Una década sin el poeta Mario Rivero

Una década sin el poeta Mario Rivero

Recuerdo de uno de los fundadores de la querida revista lírica 'Golpe de Dados'.

Mario Rivero

Mario Rivero (Envigado, 1935-Bogotá, 2009) también fue crítico de arte y periodista.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Federico Díaz-Granados*
06 de mayo 2019 , 10:00 p.m.

Abril es el mes más cruel. Así empieza uno de los libros más conmovedores de la poesía universal: La tierra baldía, de T. S Eliot. Y quizás sea un mes cruel porque cuando llega la primavera con sus colores se puede oler de manera más certera el fracaso y la muerte.

El invierno pone todo de frente, la primavera lo distrae y deja en evidencia el horror y los despojos. Eso lo sabía bien Mario Rivero, lector incansable de Eliot que murió un sábado santo hace diez años: el 11 de abril de 2009.

Por eso, en ese talante anticipatorio, Mario había escrito en Del amor y su huella y con un claro guiño a su maestro anglosajón, un par décadas antes: Abril ha llegado. ¿Y cómo no decir que es cruel? / Hay flores, (aunque no lilas) como para partir el corazón. / Esa otra amapola de carne y sangre que es el corazón. / Hay flores de mil colores en las ventanas, / sobre los canteros, / corolas en las aguas que corren y en las aguas estancadas, / y corolas en los remolinos de las aguas. // Incendia el rojo de los geranios contra la pared,/ y ese encendido rojo me hace daño, envejezco./ Ya no soy aquel hombre de antaño,/ y sin embargo, igual me inclino para oler las violetas.

Así transcurrieron los últimos años de Rivero, entre una ratificación de su escepticismo por el ser humano y el mundo y un acercamiento hacia lo sagrado y lo místico.

En sus últimos meses de vida nos dedicamos a preparar la edición definitiva de su Poesía completa, que aparecería en la Biblioteca Sibila de Poesía en Español, dirigida por ese entusiasta de la lírica latinoamericana que es el poeta Francisco José Cruz. Luego de la impecable digitación, a cargo de Gladys Siabato, de los más de 13 libros escritos a lo largo de 50 años, nos dedicamos a revisar, una por una, cada una de las 608 páginas.

Así transcurrieron los últimos años de Rivero, entre una ratificación de su escepticismo por el ser humano y el mundo y un acercamiento hacia lo sagrado y lo místico.

Yo leía en voz alta y él con una gran memoria corregía en el renglón exacto la palabra precisa. Sabía muy bien donde estaban las pausas y los cortes de cada verso. Las leímos muchas veces en su cuarto lleno de antologías de poesía universal empastadas en color azul oscuro, novelas policiacas y tratados de arte.

Mientras su inseparable y leal compañera de vida Blanca Panesso iba muy puntual a misa de seis de la tarde en la iglesia de La Candelaria, nosotros nos dedicábamos a revisar esas galeras finales de su obra completa. Revisamos también las pruebas editoriales de lo que sería su último libro, Balada de la gran señora, un volumen de despedida, de aclarar cuentas con la vida, de mirar a la muerte de frente y de dar cuenta de sus emociones finales y su contemplación detallada de las cosas y las gentes.

De aquellos poemas que reflejaban el bullicio de la ciudad, las palpitaciones de la vida urbana y el desenfado cotidiano a manera de crónica ya poco quedaba en esta etapa final. Asistíamos a una poesía de registro mucho más íntimo y personal, pero fiel a su tono testimonial y sencillo.

Nunca más su impactante presencia se volvió a ver por esas calles olorosas a pan tibio y café caliente. La ciudad había perdido a uno de sus íconos. El poeta que vestía de pana o de jean y se envolvía en bufandas oscuras ya no bajaría más desde su casa hasta la avenida Jiménez.

El 11 de abril de 2009, su corazón agitado se cansó y se detuvo. Su epitafio estaba escrito hace mucho tiempo: 'Morir es pasar / a habitar / otra estrella./ Lo que me fue prestado / lo devuelvo'.

El poeta de las esquinas cuya figura inmensa y corpulenta, su pelo canoso y su barba negra y voz pausada, a veces con tono de urgencia o de angustia, ya no sería más el transeúnte de ese centro que tan bien había retratado en Poemas urbanos o Vuelvo a las calles.

La última vez que lo vi, en vísperas de su muerte, dejamos listas las pruebas definitivas de su libro. Le besé la frente y me dijo: “Ay, mijito, no nos queda sino Dios y el asco”, y cantó una vez más para sí mismo Rival de mi cariño / el viento que te besa / rival de mi tristeza / mi propia soledad, de Agustín Lara. Algo quedaba, en el ocaso, de aquel cantante de boleros y tangos de los años 60.

El 11 de abril de 2009, su corazón agitado se cansó y se detuvo. Su epitafio estaba escrito hace mucho tiempo: Morir es pasar / a habitar / otra estrella./ Lo que me fue prestado / lo devuelvo. Murió el mismo día que años atrás partieran sus dos entrañables amigos Alejandro Obregón y Héctor Rojas Herazo, como si se tratara de una cita del destino o el cumplimiento del pacto que se habían prometido en vida estos tres gigantes. Para mí, como en Cinema Paradiso, había muerto mi Alfredo, mi maestro gruñón y tierno que todavía sigo extrañando.

FEDERICO DÍAZ-GRANADOS*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
*Poeta y gestor cultural

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