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Las verdades de Leonardo Villar, el gerente del Banco de la República
Leonado Villar - apertura web - BOCAS

Leonardo Villar tiene 61 años, es economista, fue compañero de colegio de Alberto Carrasquilla y acaba de ser designado como el gerente general del Banco de la República en Colombia. 

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Pablo Salgado

Las verdades de Leonardo Villar, el gerente del Banco de la República

Conozca su vida y sus secretos en esta entrevista con Revista BOCAS.

Su firma no aparece todavía en ningún billete, pero en cuestión de semanas estará presente en los de todas las denominaciones. Esa es una de las particularidades del cargo que comenzó a desempeñar Leonardo Villar a comienzos de enero pasado, tras posesionarse como el nuevo gerente del Banco de la República.

Sin embargo, el de la rúbrica que estará en bolsillos y carteras es un detalle relativamente menor para este economista bogotano que en junio próximo cumplirá 62 años. Llegar a la cabeza del llamado “banco de bancos” constituye el pináculo de la carrera de alguien considerado como uno de los profesionales más destacados de su generación.

Desde que estaba en el colegio como compañero de pupitre del actual ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, se destacó como el “pilo” de la clase. Con inclinaciones marxistas en la adolescencia, rápidamente se desilusionó de la política y prefirió el estudio. No fue en vano. Al terminar la carrera en la Universidad de Los Andes, recibió el grado con la distinción cum laude, gracias a una dedicación que lo llevaría a ganarse el apoyo de figuras como José Antonio Ocampo.

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Sería este quien precisamente lo llevaría en 1983 a Fedesarrollo, el tanque de pensamiento más importante del país, a donde acabaría volviendo en 1987 después de hacer estudios de doctorado en el London School of Economics. A partir de ese momento estuvo en posiciones que le ayudarían a redondear sus conocimientos: asesor del consejo directivo de Comercio Exterior, vicepresidente técnico de la Asociación Bancaria y vicepresidente de investigaciones de Bancoldex.

En agosto de 1994, se posesionó como viceministro técnico de Hacienda, una responsabilidad que disfrutó inmensamente a lo largo de casi treinta meses. Acto seguido fue designado como integrante de la junta directiva del Banco de la República, donde permanecería doce años, lo cual le dio un profundo conocimiento de la entidad que ahora regenta.

Al salir, pasó a la Corporación Andina de Fomento, con sede en Caracas, aunque con un pie en Bogotá y otro en un avión. El retorno a Fedesarrollo en abril del 2012, esta vez como director ejecutivo, le cayó como anillo al dedo, pues no solo lo reunió del todo con una familia a la cual es muy apegado, sino que le permitió usar su experiencia para dedicarse al análisis y la investigación aplicada.

Portada BOCAS - edición 103

Leonardo Villar es la portada de la edición 103 de la Revista BOCAS, que circula en febrero de 2021.

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Revista BOCAS

Digamos que nací entre libros. Mis papás eran muy inquietos intelectualmente y pusieron una librería —la Contemporánea— cuando yo cumplí cuatro años

No lo tenía en sus planes, pero en el momento en que le fue ofrecido irse al Fondo Monetario Internacional en la silla de Colombia dudó poco en aceptarlo. Por esas cosas de las rotaciones entre países, estuvo como integrante pleno del directorio ejecutivo desde finales del 2018, en representación también de siete naciones más, incluyendo a España y México.

Fue en Washington en donde lo encontró la pandemia, la misma que impuso la práctica del teletrabajo y el distanciamiento social como parte de la nueva normalidad. Por cuenta de la recesión mundial, sus jornadas de trabajo fueron largas, además de incluir la negociación de parte de la línea de crédito flexible que el organismo le otorgó a la economía colombiana a finales del año pasado.

En esas estaba cuando se enteró de la sorpresiva decisión de Juan José Echavarría de no presentarse a la reelección en el cargo de gerente del Emisor, por razones personales. En cuestión de horas su nombre entró en el sonajero y si bien no hizo campaña, dejó en claro que estaba interesado.

Dado el complejo proceso de selección establecido, dice no saber quién votó por él ni cuántos votos recibió. Tuvo claro, eso sí, que fue contagiado por el covid-19 y que en lugar de celebrar le correspondió guardar reposo, sin consecuencias mayores, a mediados de diciembre.

