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‘Una de las principales funciones del arte es incomodar’
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Adriana Lucía y su labor social en El cine y yo | El Cine y YoAdriana Lucía y su labor social en El cine y yo | El Cine y Yo
Adriana Lucía

Cortesía Adriana Lucía

‘Una de las principales funciones del arte es incomodar’

La cantante Adriana Lucía reveló las claves de su música y su actividad por los derechos humanos.

“Yo soy de un corregimiento de Lorica, Córdoba, que se llama El Carito. Mi papá me cuenta que cuando él era niño, llegaban los gitanos, de pueblo en pueblo, y armaban sus carpas. La gente se asomaba y los gitanos les proyectaban las películas mexicanas de la época. Es una historia mágica: un gitano en un corregimiento de Córdoba presenta cine de México”.

Este hechizo encantó bien temprano a la cantante cordobesa Adriana Lucía, aunque el cine no le llegó en caravanas descendientes de Melquiades, como a su padre. En vez de ello, venía empacado en dosis rectangulares de cintas con nombre de jarabe: “A mi papá le tocaba ir hasta Montería, rentar películas de Betamax y llevaba muchas porque no era algo que pudiera hacer todos los días. Cuando las veíamos todas, volvía a viajar, las cambiaba y traía unas nuevas”.

Así nacieron en ella dos pasiones: el séptimo arte y las problemáticas sociales. No en vano, en la sesión de ‘El cine y yo’, que la cantante protagonizó el viernes pasado, destacó películas de Cantinflas como El profe y Si yo fuera diputado. En las dos, el personaje se burla del poder y lo enfrenta. A su manera, el genial cómico mexicano trazaba una crítica social en reivindicación de los más necesitados.

Concierto de Adriana Lucia, en el marco del paro nacional, en Bogotá

Foto:

Milton Diaz. El Tiempo.

No solo el cine, el arte en general siempre se sentaba a la mesa en su casa. La vocación de Adriana Lucía no encontró reparos: “Nunca en la vida tuve plan B. Yo siempre soñé con ser música (...) Empecé muy chiquita a cantar. En mi casa, los tres hermanos somos músicos. Mi papá fue un músico que no lo dejaron ser músico. Esa frustración sirvió para descargarla sobre nosotros y apoyarnos plenamente. Yo fui la primera en ir a estudiar a Bellas Artes, mi casa estaba llena de artistas que entraban, siempre había grupos de danza y gaiteros”.

¿Y en qué momento comenzó a estudiar música?

Yo soy de la primera generación del jardín infantil de El Carito, ‘Angelitos traviesos’. Mi tía Elena era una de las primeras profesoras. Y recuerdo que mi mamá también me dio clases. Ya luego, estudié el bachillerato en Lorica. Tuve la dicha de que Fernando Zumaqué (de la dinastía musical Zumaqué) fuera mi profesor de música en el preescolar. Eso fue la semilla. Luego, la hermana Marta Cecilia Alzate, una monja, fue mi primera profesora de canto (...) Yo fui muy precoz en muchas cosas. Imagínate que llegué a la disquera para grabar mi primer disco a los 13 años. A los 14 ya salió el álbum”.

Cambio de tono

Quienes reconocen hoy a Adriana Lucía por su activismo en favor de los derechos humanos o por sus alegres interpretaciones de porros quizás no recuerden que en sus comienzos fue una exitosa voz del vallenato romántico. En 1997 debutó con el álbum Enamórate como yo y desde entonces ha grabado otros siete discos, dirigió el documental Porro hecho en Colombia y ha tenido destacadas participaciones en concursos de la televisión colombiana.

En los últimos años ha recibido elogios y críticas por sus pronunciamientos políticos, su apoyo a las protestas sociales y su reciente negativa a la invitación del entonces comisionado de Paz, Miguel Ceballos, para participar en el diálogo del Gobierno con los líderes del paro nacional. Esto pueden atestiguarlo sus más de 800.000 seguidores en Twitter, 700.000 en Facebook y casi un millón y medio en Instagram.

