámites o búsquedas de información o contactos para emigrar subió de 12% en 2015 a 35% en 2017.

Con el dolor de mi alma, prefiero que estén fuera de Venezuela

A esta altura, el fenómeno de la emigración ya no es ajeno a ninguna familia venezolana. El año pasado se reportaron en promedio 1,3 emigrantes por hogares, según datos de la Encovi. Así que todos –sin excepción- han tenido que vivir de cerca el dolor que dejan las despedidas. Incluso más de una vez. A Mirtha Rojas, comerciante 65 años, le cuesta hablar del tema. Basta preguntarle por sus hijos para que se le quiebra la voz. Los cuatro están fuera del país. Dos en Europa. Dos en Suramérica. Tiene cuatro nietos a quienes ha visto crecer a distancia. Su casa le quedó grande. Está llena de ausencia, nostalgia y recuerdos.

“Cuando mi hija mayor se fue, el dólar estaba en 4,3 bolívares y podíamos viajar. Yo estuve con ella cuando nacieron mis nietos. No sentía que estaba lejos”, cuenta. “Cuando partió el varón, al principio iba a estudiar. Así que dije: él va y viene. Después se quedó. Pero cuando emigró mi segunda hija con mi nieta fue muy duro. Sentí como si me arrancaran algo de mi vida cotidiana. (Pausa) Y al irse la pequeña, también. Porque era la consentida (pausa). Pero con el dolor de mi alma, prefiero que estén fuera de Venezuela”.

Las familias venezolanas, al principio, se despidieron de los hijos, de los nietos, de los amigos más cercanos. Pero ahora también viven la partida de quienes pensaron que no tendrían posibilidad ni intenciones de irse: la estilista, la secretaria, la conserje, el docente de inglés y hasta el médico. Y esa estampida ha trastocado tanto los ámbitos de la vida diaria del venezolano, que le hace cuestionar la permanencia a quienes siguen en el país. “Todo el tiempo me entero de alguien que se va”, se lamenta Viviana Ibarra. “Y me pregunto si seremos los únicos en quedarnos o los últimos en salir”, agrega.

22 mil profesionales de la salud han emigrado desde 2004

A Diana Chollet -diseñadora, 43 años- ya le ha pasado varias veces. Así que cuando llama a pedir una cita médica, retiene la respiración y espera que del otro lado de la línea le digan si el médico sigue o no en el país. Ya se fue su endocrino, su internista y el ortodoncista que estaba tratando la dentadura de sus dos hijos. “Mi endrocrino me ve desde que tengo 18 años. Es de confianza porque atendió también a mis tías. Él se estuvo yendo por temporadas a visitar a los hijos, pero en uno de esos viajes mandó un correo a sus pacientes para decirles que se quedaba y sugerirnos algunos colegas. Ahora no sé cómo resolver ese asunto, porque él me conocía como la palma de su mano. Es un drama”.

Las cifras de emigración del gremio médico revelan que sólo entre 2016 y enero de 2018 se han ido del país más de 4 mil galenos, de acuerdo con la Federación Médica Venezolana. El presidente de la asociación gremial, Douglas León Natera, calcula que en total han emigrado 22 mil profesionales de la salud desde 2004, de un total de 120 mil médicos matriculados. “Las especialistas que más se están yendo son pediatras, neonatólogos, cirujanos, internistas y urólogos. Prevemos que deben quedar sólo unos 80 mil médicos activos en el país, sin contar a los jubilados”, acotó.

Huérfanos de educación

El salón de clases al que asiste actualmente Valentina Tzwetkow –estudiante, 20 años- no se parece a aquel que conoció en octubre de 2017, cuando inició la carrera de comunicación social en la Universidad Santa María. En aquel entonces, el aula estaba copada por 45 estudiantes deseosos de convertirse en periodistas, productores audiovisuales o publicistas. Hoy, sus compañeros no llegan a ser más de 10 y, de esos, al menos 4 han manifestado sus intenciones de irse del país en los próximos meses. Incluyéndola.

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Así luce un aula de clases de la Universidad Católica Santa Rosa en Caracas, Venezuela.

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Gustavo Bandres

“Yo también tengo planes de irme a finales de año a Inglaterra”, confiesa. “En Venezuela siento que no tengo oportunidades de crecer. Aquí no tenemos capacidad de ahorro, no podemos comprarnos una casa, un carro. Y esa falta de oportunidades es lo que está haciendo que la juventud se vaya”, comenta.

Ese ausentismo se replica en otras casas de estudios de la capital, en menor o en mayor medida. En 2017, alrededor de 55% de los estudiantes habilitados para inscribirse en la sede de Sartanejas de la Universidad Simón Bolívar, no lo hicieron, según declaró a un medio local la vicerrectora administrativa Mariella Azzato.

