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‘Unicentro fue para mí la culminación de un sueño’: Pedro Gómez
Unicentro

El revolucionario centro comercial de 80.000 metros cuadrados, 306 locales y 1.500 parqueaderos.

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Archivo EL TIEMPO

‘Unicentro fue para mí la culminación de un sueño’: Pedro Gómez

El constructor cuenta cómo nació este centro comercial, en este fragmento de sus 'Memorias'.

Unicentro no fue la primera obra importante que construí, pero sí la más significativa, la que conllevó cambios en la manera de hacer comercio y en el comportamiento de la sociedad. En muchos sentidos nos cambió al país, a mi empresa y a mí personalmente. Más que un centro comercial, Unicentro fue para mí la culminación de un verdadero sueño. Yo quería iniciar allí la realización de una idea urbanística que solucionara el problema fundamental de la ciudad, que se deriva de la creciente demanda de movilidad; construir una ciudad dentro de la ciudad. Me imaginaba un lugar que lo tuviera todo: comercio, viviendas, colegios, hoteles, iglesias, parques, hospitales. Un lugar en el que no se necesitara el carro, pues a todo se pudiera llegar a pie, en patines o en bicicleta.

Hasta ese momento en Colombia no había algo semejante. El concepto de centro comercial, ya muy usado en el mundo, no había aterrizado en el país y lo que existía eran los conjuntos de almacenes en el centro de la ciudad y desde la calle 9 hasta la 100.

La idea de construir en Bogotá el primer centro comercial moderno, tipo mall, surgió en una conversación entre amigos, ocurrida en un coctel del Comité de Comercio de Bogotá, en la que alguien me preguntó en tono de reclamo por qué esa modalidad no existía en Colombia, mientras ya operaba en otras ciudades de Latinoamérica, incluida Caracas.

En la definición de la idea y en su análisis inicial me acompañaron Juan Pizano y Hernando Casas. Con ellos nos reunimos muchos martes a las diez de la mañana en nuestras oficinas de Seguros Bolívar. Se trataba de darle contenido y forma a esa ilusión que durante varios años inquietó al Comité de Comercio de Bogotá, donde empresarios meritorios como Álvaro Pachón, Hernando Luque y Daniel Valdiri trataban de organizar a sus colegas, sin lograrlo. Hicimos varios viajes por el mundo conociendo centros comerciales y analizando sus diversos aspectos arquitectónicos, estéticos, de funcionamiento, de organización interna, de promoción y publicidad y de relaciones con la comunidad.

(Lea además: Unicentro rindió homenaje a Pedro Gómez, su fundador)

De regreso a Bogotá y una vez decididos a emprender esa aventura comenzamos a buscar el lugar apropiado para construirlo. Ante todo, estudiamos la historia y la geografía del comercio en la ciudad, comenzando por la Calle Real y la carrera 8.a hasta la Avenida Jiménez de Quesada, nuevamente la carrera 7.a hasta la calle 24, de allí un primer salto hasta Chapinero, enseguida otro paso largo hasta El Lago y uno más por la carrera 15 hasta la calle 100; siempre hacia el norte. Analizamos detenidamente varias opciones, pero al final concluimos que Unicentro debía construirse en un lugar en el norte y que debíamos encontrar un terreno lo suficientemente amplio, pues no se trataba solamente de un edificio, sino que queríamos que tuviera grandes espacios de parqueos y la posibilidad de desarrollar otras actividades. Y decidimos que tenía que estar ubicado al oriente de la Autopista Norte, necesariamente. Por esta última consideración no le aceptamos a Carlos Pacheco su generoso ofrecimiento de un terreno importante en su magnífica urbanización de la calle 113, abajo de la Autopista Norte.

Inauguración de Unicentro: Virgilio Barco Vargas, Pedro Gómez Barrero, Alfonso Palacio Rudas y Hernando Casas, entre otros, en 1976.

