Viaje desde palabras curiosas hasta la billetera del señor Luchito

Viaje desde palabras curiosas hasta la billetera del señor Luchito

La disputa sobre el origen del vocablo ‘zapato’. Una colección humorística de significados.

Viaje desde las palabras más curiosas hasta la billetera del señor Luchito

En la foto, el homenaje al poema de Luis Carlos López 'Mis zapatos viejos'. La escultura representa no unos zapatos sino unos botines.

Foto:

Juan Uribe

Por: Juan Gossain
20 de febrero 2019 , 08:17 p.m.

El otro día, en una crónica que escribí para estas mismas páginas, les conté a ustedes cómo fue que el hombre primitivo se vio obligado a inventar el zapato para que el suelo de piedra no le desbaratara los pies. Pero, en medio de tanta historia, se me olvidó contarles de dónde proviene esa palabra, de dónde salió, su curioso origen, las polémicas que ha provocado y sigue provocando en el mundo.

Según el diccionario de la Real Academia Española, que es el árbitro supremo de nuestra lengua, el vocablo castellano zapato proviene de la palabra turca zabata, que significa protector. El problema empieza porque en la lengua turca de hoy, zapato se dice ayakkabi, y las dos palabrejas no se parecen ni en la sombra.

Enseguida los árabes, que ocuparon España durante ochocientos años, dijeron que la palabra original proviene de su idioma, en el cual se dice sabbat y significa lo mismo, protección. Y agregan los árabes que de allí fue de donde la tomaron los españoles.

Catalán, griego, portugués

Quién dijo miedo. De inmediato, los portugueses reclamaron la paternidad del vocablo, aduciendo que ellos fueron sus inventores, y que en su idioma se escribe con ‘s’: sapato.

La discusión fue creciendo por toda Europa. Los holandeses sostienen que la idea fue de ellos, que lo bautizaron schoen, muy parecido al inglés, en cuyo lenguaje se llama shoe.

Hasta los catalanes entraron a terciar en el debate, puesto que, según ellos, la palabra les pertenece, ya que desde tiempos inmemoriales en su idioma se dice sabata,
tan similar al árabe y al turco.

Y, en los límites entre España y Francia, también saltaron los vascos, argumentando que la bendita palabra es suya, por cuanto en su lengua se le dice tzap al verbo ‘pisar’ desde los tiempos de upa.

Como ustedes pueden verlo, el verdadero origen del terminacho es divertido, misterioso y hasta de buena familia. Zapato es de nobleza genuina, aunque siempre ande por el suelo.

Se me ha ido más de media vida tratando de convencer a la gente para que se enamore del lenguaje, porque no solo se trata de elevar nuestra educación, sino que sirve además como un juguete

El coturno

Los griegos antiguos, por su parte, crearon un modelo de zapato que llegaba hasta la pantorrilla, y tenía los tacones altísimos, al que llamaron coturno. Después, los romanos lo adoptaron para uso de los actores de teatro, a fin de aumentarles la estatura.

La verdad es que, mientras pasaba el tiempo, tanto el zapato como la palabra que lo define se volvieron universales.
Patrimonio de la humanidad, lo cual no ocurrió con otras prendas de vestir, más elegantes y delicadas, como la chaqueta, la blusa, el pantalón o la falda.

Buscando y rebuscando, he encontrado una cantidad casi infinita de sinónimos del zapato, o de objetos similares que se derivan del zapato. Aquí van algunos, típicamente colombianos y del mundo entero: sandalias, mocasines, tenis, babuchas, alpargatas (o alpargates), abarcas, chanclas, botas, botines, polainas, escarpines, zuecos, destalonados, mosqueteras, plataformas.

El juego de las palabras

Tal como lo he repetido tantas veces, se me ha ido más de media vida tratando de convencer a la gente para que se enamore del lenguaje, porque no solo se trata de elevar nuestra educación, sino que sirve además como un juguete divertido.

Cada día circulan por las redes sociales unas bromas buenísimas con el doble sentido, y hasta triple, que la gente encuentra en las palabras. Aquí les voy a poner unos cuantos ejemplos de los que me han llegado y que ustedes, probablemente, también han recibido ya:

Diademas: 29 de febrero.

Bermudas: mirar cuidadosamente a las señoras que no hablan.
Camarón: una máquina gigantesca que saca fotografías.

Ondeando: ¿Dónde es que estoy?

Atiborrarte: Desaparecerte.

Nuevamente: cerebro sin estrenar.

Sorprendida: monja en llamas.

Esmalte: en el Caribe, ni lune ni miéccole.

Telepatía: televisor para regalarle el día de su cumpleaños a la hermana de mi mamá.
Becerro: se queda mirando una loma.

Curiosidades del lenguaje

Nuestro idioma está lleno de vocablos graciosos, difíciles o extraños. No es para memos si, tal como lo afirman las investigaciones más confiables, el diccionario castellano contiene casi 90.000 palabras en este momento.

Y, mientras avanza la historia, en el camino se van quedando unas palabras realmente insólitas que ya nadie usa. Miren este ejemplo: en la Edad Media se llamaba ‘tronzo’, en lengua castellana, al caballo que le cortaban una oreja para indicar que en las compraventas de ganado ya lo habían rechazado por inútil. Yo recuerdo que en los pueblos del Caribe colombiano, a ese mismo animal desorejado lo llamaban ‘cartulo’ o ‘cacharo’. La palabra ya no aparece ni en los lexicones de antigüedades.

