Cartarescu: el riesgo de contar todo

Cartarescu: el riesgo de contar todo

Una aproximación al escritor rumano Mircea Cartarescu (1956), nominado al Nobel de Literatura.

Cartarescu: el riesgo de contar todo

Cartarescu comenzó a destacarse con ‘Cegador’ (1996), obra de corte onírico sobre la Rumania socialista de los años 60.

Foto:

Hendrik Schmidt / AFP

Por: Alfonso Carvajal*
30 de enero 2019 , 08:08 p.m.

La mejor imagen para definir a Mircea Cartarescu: un hombre que después de tatuarse el cuerpo intenta poblar de jeroglíficos y símbolos la ciudadela de la mente.
A la trama que urde el escritor rumano le suma su obsesión sobre la creación literaria. Es su peregrinación, su búsqueda de trascenderse a sí mismo: “Estoy harto de escribir sin la esperanza de poder superarme algún día, de poder saltar más allá de mi propia sombra… He sido honesto en la única manera como puede serlo un artista, es decir, he querido contarlo todo sobre mí, absolutamente todo”.

Esta ars poetica lo conduce en apariencia a lo que hoy se llama autoficción, en la que el autor bebe copiosamente de su experiencia personal para transmitir su arte; el personaje es él, cuyo poder narrativo está en darle un sentido artístico a lo ‘prosaico’ de la realidad. En nuestro ámbito es célebre la mano de Fernando Vallejo, su carácter autobiográfico, aunque Vallejo pone sus máximas cargas en la diatriba, en su ego rebelde y en un lenguaje promiscuamente descarnado.

Cartarescu agrega a esta ligera percepción, en términos mayúsculos, los sueños y la fantasía, que forman una pirámide de voces sobre el eje de su personalidad. La literatura es cómo se dicen las cosas o cómo se piensa el mundo, y en esto riega su originalidad.

La memoria es una serie de capas, a las que la imaginación enriquece como una piedra en estado puro que el escritor embellece o deforma, pero cuyo impacto conmueve al lector, y ya no importa la vida del autor, sino lo que cuenta o pinta. El rumano, más joven, se sumergió en la poesía y, como Rimbaud, estalló los caminos de versos, y entrado en su madurez halló en la prosa una veta para enraizar su delirio interior.

‘Nostalgia’

Nostalgia es un libro que resume su catadura literaria, un laboratorio de su circunstancia con el lenguaje y la ominosa existencia. Compuesto por dos relatos y tres nouvelles. En El ruletista cuenta una historia llevada hasta instancias increíbles; hiperbólica, dirán algunos: un personaje que arriesga su vida en cada giro del tambor, donde no existe estrategia alguna, solo rogar que la bala asesina no salga, se atore en su invisibilidad; entonces, después de cada intento el ruletista cae como un trapo maltrecho y sudoroso sobre el escenario.

La suerte lo lleva a crear un sistema de vida, es decir, a enriquecerse de esta licenciosa actividad. ¿Una perfección del azar? O alguien que no podía vivir en este mundo y, haciendo presencia en el texto, el escritor dice que es literatura: “No tengo ninguna duda, el ruletista es un personaje. Pero, entonces, yo también soy un personaje y aquí no puedo evitar mostrarme exultante de alegría”. La creación es un juego, y el autor se mimetiza con la ficción de su obra.

En Gemelos aparece una de las profundas líneas temáticas del rumano, la del doble, y también del andrógino, espejismo en el cual se disuelven los géneros sexuales, y que resuelve magistralmente en unas páginas, en el cual el personaje se afeita en una descripción de exigente elaboración que nos recuerda a Flaubert en la boda del doctor Bovary con Ema, párrafos largos, detalles minuciosos que redondean un momento, una vida, y luego cómo se transforma en una mujer. Un labial sugerente, unas cejas espesas, un vestido de una tela amarillenta y grandes flores, una actitud lasciva, descaradamente erótica: “Lo que se veía en el espejo era una increíble mujer de hombros masculinos, de pecho plano y clavículas protuberantes…”.

En El Mendébil explora la infancia, ese campo minado de ambigüedades, de nubes volátiles, de que todo está por hacer; en su natal Bucarest encuentra un personaje que seduce a su pandilla de infantes. Una especie de pequeño mesías que relata historias maravillosas, una exaltación de la imaginación; la fascinación llega a su fin cuando lo ven desnudo junto a una niña de la tribu; ella, con los botones de su pecho al aire; él, delgaducho exhibiendo la desnudez como un perentorio escudo. El ritual amoral desaparece la magia, se sienten traicionados, y el ídolo cae a tierra; luego se esfuma con su madre pálida, larga, y no lo vuelven a ver. Unas palabras del Mendébil quedan grabadas en su memoria: “H

‘Solenoide’

La novela Solenoide es una apuesta por la totalidad, una obra monumental de excelsa orfebrería. Se sumerge en sus obsesiones; un artista vive de ellas. La memoria es una bombilla encendida, y él recuerda a sus padres campesinos, quienes al llegar a la capital adquieren estatus de obreros en un régimen comunista y un vecindario de ladrones, inmigrantes y putas.

