Las mujeres de la ‘Ciudad de los muertos’

Las mujeres de la ‘Ciudad de los muertos’

Guillermo Borrero Aragón debuta en los territorios del ser femenino y de las urbes.

Las mujeres de la ‘Ciudad de los muertos’

A diferencia de otras obras de nuestra tradición literaria, las mujeres son el eje de la historia y quienes arrastran la trama.

Foto:

Jean Carlo Estupiñán - EFE / Cortesía Diario ‘La Opinión’

Por: Mónica Emma Chamorro
10 de mayo 2019 , 06:31 p.m.

Nunca sabremos cuál o qué es la ‘Ciudad de los muertos’, título descriptivo del cuarto capítulo de la novela de Guillermo Borrero Aragón, 'Historia de la tristeza', que hizo su debut en la Filbo 2019. Será difícil señalarla en un mapa, encontrarle un nombre –aunque lo tenga en la novela– porque el lector sabe que esa ciudad, esas calles húmedas bajo un cielo gris, esas calles llenas de plagas, duelos y prófugos, es al mismo tiempo un no lugar y todos los lugares. Un no lugar, en el sentido que le otorga Marc Augé, es un espacio de anonimato en el que el individuo se abandona a sí mismo a cambio de lo metafórico, de lo inexistente, de la ausencia de estabilidad.

Y esta es la ‘Ciudad de los muertos’ de Borrero, el no lugar donde los desplazados de la Violencia –esa que en Colombia se escribe con mayúscula y que, en la década de los cincuenta, dejó miles de muertos– han alcanzado, después de dejar a sus espaldas lo que alguna vez fueron y amaron.

Ahora, en medio de esas calles, llevan las marcas de la infamia y de la deshonra. Lo conocido ha sido disgregado, los vínculos se han roto y en ese caótico deambular en medio del dolor, los personajes están permanentemente buscando un nuevo hogar. Sin embargo, todo lo que encuentran es la peste de las niguas, de la pobreza y de las ratas.

Pero esta ciudad tenebrosa es al mismo tiempo un lugar, un territorio conocido, que lleva nombre. Una geografía que identificamos porque el autor nos la describe en sus mínimos detalles, en una mímesis que nos ubica en una arquitectura, en una historia que se nutre de realismo. Este lugar de muertos es Bogotá, Cali, Popayán. Y también, los Llanos Orientales colombianos. Allí donde lo salvaje pulula en ese continuum de tierra y cielo, de solidez y aire. Donde lo doméstico corresponde al mundo animal y lo salvaje, a lo humano. Porque la novela de Guillermo Borrero sucede en muchos lugares, no se ancla a una sola geografía.

Justamente, en ese vagar por distintas geografías, en ese llevarnos con fluidez hacia diferentes espacios urbanos, radica una de las principales virtudes de la novela de Borrero, escrita en siete capítulos (la mayor parte de ellos con nombres de mujer: madame Lucy, la Llanera, Helena, Leonor): la leggerezza, una de las virtudes que Italo Calvino considera indispensables para la literatura del nuevo milenio, es decir, el nuestro, este que parece no acabar de comenzar. Leve es la mano del autor que escribe y dibuja un mundo en el que hay una ruptura del espacio-tiempo, pues las transiciones geográficas se aúnan a las temporales y el lector se ve introducido en una máquina narrativa que lo transporta entre ciudades y épocas.

No hay pesadez en la novela de Borrero, pese a lo intrincado de la trama. Nada se petrifica con el aliento de la Medusa, diría Calvino. Porque la Medusa, el peso insostenible de la violenta realidad colombiana, aparece narrada desde la disolución, desde lo fragmentario. Las historias se cuentan desde la dimensión interior, desde la microinstancia. Y en ese mundo íntimo, de lo atómico (entendiendo esto último como lo mínimo e indivisible de lo que está compuesto lo inmenso), es donde realmente todo sucede. Así vemos el Bogotazo –esa hecatombe humana que semidestruyó Bogotá en 1948 tras la muerte de Gaitán– desde la perspectiva de los habitantes de un prostíbulo de altos vuelos, o el terremoto de Popayán de 1983, desde los ojos de un hombre que vuelve tras muchos años para encontrar finalmente el amor.

Pero, volviendo a nuestro punto de partida, en la ‘Ciudad de los muertos’ narrada por Borrero –en todas ellas, pues, como dijimos, es una ciudad que son muchas– hay algo muy vivo. Una intensa palpitación, un continuo dar a luz en sentido literal. Porque la muerte en la 'Historia de la tristeza' debe continuamente enfrentar la negativa de lo femenino a dejarse aniquilar. Las mujeres son el eje de la historia; ellas, a diferencia de otras novelas de nuestra tradición literaria, son quienes llevan adelante las grandes acciones, quienes arrastran la trama. García Márquez decía que los hombres empujan la historia mientras las mujeres sostienen en vilo el mundo. Esto quizás es lo contrario de aquello que sucede en la novela de Borrero.

En la 'Historia de la tristeza', Lucy, Rosario y Helena son quienes engendran la historia y la llevan hacia adelante. Ellas no sufren las conmociones del destino porque son el destino, lo fabrican con sus palabras, con sus pensamientos y sus vientres.

La férrea voluntad femenina, su inclinación hacia el amor y la alegría producen los acontecimientos, mueven la geografía. El poderoso vientre de las mujeres es el sancta sanctórum de la acción, allí se gesta la única realidad posible, la que está hecha de pulsiones, de imaginación y de deseo. En su renovar cíclico e imparable, el útero hace posible que después de la muerte salga el sol. Que el dolor y su historia sanen y que sea posible empezar de nuevo, en otro cuerpo, en otra ciudad y en otro tiempo.

Porque nada deja de suceder en 'Historia de la tristeza'. El amor, por ejemplo, surge como una flor del mal: en el fango del burdel, en la prohibición de un confesionario, en el tabú supremo del incesto. Y sin embargo, no deja de ser amor; es procacidad y pureza, un ente capaz de santificar delicadamente lo que pudiera concebirse como inaudito pecado. La mirada del autor no se abandona a la maravilla, es al mismo tiempo cálida y directa. Nos pone frente a lo humano demasiado humano desde más allá del asombro. Nada es demasiado bello u hórrido; aunque tampoco nada es fatal. Lo peor sucede solo en el resquicio de la libertad. Cada personaje decide su destino, y en la plenitud de sus motivos atisbamos una profunda comprensión de la identidad latinoamericana.

'Historia de la tristeza' es una novela que podría ser un roman-fleuve, una novela río, pues su materia narrativa es inmensa y sería posible imaginarla como una saga de relatos en los que cada historia es independiente, pero todas confluyen en un mismo punto. Los hechos y los protagonistas se entrelazan, se alejan y vuelven a mezclarse. Y el lector se ve, también, arrastrado al centro de esta vorágine porque descubre que las sensaciones y los dolores le pertenecen. Leyendo a Guillermo Borrero Aragón nos descubrimos caminantes que deambulan por las rutas de una ciudad en la que estamos todos naciendo y agonizando, y en la que todos los finales son posibles.

MÓNICA EMMA CHAMORRO
ESCRITORA COLOMBIANA
PARA EL TIEMPO

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