El hecho es que acabó siendo el elegido, por encima de su amigo Alberto Carrasquilla, cuya derrota no cayó del todo bien en el Gobierno. Esa circunstancia puede explicar la polémica designación de dos jóvenes codirectores a comienzos de febrero –Bibiana Taboada y Mauricio Villamizar–, si bien el nombramiento de un tercero con mucha más experiencia unas semanas después –Jaime Jaramillo– llevó a que las aguas amainaran.

Medido en sus palabras, Villar no se deja picar la lengua y solamente recuerda que su obligación es trabajar con la junta directiva en pleno. Más allá de la solidez de la institución que gerencia, sabe que le corresponde un papel fundamental en la recuperación de una economía que en el 2020 tuvo el peor desempeño de su historia o al menos desde cuando hay estadísticas confiables.

Escogido por un periodo de cuatro años, con la posibilidad de ser reelegido dos veces más, entiende que deberá lidiar con más de un ministro de Hacienda y más de un presidente de la República. No desconoce la responsabilidad de dirigir una institución que en un par de años cumplirá su primer siglo de existencia y cuya credibilidad es clave para la buena percepción que hay sobre el manejo económico del país en la arena internacional.

Sin embargo, está tranquilo. A fin de cuentas, posee el bagaje necesario para sortear los desafíos que vengan, al igual que el temperamento reposado que le llevará a medir sus palabras y no tomar decisiones apresuradas. Apasionado de la música clásica, contesta que la partitura que le conviene al Banco es la del Clave Bien Temperado de Juan Sebastián Bach. Con esa escogencia dice poco, pero lo dice todo.

¿De dónde viene este economista tímido y respetado, quien dice estar siempre pendiente del efecto sobre el bienestar social que pueden tener las decisiones que toma? Esto es lo que le contó a BOCAS desde un cuarto vacío en Bogotá, mientras los muebles que tenía en Washington venían en camino por el Atlántico.

¿Cómo fueron sus primeros años?

Digamos que nací entre libros. Mis papás eran muy inquietos intelectualmente y pusieron una librería —la Contemporánea— cuando yo cumplí cuatro años. En ese emprendimiento fueron socios de Marta Traba, que era la crítica de arte por excelencia de Colombia y que descubrió a muchos de los grandes artistas más conocidos, de esa época por lo menos. Recuerdo haber ido a muchas exposiciones en galerías o a conciertos de música clásica, más tarde a museos. Esa era la realidad en mi casa.

Leonardo Villar - Revista BOCAS

Villar estudió en la Universidad de los Andes. Allí tuvo inclinaciones marxistas, pero prefirió el estudio a la militancia.

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Pablo Salgado

En 1977, entramos juntos a la universidad con Alberto Carrasquilla. Estudiamos juntos toda la carrera y yo le presenté a su primera esposa. Después ellos me presentaron a mi esposa

¿Y sus papás eran muy sociales, de fiestas de amigos intelectuales?

No, para nada. Tenían amigos, claro, y a veces hacían sus reuniones. Pero muy sociables no eran. Eso sí lo heredé.

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¿Qué más recuerda de esa época?

Tengo muy presente haber ayudado a empacar ejemplares de Cien años de soledad muy chiquito, durante una Navidad. Resulta que Marta Traba tenía contactos en Buenos Aires y la librería recibió los libros de la primera edición en exclusiva. Se vendían como pan caliente y resultaba más eficiente tenerlos empacados para los compradores que querían regalar el libro a muchos de sus amigos.

¿Y la librería era negocio?

No, nunca fue negocio. Apenas se mantenía. Además, era muy chiquita. Estaba ubicada en la zona de El Lago en la carrera 15, que en su mejor época tuvo varias librerías que atraían a quienes querían explorar novedades literarias. Pero más adelante el vecindario empezó a cambiar. Pusieron el Unilago y el público de la zona se volvió muy diferente. Pese a que empezó a generar pérdidas persistentes, mis papás eran renuentes a cerrarla porque ella constituía su actividad preferida. Duraron un buen tiempo subsidiando sus pérdidas hasta que la cerraron a comienzos de este siglo.

¿Qué hacían sus padres?

Mi papá trabajaba en el Banco Comercial Antioqueño que después se llamó Bancoquia. Era chistoso porque sus clientes preferidos no eran los que generaran más negocios, como suele suceder a los banqueros, sino los que eran más afines a sus ideas e intereses. Recuerdo que entre ellos estuvieron, por ejemplo, García Márquez o Ricardo Camacho, el fundador del Teatro Libre. Al final de la tarde se iba religiosamente a la librería, donde trabajaba mi mamá.

