La solitaria búsqueda de los desaparecidos en la guerra de Guatemala

La solitaria búsqueda de los desaparecidos en la guerra de Guatemala

Sin apoyo del gobierno las familias buscan, encuentran, exhuman y sepultan dignamente a sus perdidos

Inhumación comalapa

El sendero desde la carretera que conduce a San Juan Comalapa hasta el antiguo campamento militar donde asesinaron 220 personas estaba adornado con imágenes del proceso de exhumación.

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Sara Castillejo Ditta

Por: Sara Castillejo Ditta
30 de agosto 2018 , 03:00 a.m.

Veinte velitas blancas resplandecen en fila, cada una dentro de un vaso de cristal. Otras siete filas exactas y una más, con doce velas, completan la matriz luminosa de 172 fuegos que alumbran la noche del 21 de junio de 2018 en San Juan Comalapa, zona rural de Guatemala. La voz de una mujer maya retumba en el coliseo a oscuras, “vivieron violencia, hoy los recibimos en libertad”.

Cada llama acompaña un ramo de flores blancas, cada ramo está sobre un osario de madera, cada osario contiene una persona que apareció, bajo tierra, después de la guerra. Alguien que asesinaron entre 1984 y 1986 en ese país centroamericano, pero que aún no se puede nombrar, porque no ha sido identificado.

De pronto la luz de un proyector se prende sobre la pared lateral del coliseo. Freddy Peccerelli toma el micrófono y la gente se sienta a escucharlo. El hombre empieza a pasar fotografías de huecos en la tierra llenos de huesos humanos. Su audiencia, compuesta por ancianos, adultos y niños mayas, mayoritariamente kaqchikeles, atiende circunspecta la explicación.

Había 220 personas, 98 con signos de tortura

Peccerelli comienza por decir que el 12 de agosto de 2003 la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (Fafg) inició exhumaciones en un antiguo campamento militar que quedaba cerca de aquí.

Entonces enumera: hicieron 1.560 trincheras durante 2 años, donde encontraron 37 fosas comunes y 16 individuales; había 220 personas, 98 con signos de tortura; encontraron 361 fragmentos de proyectiles de fuego; a 186 osamentas les pudieron sacar su perfil genético y a 34 no; lograron identificar 48 personas, relacionadas con 672 muestras de ADN que sus familiares les habían brindado; 29 eran de esta región y 6 de la capital del país.

Al final explica que aquí están los otros 172 y que mañana los van a inhumar en un memorial construido sobre el sitio donde los desenterraron.

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El coliseo del municipio acogió la ceremonia de despedida. Incluyó la explicación de Peccerelli, la proyección de un documental, cantos de mujeres y niños, oraciones de los abuelos y comida típica.

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Esa noche algunos se fueron a dormir a sus casas, pero muchos amanecieron a la vera de las luces. Entre cantos, poesía, comida y rezos, custodiaron los cuerpos hasta que amaneció.

Juan Pérez Cedillo estaba allí, él busca a sus tres hermanos desaparecidos en la época más violenta del conflicto armado interno de Guatemala: entre el 81 y el 84. Aún no sabe nada de ellos. “Las personas que están aquí no tienen un familiar que los reciba y que les diga 'aquí estoy', sin embargo seremos sus familiares, porque a lo mejor mis hermanos fueron también recibidos en otra comunidad, que no sabemos”, dice.

Yo quería aportar mi granito de maíz para que los jóvenes no sufrieran mucha violencia

También estaba Feliciana Macario, quien se encarga del tema de la Memoria Histórica en la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua). Ella busca a su hermana desaparecida pero, desde que es madre, tiene otra motivación para trabajar: “yo quería aportar mi granito de maíz para que los jóvenes no sufrieran mucha violencia. Yo sé que esto no va a ser la solución, pero igual si no lo doy yo, y si no lo da otra mujer, la organización no tiene fuerza y nuestra defensa no va a ser bastante”. Ella y todas las mujeres de Conavigua son las artífices de este evento, que no tuvo apoyo de parte del gobierno central ni local.

La desaparición en los 'Recuerdos de Paz'

En 1996, se firmaron 13 acuerdos de paz que pusieron fin al conflicto de 34 años entre el Estado de Guatemala y las guerrillas agremiadas en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (Urng). Tres años después, la Comisión de Esclarecimiento Histórico determinó en su informe 'Guatemala memoria del silencio' que el 93% de las violaciones a los derechos humanos durante la guerra fueron cometidas por el Estado, ya sea en cabeza de sus fuerzas armadas u organizaciones paramilitares.

