Brissa ya no baila en Montevideo, le apagaron la vida

Brissa ya no baila en Montevideo, le apagaron la vida

Desde diciembre de 2017, en la Escuela 86 de Villa Española hay un árbol que se llama Brissa.

Brissa ya no baila en Montevideo

El 20 de noviembre de 2017, Brissa llegó a la parada del ómnibus, pero nunca entró al salón de clases.

Foto:

Juan Carlos Soriano

Por: Soledad Gago
EL PAÍS de Uruguay - GDA
01 de febrero 2019 , 12:00 a.m.

Brissa González tenía 12 años y una sonrisa que contagiaba. Los ojos negros, grandes, redondos, enmarcados por un par de lentes de colores. El pelo que le caía sobre la frente, también oscuro, bien oscuro.

Vivía en Villa Española, un barrio ubicado al Norte de la ciudad de Montevideo, Uruguay, con su madre, su padrastro, una hermana pequeña y una hermana del corazón, hija de la pareja de su mamá. Le gustaba bailar.

El 20 de noviembre de 2017, Brissa salió de su casa, como todos los días, mochila en la espalda, túnica blanca, moña azul planchada, para ir a la escuela número 86. Llegó a la parada del ómnibus, pero nunca entró al salón de clases.

A partir de ese día, la búsqueda de la pequeña Brissa empezó a ser intensa en todo el departamento de Montevideo. Carteles en las calles mostraban la foto de una pequeña sonriente, mostraban unas letras negras que decían “se busca”, como tantas veces, como tantas otras.

Las hipótesis eran muchas, pero las opiniones en las redes sociales avanzaban con fuerza: que Brissa se había escapado de su casa, que Brissa se había perdido, que a Brissa la habían secuestrado, que por qué Brissa estaba sola, que es muy chiquita para subirse sola a un ómnibus, que alguien la asustó y Brissa se fue corriendo a la casa de algún vecino, de algún amigo, de alguien que la ayudara. La mamá de la niña pedía que se respetara a la familia, que se permitiera que la policía hiciera su trabajo, que tenía esperanzas en que su hija estaba viva.

Gracias a las cámaras de seguridad de una panadería de la zona, las autoridades pudieron constatar que Brissa nunca había tomado el ómnibus para ir a la escuela. En las imágenes se podía ver cómo un auto Renault, color bordó (color del vino tinto), se detuvo frente a la parada en la que estaba la niña. El resto de la historia no se veía, las cámaras no habían captado nada más, pero todo empezaba, de a poco, a caer por su propio peso.

La mamá de Brissa pedía que se respetara a la familia, que se permitiera que la policía hiciera su trabajo, que tenía esperanzas en que su hija estaba viva.

William Pintos era taxista, tenía 40 años y vivía en Marindia, balneario del departamento de Canelones, a pocos kilómetros de la ciudad de Montevideo. Había estado detenido hasta 2016 por delitos sexuales que había cometido siete años atrás. Además, había estado internado en el hospital Vilardebó, un centro psiquiátrico.
El 22 de noviembre la policía dio con el paradero de Pintos y pudo llegar hasta su casa. Allí, el hombre tenía estacionado un auto Renault bordó, que estaba sin matrícula.

Pintos negó tener vínculo alguno con Brissa, y argumentó que había estado en la zona en la que desapareció simplemente porque estaba buscando un mecánico que le habían recomendado para su auto.

Al otro día, todas las hipótesis se derrumbaron. El cuerpo de Brissa González, 12 años, y una sonrisa que contagiaba, los ojos negros, grandes, redondos, enmarcados por un par de lentes de colores, el pelo que le caía sobre la frente, también oscuro, bien oscuro, fue encontrado enterrado a diez metros bajo tierra en un monte de pinos en el balneario Las Vegas, también en Canelones, a 14 kilómetros de la casa de Pintos. Tenía las manos atadas por detrás de la espalda, y también los pies, tenía síntomas de asfixia, tenía marcas de una violación.

Gracias a otras cámaras de seguridad, se pudo observar que la matrícula del vehículo que se detuvo en la parada el 20 de noviembre, coincidía con la que Pintos tenía registrada. Además, se constató que el 20 de noviembre, a las 7.37 de la mañana, alguien viajaba en el asiento del acompañante de Pintos. Tenía características similares a las de Brissa. Y entonces no quedaban dudas: William Pintos, 40 años, había violado y asesinado a Brissa González, 12 años.

A principios de noviembre, el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, confirmó que Brissa y su asesino tenían un vínculo previo: se habían conocido a través de Ánimo, un juego de internet. Cuando el 20 de noviembre Brissa se subió al auto, no fue por haber perdido el ómnibus, fue porque ella y Pintos ya habían organizado un encuentro.

William Pintos fue condenado a 45 años de cárcel. A mediados de enero de 2018 , en una nueva audiencia por el caso, el taxista se declaró culpable: “Soy un animal, yo la maté y merezco la pena de muerte”. En abril del mismo año, Pintos se suicidó colgándose de un cable en el módulo 11 de la cárcel de Santiago Vázquez.

"Que se la recordara con una sonrisa, que se terminaran los mensajes de odio en las redes sociales, que su hija merecía respeto y alegría". Esas fueron las palabras de la madre de Brissa, la primera de las dos niñas muertas por violencia machista en 2017 en Uruguay. En 2018, Nahiara, dos años, fue violada y asesinada por su padrastro. Desde diciembre de 2017, en la Escuela 86 de Villa Española hay un árbol que se llama Brissa.

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