¿Eran bravos?

No. Él era serio, pero no de regaño. Me inspiraba mucho respeto y algo de temor reverencial. Mi mamá era muy simpática e ingeniosa con las palabras.

¿Dónde estudió?

En el Gimnasio Campestre, con Alberto Carrasquilla.

¿Qué tan compañeros?

Supercompañeros de curso, de la misma sección, desde primero elemental. Él se fue más adelante con sus papás a vivir en Estados Unidos y cuando regresó era el único de nosotros que hablaba inglés. Eso hizo que en algún momento el rector del colegio le asignara la tarea imposible de que les diera clases a sus compañeros adolescentes dado que los profesores que había contratado renunciaban por el relajo que armaban los estudiantes. Alberto Carrasquilla terminó de esa manera siendo simultáneamente, por unos días, mi compañero y mi profesor.

¿Por qué escogió estudiar economía?

Tal como le sucede a la mayoría de los adolescentes que están terminando su secundaria, al principio no sabía bien lo que iba a estudiar. Quería algo con énfasis en lo social, pero me gustaban también las matemáticas. La economía permitía combinar esos dos elementos.

Tuve coqueteos con grupos trotskistas. Ninguno superaba las quince personas y nadie era amigo de la lucha armada. No alcancé a ser militante, pero sí simpatizante

¿En qué año entró a la universidad?

En 1977 y entramos juntos con Alberto Carrasquilla. Estudiamos juntos toda la carrera y yo le presenté a su primera esposa. Después ellos me presentaron a mi esposa. Fuimos muy cercanos en esa época de universidad y en los primeros años de egresados.

¿Era buen lector?

Muchísimo. Se me ha olvidado todo y ahora me queda menos tiempo porque hay demasiadas distracciones. Aparte de leer, veía mucho cine bueno. Esa fue una de las cosas que mis padres me dejaron, que comenzó con el hábito de ir regularmente a la cinemateca en el centro de Bogotá.

¿A dónde iba de vacaciones?

A Cartagena en las vacaciones largas de diciembre y enero. A veces íbamos en avión, pero otras veces no había plata, entonces tocaba en carro. Recuerdo también muchos paseos más cortos a Tota (Boyacá), donde un tío tenía una casita al frente del lago, muy linda, pero tan simple que ni siquiera tenía luz eléctrica.

¿Era enamorado de joven?

De una timidez tan absurda que todavía me pregunto, ¿cómo es posible que no haya sido capaz de decir nada? Me enamoraba, pero eso mismo me hacía alejar y salir corriendo del pánico. Lo mío en la adolescencia fue el amor platónico.

¿Le costó trabajo el tránsito a la universidad?

Para nada. En el colegio nunca sentí que encajara del todo con el estilo de mis compañeros. En la universidad me encontré con gente más afín, con intereses más parecidos, fue más fácil. Una época muy buena en mi vida fue la de la universidad.

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¿Militó políticamente?

Tuve coqueteos con grupos trotskistas en esa época. Ninguno superaba las quince personas y nadie era amigo de la lucha armada. No alcancé a ser militante, pero sí simpatizante.

¿Salió a marchar?

Claro, varios primeros de mayo, entre otras ocasiones. En la universidad participé activamente en un par de huelgas.

En una situación como la de ahora, cuando hay una crisis causada por la pandemia, esta entidad puede ayudar dando más liquidez, apoyada en su credibilidad y en que la inflación está controlada

¿Se llegó a desilusionar de la política?

Es que realmente nunca me interesó. En política partidista nunca estuve. Tenía una idea muy vaga de los cambios que deseaba cuando simpatizaba con los grupos trotskistas, pero después me desilusioné mucho de las discusiones eternas, de la forma como se subdividían, como peleaban por cosas secundarias, de lo poco pragmáticos que eran. Y a medida que avancé en los estudios de economía me fui convenciendo de lo equivocados que estaban en sus enfoques.

¿Por qué esta relación tan fuerte con la música?

Es una tradición familiar por el lado de mi papá, quien junto con sus hermanos y unos amigos decidieron que iban a estudiar música cuando ya estaban mayores. Cada uno escogió un instrumento y empezaron a comprar partituras y a tocar como aficionados. Desde que yo estaba muy pequeño recuerdo que todos los domingos por la mañana estaban ahí tocando, haciendo música por el simple placer de hacerla, aunque no siempre sonara bien.