Foto:

cortesía Villegas Editores

Encontramos un espacio adecuado de 24 hectáreas, muy cerca del Country Club de Bogotá, en la confluencia de la carrera 15 con la calle 127, que por entonces estaba rodeado de fincas agrícolas, en donde se cultivaba cebada. La dueña se llama Gloria González de Esguerra. Yo sabía que es una persona muy importante y también muy generosa. Por esa época, ella había donado terrenos extensos y valiosos para la construcción de la Clínica Santa Fe. Con la esperanza de adquirir ese gran lote, y con la colaboración de amigos comunes, le presenté las ideas atrás expuestas y su alcance para la ciudad, para el comercio y para la comunidad; hablamos muchas veces. Me preocupaba naturalmente que no contaba con recursos proporcionados a la magnitud y calidad de la finca.

Luego de varias conversaciones, llegamos a un entendimiento. Ahí llegamos al momento definitivo: había que pagar la cuota inicial y yo no tenía con qué. Mi empresa hasta ese momento no contaba con grandes recursos: lo que teníamos en ese entonces era simplemente una idea valiosa y el propósito de realizarla. Acordamos una cuota inicial: cinco millones de pesos. Salí feliz de esa reunión, pero me daba vueltas una pregunta: ¿De dónde sacar todo ese dinero?

Me acordé de mi querido condiscípulo Jaime Michelsen. Los dos habíamos estudiado derecho en la Universidad del Rosario y en ese momento él era el presidente de un gran conglomerado económico, incluido el Banco Grancolombiano. La vida nos había dado muchas vueltas. Cuando compartíamos pupitre en el aula de la Casa Carrasquilla, yo tenía un trabajo en la sección de bachillerato del Colegio del Rosario.

Inicié estudios en el Rosario simultáneamente con mi trabajo como celador nocturno del edificio del Ministerio de Agricultura; sin embargo, pronto monseñor Castro Silva me nombró Pasante en la sección de bachillerato. El salario no daba para lujos, pero sí alcanzaba para atender mis necesidades; también me permitió prestar algunos pesos a mi dilecto amigo Jaime Michelsen cuando se le agotaba la mesada generosa que recibía de su familia.

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Jaime, como es sabido, era hijo de una familia pudiente y recibía una mesada semanal fija que le daban sus padres. Sin embargo, a veces simplemente no le alcanzaba. Estaba muy enamorado y de vez en cuando se quedaba corto para llevar la novia a cine y tomar una taza de té. Si eso sucedía yo le prestaba, a veces hasta 10 pesos, que era casi la mitad de mi mensualidad. Eso y muchos más temas que vivimos en la universidad marcaron una relación muy cercana entre ambos, de una profunda amistad.

Pedro Gómez publica 'Memorias', con Villegas Editores.

Foto:

Archivo particular

Años después estaba yo en el otro lado. Había pedido una cita para contarle mis planes de construir Unicentro. Y para ser franco, necesitaba un crédito enorme y no tenía nada con qué respaldar esa deuda. Él me recibió muy amablemente y me dijo que estaba enterado de mis planes. “Estás haciendo cosas muy importantes. Te felicito. Me alegro mucho y si necesitas alguna ayuda mía cuenta con ella”, me dijo de manera muy sincera.

Inmediatamente le conté del proyecto y le dije que para comenzar necesitaba cinco millones de pesos. En esa época esa cifra era importante. Por eso, apenas escuchó el monto, Jaime sonrió y soltó una carcajada. Me preguntó qué garantías le podía dar, y yo quedé aturdido. Al final, me limité a decir la verdad: “Mi firma es lo único que tengo”.
Michelsen citó a los jefes del banco y a los directores de algunas de las principales empresas del grupo. Todos se sentaron en una mesa redonda. El banquero no habló inicialmente de números. “Quizás ustedes no saben de mi amistad con Pedro Gómez”, comentó. Habló un rato del proyecto y al final les planteó la propuesta de prestar cinco millones de pesos sin garantía alguna. Todos sonrieron y algunos recordaron que una cosa es la amistad y otra los negocios. Pero Jaime dio final a esa conversación con una conclusión: me prestaban la plata.

Con el dinero en el bolsillo, fui a hacer el negocio con Gloria. Recuerdo que no podía creer que yo estuviera firmando un cheque así de cuantioso. ¡Cinco millones de pesos! ¡Una fortuna!