Por su parte, Cecilia García Arocha, rectora de la Universidad Central de Venezuela, señaló en una entrevista que 10% de la población estudiantil se ha retirado de la institución. En la Universidad Católica Andrés Bello se está reportando una caída interanual de 7%, según informó Giannina Olivieri, directora de la escuela de Letras. Mientras que en la Universidad Metropolitana, sólo 50% de los estudiantes que ingresan se gradúa, porque el resto decide terminar la carrera en el exterior.

En el interior del país, lo que se vive es desolador. La Universidad de Carabobo, ubicada a 2 horas y media de Caracas, registra la salida de 40% de su población estudiantil, desde el último semestre. Lo que ha obligado a fusionar dos o tres salones para armar un aula de al menos 25 alumnos. “Lo que estamos viendo es muy triste”, afirma la profesora Eogracia Guzmán, asistente de gestión administrativa. “La universidad que viví como estudiante no se parece en nada a la que tenemos hoy. Veo una universidad solitaria, que está entrando en un retroceso. Y eso me da dolor”.

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Así luce un aula de clases de la Universidad Católica Santa Rosa en Caracas, Venezuela.

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Gustavo Bandres

La crisis socio-económica que está sacando a los estudiantes de las aulas también expulsa a los profesores. En lo que va del año la Universidad de Carabobo ha recibido 185 solicitudes de permisos no remunerados y esperan que lleguen más. “La situación nos está agobiando a todos”, afirma Guzmán. “Cada vez que un profesor se va, se vuelve muy difícil conseguir un reemplazo. ¿Cómo motivas a alguien a quedarse con estos sueldos?”, se pregunta la docente, quien tiene 27 años en esa universidad, cuenta con especialización, maestría, doctorado y postdoctorado, es titular a tiempo completo y recibe un sueldo de 1,5 millones de bolívares (7 dólares) que no me alcanza para pagar la mensualidad del taxi que la lleva de su casa al trabajo.

Los colegios tampoco se salvan. Ante la estampida de maestros, los directivos hacen maniobras para no dejar a los cursos acéfalos. Cristina Cano, psicopedagoga de un instituto privado del este de Caracas, cuenta que en los últimos dos años han renunciado 20 docentes. Y para reemplazarlos, han tenido que pedirle a los maestros que aún siguen en el colegio que dupliquen sus horas académicas para cubrir las vacantes. “Se han hecho esfuerzos por aumentarles el sueldo porque lo que ganan es 1,5 millones de bolívares (7 dólares) y eso no da para nada. Pero ello a costa de tener que frenar los trabajos de mantenimiento del plantel”, comenta.

José Rafael Osés tiene 15 años y estudia cuarto año en la Unidad Educativa Privada Colegio San Martín de Porres, ubicado en Guatire, a una hora de Caracas. Sus clases de inglés y salud se vieron interrumpidas cuando ambos profesores decidieron emigrar del país. Hasta ahora no han encontrado sustituto. Durante las horas de esas materias no tienen ninguna actividad. Juegan carta, fútbol o conversan para matar el ocio. El año pasado, le ocurrió lo mismo con la materia de química, porque la profesora se fue de Venezuela al terminar el segundo trimestre. Le promediaron las notas y pasó. A él le preocupa, pero ve que a muchos compañeros no. Ellos también tienen planes de irse.

Sobrevivir de las remesas

6% de las familias venezolanas aseguran recibir transferencias en moneda extranjera. En 2018 serán 10%.

La emigración es un fenómeno reciente en Venezuela. Entendiendo emigrar no como la búsqueda de oportunidades económicas o un trabajo, sino como la búsqueda de un contexto seguro que permita el desarrollo de la vida cotidiana, según palabras de la investigadora Anitza Freites, directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica. Por tanto, hablar de remesas es un fenómeno más nuevo aún.

Según datos de la encuestadora Datanálisis publicados por la BBC Mundo, 6% de las familias venezolanas aseguran recibir –fuera de las vías oficiales- una transferencia en moneda extranjera. Y se espera que para finales de 2018, 10% de la población estará recibiendo remesas. En cada transacción, se envía una media entre 75 y 100 dólares, según cálculos del economista Asdrúbal Oliveros reseñados por el medio británico. Ese monto convertido en el mercado negro con el indicador que dicta el portal DolarToday representa 20 veces más el salario mínimo, que ronda los 1,3 millones de bolívares.

Angie Contreras, periodista 36 años, emigró a Miami. Desde que se fue de Venezuela hace dos años y medio, le ha enviado dólares a sus papás. Al principio, la ayuda era para cubrir los imprevistos. Ahora, el cambio en bolívares que representa los 100 dólares que les manda, cubren el mercado, los servicios y cualquier otro gasto corriente. “Mi papá lo que recibe es su jubilación por la universidad y mi mamá tiene una empresa de material publicitario que casi no factura. Eso no les alcanza. Y si yo no les mando dinero, estarían pasando mucho trabajo”.

