‘En Nueva York me impregné de la magia de la salsa’: Fruko

‘En Nueva York me impregné de la magia de la salsa’: Fruko

El pionero de la salsa colombiana Julio Ernesto Estrada, Fruko, recuerda su vida musical.

Julio Ernesto Estrada, Fruko

Fruko, a la derecha, posa con su hijo Julio Ernesto, cada uno con un disco de su respectiva orquesta.

Foto:

Cortesía La Pluma & La Herida

02 de septiembre 2018 , 09:39 p.m.

“Este álbum casi me mete en problemas: yo creo que fue la primera vez que un músico salsero se desnudó para una portada. No fue por iniciativa propia, sino por insinuación de una productora de Fuentes (la compañía discográfica)”.

Julio Ernesto Estrada Rincón, el archifamoso Fruko, pionero de la salsa en Colombia, sostiene con sus manos enormes y cuadradas, como guantes de sparring, la carátula de uno de sus trabajos antológicos, ‘Fruko, el bueno: ayunando’ (1973), en la que efectivamente aparece viringo, despernancado entre cojines, sosteniendo en las palmas un frondoso racimo de uvas; las partes nobles tapadas con dos licoreras de cristal sin vino.

“Que conste: tenía calzoncillos. El cuento es que la disquera quería una portada diferente a lo que se había hecho antes y la muchacha de producción me sugirió encuerarme. Las fotos se hicieron en la casa de ella y estábamos en esa labor cuando llegó el marido. ¡Santo Dios! La llamó por allá a un cuarto y alcancé a oír cuando le dijo: ‘¿Qué hace ese tipo empeloto aquí?’. Por fortuna no pasó a mayores”.

Fruko da rienda suelta a ese ejercicio de nostalgia en una bodega con más de 100 mil acetatos que es la segunda planta de la legendaria zapatería Cosmos, en el centro de Bogotá. Esta pertenece a don Elkin Giraldo, comerciante de calzado que a lo largo de 30 años ha acumulado una insólita y no menos envidiable existencia de vinilos con músicas del mundo, con mayor demanda en los géneros salsa y tropical.

“En casa de herrero, azadón de palo –continúa Fruko–. De mi música tengo muy poco en Medellín. Debería tener, pero la he regalado o se ha extraviado. Es que son más de 8 mil melodías en no sé ya cuántas producciones. Y ahora que está regresando la moda de este formato (el acetato), rescatar lo que se hizo en el pasado es una maravilla. Es como volver a ser muchacho”.

A Fruko lo acompaña su hijo Julio Ernesto Estrada López, que hace años recibió la antorcha de su padre. En la actualidad lleva las riendas de The Latin Brothers, prima hermana de la orquesta Fruko y sus tesos, y como abogado en ejercicio es el representante legal de la agrupación y de su compañía productora.

Que conste: tenía calzoncillos. El cuento es que la disquera quería una portada diferente a lo que se había hecho antes y la muchacha de producción me sugirió encuerarme

Fruko repasa uno a uno sus acetatos. El de ‘Fruko, el bueno’, el del polémico desnudo, donde cantan dos jovencísimos Joe Arroyo y Wilson Manyoma (Wilson Saoco o Saoco), con temas que constituyeron los éxitos primarios del aluvión de la ‘frukomanía’, que a la fecha se sostiene como uno de los grandes referentes de la salsa criolla: ‘Yo soy el punto cubano’, ‘Lamento campesino’, ‘El ausente’, ‘Tú sufrirás’, ‘Ayunando’, ‘Canto a Borinquen’, ‘Pa’teso yo’ y el sonadísimo ‘Mosaico santero’, que incluye ‘A Santa Bárbara’, ‘San Lázaro’ y ‘A la Caridad del Cobre’.

“Vea, hombre –se dirige Fruko a don Elkin Giraldo–. ¿Y cómo hace usted para mantener todo esto intacto?”. “Eso hace parte del negocio”, responde el dependiente. “Aquí no se reciben discos rayados, sino en el mejor estado. Algunas carátulas llegan viejitas, deterioradas, con los plásticos raídos, pero aquí disponemos de una clínica artesanal para repararlos y dejarlos como nuevos. ¿Quiere que le ponga alguno de sus discos, maestro?”. “¡Hombre!, sí, este, ‘Contento’ (Discos Fuentes, 1986), que tiene su impronta internacional, porque invitamos a Orlando Contreras con un especial de su repertorio”.

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El bolerazo en la voz aterciopelada del cubano Contreras, autoría del ‘Viejo anacobero’ Daniel Santos, enciende la chispa de una entretenida y extensa tertulia matizada de anécdotas y recuerdos, que se inicia a temprana edad de pinitos musicales de un niño fortachón del barrio El Naranjal, de Medellín, que a los 4 años ya intentaba la percusión en los tarros de galletas, y a los 9, en la escuela, le partía el brazo a un compañero calavera con una llave de lucha grecorromana, cobrándole que le nombrara a la que le dio el ser.

–¿Cuál otro quiere oír, maestro? –interpela Giraldo.

–Gracias, hombre, este, ‘El grande’, que sonó mucho…”.

–Pero maestro, dígame de usted qué no ha sonado...

–Pues el primero que grabé, en 1970, cuando armé tolda aparte después de mi trayectoria con Corraleros (de Majagual): ‘Tesura’. No pasó nada con ese disco, a lo mejor porque fue el del arranque como director de mi propia orquesta”.