De ahí en adelante todo fue más rápido. Manuel Restrepo Umaña y Álvaro Pradilla plasmaron el proyecto de esta obra, que por su calidad arquitectónica ha merecido la admiración de todos los visitantes durante muchos años. Venderlo tampoco fue fácil. Muy pocos daban crédito a que ese fuera un proyecto exitoso. Mis propios amigos creían que esa era una idea que me iba a llevar a la quiebra y lo decían sotto voce todo el tiempo.

Durante la construcción de Unicentro se regó el chisme de que estaba quebrado y se alcanzó a decir que me había fugado del país. Como Jaime Michelsen era el principal financista del proyecto, todo dependía de que él no cortara el chorro. Me reuní con él para explicarle que la situación no era crítica. Le sugerí que enviara un auditor para que verificara la realidad de la situación. Jaime me contestó: “Yo lo que quiero es ayudarte. Si mando un auditor y eso se filtra, lo que van a creer es que estás quebrado y nos quebramos ambos. Más bien sigamos adelante”.

Para enamorar a los comerciantes con el proyecto tomamos en arrendamiento una casa frente a Unicentro, sobre la carrera 15, en la que pusimos una enorme maqueta junto con fotografías, diseños y planos que mostraban lo que se iba a construir. Como en todo lo que me había pasado en años anteriores, los primeros en apostarle a Unicentro fueron mis amigos. Invité al presidente de la Federación Nacional de Cafeteros, Jorge Cárdenas, quien después de escuchar la historia del proyecto y sus características compró el local más grande (donde por años funcionó el Almacén Ley y hoy el Éxito), y la organización de Jaime Michelsen me ayudó con otros más para sus empresas. Los demás compradores eran principalmente los que tenían locales sobre la carrera 15 antes de llegar a la calle 100, que era el paseo comercial de la época.

Son muchas, importantes y hasta divertidas las anécdotas que de aquellas jornadas me quedaron grabadas en mi memoria, como estas: el proceso de construcción demandó esfuerzos intensos y prolongados, algunas veces hasta las once o doce de la noche; a María Teresa, mi esposa en ese momento, le sorprendía que le dedicáramos tanto tiempo a los nuevos proyectos. Pero nos apoyaba con mucho entusiasmo. Llegaba a las ocho de la noche a Unicentro con unos termos con tinto o agua de panela, que en momentos de cansancio nos devolvían la energía. Tiempo después supimos su secreto: María Teresa agregaba al café una copita de whisky para premiarnos.

A medida que la gente iba comprando, nosotros íbamos construyendo. Poco a poco Unicentro comenzó a generar gran curiosidad. Mucha gente entraba a la referida casa de ventas; comía empanadas, tomaba gaseosa y se llevaba un folleto ilustrativo del proyecto con la lista de áreas y precios.

Construcción de Unicentro.

Foto:

cortesía Villegas Editores

Cuando ya teníamos terminada la estructura y lo fundamental en obra gris, como de costumbre, hice un almuerzo para todos mis amigos y los comerciantes que queríamos vincular como compradores; un almuerzo enorme en la terraza del gran edificio. La verdad es que “tiramos la casa por la ventana”; llevamos a la cantante de moda de esa época, Claudia de Colombia, quien nos presentó un espectáculo agradable. En la terraza parqueamos un helicóptero para que cualquier persona pudiera sobrevolar y ver la extensión del proyecto y la manera como iba tomando forma. En ese almuerzo alcancé a escuchar a unos amigos que decían: “¿Cómo le ayudamos a Pedro? ¡Esto sí lo va a quebrar!”; entonces sucedió algo inesperado: Virgilio Barco, el gran exalcalde de Bogotá, tomó el micrófono. Hoy pienso que él debía saber que todos estaban aterrados de que fuera un centro comercial tan grande y de que por la misma razón yo no tendría con qué construirlo. Virgilio, un hombre sabio y un amigo muy querido, se situó a buena distancia para elevar la voz y dijo:

Pedro, yo quisiera darte las gracias por tan agradable ágape; todo ha sido magnífico. Pero quiero decirte como representante de los bogotanos que tengo un reclamo: te quedaste corto. En diez años este centro comercial se va a quedar pequeño. Si estuviera en mis manos lo modificaría para que fuera más grande… pero igual cuenta con nosotros. Te vamos a apoyar.