En este país no sé quién no habrá tenido que ver con la guerra. Todos tenemos un pedacito de esa violencia

En la charla que se transmitió por las plataformas de EL TIEMPO, la Cinemateca de Bogotá y el Idartes, fue inevitable preguntarle en qué momento la violencia tocó a su puerta, como le sucedió al protagonista de una de sus películas favoritas, La vida es bella:

“Cuando yo empecé mis clases en la Escuela de Bellas Artes de Montería –eso debió de ser a comienzos de los 90– se hablaba por allá de las ‘limpiezas sociales’. Y recuerdo que ese término me traumatizó porque no entendía. Yo decía: ‘limpiar es bueno, ¿por qué se puede asociar la limpieza con algo malo?’. Después de llevarme por algún tiempo a clases de piano con el profesor Tiburcio, mi papá me dijo: ‘No podemos ir más, porque en Montería está muy peligroso’. A raíz de una guerrilla terrible en mi región, por esa época comenzó la incursión paramilitar y nacieron las Autodefensas Unidas de Colombia. Nosotros vivimos todos los flagelos de la guerra, pero yo sentía que en mi pueblo vivíamos en una fantasía, entre grupos de danza, músicos. Era una violencia que rondaba, estaba a la vuelta de la esquina, pero en mi casa no entraba. Años más tarde, a mi papá lo secuestró la guerrilla. En este país no sé quién no habrá tenido que ver con la guerra. Todos tenemos un pedacito de esa violencia”.

¿Existe relación entre la guerra y la música?

Toda. La música es resistencia profunda. La música, en cualquier rincón del planeta, puede llegar donde el discurso no llega. Por eso, la música es tan poderosa. Y tan incómoda para mucha gente. Por eso, el arte puede tocar fibras y te puede movilizar. Yo creo que una de las principales funciones del arte es incomodar.

¿Cuándo le llegaron las inquietudes sociales de manera tan apremiante?

A mí me cambió la vida en el 2001. Yo estaba haciendo mi último álbum de la época de vallenatos. Lancé una canción que se llamaba Llegaste tú y pegó muchísimo. Para mantenerla más viva, la disquera llamó a César López para que hiciera la versión pop. Entonces, me encontré con él y me dijo que estaba inquieto por muchas cosas. Y a partir de ese encuentro sentí la necesidad de seguir conversando con él. Se fue a Nueva York, pero me dijo: ‘Cuando vuelva, te llamo’. Volvió, me llamó y me invitó a ser parte de unos procesos de reinserción y desmovilización. Empecé a trabajar con menores de edad que eran desmovilizados de la guerra. Yo venía de una sociedad totalmente silenciada, en la que uno no podía decir lo que pensaba porque lo podían matar. Y a estas personas, que eran presentadas como los malos, yo los vi todos como víctimas.

La cantante tuvo un encuentro directo con la violencia en su natal Córdoba.

Foto:

David Micolta

'Ese es mi mayor acto de amor'

Recuerdo que cuando estábamos en ese salón, me sentía muy agobiada por las historias que estaba escuchando. Desmembrados, cabezas rodando, una cosa horrorosa y yo no aguantaba más. Así que pregunté: ¿No hay alguien aquí que me pueda contar una historia de amor? Y un muchacho levantó la mano: ‘Yo tuve un amigo. Era mi mejor amigo y me obligaron a matarlo. Y, además, me dijeron que tenía que desmembrarlo. Yo me grabé en la memoria exactamente dónde había dejado cada parte del cuerpo. Lo recogí. Me retiré. Y se lo llevé a su mamá. Ese es mi mayor acto de amor’. Cuando ese chico me contó eso, yo pensé: ‘¿Ese es el amor para él?’. Ese día decidí que no podía hacerme la loca. Todos fracasamos aquí.

¿Y también su carrera como artista dio un giro musical?