‘Tesura’, por la jerga empleada en la barriada bravera de la capital antioqueña a finales de los años 50 y comienzos de los 60. Julio Ernesto Estrada Rincón se apropió de esa expresión a pulso, a fuerza de sus demoledoras manos que repartían trompadas a diestra y siniestra, un respeto en el colegio, en el bar, en la calle, a donde fuera, y un sartal de apodos como el ‘Bárbaro’ (título de unos de sus discos), el ‘Terrible’, el ‘Temible’, el ‘Teso’, el ‘Terror del barrio’ y ‘Mano multada’, luego de enviar a un pana al hospital tras una acalorada discusión de tragos.

A ‘tesura’, versión de las comunas paisas (donde hay que hacerse sentir para poder sobrevivir) de la cinematografía de Martin Scorsese, siguió ya con aplomo y cordura ‘tesitura’, término clave en el concepto musical de Fruko, en el proceso coyuntural que ha marcado su polifacética carrera de músico integral (percusionista, conguero, timbalero, pianista, bajista, flautista... más de 20 instrumentos), compositor, arreglista, productor, montajista, ingeniero de sonido, grabador, cortador, etc.

Revisando en los acetatos, Fruko se detiene con visible asombro en una carátula en la que aparece su tutor y hacedor en los derroteros de la música: el cartagenero Antonio Fuentes

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Revisando en los acetatos, Fruko se detiene con visible asombro en una carátula en la que aparece su tutor y hacedor en los derroteros de la música: el cartagenero Antonio Fuentes, creador del sello Discos Fuentes. Título del álbum: ‘Cuerdas que lloran en el Ecuador. Toño Fuentes y su guitarra hawayana’ (sic).

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“Mi gran fortuna musical se la debo a Toño Fuentes –reconoce–. Como a mí, por tarambana, me echaron de la escuela, la República de Chile, a los 11 años, me fui a trabajar, ya que en la casa se pasaban necesidades (...). Por recomendación de mi tío materno Jaime Rincón Parra, compositor de ‘La cuchilla’, y de su hermano, mi tío Mario, ingeniero de sonido y cortador, con amplia experiencia en la industria musical, me fui a trabajar al sello Ondina, de ahí pasé al sello Metrópolis, para dar el salto definitivo a Fuentes”.

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“Fuentes fue la universidad y Toño, el gran maestro: músico, ingeniero de sonido, ingeniero electrónico, grabador, productor, relacionista público, mánager, fotógrafo, radioaficionado y hasta ingeniero de calderas (...). Qué más facultad que esa, la de la polifuncionalidad y la practicidad. Y a mí me pagaban por aprender. Cuando yo llegué a Fuentes todavía no había cumplido los 15 años y ya repicaba los timbales en la que sería mi primera agrupación como músico profesional: Los Corraleros de Majagual” . (...) Corraleros viene a ser como mi tesis de grado de músico”, continúa ‘el bárbaro de la salsa’.

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“Mi pasaporte a Corraleros se dio por iniciativa propia. Un día, Antonio Fuentes reunió a los muchachos para proponerles un nuevo ritmo que rompiera con lo que se venía haciendo. Algo que marcara la diferencia ante la fiebre tropical y salsera que se desató en Venezuela, con agrupaciones como Billo’s, Los Melódicos, Los Blanco, Nelson y sus estrellas. ‘Tiene que ser algo pegajoso, que quede en el inconsciente colectivo, que la gente lo identifique y se lo apropie’, sugirió Toño.

“Yo, que hacía sonar congas y timbales, metí la cucharada: ‘Y si don Antonio me da una palomita…”. ‘¿Cómo así, mijo?’, preguntó él. ‘Por favor, le pido que escuche este golpecito’, le dije. Tomé las baquetas y me solté sobre los timbales: pim, pam, pum, pum, pim, pam, pum, pim, pam, pum. Todos se miraron sorprendidos. Antonio me lo hizo repetir varias veces. ‘Eso me suena’, murmuró. Y sin pensarlo citó a un ensayo”. A ese golpe yo lo bauticé ‘billo’. Cuando salió al mercado fue la locura, se convirtió en una moda, el público asumió otra forma de baile.

“Por ese golpecito milagroso, como lo llamo yo, los éxitos de Corraleros traspasaron fronteras. Gracias al frenético ‘billo’, sin cumplir los 18 años, tuve la oportunidad de conocer Venezuela, viajar a los Estados Unidos, compartir tarima en el Manhattan Center de Nueva York con los duros del momento: Richie Ray y Bobby Cruz, Willie Colón, Tito Puente, Héctor Lavoe y La Sonora Matancera. Nueva York era la meca. Allí me impregné de la magia de la salsa, de ese goce latino que años después repercutió con Fruko y sus tesos: del malevaje a la fama”.

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“Fruko es el resultado de esta gran escuela. Lisandro Meza me jorobaba con el cuento de que yo me parecía a la muñequita de la salsa Fruco. Yo acepté el remoquete con agrado, pero en vez de dejarlo con la ‘c’, y para diferenciarlo de la marca, la reemplacé con la ‘k’ ”.

Fruko hace una pausa para abrevar un sorbo de agua y atiende el llamado de su hijo Julio Ernesto, que le enseña un álbum de época de The Latin Brothers. Padre e hijo, dos generaciones, posan para la foto, cada uno exhibiendo joyas de antología de la mejor salsa colombiana de todos los tiempos (...).

“Bueno, creo que está bien por hoy. Vamos para el hotel porque hay que atender allá otra entrevista. Cuando volvamos a Bogotá –le dice a su hijo–, venimos a donde don Elkin a ver qué más llevamos de música. ¡Eh, Ave María!, aquí se puede pasar uno el resto de la vida viendo y oyendo acetatos. Esta memoria discográfica, don Elkin, es una fortuna invaluable. Es admirable como usted la ha conservado”, concluye Fruko.

RICARDO RONDÓN C.
Para EL TIEMPO
En twitter: @PacoApostol

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