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Andagoya ya no es un pueblo minero: la diáspora de la supervivencia

Bogotá acogió a los andagoyenses. Iban a ser mineros y hoy son profesionales: esta es su historia.

Sara Castillejo
La riqueza mineral de la región pacífica es un descubrimiento de vieja data. Allí conocen el oro, el platino y sus derivados desde antes de la conquista. Los hijos del Cauca, Chocó y Nariño no pueden negar su herencia minera, como tampoco pueden evitar reconocer que las prácticas extractivas les dieron grandes momentos de esplendor.
El caso de Andagoya, en Chocó, es ejemplar. Cantidades de extranjeros llegados de Estados Unidos e Inglaterra, se asentaron en una isla artificial hecha a la medida de sus intenciones entre el río San Juan y el Condoto. Importaron maquinaria, construyeron un puerto y un barrio, sumergieron enormes dragas y succionaron los metales preciosos del lecho de ambos ríos desde 1916 hasta 1993.
El "croquis", así llaman los andagoyenses actualmente esta casa desbaratada que es de los pocos vestigios que aún quedan de la empresa minera Chocó Pacífico. La maquinaria, dicen, fue rematada.

El "croquis", así llaman los andagoyenses actualmente esta casa desbaratada que es de los pocos vestigios que aún quedan de la empresa minera Chocó Pacífico. La maquinaria, dicen, fue rematada.

Foto:Sara Castillejo Ditta / Unidad de Datos

Crearon la empresa minera Chocó Pacífico, resultado del acuerdo entre la Anglo Colombian Development Company (ACDC) y la South American Gold and Platinum Company. La nueva compañía empleó decenas de extranjeros en los cargos de poder y cientos de colombianos en tareas operativas. Así, la isla que diseñaron para foráneos tuvo un pueblo vecino al otro lado del río Condoto, donde se asentaron los obreros y mineros que llegaron de todas partes del Pacífico para trabajar.
La isla se conoció entonces como Andagoya, recordando el apellido del primer colono extranjero del río San Juan, el catalán Pascual de Andagoya. El pueblo de los obreros, en cambio, recibió el nombre de "Andagoyita".
Las diferencias eran evidentes en el trazado de los barrios, la arquitectura y el tamaño de las casas. Los habitantes de Andagoyita no podían ir a Andagoya más que a trabajar en la empresa. Hubo racismo y apartheid, con un dejo a esclavitud. Los hallazgos de la reportería en campo y la literatura dejan muy claro que el blanco puso sus reglas de trabajo y, como buen amo, se ocupó de cubrir las necesidades básicas de sus empleados.
El gobierno central no llevó la institucionalidad a este territorio antes de la concesión a los gringos. Los habitantes del Pacífico no habían, por tanto, gozado de sus derechos fundamentales como colombianos. No sabían que tenían derecho a la salud cuando los extranjeros instalaron una clínica de tercer nivel; no sabían que era el Estado el que debía garantizarles el acceso al agua cuando los foráneos construyeron un acueducto; no sabían que la educación pública y gratuita era obligación del gobierno cuando los recién llegados construyeron un colegio; no vieron nada de malo en que el patrón no les pagara con dinero sino con vales para gastar en su almacén.

Los habitantes del Pacífico no habían, por tanto, gozado de sus derechos fundamentales como colombianos

Mientras tuvieron trabajo y las necesidades básicas cubiertas, los nativos no objetaron que la empresa se llevara el oro y el platino de su región. No se opusieron a la contaminación de uno de sus más emblemáticos afluentes, que riega los cultivos de agricultores en todo el litoral. Eran tiempos de abuso consentido, al final de cuentas los andagoyenses disfrutaban comodidades que no se tenían ni en la capital del país.
Pero llegó el día en que la empresa cerró y la mayoría de los extranjeros retornaron a sus países de origen. Andagoya era entonces un pueblo fantasma y "Andagoyita" se quedó congelada para una pintura. No había empresas donde pedir trabajo y los mineros solo sabían hacer lo que habían hecho durante un siglo. Todo se quedó igual.
Las alarmas de la empresa seguían sonando: a las 6 a.m. los desempleados salían de la casa y se aglomeraban en el parque a esperar el siguiente pito; al mediodía la sirena indicaba el regreso a sus hogares para almorzar; y, cuando sonaba a las 2 p.m., todos regresaban al parque a seguir esperando.
Parque de Andagoya, hoy cabecera municipal de Medio San Juan

Parque de Andagoya, hoy cabecera municipal de Medio San Juan

Foto:Sara Castillejo Ditta / Unidad de Datos

¿Qué esperaban?