Se trató de una intervención con mucho ingenio a la que le debo mucho. Se acabó ahí con la idea de que se trataba de una locura. Ese día vendimos mucho y también en los meses que vinieron después. En total fueron cuatro años muy emocionantes e intensos. Cuando terminamos el centro comercial, solo nos faltaba vender el veinte por ciento de los locales.

(Lea además: La revolución de los centros comerciales)

La inauguración, el 27 de abril de 1976, fue una noticia nacional. Ese día nos acompañaron, en primer lugar, el presidente de la República, Alfonso López Michelsen, y su esposa, Cecilia Caballero. La ceremonia se convirtió en una gran fiesta con más de dos mil invitados entre industriales, banqueros, artistas, militares, altos funcionarios del gobierno, entre ellos el alcalde de Bogotá, Luis Prieto Ocampo, compradores y empleados de los almacenes que operarían allí.

Unicentro se edificó en una finca aledaña al Country Club de Bogotá que Pedro Gómez le compró a una reconocida familia.

Foto:

cortesía Villegas Editores

El doctor López era muy puntual y me había dicho que quería llegar antes de que comenzara el evento. Yo fui a recogerlo a la Casa de Nariño, y con esa advertencia terminamos llegando mucho antes de las siete de la noche, la hora en que estaba programado iniciar la inauguración. Por eso dimos unas vueltas por el barrio para ingresar, como lo hicimos, a las siete en punto. El presidente López expresó unas emotivas palabras esa noche. Aseguró que elevar un edificio de 80 mil metros cuadrados de construcción, con 306 locales comerciales en los dos primeros pisos y oficinas en el tercero y 1.500 parqueaderos, en solo 27 meses, era “una hazaña que bien merece el aplauso del gobierno central”. Y luego aseguró que Unicentro sería una obra que permitiría “quebrantar el escepticismo de quienes desconfían del porvenir de Colombia”. Además de ese gesto de esperanza, recuerdo que lo más emocionante de esa noche fue ver a los compradores que se abrazaban entre sí como si no creyeran que eran parte de algo así de grande. La magnitud de Unicentro sorprendía por esos años a muchos. Se trataba de algo nunca antes visto en Colombia. Las zonas comunes, como los amplios corredores y las plazoletas de descanso, ocupan otros 18 mil metros cuadrados.

Muchas personas comenzaron a invertir allí los ahorros de su vida. Eso me pasó con una buena amiga que me buscó para decirme que le ayudara a elegir un local para hacer una inversión. Así lo hicimos. Años después me la encontré almorzando en el restaurante Pajares Salinas. Apenas me vio se paró emocionada, me abrazó y me dijo que me agradecía muchísimo porque había vendido su local por tres veces el precio que pagó. Le dije que me alegraba mucho, pero que el otro afortunado era el comprador porque ese lugar iba a seguir valorizándose. Tiempo después supe que lo había vendido también por varias veces lo que pagó. Después ya era imposible encontrar un local disponible.

A mí me encantaba Unicentro; tanto que trasladé allí mis oficinas. Pasé de tener 120 metros en el edificio de Seguros Bolívar a tener 700 metros en el tercer piso de Unicentro. Por años fui allí todos los días. Trabajamos con mucha pasión y hasta altísimas horas de la noche, porque también hay que decir que después de que construí ese centro comercial la empresa creció mucho. No tuvimos muchas utilidades de ese proyecto; no tanto como la gente pensaba. Pero lo que ganamos a partir de allí fue algo mucho más importante que tiene un valor superior en los negocios: credibilidad y confianza.

Para celebrar los 25 años se le hizo una remodelación, respetuosa de sus líneas arquitectónicas, se adicionaron dos pisos sobre los “locales ancla”, sin desdibujar su volumetría ni sus fachadas.

Unicentro cambió muchas cosas en Colombia. Lo primero es que allí nos inventamos esa fórmula de hacer grandes construcciones con la plata de los comerciantes, prometientes compradores de locales. De lo contrario, hubiera sido imposible que la entidad promotora hubiera podido asumir los costos de un proyecto semejante. Así, a medida que nos compraban íbamos construyendo. En Estados Unidos y en Europa eso no era necesario porque allá había crédito a largo plazo y tasas de interés razonables; aquí eso terminó ocurriendo, pero muchos años después con el “crédito constructor”.

*Cortesía Villegas Editores

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