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Los 172 restos sin nombre desfilaron por el frente del Palacio Nacional de Cultura, antigua sede del gobierno, en un acto de memoria y denuncia, antes de ser trasladados hasta San Juan Comalapa.

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“Esta Comisión hizo algunas recomendaciones para el cumplimiento de los acuerdos y problemáticas específicas, una de ellas la de los desaparecidos”, reseña Carlos Amézquita, responsable del área de Desaparecidos del Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr) en Guatemala. “La recomendación era crear un mecanismo de búsqueda que tuviera los recursos y la fortaleza legal, a través de una ley que creara la Comisión de Búsqueda. Pero no se cumplió con esa ley. Entonces sucedió que los familiares hicieron un mecanismo paralelo al Estado en el cual se crearon organismos que hacen exhumaciones”.

No ser del Estado nos da mucho nivel de confianza con las familias

La historia se resume en que Rosalina Tuyuc, líder de Conavigua, junto a otras mujeres que reclamaban la búsqueda de sus seres queridos, contactaron a Clyde Snow, el fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), para que les ayudara a encontrar a los ausentes. Así nació la Fafg, que hoy dirige Freddy Peccerelli quien trabaja allí desde hace 23 años, con total autonomía, apoyado sólo con recursos de la cooperación internacional.

Para Peccerelli, si bien estar del lado de la sociedad civil y no del gobierno “nos da mucho nivel de confianza con las familias y también deja que personas que no son del Estado investiguen crímenes del Estado”, hay otros problemas: “el tema de sostenibilidad es terrible, porque no estamos en el presupuesto de la Nación”.

Por eso los familiares tampoco renuncian a exigirle al Estado la búsqueda de sus seres queridos. El Grupo de Trabajo contra la Desaparición Forzada en Guatemala lleva 11 años impulsando una propuesta de ley, el decreto 35-90, para crear la Comisión de Búsqueda de Personas Víctimas de Desaparición Forzada y otras formas de Desaparición, pero continúa dando vueltas en el Congreso. Peccerelli es escueto al opinar “nunca va a pasar. En Guatemala no van a autorizar que una Ley como esas pase”.

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Las mujeres que participaron en la inhumación de Comalapa dijeron que, a diferencia de otros eventos, esta vez sí se habían sentido acompañadas de la Policía Nacional del Civil.

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Además, a los problemas económicos se suma la falta de atención y relevancia en la agenda nacional que tienen los Acuerdos de Paz y posconflicto. Carlos Sartí, director de la Fundación Pro-Paz, cuenta que “hay mucha gente en Guatemala que les dice 'los Recuerdos de Paz'”, porque quedaron en el pasado, como una alentadora promesa de refundar la nación que, en sus palabras, no resolvió lo fundamental: “Los puntos con menor cumplimiento son el acuerdo de identidad de derechos de los pueblos indígenas y el de aspectos socioeconómicos y situación agraria. Los más estructurales”.

Es decir que las causas originales del conflicto no han sido atacadas. Aún el país tiene un alto índice de concentración de la tierra y, aunque se han dado pasos, la población maya sigue sintiéndose excluida y amenazada. Ante este panorama, Amézquita del Cicr alza la mirada y dice orgulloso: “pero las familias siguen buscando”. El de Guatemala es el ejemplo de que la necesidad de encontrar a los perdidos no desaparece, ni cuando no hay ley, ni cuando no hay recursos, ni cuando hay situaciones urgentes de la cotidianidad sin resolver.

No hay manera de esconderlos, esto es algo con lo que Guatemala va a tener que vivir por muchos años

A la voluntad incondicional de las familias de buscarlos, el director de la Fafg suma que, además, “no hay manera de esconderlos”, y relata: “la semana pasada encontramos otras cuatro fosas en un lugar donde no tendrían que haber habido fosas y mañana se va otro equipo a otro lugar, en un parque, donde aparecieron osamentas. Esto es algo con lo que Guatemala va a tener que vivir por muchos años”.

Y no sólo han hallado cadáveres. Entre los logros más sorprendentes de la persistencia de los familiares organizados están los reencuentros familiares. “El año pasado aparecieron 44 niños desaparecidos, ahora adultos, vivos”, enfatiza Amézquita. “Yo siempre hago la comparación con las abuelas de la Plaza de Mayo, que celebraron a su nieto 116 y se hace mucha publicidad… y aquí sobrepasan los 900, yo creo que vamos a llegar a los 1.000 niños encontrados vivos en diferentes contextos”.

