Un adulto mayor en Venezuela pierde 9 kilos al año
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Un adulto mayor en Venezuela pierde 9 kilos al año

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Antes de salir a las 4:00 de la mañana de su casa en lo alto del barrio San Miguel, en La Vega, una de las 22 parroquias (localidades) del municipio del Libertador, en el centro oeste de Caracas, María Guevara se asegura de apagar la velita que desde bien temprano le prende al doctor José Gregorio Hernández, el “santo” sin beatificar al que se encomiendan los venezolanos.

Ella tiene 58 años, pero parece de 70. Canosa, desanimada, con sus dientes desgastados y unos zapatos que tienen ocho años de uso, camina lentamente por las calles del sector donde nació. Se desplaza alerta, con los ojos bien abiertos en busca de cualquier transporte que la acerque hasta el Hospital de Niños José Manuel de los Ríos, en la Avenida Vollmer.

"A falta de buses, las furgonetas del frigorífico transportan personas"

Los camiones pasan repletos de adultos, jóvenes y niños en brazos. No hay suficientes buses porque no hay repuestos para reparar los que están en los talleres. A falta de ellos, las furgonetas del frigorífico transportan personas. María se sube a una con dificultad y mirada de terror. Cuando se abren las puertas del infierno los pasajeros se lanzan a la calle a agarrar bocanadas de aire como si se estuviera acabando el mundo. “A uno le vuelve el alma al cuerpo cuando sale de ahí”, dice María.

Han transcurrido dos horas y todavía le falta un trayecto. Lo hace en moto. En la puerta de acceso del hospital se percata de que no tiene más bolívares para pagarle al conductor. Como él no tiene “puntos”, datáfono para pagar con tarjeta, que es la única manera de hacer transacciones en Venezuela, le pagó al conductor con un dólar, o sea un millón de bolívares. Él se hace la señal de la cruz y agradece.

“No mires a nadie. Vamos a entrar a preguntar para cuándo me van a dar la cita para que la doctora atienda a Kimberly”. María me toma del brazo y me mira con la poca malicia que le queda a una mujer pensionada que lo que recibe mensualmente, 2.600 bolívares, apenas le alcanza para dos cartones de huevos y una libra de arroz.


María Guevara va todas las semanas al Hospital del niños, para solicitar las citas que necesita su nieta Kimberly. Foto: Ginna Morelo, El Tiempo.

Kimberly García Villalba es su nieta, tiene 13 años y está enferma. Le ordenaron una segunda biopsia en los ganglios y sigue en lista de espera para poder hacérsela. En Venezuela hay una masiva crisis de profesionales de la medicina, porque ejercerla se tornó más peligroso que irse. Los médicos no tienen los equipos ni medicinas adecuadas para atender a los pacientes y eso atenta contra la preservación de la vida bajo condiciones que mínimamente debe garantizar el Estado.

Al papá de Kimberly lo mataron. María prefiere no hablar de un tema que le duele. Le quedaron 3 nietos, los otros dos Kimberson, de 10 y Kilderman, de 2, son su responsabilidad compartida con su nuera, Teomaria. La muchacha dejó de trabajar porque los ingresos no le alcanzan para pagar transporte y guardería al tiempo. Ante las circunstancias es mejor quedarse en la casa cuidando al niño.

"61 % de los hogares venezolanos viven en pobreza extrema"

Según la Encuesta de Condiciones de Vida ( ENCOVI 2017), el 61% de de los hogares venezolanos viven en pobreza extrema.

Los pasillos del hospital de niños están limpios, pero la precariedad se impone a simple vista. La legión de jóvenes médicos que hacen el internado son un enjambre trabajador. Andan por los pasillos con sus batas blancas, de tenis Converse y sonrisa acogedora. Al piso de niños con cáncer llega un grupo acompañado por un médico más experimentado. Parecen ángeles en medio de una batalla final carente de medicinas, pero no de esperanzas.

A María le tocó comprar lo necesario para que le hicieran los primeros exámenes a su nieta en el 2017. Se gastó 700 mil bolívares en esa ocasión. “Cada gasa cuesta 50 bolos. Dos guantes (quirúrgicos), 500.000”. La medicina que debe tomar la niña, 10 tabletas al mes, cuesta 4 millones de bolívares.

