Wilfrido Vargas según Wilfrido

Wilfrido Vargas según Wilfrido

A donde vaya, el ‘rey del merengue’ prodiga su personalidad expansiva como un tsunami sonoro.

Wilfrido Vargas

Vargas es capaz de reír de sí mismo. Una personalidad extrovertida, divertida y creativa caracteriza al dominicano.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Francisco Celis Albán
17 de enero 2019 , 08:24 p.m.

“¿Y cuál es Wilfrido Vargas? ¿El que se pone a llorar de la risa por situaciones, hablando disparates? ¿O el que verdaderamente se presenta? ¡Porque yo no sé cuál es”! (Ríe).

“¡Son dos personajes!”, se responde.

Se interrumpe unos segundos y exclama: “¡A la orden, saludo, mi querido Pacho!”.

Al llegar, entró riendo a todo pulmón, desgajó una broma tras otra. Saludó a un lado y al otro, y así fue invadiendo la extensión de este apartamento en el norte de Bogotá con esa personalidad desbordante que pareciera inundar todo. Permear todo, los muebles, las paredes, los seres humanos que laboran con él y lo rodean.

Wilfrido Vargas, el trombonista que fue con la Fania All Stars a los memorables conciertos en África, y el que llevó el merengue de ser un ritmo típico de República Dominicana a convertirse en un fenómeno mundial.

¿Está escribiendo un diccionario?, pregunto. Entonces habla de su inconformidad con el lenguaje que todos usamos y explica que tiene un sentido personal para cada cosa: la lealtad, la amistad, el amor. Y remata con una sentencia críptica: “El amor es una frase vacía”.

Quizás un buen título para un bolero, quizás no para un merengue. Wilfrido Vargas se expresa con frases a veces fragmentarias, que emergen repentinamente de su pensamiento sentencioso, hiperveloz. Uno no pensaría que es el ‘rey del merengue’, sino un predicador cargado de sabiduría. Habla. Y habla. “No hemos comenzado la entrevista, y yo ya estoy hablando”, dice, minutos antes de conseguir que se siente y se quede atento a los interrogantes.

“Amo la vidaaaa. Lo amo a usted, ¡y lo estoy conociendo ahora mismo!”, dice a voz en cuello. Baja el tono y añade, con acento de confidencia: “Tengo una ventaja en este negocio, y es que me gusta la gente. Me gusta la vida. Me gusta que llueva y que me caiga la lluvia. Me gustan los problemas, porque el que tiene problemas o el que tiene dificultades constata que esas son circunstancias, o muestras, de que está vivo, porque eso solo le pasa a la gente que está viva. A quien se queja le digo: ‘Si quiere, muérase entonces, porque allá no hay problemas’. Lo que pasa es que la manera como yo lo digo suena a chiste”.

Entre bromas, va desplegando ese humor de quien vive la vida filosóficamente. Nada le es indiferente. ‘Reverberante’ es una palabra que le queda pequeña. Eruptivo, como un volcán. O disruptivo, como está de moda decir. “Aquí en Colombia no se es así”, asevera.

Habla en su libro de bipolaridad, de dispersión de la atención. ¿Se la diagnosticaron?

No, soy yo quien proclama para mí el título de “anormalidad”. Pero no como escasez o disfunción. Anormalidad es fuera de la norma. Yo soy anormal porque envidio a las señoras que brindan el café, a los choferes... A la gente normal... La gente normal no tiene tiempo para percibir los dolores del alma, no sabe lo que es psiquis, no sabe que la psiquis es un aparato que se descompone. Digo un aparato porque la psiquis no existe, y al descomponerse puede crear un modelo de comportamiento.

Yo no sé decir las cosas dos veces, pero hablar con el corazón es la cosa más hermosa que pueda tener el ser humano, porque lo que sale es lo limpio, lo puro, lo que está en estado puro, porque el corazón no sabe mentir. En cambio, si usted habla con la mente está poniendo a un aparato a que conteste sus preguntas, y ese aparato es político. Una entrevista hermosa para mí es una entrevista fluida, porque yo no le temo, ni me importa ni ando cuidando apariencias.

La música es mi pasión. Y la edad no va a determinar hasta qué punto yo esté en la música

¿Maneja algún tipo de espiritualidad o de relación con un pensamiento religioso?

No.

¿Por qué?

Una cosa es que yo no tenga que ver con las apariencias y otra cosa es el suicidio.

¿Por qué menciona el suicidio? ¿Lo ha tocado?