Ayuda. El Estado y diferentes misiones humanitarias arribaron a "Andagoyita" para mitigar el hambre. Sin embargo, el declive era inminente. Quienes pudieron obtener una pensión solventaron sus necesidades, pero era muy claro para todos que el futuro ya no estaba en el pueblo.
Una generación de muchachos que crecieron con la idea de prestar el servicio militar y retornar para trabajar en la empresa tuvo que inventarse un futuro nuevo. Como en el pasado los homínidos caminaban detrás de la comida y vivían cerca de la presa, a finales del siglo XX los andagoyenses caminaron hacia las oportunidades y se quedaron viviendo cerca del estudio o el trabajo. Fue la diáspora de la supervivencia.
En Bogotá hay una colonia de ellos, entre sus profesiones resaltan el derecho y las licenciaturas. Se reúnen los viernes en una peluquería cercana al Teatro Jorge Eliécer Gaitán, comen pasteles de yuca que hace una paisana y beben cerveza mientras se actualizan de las noticias del pueblo. Andagoya ahora incluye los dos lados del río Condoto y es la cabecera municipal de Medio San Juan, es decir, donde está ubicada la alcaldía. Así que uno de sus temas de conversación preferido es la política. Quieren tener agua potable y acueducto, juntan solidaridades para regresar la próxima vez con buenas noticias: 5 motocarros para trabajar, el plante para un hotel o un restaurante, la restauración de alguna obra que dejaron los extranjeros, proyectos para los niños, los ancianos y las madres adolescentes.
Río San Juan después de fundirse con el río Condoto, a la altura de Andagoya, Medio San Juan.

Afrotá: video introducción

Foto:Unidad de Video / Heidy Ipia Menza

Reproducir Video
Algunos se trajeron a su familia a Bogotá o formaron una con personas que conocieron en la capital, pero son muchos los que trabajan para enviar remesas a los que continúan en el pueblo, en Chocó. Se reencuentran con ellos en Andagoya durante las fiestas de diciembre y después siguen yendo al Torneo De Fútbol Amistades Del San Juan, en enero; al Encuentro de Alabaos, Gualíes y Levantamiento de Tumbas, en agosto, y a las Fiestas Patronales del Sagrado Corazón de Jesús, en junio.
Andagoya es sólo un ejemplo de la historia y cultura de los afrocolombianos que viven en el Distrito Capital. Según la última Encuesta Multipropósito de Bogotá, en 2014 la población de afrodescendientes ascendía a 115.088, lo que representaba el 1,8% del total de habitantes. Un porcentaje mucho mayor que el de la población de indígenas (0,5%) o gitanos (0,01).
Idelfonso Ibargüen es de Andagoya, él asegura que su hija de 9 años es una afrobogotana. Nació en la capital, pero cada temporada vacacional regresa al pueblo de su padre.

Idelfonso Ibargüen es de Andagoya, él asegura que su hija de 9 años es una afrobogotana. Nació en la capital, pero cada temporada vacacional regresa al pueblo de su padre.

Foto:Unidad de Video / El Tiempo

El declive minero que impulsó la migración desde el Pacífico es uno de los factores que explican el crecimiento de las comunidades negras en Bogotá. Hoy podemos decir que ellas tienen reconocimiento político y valor social en la ciudad gracias a las luchas que emprendieron años atrás: hoy en la capital de Colombia existe Afrotá.
POR:
Sara Castillejo Ditta
Unidad de Datos

Capítulo 1



Sara Castillejo
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