La ayuda del exterior que recibe un matrimonio venezolano, formado por una corredora de seguros y un economista, se ha convertido en el único sustento de esa casa. Ambos vieron mermar sus ingresos ante la caída de sus clientes por la crisis económica del país. Comenzaron a endeudarse, sin decirle nada a sus hijos. Hasta que la situación se hizo insostenible. “Fue muy penoso y doloroso tener que aceptar que a esta altura de la vida nuestra hija nos mantenga”, cuenta la mujer de 51 años, quien pidió no revelar su nombre. “Los que nos envía sirve para pagar el colegio de su hermano, el condominio, el curso de inglés y la comida. Aparte, nos compra las proteínas (carne y pollo). Manda nuestros medicamentos, que aquí no se consiguen. Y costea cualquier gasto extra. Ha sido muy difícil. Pero es nuestra realidad”.

Los que se quedan

El éxodo. Ese concepto bíblico, que narra el recorrido de un pueblo hacia una tierra prometida, dejó de ser un mito para los venezolanos. Nadie puede negar que actualmente está ocurriendo una estampida y que agudiza la soledad que impuso la inseguridad con su toque de queda después de las 8 de la noche. Se palpa en los apartamentos que han quedado deshabitados. En los vehículos que se ven abandonados en los estacionamientos de los edificios. En las ventas de garaje de quienes están próximos a irse y buscan salir de lo que les queda. En los remates de inmuebles. O en la proliferación de páginas en Facebook, que comienzan con el nombre Venezolanos en…

Pero en estos tiempos, cuando muchos buscan desesperadamente irse, otros –que no son pocos– se han aferrados a quedarse. Han decidido apostar. Invertir y reinventarse confiados en que las cosas en Venezuela van a mejorar (pese a que todos los indicadores dicen lo contrario). Allí, en esa lista se apunta Marcello Botto, un chileno que llegó a Venezuela con apenas 5 años. Él vivió la migración de su familia de regreso a Santiago cuando tenía 22 años. Su decisión en aquel entonces fue quedarse y su opinión no ha cambiado.

Hace un año invirtió en abrir una tienda de diseño junto a su esposa Gabriela Valladares y allí no han dejan de crear. “Yo sigo apostando, porque no cambio este país por nada”, cuenta Marcello, quien teniendo una vida en Venezuela no cuenta todavía con una cédula de venezolano. “Teniendo nacionalidad chilena e italiana yo pudiera estar gozando de las bondades del primer mundo. Pero yo quiero que el primer mundo sea este”.

Podría estar en el primer mundo, pero yo quiero que el primer mundo sea este

Gustavo Alemán, por su parte, tiene siete meses en Alemania. Se fue con sus tres hijos, porque su esposa ganó una beca para finalizar su tesis. Todos le dicen que se queden, que no vuelvan. Pero ellos están claros que quieren regresar al terminar su cometido. Él es periodista y siente que tiene la responsabilidad de contar lo que sucede en el país. Mientras que Paola, su esposa, trabaja en política y quiere desarrollar su carrera en Venezuela. “Estamos afuera para estar mejor preparados y servir en nuestras áreas de experticia en Venezuela. Respetamos a quienes se van para conseguir en otro lugar lo que Venezuela no les puede ofrecer, pero a nosotros no nos ha llegado ese momento”.

Natalia Díaz Sfeir y Carlos Ávila, no sólo han invertido en abrir cuatro pastelerías en Caracas sino que ahora han apostado por sembrar y comercializar café. “Yo me quedo en mi país porque acá yo me siento feliz”, comenta Natalia. “Y quizás suene desconsiderado en estas circunstancias tan adversas. Sin embargo, creo que esta circunstancia pasará. Creo que seremos un país fortalecido y reconstruido con bases más sólidas. Creo que desde acá podemos aportar y ayudar al renacer venezolano. En este país todavía hay mucho por hacer. Y nosotros somos parte de la solución”.

Creo que esta circunstancia pasará. Creo que seremos un país fortalecido y reconstruido con bases más sólidas

Pero la proximidad de unas elecciones presidenciales carentes de legitimidad, aviva la desesperanza en muchos venezolanos que siguen en el país y avizora una estampida mayor durante los meses que quedan de 2018.

De acuerdo con un estudio de la Universidad Central de Venezuela, 40% de los venezolanos preferiría irse antes que quedarse y, de ese grupo, 51% son jóvenes entre 18 y 24 años. Ante ese panorama, el futuro es incierto. A juicio del profesor Nicolás Toledo, Venezuela está expulsando a su generación más joven, lo que significa una pérdida de potencial socioeconómico gigantesco y la inexistencia de una generación de relevo para los tiempos de reconstrucción que están por venir.

Por Mirelis Morales Tovar
Reportaje Venezuela a la Fuga

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