Nooo. ¡Usted está loco! Bueno, porque lo que le voy a decir es prácticamente un ‘suicidio’. Es un suicidio hablar mal de las administraciones religiosas. A mí no me conviene decir esas cosas. Una cosa es que usted me diga que la religión esto o lo otro. Y otra, que me pregunte si yo creo en algo que constituye la trama de la cual usted y yo formamos parte. Eso es filosofía. Administrar esa filosofía es lo que se llama religión, toda esa parafernalia de administrar la creencia que es inherente al ser humano. No hablo mal de ella ni de quienes la siguen, pero “puntos suspensivos”. Y no me haga hablar más de eso.

¿Cómo encontró la fórmula de ese tipo de merengue que constituye el sello de Wilfrido Vargas? Porque el merengue típico era muy diferente.

En República Dominicana había un grupo llamado Ángel Viloria y otro de guitarras llamado Los Alegres Dominicanos. Después oí en el piano a Chapuseaux y Damirón. Con estas antagónicas propuestas, más Johnny Ventura, con una banda ya formada, Félix del Rosario, y Rafael Solano, yo dije, hace cincuenta años: ‘Ese género tengo que internacionalizarlo’. Porque ese concepto tiene de manera congénita algo que hace mover. Y lo comprobé porque hasta los suecos, sin saber, lo bailaron. Todas esas cabezas amarillitas parecían un mar de mantequilla, todos lo bailaron.

Es un ritmo internacional por su cadencia, por la manera como está formada su cuadratura. Y aquí estoy, cumpliendo mis cincuenta años en la música; vamos a verter todo esto en un recipiente llamado Merengue de Oro. Yo llegué al merengue y lo que encontré fue: “A lo oscuro metí la mano, a lo oscuro metí los pies...”. Eso no iba conmigo ni yo lo sabía hacer, pero era un recipiente en el que yo podía meter mis pensamientos musicales, que no son egresados del merengue.

Cuando estoy en Colombia no me quiero ir. Pero cuando estoy en Santo Domingo tampoco me quiero ir

Entonces, ¿quiénes lo influenciaron?

Yo oía mucho a un guitarrista y cantautor brasileño llamado Laurín de Almeida y yo decía: ‘Mami, eso que él está haciendo no tiene la estructura de las que tú te sabes. ¿Cómo es?’. Porque mami los que se sabía eran: la menor, segunda de la y tercera de la. Lo más básico. Cuando oí a Carlos Jobim, a Almeida, al propio Luiz Bonfa, me dije: ‘Hay otro mundo detrás del mar’, en términos melódicos, armónicos, estructurales.

¿Actualmente vive en Colombia?

Mi residencia es República Dominicana. Lo que pasa es que desde aquí nos movemos. Aquí hice televisión; acabo de firmar un contrato para un disco, que no hemos terminado, y si usted me pregunta por qué paso mucho tiempo en Colombia, usted se va a reír. Cuando estoy en Colombia no me quiero ir. Pero cuando estoy en Santo Domingo tampoco me quiero ir.

¿Qué es lo que ha querido transmitir con su música?

La música es mi pasión. Y la edad no va a determinar hasta qué punto yo esté en la música. Pero lo que sí va a determinar eso es cuando deje de disfrutarla. El día que yo deje de ver la música como una novia, y el amor se caiga, ahí me voy para mi casa. Porque a mí no me pagan ni para sufrir ni para yacer. Quienes yacen son las piedras.

Y los muertos...

Y los muertos.

¿Tiene afecto especial por alguna de sus creaciones?

Yo amo a Calixto (el colombiano que compuso El africano). Calixto Ochoa para mí es algo que llegó a la Tierra para servir y para poner su talento, su inteligencia al servicio de la cultura, de la diversión, de la recordación. En algún momento voy en un carro público a un estudio de grabación, en Barranquilla, y oigo El africano: “Mami, el negro está rabioso, quiere pelear conmigo, decíselo a mi papa. Mami, yo me acuesto tranquila, me tapo pie cabeza y el negro me destapa”. Y dije: ‘¡¿cómo?!’. “Mami, ¿qué será lo que quiere el negro?”. (Suelta una gran carcajada, y grita): ¡Nooooo! Le digo al chofer: ¿Y quién es el tipo? Y me hace la historia: “Es Calixto Ochoa”. ¿Y dónde consigo ese disco? Desbaraté todos mis planes, di la vuelta, y en menos de 48 horas estaba grabada por mí. Y en menos de las siguientes 48 horas estaba sonando en La Mega de Nueva York.

FRANCISCO CELIS ALBÁN
Editor de EL TIEMPO

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