¿Y qué instrumento tocaba?

Flautas barrocas. Eso era lo que tocábamos todos, pero cada uno también se dedicaba a lo que llamábamos un instrumento grande. Mi papá tenía un fagot y él me enseñó a tocarlo. Nunca llegué a hacerlo bien, pero disfrutaba practicando. Mientras estaba estudiando en la universidad participé en pequeños grupos de cámara e incluso en una miniorquesta de jóvenes con la que alguna vez tocamos un Concierto para piano de Mozart.

¿A finales de la carrera tenía claro qué quería hacer?

Desde antes de acabar la universidad empecé a trabajar. Cuando estaba en séptimo semestre me vinculé como asistente de investigación en la Corporación Centro Regional de Población, donde colaboré con muy buenos economistas. Con ellos empecé a ver lo que me gustaba. Más adelante tuve clases con José Antonio Ocampo, quien fue muy influyente para mí desde esa época. Con él trabajé en la Universidad y él me llevó posteriormente a trabajar en Fedesarrollo, apenas acabé la maestría de la Universidad de los Andes. Rápidamente tuve muy claro que quería trabajar en investigación y en estudios de corte académico.

Siempre ha tenido mentores…

He tenido mucha suerte en ese aspecto de mi vida profesional. Por ejemplo, cuando entré por primera vez a Fedesarrollo, recién salido de la universidad, aparte de Ocampo ahí estaban Carlos Caballero y Guillermo Perry. Ese grupo me jalonó mucho en el resto de la vida.

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leonardo Villar el gerente del Banco de la República - BOCAS

Mientras estaba en Washington, en la silla de Colombia en el Fondo Monetario Internacional, se enteró de que lo habían elegido gerente del “banco de bancos”.

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¿Cuál de los puestos que ha tenido recuerda con más cariño?

Fedesarrollo, tanto en esa primera etapa, como cuando volví de estudiar en Londres. Y, por supuesto, cuando volví de director, muchos años más tarde. Es un sitio donde uno está rodeado de gente brillante y puede meterse a fondo en temas clave. También recuerdo el Viceministerio Técnico de Hacienda como uno de los trabajos más interesantes que he tenido en mi vida.

¿Por qué?

Porque fue una época muy compleja y ese cargo apenas había sido creado. Sucedí en el cargo a Ulpiano Ayala, quien lo había armado desde cero y había contratado gente muy buena, con la cual tuve oportunidad de trabajar. El Viceministerio es un gran observatorio de la realidad económica nacional. Es un cargo que no necesariamente tiene poder en sí mismo, pero que da capacidad de influir en muchos aspectos de la política económica.

¿Cuándo decidió irse a estudiar afuera?

Desde que terminé la maestría en la Universidad de los Andes. Tuve claro temprano que sería muy difícil hacer una carrera exitosa en lo que me gustaba si no me iba a estudiar en el exterior.

¿Qué opciones tuvo?

En esa época había una beca del Banco de la República, creada en honor de Lauchlin Currie, que solo funcionaba para el London School of Economics. Entonces no había alternativas en las que pensar.

¿Disfrutó mucho esa vida en Londres?

Muchísimo. El primer año fue angustioso: la carga académica, la adaptación, el inglés. Al principio estuve solo porque, aunque me había casado antes de irme, mi esposa llegó seis meses después porque tenía que acabar su tesis en Bogotá. Ese arranque fue duro, de tensión y de estudio, pero el segundo año ya estaba más tranquilo y la pasé muy bien, disfrutando esa ciudad maravillosa.

Estuvo dos años…

Había un esquema en que se podía hacer la maestría en un año, y así la hice. Comencé el doctorado, me estaba yendo bien, tenía un gran asesor, pero la beca era de dos años y no era fácil conseguir la financiación para quedarme. Me ofrecieron devolverme para Fedesarrollo a ser coeditor de la revista Coyuntura Económica con Eduardo Lora. Pensé que iba a tener tiempo para hacer la tesis, pero no fue así.

Si pudiera devolver el reloj, ¿le habría gustado terminar el doctorado?

Me habría gustado acabarlo. Pero la verdad es que me fue muy bien desde que llegué de regreso a Colombia y en ningún momento el doctorado me hizo falta en mi carrera.