En la época de Colón todavía no existía en castellano la palabra “ratero”. Al ladrón de poca monta lo llamaban “charrán”.

También desapareció el verbo “abarrar”, que significaba darle a alguien una paliza o propinarle una cueriza al muchacho desobediente.

Otra palabra que también se murió –dale, Señor, el descanso eterno, y brille para ella la luz perpetua– es “manlevado”, con la que se definía a quien estuviera cargado de deudas y compromisos. Era el equivalente a lo que el pueblo colombiano llama ahora “estar enculebrado”.

En los orígenes de la lengua, “melguizo” era un sinónimo de mellizo o gemelo. Después se convirtió en un apellido.

Las vocales

Ya que estamos metidos en los terrenos donde abundan los vocablos curiosos y entretenidos, debo decirles que una de las historias más difundidas de nuestra lengua castellana tiene que ver con las vocales.

Resulta que, en alguna ocasión, hace ya mucho tiempo, a alguien que ponía cara de intelectual se le ocurrió decir que murciélago es la única palabra del idioma –la única– que tiene las cinco vocales.
Y repitió, rotundamente, que no hay ninguna otra.

Esa afirmación hizo carrera desde España hasta América, hasta que se convirtió en dogma de fe que se repetía, como el bostezo, de boca en boca.

Pues bien, hace algún tiempo, a una escritora española que ganó el Premio Planeta de literatura se le ocurrió repetir esa afirmación en la entrevista que le hicieron para el diario madrileño ABC.

A los pocos días, en las páginas del mismo periódico apareció una carta enviada por el ciudadano José Fernando Blanco Sánchez, dirigida a la mencionada señora.

Hasta el eucalipto

Aunque supongo que muchos de ustedes ya la conocen, a continuación reproduzco dicha carta, para deleite de quienes no la han visto:

“Mi estimada señora: piense un poco y controle su euforia. Un arquitecto escuálido, llamado Aurelio o Eulalio, o tal vez Eucario, no recuerdo bien, dice que lo más auténtico es tener un traje reticulado que siga el arquetipo de aquel viejo reumático y repudiado que consiguiera en su tiempo ser esquilado por un comunicante que cometió adulterio con una encubridora cerca del estanquillo.

“Señora escritora: si el peliagudo enunciado de la ecuación la deja irresoluta, olvide su menstruación y piense de modo jerárquico.
No se atragante con esta perturbación, que no va con su meticulosa educación. Solo me falta recomendarle que se refresque con hojas de eucalipto”.

(Me dirijo ahora a mis amables lectores: si ustedes quieren comprobarlo, cuéntenlas y verán que el señor Blanco Sánchez encontró nada menos que 27 palabras que contienen, cada una, las cinco vocales. A lo mejor hay otras. Les sugiero que las busquen. Es un estupendo entretenimiento).

Epílogo con Luchito

Se me cae la cara de vergüenza con ustedes, pero es que me veo precisado a cambiar de tema una vez más. Lo que pasa es que mi alma emocionada no resiste la tentación de aprovechar los últimos renglones para contarles la historia que sigue a continuación.

Resulta que hace poquitos días fuimos a pasar el fin de semana en el club de mar de Punta Iguana, en las afueras de Cartagena, donde termina la bahía exterior
y empieza a explayarse el mar abierto, el Caribe puro.

En la mañana, al despertarme, no encontré mi billetera. La busqué por todas partes. Nada. Entonces, pensando que se me pudo haber quedado en el automóvil, salí de la habitación rumbo al parqueadero. Al pasar frente a las oficinas, y viéndome escudriñar con la mirada en todos los rincones, la señora Mayo, que trabaja en la administración, me preguntó si se me había perdido algo.

—No encuentro mi billetera –le dije.

Ella fue a su escritorio y volvió en el acto.

—Aquí la tiene –me dijo, entregándomela–. El señor Luchito vino a trabajar muy temprano, esta madrugada, encontró la billetera en una mesa de la piscina y en seguida se la entregó a la gerencia.

—¿Quién es el señor Luchito? –le pregunté, intrigado.

—Es el que arregla y limpia la piscina –contestó–. A veces también maneja el camión del club.

En mi cartera había dinero, cheques, tarjetas de crédito, tarjetas de cajeros bancarios. Todo estaba en orden. No faltaba nada. Entonces me quedé pensativo. Un obrero de modesto salario va y devuelve lo que es ajeno, sin dudarlo un instante, y aunque nadie sepa que él se lo encontró.

Me dieron ganas de llevar al señor Luchito en una correría por todo el país, empezando en Bogotá, para que cojan ejemplo esos señores de grandes diplomas, tanto congresista insigne, tanto funcionario renombrado, tanto banquero reputado, tanto magistrado solemne, tantos doctores ilustres y educados en las mejores universidades del mundo, tantos políticos y contratistas del Estado, tantos Odebrecht que andan sueltos.

A pesar de tanta corrupción, en este bendito país nuestro no todo se ha perdido. Luchito es una luz de esperanza.

JUAN GOSSAIN
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