Los médicos internos se apuran para saludar a los pequeños pacientes y también para tomar un respiro en la cafetería del centro asistencial, en donde expresan libremente sus preocupaciones, que no son las de los chicos cuyo único objetivo es terminar la universidad, sino la de médicos atendiendo a un paciente desahuciado: la democracia venezolana.

María se aproxima a la sala de medicina especializada. La puerta está cerrada. Hay dos letreros: “No tocar (reunión de servicio). Espere”. “No hacemos favores, hacemos nuestro trabajo”. Ella insiste en tocar. Nadie le abre.

Toma el ascensor maniobrado por una chica llorosa sentada en un banquito, y quien esconde su rostro entre su cabello largo y negro. Desde atrás, la muchacha seca sus lágrimas sin levantar la mirada. Cuando se abre el ascensor dice “buen día” –con voz quebrada–. “Este es el país de las colas y del llanto”, dice María con resignación.

"Este es el país de las colas y del llanto"

El desempleo y la pobreza aumentan vertiginosamente entre mujeres, y son ellas quienes mayoritariamente hacen colas por alimentos y recorren farmacias y hospitales en busca de atención y medicinas para ellas mismas y sus familias”, me dijo Luisa Kislinger, quien hace parte del colectivo Mujeres al Límite, que documenta la vulneración de los derechos humanos de las mujeres en Venezuela.

Con relación a la atención en salud en el país, y específicamente la materno infantil, las noticias son caóticas, porque no hay datos o porque los que se conocen son tardíos y dan cuenta de una realidad que exponencialmente empeora. En el 2017 se conocieron los datos epidemiológicos de 2015 y 2016 que revelaron que de un año a otro falleció un 30 por ciento más de niños menores de un año y hubo un 63 por ciento más de muertes maternas.


Rosa Helena Henríquez, de 54 años de edad, carga a su nieta prematura. Recorrió 8 hospitales buscando una incubadora hasta que se liberó una en el hospital de niños. Foto: Ginna Morelo, El Tiempo.

Susana Rafalli, experta y asesora del componente de nutrición de la ONG Cáritas, agrega unos datos aún más inquietantes. “Cuando hacíamos una jornada de atención en una parroquia (localidad), el 43 % de los niños venían con algún déficit nutricional, hoy son el 73 %”.

Todas estas fotografías se captan en el Hospital de niños. Madres e hijos reflejan una realidad cruda que para Rafalli no ha querido ser considerada como una crisis de carácter humanitario por la Organización Mundial de la Salud (OMS). “Estamos mostrando las heridas con evidencias duras… las voces de los venezolanos más desesperados, y nunca nos dieron una mirada suficiente, nunca activaron los protocolos lo suficiente y ahora se activan en la frontera pidiendo millones para recoger los pedazos”, es el reclamo airado de la especialista.

"Nunca activaron los protocolos lo suficiente y ahora se activan en la frontera para recoger los pedazos"

Esa crisis fue la que hizo migrar desesperadamente a la hija de María, Amelia García. Tiene 36 años y se fue a Lima un mes atrás dejando a su hijo con el papá. Consiguió trabajo en una peluquería y está ahorrando para enviar remesas para la comida de su familia en Caracas.

La doctora de Kimberly no está en el Hospital y nadie le da razón a María Guevara de la biopsia que hay que hacerle con urgencia a su nieta, a quien se le escapa la vida caminando 25 cuadras todos los días de su casa al colegio y sin la alimentación adecuada. El menú casi a diario es pasta sola o arroz solo.

"Yo no me voy de aquí, porque ya estoy vieja, pero quisiera que mis nietos se fueran"

“Me tocará regresarme al trabajo”, dice María, resignada. Ella tiene un puesto con dos teléfonos para vender minutos en el andén en frente del Centro Comercial Galerías, sector Paraíso. Los días buenos gana 100 bolívares, un plátano vale 70. En el puestico la está esperando su nieto Kimberson, el de 10 años, que va al colegio cuando puede y le ayuda a su abuelita casi siempre.

Antes de irse del hospital, la mujer se persigna frente al “San Gregorio” que está en la esquina del primer piso. Al pie de la estatua dos mujeres lloran abrazadas. A una de ellas un médico joven le acaba de informar que su hijo ahora está en manos de Dios.


Mayo de 2018

Por: Ginna Morelo

@ginnamorelo

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