¿Cuándo nacieron los hijos?

Después de volver. Como a los dos años tuvimos al mayor en 1989, a mi primera hija dos años después, y a la segunda cuando estaba entrando al Viceministerio de Hacienda, en 1994.

¿Es un papá consentidor?

Mucho y aunque se crezcan los hijos, lo sigo siendo.

¿Es un papá consentidor?

Mucho y aunque se crezcan los hijos, lo sigo siendo.

¿También les inspiró el gusto por la música?

Así es. Una de mis hijas estudió música en la universidad y los tres estuvieron en la academia de música de niños. Siento que eso da una sensibilidad y una disciplina que, aunque uno no se dedique a la música, es muy importante tener.

Me gustaría dejar un Banco de la República con mucha credibilidad y una economía con inflación baja y estable y con capacidad de crecer más rápidamente y en forma más sostenida

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¿Ha tenido alguna vez dudas con su carrera?

No. Claro que existen momentos en que uno está más o menos contento, en los que hay altibajos, pero nunca pensé en cambiar. Igual, a veces imagino que me gustaría ser arquitecto y poder construir algo tangible, palpable. En la economía hay abstracciones y propósitos de políticas que nunca se concretan plenamente y uno no sabe exactamente lo que logró. Pero no, nunca he tenido una duda seria sobre mi vocación de economista.

¿Ha sido profesor?

Mucho tiempo. Empecé a enseñar después de graduarme de la maestría en los Andes. En la universidad había un programa en el que a los mejores estudiantes los ponían a dar clases a los de primer semestre. Muy rápidamente me permitieron dar cursos más avanzados, hasta el punto que tuve de alumnos a personas no mucho menores que yo, como Mauricio Cárdenas o Mauricio Reina. Durante muchos años no paré de dar clases. Casi siempre en la Universidad de los Andes, pero cuando estuve en la Junta Directiva del Banco de la República enseñé también en la Universidad del Rosario, que me quedaba enfrente. En otros momentos fui profesor en el Externado y en la Nacional.

¿Cree que es válida esa percepción de que en Colombia los economistas son los mismos con las mismas?

Puede haber algo de validez en esa percepción. Tal vez ha habido mucha concentración en Bogotá, algo que tiene que ver con los círculos académicos. El desafío es que tengamos economistas con una visión mucho más social y humanista como algunos de mis mentores. José Antonio Ocampo es un historiador muy importante, o Guillermo Perry se interesaba también por la sociedad o la literatura. Ahora, en todo caso, hay mucha más diversidad en temas y una gran cantidad de gente que hace maestrías y doctorados, salida de todas las regiones.

Este ha sido un gremio muy masculino. ¿Eso ha cambiado?

Sin duda, aunque en lo que a mí respecta, desde siempre trabajé con mujeres. En Fedesarrollo fui compañero de Catalina Crane y Rosario Córdoba. Flor Ángela Gómez fue mi jefe en la Asociación Bancaria, María Mercedes Cuéllar lo fue como ministra de Desarrollo y también le reporté a Marta Lucía Ramírez durante mi paso por el comercio exterior.

Esas inquietudes sociales del estudiante de los últimos años de bachillerato, ¿cómo se contrastan con el alegato de que los economistas viven en una especie de torre de cristal?

Lo que he aprendido de la vida y lo que tengo como convicción es que precisamente para avanzar en la solución de muchos de los problemas de la gente de a pie, la economía es tremendamente útil. Entiendo que muchas veces las políticas que sugieren los economistas suenan abstractas o incluso impopulares, pero el propósito último siempre es contribuir a que las personas estén mejor.

¿Qué polo a tierra tiene para eso?

Amigos de múltiples disciplinas. Los que miran los temas sociales desde una perspectiva de antropólogos o ambientalistas. Tengo también un hermano que estudió sociología y antropología. El tipo de reflexiones que ellos hacen sirve para cuestionarse por qué y para qué sirve lo que uno está haciendo.

Cuando comenzó a sonar para la gerencia del Banco de la República, ¿qué pensó?

En mi caso, duré doce años trabajando en el Banco, ya conocía la institución, sabía que funciona como un reloj y que está llena de gente de gran formación y muy entusiasta por lo que hace. Eso se extiende no solo al grupo de economistas del área técnica, sino a las áreas administrativa y cultural. Estas características le dan un carácter muy atractivo a la posibilidad de estar en el Banco, mirando que la institución funcione bien, que se hagan las políticas adecuadas, que se logren los propósitos para los cuales fue creada.