Era una deuda pendiente. Al ser yo cordobesa, el porro era mi formación primaria. Por temas comerciales, terminé en el mundo del vallenato. Pero ya cuando cumplí la mayoría de edad, cuando estaba ‘mamada’ de la industria musical, estuve siete años dedicada solo a procesos sociales, entendiendo la música desde el servicio. Pero Carlos Vives me insistió mucho y fue un ‘padrino’ para hacer un disco, llamado Porro nuevo. Más allá de esas canciones tan importantes en mi vida y de nominaciones al Grammy Latino, fue un acto de fe en que sí podía emprender un nuevo camino. En la música y en la vida.

Aparte de su gusto por el cine de terror, ¿a qué le tiene miedo Adriana Lucía?

Yo no soy muy miedosa de cosas como la luz apagada o los bichos. Pero en los últimos dos años de mi vida he tenido tres amenazas. Me ha tocado estar en fiscalías y esas cosas. Y me pregunto: ¿en qué momento terminé yo metida en este problema de que por opinar te puedan amenazar? Entendí que mi miedo no es a otra persona, sino a que eso haga que uno se calle. Le tengo miedo a la autocensura. Le tengo miedo a perder el disfrute de lo simple: que se me olvide para qué quería ser cantante. Y creo que eso tiene que ver con la palabra también. Con silenciar las palabras.

¿Con quiénes hizo el documental ‘Porro hecho en Colombia’?

En los últimos dos años de mi vida he tenido tres amenazas (...) Entendí que mi miedo no es a otra persona, sino a que eso haga que uno se calle. Le tengo miedo a la autocensura

Son 274 artistas, pero los tres grandes decimeros que aparecen mucho en el documental ya murieron. Incluso, Lázaro, uno de ellos, murió hace unos meses, de covid. Es muy dolorosa su partida, pero es muy honroso haber podido dejar un documento de ellos. De su sapiencia, de su infinito aporte a nuestra cultura. Hay una frase de un poema de mi paisano Raúl Gómez Jattin, que se refiere a Cereté y dice: “Yo también soñé con llevarme a mi pueblo de Córdoba deletreado en un blanco papel, para que personas de todos lados del mundo conocieran sus noches estrelladas, llenas de velas y de fandangos”. Yo creo que un pueblo no es un pedazo de tierra. Es una cosa que uno lleva dentro y nadie se la puede quitar. Y yo quiero siempre contarle a la gente sobre mi pueblo.

¿Es pesimista u optimista sobre el futuro del país?

Seguir soñando en este país es un acto de fe. Yo soy una persona genuinamente feliz, tranquila. Creo siempre en la bondad de la gente, por encima de mis miles de defectos siempre confío. Pero creo que este país salta del dolor a la alegría sin hacer un tránsito por ningún lugar. En lo que no creo es en la falsa felicidad. Como si tuviéramos la obligación de ser felices: no creo en ese optimismo de ‘todos agarrémonos de las manos’. Y he aprendido que hay que entender los tiempos.

La cantante cordobesa Adriana Lucía escribió y dirigió el documental 'Porro hecho en Colombia', estrenado en 2015.

Foto:

Sony Music

Hay tiempo para la rabia, para el dolor y para la sanación. Y hay tiempo para la reconciliación. Yo soy optimista en el sentido de que hay una nueva ciudadanía consciente de eso. ¿En dónde veo la luz? En este estallido de artistas que hay en todos lados. Yo creo que si en los parques del país hubiese obras de teatro, cine, danza, música, si la gente tuviera más espacio para ser feliz, tendríamos una sociedad más sana. Y veo la luz en una sociedad que es capaz de pensar como nación: si tocan a una persona, nos duele a todos. Podemos estar en orillas opuestas, pero nos tenemos que poner de acuerdo en un mínimo, que es la defensa de la vida.

JULIO CÉSAR GUZMÁN
Editor de EL TIEMPO

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