Un hecho trastocará el ambiente familiar: él y su hermano Víctor, de un año, se enferman e ingresan a un hospital en donde los médicos declaran muerto a su gemelo, pero el cadáver nunca aparece, ausencia que le servirá de metáfora dolorosa en su trasegar existencial y literario. Su mamá, atormentada, lo viste de niña, con trenzas rubias, pues el otro niño se ha ido; ¿a dónde diablos, a qué cielo innombrable? Su padre se convierte en un sonámbulo, de aterciopelados ojos azules, que mira hacia todas partes y ninguna.

En su experiencia de profesor de rumano en un liceo, en el cual un docente solitario se enfrenta a treinta ‘pigmeos’, animados por sueños crueles y fantásticos, en los que la libertad está en tensión desde ambos polos. Quién tiene el poder, el que enseña o el que aprende, dilema que resume muy bien: “¿Quiénes eran aquellos seres de ojos grandes e hipnóticos, como los de las abejas? ¿Por qué había que domesticarlos, durante años y años, para transformarlos finalmente en seres como nosotros? ¿Solo para no ser devorados por ellos?”

Luego habita en una casa barco que tiene la forma de un solenoide, una bobina eléctrica, cuyas vibraciones se involucran en el tejido de la novela; en visitar fábricas abandonadas, en socavones de moho y hierros retorcidos, en el mundo muerto que esconde Bucarest, y que él resucita creando una mitología nacida de las ruinas del tiempo.

En los terrenos ambiguos de la sexualidad, con una profesora de física, cuyos encuentros hallan otra dimensión cuando ella espicha un botón de una habitación del solenoide, y comienza a levitar, y en ese estado hacen el amor retando la gravedad. O la profesora de historia, la señora Radulescu, que organiza concursos de ateísmo cuyo blanco es una imagen de la Virgen María y los dardos son los escupitajos de los alumnos.

En el quehacer literario, pues son las remembranzas del diario de un escritor fallido que crece mientras relata sus lagunas y certezas, como si la novela fuera un campo de experimentación en donde nada es seguro, solo seguir escarbando en la memoria, ¿a quién más acudir? Insistir en el lenguaje y la imaginación para construir una babel delirante, un retrato gigante de brillantes filigranas y la verdad propia.

Epílogo

Es extensivo, ampuloso en alargar las acciones o las imágenes que brotan de su mente inquieta, sediento de llenar el mundo; pero asume esa elección, así como hay otros autores más microscópicos: el caso de Borges, Michon, Piglia o Mutis; Cartarescu tiene el trazo largo, es su instinto, su manera de ampliar terreno; no quiere demostrar nada, es algo que nace de sus pulsaciones interiores, es el capitán de un barco a la deriva. Tiene el control, y eso lo hace autosuficiente de navegar a su antojo, en donde el lector es un accidente y él arriesga sus propias decisiones. Tal vez le sobran páginas, reitera obsesiones, mas no se le puede reprochar la falta de convicción.

De Sábato, dice que es su héroe. Lo conmovió ‘Informe sobre ciegos’, capítulo de la novela Sobre héroes y tumbas. En Gemelos hay un guiño inconsciente cuando el protagonista y Gina, su amada, se internan en los bajos de Bucarest y se topan un museo del horror: un mundo cristalizado y apocalíptico. Que nos recuerda el país de los ciegos que habitan debajo de Buenos Aires. De García Márquez admira Cien años de soledad, pues algo de realismo mágico imbrica su obra, como ese circo en donde trabajó su abuelo, el hombre más alto del mundo, parco y silencioso, embutido en un manto de cachemir azulado. Rodeado de unos enanos terroríficos, “de piernas torcidas y cabezas como botijos, que hacían malabares con naranjas y acrobacias sobre la arena llena de boñiga”.

Leer a Cartarescu, además de causar gozo, con sus regodeos con el lenguaje, y la fantasía arrolladora de su imaginación, es tratar de descifrar sus códigos, sus fuentes, que él retoma y encauza a su manera, como en REM, en el que hay una alusión al escarabajo kafkiano, que se convierte en una voz independiente al entrar en el cerebro de Nana, la protagonista, y tener una versión polifónica del argumento narrativo; además es un homenaje al cuento El Aleph de Borges, “el lugar donde están todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”, y que él convierte en una nouvelle a través de los sueños y el juego delirante de siete niñas en la bucólica Bucarest. Lo onírico y la infancia hacen de las suyas.

Si para Proust la memoria es un laberinto, una mirada hacia sí mismo, en Cartarescu es un juego hacia afuera y dentro, una premeditada tergiversación, una anomalía, pues “la verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida; por lo tanto, realmente la vida es la literatura”. Y él no quiere ser un gran escritor, él desea llegar a “ser todo” y sustituir el mundo. “Una colección de trucos emborronados con brea, unas líneas geniales” no son suficientes: el hombre y el artista son uno solo, y en el acto de crear, de desmitificar lo uno en lo otro, está el enigma, la mutua evaporación; luego, el silencio exquisito de haberlo intentado.

ALFONSO CARVAJAL*
Especial para EL TIEMPO
* Consulte sobre el Hay Festival en la sección Cultura, cuadernillo 2

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