Leonardo Villar - Revista BOCAS

El economista bogotano integró la junta directiva del Banco de la República durante 12 años.

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¿Qué destaca del paso previo que tuvo por el banco?

Me tocó una época como codirector que tuvo momentos difíciles, pero que vista en perspectiva fue productiva. Yo entré al Banco cuando la inflación todavía superaba el 20 por ciento anual y salí en el 2009 cuando ya estaba en un dígito y acercándose a la meta de largo plazo del 3 por ciento que había establecido la Junta Directiva. En la medida en que la política del Banco ganó en credibilidad fue claro que se podía actuar en forma contracíclica de manera efectiva. En una situación como la de ahora, cuando hay una crisis causada por la pandemia, esta entidad puede ayudar dando más liquidez, apoyada en su credibilidad y en que la inflación está controlada.

¿Fue raro que la elección se definiera con Alberto Carrasquilla, su amigo desde hace casi 60 años?

Fue muy raro, por supuesto. No obstante, yo personalmente estaba y estoy convencido de que no era bueno que el gerente viniera de ser ministro de Hacienda, porque eso podría dar la percepción de que el banco no mantenía su autonomía. Desde ese punto de vista, a pesar de ser una situación incómoda con una persona que ha sido mi amigo por mucho tiempo y a quien respeto y admiro tanto, me parecía importante mantenerme en el proceso.

¿Le pareció extraño volver a Colombia a asumir el cargo, dadas las circunstancias?

Casi todo el 2020 fue inusual y así arrancó este 2021. Ya me había parecido muy extraño trabajar nueve meses en el Fondo Monetario Internacional en plena pandemia. Dos días después de ser elegido, me enfermé y el resultado de la prueba fue positivo para covid-19. También es un poco surrealista volver a Colombia a ser gerente del Banco de la República y encontrar el edificio desocupado. Para completar, debo trabajar en un apartamento donde no tenemos nuestros muebles porque están viajando de regreso de los Estados Unidos.

A pesar de estas complejas circunstancias, ¿es optimista sobre Colombia?

Sí, siempre he sido optimista sobre el país y me ratifico. Una cosa es la perspectiva de corto plazo en medio de condiciones difíciles y retos muy grandes. Pero a mediano y largo plazo soy muy positivo al evaluar lo que ha sido el desarrollo de Colombia en los últimos setenta años. Muchas personas no son conscientes de cómo nos hemos transformado desde mediados del siglo pasado. No recuerdan o simplemente no saben lo que significaba una nación en donde la esperanza de vida era de menos de cincuenta años y las oportunidades de mejora no abundaban. No desconozco que la pobreza sigue siendo muy grande, pero los avances en muchísimos aspectos han sido gigantescos.

¿Qué es lo peor que tenemos como país?

La desigualdad, y la violencia, y cuando digo la desigualdad, estoy hablando no solo de ingresos, sino de las diferencias en oportunidades entre las personas de diferentes regiones del país o incluso entre habitantes de distintos barrios de una misma ciudad. A eso se le suma el círculo vicioso que se generó por la violencia inducida por el narcotráfico, la guerrilla y los grupos paramilitares. Hemos visto avances en lo corrido de este siglo, pero es mucho lo que nos falta aún por andar.

¿Y lo mejor?

El espíritu positivo, la amabilidad, el optimismo, el empuje. En fin, la gente.

¿Qué espera entregarle a quien lo suceda?

Vengo a continuar lo hecho por mis antecesores. Entonces, lo que me gustaría dejar es muchos de esos logros más consolidados. Eso significa un Banco de la República con mucha credibilidad y una economía con inflación baja y estable y con capacidad de crecer más rápidamente y en forma más sostenida. Para mí también es muy importante toda la actividad cultural del banco, que ayuda a construir país. Dejar huella en ambos campos sería algo muy satisfactorio.

Apertura Leonardo Villar - BOCAS

Leonardo Villar en la apertura de su entrevista en la edición impresa de la Revista BOCAS, febrero de 2021.

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Revista BOCAS

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Gracias por leernos.
Le invitamos a leer otra entrevista BOCAS: J Balvin, el 'niño e' Medellín'.

POR: RICARDO ÁVILA PINTO
FOTOS: PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 103. ENERO 2021 - FEBRERO 2021

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