El ‘Paisaje de la Memoria’

El 21 de junio, tras pasar la noche alrededor de los 172 cuerpos sin nombre, los indígenas salieron en procesión desde el coliseo del casco urbano de Comalapa hasta la zona rural donde se hallaba el antiguo campamento militar, que fue el sitio preciso de las ejecuciones.

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El día anterior a la ceremonia de inhumación, la comunidad realizó un ritual maya para recibir a los cuerpos en el mismo sitio donde fueron asesinados.

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Susana Navarro, directora ejecutiva del Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (Ecap), una ong que acompaña víctimas del conflicto armado y familiares de desaparecidos, explica la importancia de esta marcha solemne: “la caravana es un momento sumamente relevante, porque es mostrar a la sociedad que el muerto fue muerto. Que tiene que empezar a jugar otro papel social. Como muerto. No como la parte ambigua que genera la desaparición forzada”.

Las puertas de las casas por donde pasaron los marchantes estaban abiertas, los habitantes se aglomeraban en las ventanas. Más adelante, las familias que trabajaban en sus cultivos salieron a la carretera y los señores que araban en solitario pararon para ver pasar el gentío en silencio, con su sombrero entre las manos.

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Es una marcha sobretodo de mujeres, que ahora reciben respaldo de muchos hombres que se han sumado a su causa.

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La multitud que marcha tras un camión cargado de cuerpos sin nombre inspira solemnidad. Los campesinos no fueron indiferentes.

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Quienes impulsan la búsqueda son principalmente las mujeres que perdieron familiares y quieren un porvenir diferente para sus hijos.

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Familias de campesinos salieron hasta la carretera para observar la marcha fúnebre.

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Cuando la multitud abandonó la calzada para entrar en terreno destapado empezaron a aparecer entre los árboles fotos de la ropa, los huesos, las fosas y los cráneos hallados. Al llegar al sitio, los huecos de la muerte estaban adornados con flores y velas blancas, bordeados de hierbas medicinales que sembraron las mujeres, como dicta su costumbre, para que a su regreso a la tierra los aparecidos puedan sanar y renacer.

El sitio del horror hoy es un santuario bautizado ‘Paisaje de la Memoria’. En todo el centro de erige un Nimajay, que traduce Casa Grande en el idioma maya kaqchikel, y en el costado derecho se levantan 172 bóvedas donde inhumaron cuerpos y una más, que acogió los restos de Clyde Snow, el antropólogo que inició la búsqueda con las familias y creó la Fafg.

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El Nimajay está pintado con murales hechos por las mujeres de la comunidad. Dibujaron la violencia, pero también sus tradiciones y festividades.

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Rosalina Tuyuc, líder de Conavigua, se siente conmovida de ver el resultado de su trabajo, “nosotros comenzamos iniciando para comprar el terreno, luego buscar fondos para hacer la Casa Grande, para los nombres de los desaparecidos”.

Aunque no saben quiénes son los que están inhumando, las mujeres quisieron levantar un muro con los 6.041 nombres de personas reportadas como desaparecidas cuyas familias han entregado muestras de ADN a la Fafg, y allí quedaron.

Rosalina se sorprende porque “nunca pensamos en grande, siempre solo pensamos en el hoy. En ese momento, sólo pensábamos tener el lugar y construir una casa donde podamos pintar o escribir los nombres de nuestros familiares desaparecidos”.

“En Guatemala han pedido perdón dos gobiernos”, dice Rosalina, “pero nosotros no los hemos perdonado”. Así es “porque el perdón tiene que ser algo concreto, no lo simbólico” y resume con tanta dulzura como certeza: “el perdón es verdad, es justicia, es reparación”, sonríe.

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El sendero rural que conduce hasta el memorial está rodeado de caballetes con fotos de exhumaciones y dibujos de cómo estaban los cuerpos en las fosas comunes.

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Colombia merece avanzar un poco más de lo que se avanzó aquí

Todo lo dice Rosalina sentada entre las tumbas de los cuerpos sin identificar y la pared con los nombres cuyos restos siguen perdidos. Sobre la escena flota una pregunta que nadie se atreve a hacer: ¿cómo cerrar el duelo inconcluso de la guerra si no sabes sobre qué cuerpo llorar tu dolor? A pesar del enorme empeño que le ha puesto a la búsqueda, la mujer sabe que la suya es una paz a medias. “Colombia merece avanzar un poco más de lo que se avanzó aquí”, suspira.


Sara Castillejo Ditta
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Twitter: @CastillejoDitta

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